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‹Better GutenbergThe Spanish American ReaderII — VIDA Y Costumbres (to the Vocabulary Section) · 40 of 45Contents›

The Spanish American Reader

by Ernesto Nelson

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II VIDA Y Costumbres (to the Vocabulary Section)

1 — El Hogar Paterno (to the Vocabulary Section)

Hacia la parte del sud del sitio, de treinta varas de frente por cuarenta de fondo, estaba la habitación única de la casa, dividida en dos departamentos; uno sirviendo de dormitorio a nuestros padres, y el mayor de sala de recibo, con su estrado alto y cojines, resto de las tradiciones del diván árabe que han conservado los pueblos españoles. Dos mesas de algarrobo indestructibles, que vienen pasando de mano en mano1 desde los tiempos en que no había otra madera en San Juan que los algarrobos de los campos, y algunas sillas de estructura desigual, flanqueaban la sala, adornando las lisas murallas dos grandes cuadros al óleo de Santo Domingo y San Vicente Ferrer, de malísimo pincel,2 pero devotísimos y heredados a causa del hábito domínico.3 A poca distancia de la puerta de entrada, elevaba su copa verdinegra la patriarcal higuera, que sombreaba aún en mi infancia aquel telar de mi madre, cuyos golpes y traqueteo de husos, pedales y lanzadera, nos despertaba antes de salir el sol para anunciarnos que un nuevo día llegaba, y con él, la necesidad de hacer, por el trabajo, frente4 a las necesidades. Algunas ramas de la higuera iban a frotarse contra las murallas de la casa, y calentadas allí por la reverberación del sol, sus frutos se anticipaban a la estación, ofreciendo para el 23 de noviembre, cumpleaños de mi padre, su contribución de sazonadas brevas para aumentar el regocijo de la familia.

—Domingo F. Sarmiento (Argentino)

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2 — La Tierra Nativa (to the Vocabulary Section)

Andrés fué recibido en Colombia con la amabilidad característica de las gentes1 campesinas del país; que a pesar de las pocas comodidades de que disfrutan, proporcionan al pasajero cuanto les es posible,2 con la mejor voluntad.

Las posadas de esos caminos no son hoteles sino casas de familia, donde siempre el que lo ha menester3 encuentra una mesa «puesta»4 y una cama «tendida»5 y corazones sencillos, cariñosos, que consideran la hospitalidad como un favor que recibe quien lo da, como un deber ordenado por Dios.

A la partida del viajero, cuando éste pregunta cuánto debe, contestan casi siempre:

—Nada, señor, que le vaya bien6....

En las colinas y faldas hay risueñas estancias, cuyas cercas dibujan cuadriláteros en las laderas. Por sus contornos pacen libremente vacadas y rebaños de ovejas. Las cabras saltan en los barrancos amarillos o se suben a las grandes piedras. Óyense mujidos en los hatos y gritos de pastores en las lomas.

Por allí pasó Andrés al sol de la mañana, admirado, encantado, dichoso.

Se detuvo un momento en uno de los corrales donde estaban ordeñando. Una linda campesinita de negros ojos, de labios grosezuelos y rosada tez, ordeñó una vaca de ternero grande y le pasó al viajero la vasija rebosante que él mismo vió llenar. Arrimada al caballo esperó a que bebiera, y cuando el joven le preguntó cuánto le debía, repuso:

—Nada, señor.

Entonces Andrés dió a la muchacha un gran ramo de alelíes, parásitas y azucenas silvestres que había cogido en el camino, acompañando el obsequio con una frase de elogio. La dulce niña recibió las flores y con ella adornó su sombrero de paja, mientras sus compañeras reían. Entre las risas, oíanse los chorros de leche al apagarse en los copos de espuma.

—¡Qué creída!7—exclamó una de las ordeñadoras, asomando la cara fresca y risueña por debajo de la ubre de una vaca.

—Isaías Gamboa (Colombiano)

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3 — El Caballo Y SUS Arreos (to the Vocabulary Section)

(a)

El caballo era un bello animal,1 negro como el azabache, y llevaba sobre sus lomos una gruesa montura de pellones azules, al modo como2 hasta hoy la usan algunos de nuestros hombres de campo; pero tan bien recortada y arreglada, que no se notaba en ella el menor defecto. Las cabezas de la enjalma estaban completamente cubiertas de chapas de plata, así como la mayor parte de los grandes estribos de madera, curiosamente tallados, que a uno y otro lado de la montura pendían. Los demás arreos de la cabalgadura correspondían a lo que queda descrito. Dos copas extraordinarias de plata, en forma de platillos cincelados, adornaban el bocado; y las cabezadas y riendas estaban cubiertas de argollas, pasadores, puntillas y cadenitas del mismo metal. Por último, sería una omisión imperdonable3 olvidar en esta descripción un lazo de cuero que al lado derecho de la montura pendía de una ojalera de lo mismo4; primorosamente calada y laboreada con pespuntes y botoncillos blancos.

—Barros Grez (Chileno)

(b)

El moro era un potro criollo, de corta alzada y un poco trasijado, pero tan vivo, nervioso y rápido como un fino resorte de acero. Patricio se miraba en él,5 como suele decirse, porque no había otro caballo que le llenara tanto el gusto6 como ése; y hasta parecía que se entendían a maravilla bestia y jinete. Cuando alguna vez era montado el moro por algún otro ranchero, se mostraba tan mañoso y testarudo que ponía en peligro la vida del valiente, y le dejaba desganado para volver a cabalgarlo. Unas veces se «armaba», clavándose con las cuatro patas inmóviles donde le daba la gana,7 sin avanzar ni retroceder aunque le destrozasen el hocico tirándole hacia adelante por la brida, o le azotasen las ancas duramente por detrás; no hacia más en tales casos que balancear el cuerpo con dirección a la retaguardia, y estremecerse de pies a cabeza8 con temblor de pena y rabia al sentir el azote. Otras veces metía la cabeza entre los cuartos delanteros9 y se daba a10 hacer corcovos tan altos, ondulados y bruscos, que no había jinete que los resistiera.11 O bien, asustándose de su propia sombra, saltaba de improviso hacia algún lado desarzonando al jinete o lanzándolo al suelo en un santiamén.12

—José López Portillo y Rojas (Mejicano)

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4 — La Trilla (to the Vocabulary Section)

Eran las nueve de la mañana cuando los peones apartaron las últimas bolsas de nuestro trigo. La máquina paró y a la sombra de la parva cercana la gente se dispuso a tomar el café; un sol fuerte nos ahogaba tiñendo en llamaradas la campiña segada que parecía un inmenso cepillo de oro.

Lejos, en el potrero, en las quebradas, en torno de las pequeñas lagunas, los bueyes pacían, lentos y graves, en medio de la cháchara de los teros.

El alcalde de la colonia,1 viejo de grandes barbas, elocuente y astuto, elegido por el vecindario en una asamblea efectuada en la sinagoga, comentaba los resultados de la cosecha y alababa las calidades de nuestro trigo.

Era analfabeto casi y sólo conocía por referencias2 ciertos pasajes de la Escritura que citaba a menudo al intervenir en la entrega de una reja o en la compra de un rollo de alambre.

Y aquella mañana cálida, rodeado por los vecinos, a la sombra de la parva, peroraba sobre las ventajas de la vida rural.

—Bien sé yo—decía—que no estamos en Jerusalén: Bien sé yo que esta tierra no es aquélla de nuestros antepasados. Pero, sembramos y tenemos trigo, y de noche, cuando, regresamos de la era tras del arado podemos bendecir al Altísimo porque nos ha conducido fuera de Rusia, donde éramos odiados y vivíamos perseguidos y pobres.

El matarife replicó: El trigo de Besarabia es más blanco que el de la colonia. Y expresó pausadamente su descontento.

—En Rusia—dijo—se vive mal, pero se teme a Dios y se vive de acuerdo con su ley. Aquí los jóvenes se vuelven unos gauchos.

El agudo silbato de la máquina disolvió a los vecinos. Tocaba el turno a las parvas de Moisés Hintler, quien permanecía silencioso junto a la casilla rodante del maquinista. Era bajito, flaco, y sus ojos redondos y diminutos traducían en su mirar de miope una alegría profunda. A su lado, la mujer, envejecida en la miseria del pueblo natal, contemplaba la faena y la hija Dvorah, moza robusta y ágil, preparaba el almuerzo.

Comenzó el trabajo. Subimos a la parva de Moisés para alcanzar las gavillas y los peones engrasaban en tanto3 la máquina formidable.

—Moisés—exclamó el alcalde.—¿Tenías también parvas en Vilna? Allí trabajabas de joyero y componías relojes, ganando un par de rublos al mes. ¡Aquí, Moisés, tienes campo, trigo y ganado!

Levantó una copa de caña4 y brindó:

—Moisés: Como decimos en Rusia, yo deseo que tu tierra sea siempre fecunda y que por abundante,5 no logres juntar su fruto.

Moisés permaneció silencioso tras de la máquina. En su cabeza se revolvían antiguos recuerdos de su vida lúgubre de Vilna, de su vida martirizada y triste de judío.

La rueda mayor giró y el grano empezó a derramarse como lluvia de perlas bajo la bíblica bendición del cielo inundado de luz. Interpuso lentamente la mano sobre la cual el trigo caía en clara cascada, y así la tuvo mucho tiempo. A su lado, la mujer miraba con avidez y Dvorah miraba.

—¿Veis, hijos míos? Este trigo es nuestro....

Y sobre sus mejillas aradas por una larga miseria, corrieron dos lágrimas que cayeron junto con el grano en la primera bolsa de su cosecha....

—Alberto Gerchunoff (Argentino)

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5 — La Pesca en las Islas (to the Vocabulary Section)

Pero lo que más amaba de su campo eran las islas, aquellas islas que, como esquifes de verdura, se veían desde la cumbre de un cerro, balanceando las copas frondosas y mojando los ramajes en la espuma. Cuando el sol de la siesta sacaba al lagarto de su cueva y la víbora de coral1 dormía enroscada cerca del hormiguero, don Calixto, acostado en el pasto, a la sombra que proyectaban los canelones y los molles, tiraba su aparejo en la parte más honda del arroyo, en aquel pesquero que tanto conocía y en donde abundaban la lisa begona, el surubí de carne amarilla y el dorado de escamas relucientes. Mientras su pesca aumentaba, los cardenales azules cantaban invisibles en el follaje la melancólica romanza de los bosques, el martín pescador, de plumaje tornasolado, volaba con rapidez a lo largo de la corriente, en busca de su alimento acuático, los pino-limones desparramaban en torno suyo las cuentas rojas de sus frutas maduras, y las campánulas moradas adornaban los troncos, sobre la malla de las yedras siempre verdes.

—Santiago Maciel (Uruguayo)

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6 — La CAZA del Tigre (to the Vocabulary Section)

Conocíase que las mujeres nos contaban y recontaban1 desde que nos alcanzaron a ver,2 y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas entre el susto y la alegría, pues por nuestra demora y los disparos que habían oído suponían que habíamos corrido peligros.

Fué Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente pálida.

—¿Lo mataron?—nos gritó.

—Sí, hija—le respondió su padre.

Todas nos rodearon, entrando en la cuenta3 hasta la vieja Marta, que llevaba en las manos un capón a medio pelar.4

Lucía se acercó a preguntarme por mi escopeta; y como yo se la mostrase,5 añadió en voz baja:

—Nada le ha sucedido, ¿no[6]?

—Nada,—le respondí cariñosamente, pasándole por los labios una ramita.

—Ya yo pensaba....

—¿No ha bajado ese fantasioso de7 Lucas por aquí?—preguntó José.

—Él, no,—respondió Marta.

José masculló una maldición.

—Pero ¿dónde está lo que mataron?—dijo al fin, haciéndose oír, la señora Luisa.

—Aquí, tía—contestó Braulio.

Y ayudado por su novia, se puso a desfruncir la mochila, diciéndole a la muchacha algo que no alcancé a oír. Ella me miró de una manera particular, y sacó de la sala un banquito para que me sentase en el empedrado, desde el cual dominaba yo la escena.

Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las mujeres reprimieron un grito; mas al rodar la cabeza sobre la grama no pudieron contenerse.

—Pero ¿cómo lo mataron? cuenten—decía la señora Luisa—todos están como tristes.8

—Cuéntennos—añadió Lucía.

Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo:

—El tigre iba a matar a Braulio, cuando el señor9 (señalándome) le dió este balazo.

Mostró el foramen que en la frente tenía la cabeza.

Todos se volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas había recompensa de sobra10 para una acción que la mereciera.

—Jorge Isaacs (Colombiano)

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7 — UNA Bodega (to the Vocabulary Section)

Después de atravesar las ricas hectáreas de tierra donde las plantaciones de vid forman líneas paralelas, entras en las bodegas. Allí se pisa la uva y se deposita el mosto en barriles, para que fermente y envejezca, hasta adquirir el preciado sabor y colorido del buen vino. Las bodegas, en general, se construyen en lugares de quietud1 en terrenos sanos, con dobles techos, dobles paredes y dobles puertas; son de higiénica ventilación y los pisos como los muros se revocan con morteros hidráulicos.

El departamento de las bodegas, parte capital del establecimiento, comprende las secciones de elaboración, fermentación maquinaria, depósito y tonelería. La bodega de elaboración está dotada de cierta máquina, llamada demoledora, movida a vapor y colocada sobre un gran tanque metálico, donde se mezcla y refrigera el mosto antes de ser llevado, mediante una bomba centrífuga, a la bodega de fermentación. Ésta comprende para la fermentación del mosto, grandes piletas de mampostería, provistas de sus respectivas compuertas y de un diafragma para la sumersión del orujo, durante el proceso de fermentación. Cada pileta está dotada de refrigerantes, unidos por un sistema completo de cañerías, a la máquina refrigeradora, con el objeto de dominar oportunamente las altas temperaturas que alcanzan en ese clima los mostos en fermentación, asegurando de tal manera la marcha normal del proceso, y, por consiguiente, la calidad de los vinos. En ciertas bodegas de San Juan existen las más vastas, poderosas y completas instalaciones frigoríficas que se aplican en el mundo entero a la vinificación. Una bomba a vapor facilita el trasiego de los vinos nuevos a la bodega de depósito. La bodega de depósito está a un nivel un poco más bajo que el suelo; es semisubterránea. La singular disposición de sus dobles techos y paredes, dotados los techos de poderosos ventiladores, permiten mantener, aun en los días más ardientes del verano, una temperatura muy baja. Completan las reparticiones indispensables, vastos talleres mecánicos, herrería, carpintería, etc., para la fabricación y reparación de herramientas y maquinaria. Un elegante «chalet» sirve de local a la administración. El establecimiento representa un capital de varios millones de pesos.

—Carlos O. Bunge (Argentino)

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8 — El Rodeo Y la Aparta (to the Vocabulary Section)

La operación de la aparta se efectúa en un rodeo por la gente de a caballo.1 Parte de ésta se coloca en las puertas que dan paso de un corral a otro, y la restante es la que desempeña la ocupación activa del trabajo. Para esto rodean los de a caballo a un grupo de animales y el vaquero encargado de presidir la faena designa uno o varios de ese grupo para ser apartados. Al instante dos o tres jinetes hienden el grupo que entre todos han arrinconado en algún ángulo del corralón; colocan sus cabalgaduras rozándose con un costado del animal, que por huir del que se acerca, se abre paso entre los otros, y emprende una veloz carrera en que el jinete le sigue, animándolo con la voz y sin apartarse una línea hasta dejarlo en otro corral, cuya puerta despejan los que la ocupan para dar paso al animal, volviendo a cerrarla inmediatamente. Pero muchas veces el animal designado retrocede con velocidad en su carrera, da precipitadas vueltas y «saca lances» imprevistos para libertarse de la obstinada persecución del que lo sigue. Hay, pues, un gran peligro en seguir al animal en estas diversas evoluciones caprichosas, que ponen en dura prueba2 la destreza de los jinetes y el vigor y maestría de los caballos. Para los huasos, el rodeo es un campo de batalla en que el deber les manda desafiar los peligros; las caídas de algunos y aun la muerte que suelen encontrar en esas caídas, no interrumpen ni modifican el curso de la faena. El herido es transportado por los de a pie3 fuera del campo, y los demás continúan el trabajo, sin arredrarse ante las probabilidades numerosas de correr igual suerte.4

—Alberto Blest Gana (Chileno)

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9 — En el Trapiche (to the Vocabulary Section)

No hay suceso en los ingenios, enlazado de alguna manera con la vida de los negros, que no se refiera alegre o tristemente en sus canciones. Si el buey brioso y bello, que todos se disputaban por tener en su carreta, ha muerto, en un día abrasante, de cangrina; si un tacho se ha desfondado; si las coronas del trapiche se han roto; si en los cañaverales ha prendido fuego, y con afanoso trabajo ha sido menester atajar aquel mar de llamas; si las crecidas del río han arrastrado el maíz, el arroz o la caña acabada de sembrar en sus márgenes; si una seca o unos aguaceros horrorosos amenazan las cosechas; si el cerdo ya cebado y pronto a ser vendido al especulador que recorre la finca se ha muerto de repente sin saberse por qué; si el compañero, que solitario en los campos estaba desmochando palmas, se ha caído; si se ha dado por el mayoral y los perros con algún negro cimarrón; si la vaca bermeja, si la puerca del hocico blanco,1 si la yegua más hermosa del potrero ha parido, la letra de las canciones lo dirá cuando se esté chapeando o cortando caña, cuando se junte o cargue en la casa de trapiche, cuando los negros uno enfrente de otro batan en las resfriaderas, con las bombas, la templa que acaba de ser sacada del tacho. Lo mismo sucede en habiéndoseles cambiado el alimento2; en habiéndose aumentado o disminuido las horas de trabajo; en habiéndose introducido una máquina, un instrumento, un proceder cualquiera, que a la vez que los asombra, facilita y minora las faenas; en anunciando los aguinaldos sobre las cercas y los matorrales que pronto llegarán los amos; en concediéndoseles un pedazo de tierra para que hagan, concluida la zafra, sus conucos; en dejándoles desmochar guano para cubrir los bohíos; la ocasión que se mata una res para partirla en raciones; la ocasión que se muda el mayoral que los apuraba demasiado.

—A. Suárez Romero (Cubano)

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10 — En TREN.... (to the Vocabulary Section)

En las estaciones nos acosaba el gremio de los vendedores de fruta, hombres, mujeres y niños provistos de cestos con uvas, duraznos, aceitunas, tortas de manjar blanco o de bizcochuelo, espárragos y caldúas de San Francisco.... Aquella muchedumbre gritaba tanto, que más no podía ser.1 En los andenes se movían pesadamente los huasos con mantas de vivos colores, zapatos de taco alto, haciendo resonar las espuelas de ancha rodaja. Por las ventanillas de los wagones de tercera clase2 asomaban sus rostros tostados y barbudos esos rotos que componen la masa flotante de los trabajadores de Chile y que se llevan a viajes3 para uno y otro punto, en la agricultura o en las minas, ora cavando en el norte, ora segando en el sur. A medida que el tren se tragaba las leguas,4 veíamos desfilar a Rengo, con sus viñedos, a San Fernando de estación oscura y triste, a Chimbarongo, Curicó, Lontué, cubierto igualmente de viñas, Talca, Linares. Desarrollábase paisaje tras paisaje, animales, prados, bosques y ríos, hasta la monotonía, hasta la saciedad.

—Orrego Luco (Chileno)

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11 — La Bolsa (to the Vocabulary Section)

De todos los sitios en que se forman agrupaciones humanas, ninguno que1 presente más ancho campo de observación al curioso que el salón central de la Bolsa de Comercio. El traje nivelador2 le da, a primera vista, cierto aspecto de homogeneidad que desaparece cuando la mirada sagaz ahonda un poco en aquel mar revuelto en que se mezclan y confunden todas las clases.

El fastuoso banquero, cuyo nombre sólo con ser mencionado3 hace desfilar por la mente un mundo fantástico de millones, estrecha con su mano pulida la grosera garra del chalán marrullero; el humilde comisionista se codea familiarmente con el propietario acaudalado a quien adula según las reglas de la democracia en boga; el mozalvete recién iniciado en la turbulenta vida de los negocios pasea por todas partes sus miradas4 codiciosas; el aventurero procaz roza el modesto traje del simple dependiente con los estirados faldones de su levita presuntuosa; el insular petimetre ostenta su bigote rizado a tijera5 bajo la mirada aguda del periodista burlón que prepara su crónica sensacional, husmeando todas las conversaciones; el anciano enriquecido por largos años de duro trabajo comenta, con la frialdad del egoísmo que dan los años, esa crónica diaria de la Bolsa, muchas de cuyas páginas están escritas con sangre6; el usurero famélico gira y gira describiendo círculos siniestros en torno de sus víctimas infelices.

El doctor se abrió paso como pudo7 hasta que consiguió llegar a la reja que limita el recinto destinado a las operaciones, vulgo «rueda.»8 Agolpábase a aquella reja una multitud ansiosa, estremecida por corrientes eléctricas. Se veían pescuezos estirados en angustiosa espectativa, con la rigidez propia del jugador que espera la salida de la carta que ha de decidir la partida; ojos desmesuradamente abiertos, siguiendo con fijeza hipnótica los movimientos de la mano del apuntador, el cual, subido sobre su tarima, anotaba las operaciones en las pizarras que, negras, cuadradas, siniestras, se dibujaban como sombras en la pared del fondo.

Salía de la «rueda» un estrepitoso vocerío, una algarabía de mil demonios9: voces atipladas, roncas, sonoras, de tenor, de bajo, de barítono; voces de todos los volúmenes y de todos los metales. Los corredores parecían unos energúmenos; más tenían caras de hombres enredados en una discusión de taberna, que de comerciantes en el acto de realizar sus operaciones. Y no sólo gritaban como unos locos,10 sino que también gesticulaban y accionaban como si estuvieran por darse de bofetadas.11

—Julián Martel, nom de plume of José Miró (Argentino)

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12 — En Diligencia (to the Vocabulary Section)

A las tres de la mañana llamó a la puerta de mi cuarto el mozo del hotel con fuertes golpes y gritando con apremio1:

—¡Ya es hora!2

Echéme a cuestas3 el vestido a toda prisa, entre grandes bostezos y dándome al diablo4 porque el administrador de las diligencias hiciese salir tan temprano el vehículo; y pocos momentos después abrí la puerta de mi habitación, y me dirigí al comedor a tomar algún refrigerio.

Cuando bajé al zaguán, estaba listo el carruaje. Los tres tiros de mulas hallábanse ya enganchados; el cochero ocupaba su puesto en el alto pescante, y empuñaba con mano firme el abundante manojo de las mugrosas riendas; el sota tenía por la brida el par de mulas delanteras para impedir que partieran antes de tiempo; y dos mozos alumbraban la escena con otras tantas gruesas y resinosas hachas, que despedían tanta luz como chispas y espeso humo. Todavía salieron algunas maletas del despacho del administrador, que fueron adicionadas a la henchida zaga o al abultado techo del carruaje. La máquina estaba materialmente atestada de carga: en la covacha, en el pescante, en la parte superior, en el interior, debajo de los asientos, y aun en el espacio destinado a los pies de los viajeros, por donde quiera5 había maletas. Concluidos los preparativos, llegó el momento de ocupar nuestros sitios, y lo hicimos los pasajeros con resignación de mártires.

La diligencia se llenó en pocos momentos. ¡Éramos once pasajeros! Sólo un asiento quedó desocupado en la banqueta de en medio, donde no hay más apoyo para la espalda del paciente,6 que una movible correa que empuja, cede y aporrea como instrumento de inquisición. Afortunadamente para mí, había podido escoger con tiempo un buen número en la banqueta delantera, junto a la ventanilla; así es que relativamente quedé bien instalado.

—¿No falta ningún7 pasajero?—preguntó una voz en la puerta de la posada.

—Ninguno,—repuso el sota.

No contento con8 la respuesta, el administrador que era un español de muy mal genio,9 subió al estribo de la diligencia, y nos echó al rostro la luz de la linterna que en la mano llevaba.

—Está bien—dijo bajando del estribo—¡en marcha10!

Sonaron las cadenas de los tiros, rechinó la pesada máquina, vaciló un momento sobre las duras sopandas, hizo el cochero chasquear su látigo descomunal y nos pusimos en movimiento. La diligencia salió con rapidez vertiginosa, haciendo furioso estruendo en el empedrado, y turbando el sueño de los buenos habitantes de Querétaro. Quien la hubiera visto animada de aquella velocidad, habría creído que poca ventaja podría sacarle el vapor11; no así yo,12 que estaba en el secreto,13 y sabía por experiencia que tales vehículos son rápidos en las poblaciones y tardos en despoblado.

—José López Portillo y Rojas (Mejicano)

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13 — La CAZA de las Váquiras (to the Vocabulary Section)

—Mucho cuidado, señores—dijo Toribio, nuestro montero mayor,—porque las váquiras1 están entiempadas ahora y son peligrosas.

Y empezó a colocarnos en nuestros puntos.

Las reses se bañaban en los charcos del quebradón y roznaban como si todo el invierno estuviera allí: diríase que era un conciliábulo patriótico de incondicionales que celebraban con el santo fin de2 repartirse la república.3

Casiano había vuelto a tomar la escopeta y estaba en el fondo de la quebrada, por el lado de abajo.

Toribio le había hecho aquella concesión por su extremada habilidad en la cacería de váquiras.

Yo quedé cerca de él, dominándole desde un barranco y cubierto por un chipio; y novicio en el tiro de váquiras, creí prudente sacar los cartuchos de guáimaros y sustituirlos con balas rasas.

Los perros levantaron las piezas4 y comenzó el tiroteo en la parte de arriba; y salidas las reses del lecho de la quebrada, se hubiera dado por perdido el lance, si dos de ellas, macho y hembra, no hubiesen corrido hacia abajo.

La posición que yo ocupaba no era muy ventajosa: pasaron por junto a mí5 y no pude disparar; pero me acerqué a la quebrada y gané el cauce.

Casiano había disparado y errado el váquiro: hirió la hembra, y el macho, como sucede en estos casos, se enfureció y le atacó.

Cuando yo doblé el recodo de la quebrada que me ocultaba los sucesos, pude ver a Casiano luchando cuerpo a cuerpo6 con el váquiro mientras la otra7 se revolcaba en su propia sangre.

El negro se defendía con el cañón de la escopeta, que despedía chispas en los colmillos del cochino: la caja del fusil estaba hecha añicos.8 Pálido, ceniciento, se veía el negro entre el verde follaje de las barrancas, bajo un toldo de ramas entrelazadas.

—¡Socorro, socorro!—gritaba....

El negro retrocedía pidiendo socorro, y el váquiro le cargaba.

Dió una embestida el animal y al saltar atrás el cazador se enredó en un bejuco y cayó.

Un minuto más y9 llevaríamos un cadáver.

—¡Ahora conmigo!10—grité, y el váquiro se volvió hacia mí.

Tenía los ojos inyectados y las encías hechas sangre.11

Volví a gritarle y partió como una flecha: clavé la rodilla en el fangoso lecho de la quebrada y le aguardé en la boca de mi escopeta.

Al ver el obstáculo que acababa de oponerle, erizó las cerdas y se recogió para asaltarme; pero fué el último esfuerzo que tentó porque le enterré la bala en el corazón.

Ya llegaban los otros. Pascual, estupefacto, me miraba desde el barranco, con ojos desencajados.12 Toribio venía jadeante por el lecho del arroyo, y Tigre, mi fiel Tigre, pasó rozándose conmigo y un instante después destrozaba al váquiro agonizante.

—M. V. Romero García (Venezolano)

Chapter Footnotes:

14 — En el Cafetal (to the Vocabulary Section)

—Pero cualquiera de estas fincas es un verdadero pueblo—prosiguió el conde;—hasta el capellán que les diga la misa1 suelen ustedes tener. Este batey está compuesto de muchas y numerosas casas; semeja el parque de recreo de una ciudad, y aun le sobrepuja; porque es preciso estar en Cuba para ver2 esta vegetación que lo limita y rodea. Detrás de la cerca de limón, veo una ancha calle con doble fila de matas de cocos, naranjas y caimitos; por más allá3 se divisan los cuadros de cafetos, cargados de blancas flores que imitan el azahar, cortados a la misma altura y que devuelven hacia la tierra sus copiosas y redondas ramas; sobresalen entre los cafetos las matas de plátanos, que con sus hermosos racimos ofrecen abundoso alimento, regalo de una tierra providencial. Cortan la finca en secciones regulares espaciosas calles de corpulentos frutales; veo el maíz, veo la yuca, veo cuanto forma4 una gran despensa, ante la cual la miseria cesa y la abundancia la sustituye y la reemplaza. Y como si no fuese bastante el fruto de la tierra, discurren por entre los cafetales bandadas de gallinas comunes y de guinea, o pintadas, grandes perdices de este suelo privilegiado; los ánades, patos y gansos forman en pos de ellas5 la pesada artillería de casa y boca6; los pavos reales electrizan el aire con los reflejos de sus espléndidos colores, y los pavos comunes, ruidosos, tartamudos, llamados aquí guanajos, aturden el oído con la redoblada descarga de sus graznidos. Y para que aquí no falte nada y se parezca en todo a un jardín de aclimatación7 nuestro—jardines que allí8 solamente un gobierno puede sostener—veo manadas de ovejas y cabras y a lo lejos oigo el torpe gruñido de mansos cebones. La cuadrilla de perros que no pierden nunca la pista del negro cimarrón,9 la vaca de leche y los bueyes de las carretas, los caballos de la molienda10 del grano y de la volanta y silla, todo esto completa un cuadro lleno de vida y movimiento, que yo estudio, que yo admiro,11 porque es la Providencia en forma estética y la Estética reencarnada en la Providencia.

—Malpica La Barca (Cubano)

Chapter Footnotes:

15 — En el Comité (to the Vocabulary Section)

Esa noche había gran asamblea.

El Comité hervía de gente1 de toda clase.—

Las piezas interiores estaban ocupadas por los personajes más conspicuos;—los miembros de la comisión directiva, con cierto aire de suficiencia y de unción que les venía de lo alto.

El secretario se había puesto su cuello más almidonado y una levita negra que le daba por2 las pantorrillas; estaba embarazado con sus faldones, que en cualquier movimiento se abrían como paracaídas; lucía su mejor alfiler, y su anillo de chispa3 tenía un compañero tan ancho que le impedía doblar el dedo.

Iba de un lado para otro, llevando papeles, entregando cartas y notas—dando explicaciones,—escuchando pacientemente las preguntas que le dirigían y sonriéndose con malicia con alguno de su confianza,4 cuando pasaba por delante de una serie de personajes adustos, graves, que estaban sentados en hilera simétrica, en un rincón de la sala, fumando con desahogo, hablándose a hurtadillas5 con monosílabos, y dirigiendo de tiempo en tiempo sus ojos desconfiados a la puerta.

Tenían el aspecto venerable de los ancianos bíblicos.

La buena fe les hacía considerar el Comité como un templo; su actitud era la de un testigo que espera la llegada del juez para prestar su declaración.

Habían acudido al llamamiento, trayendo su contingente de influencia; en cambio, habían abandonado su hogar y sus majadas6 con la despreocupación que les caracteriza.

El secretario aprovechaba la confusión para hacer sus excursiones al fondo de la casa, en busca del fulano de los mates7 que los tenía cebados en hilera y por cuyas bombillas pasaba alternativamente sus labios como quien8 toca la zampoña; luego, limpiándose con la manga del levitón, entraba más serio que un obispo en el salón de su dependencia.

Un vocerío sordo y molesto llenaba todo el ambiente, especialmente en el interior, donde se respiraba un aire denso y saturado de humo.

En los distintos corrillos que se habían formado, se hablaba en voz alta, se discutía, se armaban apuestas y se ponderaban las virtudes y los méritos de los ciudadanos inscriptos en las listas.—Eran todos la flor y crema9 del partido; ninguna tacha podía arrojárseles; en cambio, a los que figuraban en la lista contraria, se les aplicaban los dicterios más usuales del vocabulario callejero.10

Se les presentaba como a seres de otra especie.

Esos no querían la patria feliz, engrandecida, sino abierta por los cuatro cantos para satisfacer sus ambiciones y su codicia.

Un extraño, al oirlo, habría creído que se trataba de enemigos feroces a quienes era menester negarles el fuego y el agua.

—Manuel T. Podestá (Argentino)

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16 — Viajando en BUEY (to the Vocabulary Section)

—Ya está listo su buey para subir a la Nevada, me dijo el guía. Estas palabras me hicieron comprender que me era preciso ensayar, en un camino pésimo, un nuevo elemento de transporte. Sí, hasta la fecha había yo viajado en la mula del fraile,1 o sea a pie, en burro, en mulo,2 a caballo, en carro, en coche, en tren, en bote, en goleta, en bergantín, en vapor de río, en vapor de mar; pero no me había pasado nunca por la cabeza3 tener que viajar en... buey. Me pareció algo ridículo y depresivo, pero me di4 como excusa para resignarme el que los egipcios no se creyeron deshonrados por adorar al insigne Apis, y que además no estaba el camino de la Sierra, después de un invierno feroz,5 para hacer la gracia de6 subirlo a pie, ni siquiera en mula. El guía me dió algunas explicaciones para mi gobierno.7 Lo que en el buey sirve de bozal y de freno es un hico que se amarra a la argolla de hierro que se le pone en la nariz al pobre animal. Cuando se quiere arrendar a la derecha, se pasa el hico por sobre el cuerno derecho, y cuando a la izquierda, por sobre el cuerno izquierdo. La cincha debe estar muy tensa, porque el animal tiene el lomo muy movedizo. Regularmente se le monta en angarilla, pero hasta allí no llegó mi filosofía, y le hice poner una silla de fuste alto y fuerte.

Calzón, el gran Calzón, mi bagaje, era un buey potente, pero el más flemático, testarudo y lerdo que jamás8 rumió ricos pastos en las dehesas de la Sierra. Era imposible sacarlo de su andar lento y acompasado. En balde9 resultaron los golpes aplicados con el talón y los garrotazos dados en el pescuezo. Positivamente deploré no haberme calzado mis espuelas para poder rasgarle los ijares al perezoso animal. Tuve al fin que dejarlo andar a su gusto, estimulándolo de vez en cuando con el grito de ¡buey! lanzado guturalmente, a usanza arhuaca.

—Florentino Goenaga (Colombiano)

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17 — En UN Velorio (to the Vocabulary Section)

A eso de1 la una de la madrugada, el velorio está en su punto.2 Tres o cuatro jóvenes, en la puerta de la calle, charlan, disputan, manotean, y hasta lanzan alguna pedrada a un gato, que tiene la mala ocurrencia de dejarse ver por aquellos contornos; y al cual, le aciertan casualmente, causando esto sumo regocijo al grupo, que no sabe cómo celebrar el tino del que tan flaco servicio3 le acaba de hacer al micho.

Luego se llega al capítulo de las travesuras y de las maldades, con los que se rinden al sueño; y hay aquello de4 pintorrear con un corcho quemado, al que duerme en un rincón y ronca estrepitosamente. Las risotadas empiezan a ser ruidosas, sobre todo, cuando a otro que se ha quedado dormido con la boca abierta, le introducen en ella un cabo de tabaco, sin que lo sienta la víctima de la maldad; o bien cuando le ponen un enorme sombrero de tres picos,5 hecho de un periódico o, lo atan con un pañuelo a la silla, y en seguida lo despiertan con urgencia6 haciendo que el hombre7 se asuste, trate de levantarse, y con la brusca sacudida impresa a la silla, caiga con ella boca abajo,8 causando grande estrépito; a cuyo ruido todas las mujeres que estaban dormidas en el cuarto, se despiertan sobresaltadas creyendo nada menos que9 los techos se desploman.

Una vez que se reponen, conocida y hasta celebrada la causa de la sorpresa que han experimentado, para hallar entonces motivo de charla, porque las mujeres no callan sino cuando duermen, si bien las hay que hasta hablan en sueños, pregunta una la hora que es; otra añade que tiene frío; y alguna, sintiendo así como10 una penita en el estómago,11 según lo asevera, trata de buscar algo que la conforte: pero es lo malo, que12 han concluido ya con todo, los que están en el comedor dejando sólo los huesos de las aceitunas; por lo que, no hay otro recurso que hacer chocolate.

—F. de Paula Gelabert (Cubano)

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18 — La Fiesta de Guadalupe (to the Vocabulary Section)1

Positivamente, el que quiera ver y estudiar un cuadro auténtico de la vida mejicana, el que quiera conocer una de las tradiciones más constantes de nuestro pueblo, no tiene más que2 tomar un coche del ferrocarril urbano que sale de la Plaza de Armas cada diez minutos, conduciendo a la Villa una catarata de gente que se desparrama de los veinte wagones que constituyen cada tren, al llegar a la Villa de Guadalupe. Es la ciudad entera de Méjico que se traslada al pie del Santuario, desde la mañana hasta la tarde, formando una muchedumbre confusa, revuelta, abigarrada, pintoresca, pero difícil de describir.

Allí están todas las razas de la antigua colonia, todas las clases de la nueva república, todas las castas que viven en nuestra democracia, todos los trajes de nuestra civilización, todas las opiniones de nuestra política, todas las variedades del vicio y todas las máscaras de la virtud, en Méjico.

Nadie se exceptúa y nadie se distingue: es la igualdad ante la virgen; es la idolatría nacional.

Allí se codea la dama encopetada, de mantilla española o de velo de Chantilly, que estamos acostumbrados a ver balanceándose sobre sus altos tacones en las calles de Plateros, con la india enredada de Cuautitlán o de Atzcapotzalco; allí se confunde cubierto de polvo, el joven elegante de cuello abierto, de pantalón à la patte d’éléphant que luce sus atractivos femeniles en el Zócalo, con el tosco y barbudo arriero de Ixmiquilpan o con el indio medio desnudo de las comarcas de Texcoco, de Ecatepec y de Zumpango, o con el sucio lépero de la Palma o de Santa Ana. Y no existen allí las consideraciones sociales; los carruajes de los ricos se detienen a orillas del pueblo, lo mismo que los coches simones, lo mismo que los trenes del ferrocarril. Todo el mundo se apea y se confunde entre la multitud; el millonario va expuesto a ser pisoteado por el pordiosero y despojado de su reloj por el pillo. La señorona estruja sus vestidos de seda con los inmundos arambeles de la mendiga y con las calzoneras de cuero del peregrino de tierra adentro.3 No se puede entrar en el santuario sino a empellones4; no se puede circular por la placita sino dejándose arrastrar por una corriente inevitable.

En los días subsiguientes, la ciudad santa de Guadalupe que, como todas las ciudades santas y focos de5 devoción, es un lugarejo triste y desolado, no presenta de notable más que el inmenso basurero en que la deja convertida la devoción de los fieles mejicanos.

—Ignacio Manuel Altamirano (Mejicano)

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19 — Sucre (to the Vocabulary Section)

No es que en Sucre faltaran hoteles—aunque de esto hablaré más adelante—pero yo tenía que atenerme a los bodegones, vulgo1 picanterías.

Las picanterías son establecimientos plebeyos, especie de tabernas bolivianas, donde se expenden los famosos picantes: guisos condimentados con ají, locoto u otros botafuegos que hacen llorar a quien no está acostumbrado a tan rabiosos manjares. Son platos fuertes, muy fuertes, hechos de carne, pollo, perdiz, boga y papas. De ahí que para placar los furores del ají (pimiento picante) se beba mucha chicha. Por esto los bolivianos de la altiplanicie son tan famosos bebedores.

Las demás comidas nacionales son el puchero, que más bien es un pote u olla podrida,2 y el chupe, compuesto de papas cocidas en agua o en leche, a las que se añaden espigas de maíz tierno (choclos), queso, manteca y sal, amén de alguna tajada suculenta, con lo que resulta un plato tan excelente como barato, pues no viene a costar más arriba de3 dos reales.

—Ciro Bayo (Español)

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20 — El Mate (to the Vocabulary Section)

Aunque el arte de hacer una buena taza de té es algo sagrado, que sólo lo hace la dueña de casa1 en una familia inglesa, el cebar mate2 bien es aún más difícil y en algunas familias antiguas sólo lo hacían sirvientes especiales llamadas cebadoras de mate. La palabra cebar nos expresa además la idea de mantener, alimentar, sustentar algo en estado floreciente. Se quiere indicar con la frase «cebar mate,» no el acto de llenar el mate con agua caliente, sino mantener ese mate en condiciones siempre apetitosas. Es una función tan sagrada como la de las mismas Vestales para algunos materos intransigentes....

El mate debe ser tomado caliente; sólo así es agradable al paladar; en estas condiciones el agua disuelve mayor cantidad de los principios solubles de la yerba, entre los cuales los hay aromáticos, que dan sabor agradable a la infusión. No debe ser bebido, sin embargo, demasiado caliente, pelando, como se dice vulgarmente: en estas condiciones el mate es desagradable y la cebadura queda inutilizada; lo que se expresa diciendo que la «yerba se ha quemado».

Igualmente el mate frío, es decir, tibio, es detestable, sólo sirve para producir dolores de vientre.3

Sin embargo, la misma yerba puesta en maceración con agua fría, nos da una bebida agradable que no tiene los inconvenientes del mate frío y que lleva el nombre de tererere.

Si cebar mate es difícil, no lo es menos4 saberlo tomar con la compostura debida.

El que no sabe tomar mate, el chambón, se conoce a la legua5; toma el mate de una manera tal, que si los franceses conocieran la estética del matero clasificarían de gauche; inclina demasiado la cabeza como si se fuera a tragar la bombilla o a comerse el mate: Los carrillos se deprimen en virtud de la presión atmosférica y arruga la cara de tal manera que6 causa espanto. Los ojos se salen de sus órbitas, como si tratara de buscar una moneda caída en una laguna; inclina el cuerpo y hace contorsiones tales, como si hubiese tragado una espina. Espectáculo horrendo que conmueve las fibras más sensibles7 de un espectador de buen gusto.

—Pedro N. Arata (Argentino)

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21 — ¡A la Cárcel Todo Cristo! (To the Vocabulary Section)1

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY INGLÉS

Aquella noche quiso su excelencia2 convencerse personalmente de la manera como se obedecían sus prescripciones. Después de las once, y cuando estaba la ciudad en plena3 tiniebla, embozóse el virrey en su capa y salió de Palacio.4

A poco andar5 tropezó con una ronda; mas reconociéndolo el capitán, lo dejó seguir tranquilamente, murmurando:—Vamos, ya pareció aquéllo6! También su excelencia anda de galanteo7 y por eso no quiere que los demás tengan un arreglillo y se diviertan.

Y el virrey encontró otras tres rondas, y los capitanes le dieron las buenas noches,8 y le preguntaron si quería ser acompañado y se derritieron en cortesías, y le dejaron libre el paso.

Sonaron las dos y el virrey, cansado del ejercicio, se retiraba ya a dormir, cuando le dió en la cara la luz del farolillo de la quinta ronda, cuyo capitán era Juan Pedro Lostaunau.

—¡Alto! ¿Quién vive?9

—Soy yo, Juan Pedro, el virrey.

—No conozco al virrey en la calle, después de las diez de la noche. ¡Al cuartel el vagabundo10!

—Pero, señor capitán....

—¡Nada! El bando es bando11 y, ¡a la cárcel todo Cristo12!

Al siguiente día quedaron destituidos de sus empleos los cuatro capitanes, que por respeto13 no habían arrestado al virrey, y los que los reemplazaron fueron bastante enérgicos para no andarse en contemplaciones,14 poniendo en breve término a los desórdenes.

El hecho es que pasó la noche15 en el calabozo de la cárcel de la Pescadería, como cualquier pelafustán, todo un16 Ambrosio O’Higgins, marqués de Osorno, barón de Ballenari, teniente general de los reales ejércitos y trigésimosexto virrey del Perú por S. M.17 Carlos IV.

—Ricardo Palma (Peruano)

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22 — Tertulias (to the Vocabulary Section)

—Pues diré: dichosa época y dichosos días aquéllos en que se llamaba tertulia al último corredor de los teatros, y tertulianos a los que allí iban a disputar y acalorarse sobre el mayor o menor mérito de Tertuliano1! Y no porque entonces no hubiera cuentos y chismes, sino que la gente no se reunía ex profeso2 para denigrar e infamar al prójimo, pues sólo lo hacían cuando buenamente se presentaba la ocasión,3 por lo cual eran muchos los que escapaban. En aquellos primeros días de las tertulias unos cuantos religiosos ponían en las nubes un libro viejo; pero hoy se echa por los suelos4 la honra de hombres y mujeres. Encontrábanse entonces alguno u otro defecto en las obras de los clásicos griegos y latinos; pero hoy se buscan y desentierran faltas de personas vivientes: citábanse los nombres de los difuntos de siglos atrás5 para encomiarlos; hoy se recuerdan los nombres y apellidos de los que en nuestros días murieron, para hollar su memoria y deslustrar sus pasadas acciones...; ¡o tempora! ¡o mores! que aquí cae bien esta exclamación.

Todavía felices6 y aun felicísimos los días en que el nombre de tertulia—se dió a reuniones donde por la noche se jugaba a la gallina ciega7 y al escondite:—que en estos juegos, no había más inconveniente sino que alguna niña se dejara vendar los ojos por mano de quien ella bien quería; o que se escondiese en tal paraje donde estaba cierta y segura que derechito iban a dar con ella sin necesidad de buscarla. Estos procurados incidentes, lejos de ofender la sociedad, supongo yo, como es de suponerse,8 que estrecharían más los vínculos entre las familias, siendo origen y motivo de tal cual9 matrimonio. Pero, ¿qué es lo que trae la murmuración, que es el alma de las más de10 nuestras tertulias? Desatar los lazos más estrechos, denigrar los nombres más bien puestos,11 insultar las cenizas de los que bajaron al sepulcro,12 dar apodos de vicios a todas las virtudes; no respetar la soltera, no cuidarse del recogimiento de la viuda, reírse de la buena fama de la casada, hacer mofa del13 marido!... ¡o tempora! ¡o mores! que mejor está aquí la exclamación.

—J. M. Cárdenas (Cubano)

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23 — Bogotá (to the Vocabulary Section)

Pero, me diréis, ¿los bogotanos no pasean, no tienen un punto de reunión, un club, una calle predilecta, algo como los bulevares, nuestra calle Florida,1 el Ringstrasse de Viena, el Unter den Linden de Berlín, El Corso de Roma, el Broadway de New York, o el Park Lane de Londres? Sí, pero todo en uno: tienen el Altozano. Altozano es una palabra bogotana para designar simplemente el alto de la catedral, que ocupa todo un lado de la plaza Bolívar, colocado sobre cinco o seis gradas, y de un ancho de diez a quince metros. Allí por la mañana, tomando el sol,2 cuyo ardor mitiga la fresca atmósfera de la altura, y por la tarde de las cinco a las siete, después de comer (el bogotano come a las cuatro), todo cuanto la ciudad tiene de notable3 en política, en letras o en posición, se reune diariamente. La prensa, que es periódica, tiene poco alimento para el reportaje en la vida regular y monótona de Bogotá; con frecuencia el Magdalena se ha regado con exceso,4 los vapores que traen la correspondencia se varan, y se pasan dos o tres semanas sin tener noticias del mundo. ¿Dónde ir a tomar la nota del momento,5 el chisme corriente, la probable evolución política, el comentario de la sesión del senado6? Al Altozano. Todo el mundo se pasea de lado a lado. Una bolsa, un círculo literario, un areópago, una coterie, un salón de solterones, una coulisse de teatro, un forum, toda la actividad de Bogotá en un centenar de metros cuadrados: tal es el Altozano. Si los muros silenciosos de esa iglesia pudieran hablar, ¡qué bien contarían la historia de Colombia, desde las luchas de precedencia y etiqueta7 de los oidores y obispos de la colonia, desde las crónicas del Carnero bogotano, hasta las conspiraciones y levantamientos!

—Miguel Cané (Argentino)

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24 — El Bautizo (to the Vocabulary Section)

Las costumbres sencillas van degenerando poco a poco. Antes daba gusto1 bautizar a un chiquillo de uno u otro sexo, porque se celebraba el acto como si fuera el santo del patrono de un pueblo.2 Se invitaban a las familias amigas y a los jóvenes habilidosos capaces de recitar una oda si a mano viene3; se repartían monedas en cintas o en cartulinas4 y se bailaba. En fin, el día del bautizo era un día grande.5 Por eso decía un dentista, ahora años, que «el nacimiento de un niño en Cuba es un hecho altamente significativo».

Y así debía ser, porque el niño dejaba de ser judío para convertirse en cristiano.6 Se le borraba el pecado original7 con un poco de agua, sal y aceite, como si se tratara de preparar una lechuga. El héroe en general, preso entre tanta faja,8 encajes y faldellín, lloraba en cuanto sentía que el cura le echaba la sal en la boca y se dormía en cuanto llegaba de la iglesia, y la madrina le decía a su madre: «Usted me lo entregó judío y se lo devuelvo cristiano». Y mientras el chico dormía a pierna suelta9 en su cama después de haber recibido algunos besos de los concurrentes, empezaban a bailar en la sala y a tomar dulces y helados.

Después que uno es grandecito y piensa en estas cosas le entra a uno cierto desconsuelo porque eso de que10 por uno tomen helados, licores y dulces los demás mientras que el héroe si acaso11 chupaba el dedo de la criandera, es cosa triste.

Yo no sé cuantas cintas de bautizo (sin monedas) guardo desde que asistí a tomar la cerveza cada vez que cristianaban a un semejante. Y nadie sabe lo que me recrea registrar estas reliquias como yo las llamo. En la manera de doblar las cintas estriba uno de los mayores atractivos. Parecían condecoraciones de una legión cualquiera.

Pero hoy con el Registro Civil12 el bautizo va perdiendo su importancia por más que13 todavía hoy sirve para borrar el pecado original, pero ya no es lo que era antes. Hoy los bautizos apenas se celebran. Unos dicen que es por la situación del país, pero es porque la religión va perdiendo terreno.14

—Wenceslao Gálvez (Cubano)

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25 — Los Carnavales de Antaño (to the Vocabulary Section)1

Al caer la tarde,2 se veía venir, en una u otra dirección, una comitiva, precedida y seguida de una turba de muchachos. Eran los jugadores de alto tono,3 la juventud dorada4 de Montevideo, que salía a jugar por lo fino,5 con cáscaras de cera y cartuchos de confites. Era de verlos, tan ufanos y alegres, con sus garibaldinas azules o rojas, pantalón blanco, bota de charol a la granadera,6 lujosa faja de seda, y en la cabeza una boina graciosamente achatada hacia un lado.

Allí era el7 salir apresuradamente las señoritas a los balcones, armadas de sus jarros, echando agua con una mano sobre aquellos peripuestos donceles, y defendiéndose con la otra de los proyectiles que ellos les arrojaban, con toda mesura,8 a barajar, para no[9] lastimarlas.

—Acérquese, pues, no sea cobarde, decía una dirigiéndose a alguno de los campeones.

—Me acercaré si usted me tira esa flor que tiene en la cabeza.

—Allá va,10 venga a recogerla.

Caía la flor bajo los balcones, apresurábase el caballero a levantarla, y cuando con una amable sonrisa iba a saludar a la dueña, recibía en el rostro un torrente de agua que le enceguecía y ahogaba, desgracia que él trataba de disimular diciendo con toda galantería:

—¡Cómo ha de ser11! No hay rosa sin espinas....

Y así seguía el juego por largo rato, ellos aguantando un diluvio de agua que los dejaba ensopados, y ellas recibiendo los huevos de cera, que se estrellaban en sus manos, perfumándolas con esquisitas esencias, no sin que12 de vez en cuando se oyese a alguna gritar:

—¡Puf! Está podrido.

Cuando ambos beligerantes quedaban ya rendidos de la refriega, empezaba la parte galante de la fiesta. Los caballeros arrojaban a manos llenas13 cartuchos de confites, y ahí era el gritar y manotear de los chicuelos, que estaban a14 los desperdicios, lanzándose en masa sobre la vereda cuando algún cartucho no llegaba a su destino, empujándose, pateándose por agarrar la codiciada presa, mientras los jugadores hacían toda clase de esfuerzos para barajar las coronas que en cambio de los confites les llovían, retribuyendo ellos todavía el obsequio con cajas especiales, de antemano destinadas a fulana y a zutana, a quienes las enviaban por medio de sus sirvientes, no atreviéndose a correr el albur de que15 al arrojarlas cayesen entre la turba multa16 de arrapiezos que andaban a caza de17 gangas.

Muchas veces, cuando las heroínas estaban ya muy tranquilas haciendo el recuento de los regalos y narrando los episodios del combate, se veían de repente sorprendidas, invadidas por un grupo de intrépidos que iban a librarles batalla18 dentro de sus propias trincheras. Gritos, cerramientos estrepitosos de puertas, vidrios rotos, repliegues de las jugadoras a un rincón, y protestas de los dueños de la casa,—tal era el comienzo de la lucha. El campo de batalla era la sala prudentemente desamueblada desde el día anterior, sin alfombra, sin cortinas, sin ningún adorno, en fin, más que la gran tina del baño19 colmada de agua, el baño de asiento,20 la tinaja, los tachos grandes de la cocina, y todo cuanto cacharro pudiera servir para tener mucha agua a mano.

Repuestas las niñas del susto, emprendían el ataque provistas de sus jarros, pues buen cuidado tenían de no dejar sus armas para que el enemigo las aprovechase. Defendíanse los hombres como podían, con las manos, con los sombreros, con lo que les caía al alcance, pero generalmente acababan por quedar vencidos, porque es irresistible una carga de jugadoras de ésas que se calientan en la refriega y ya no miran para atrás,21 arrojando agua mientras tienen agua, y concluyendo a jarrazo limpio22 cuando ya no tienen con qué mojar. Escurríanse los asaltantes como podían, perseguidos hasta en la escalera, por la servidumbre que hacía de reserva a las patronas; pero frecuentemente sucedía que el menos listo o el más aturdido quedaba solo, encerrado dentro de un círculo femenino que, no por serlo, era menos terrible, y entonces pagaba él la calaverada por él, y por sus compañeros. Ésta le aturde con un jarro de agua en los ojos, aquélla le aplasta encasquetándole un balde lleno en la cabeza, la otra le pellizca de un brazo, tironéale la de más allá de las orejas, hasta que, entusiasmadas de veras,23 cargan las cuatro con él, y a pesar de sus manotadas y pataleos, le zambullen dentro de la tina, y de buena gana le ahogarían, si la oportuna intervención del dueño de la casa, no pusiese fin a la gresca. ¡Cómo saldría de mohino y cariacontecido el zarandeado asaltante, es cosa que ya el lector sobradamente se imaginará....!

—Daniel Muñoz (Uruguayo)

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26 — El LUTO (to the Vocabulary Section)

Ya han pasado dos meses y las niñas están cansadas del encierro, y abren algún tanto y por un momento, un postigo, para ver algo de la calle y oír el órgano que toca en la esquina o en otra parte.

—¡Qué bonita danza, Luisa!

—¡Qué bonita!

Y abrazada una hermana a la cintura de la otra, principian un cedazo.

—¡Niñas, por Dios!—grita su madre.—Todavía no es tiempo.

—¡Maldito luto1!—dice Luisa.

—¡Maldito!—contesta Elena.

En estos momentos entra Da. Emelina, la vecina de al lado,2 que tiene reunión en su casa con motivo del bautismo de un niño.

—Vecina,—le dice a la madre de las niñas,—traigo un empeño con usted.

—Si está en mi mano3....

—Ya lo creo; esta tarde se bautiza mi nietecito y es preciso que Luisa y Elena vayan a divertirse un rato....

—¡Imposible, el luto!

—¿Y van a morirse las pobres niñas de tristeza? ¿Hasta cuándo han de sufrir? Es preciso, vecina, que considere usted que son jóvenes, y que todo no ha de ser penas4 en este mundo; además, en casa no hay más que una reunión amistosa, de familia; algunas muchachas del barrio y nada más. Se bailará con la música del piano y se cantará, por jóvenes decentes,5 alguna cosita. ¿Qué tiene eso de particular?

—Es verdad Da. Emelina, pero el luto....

—¡El luto! ¡El luto!—¿Qué tiene que ver el luto? Además las niñas no van a bailar ni a cantar.

—¿Qué dirán los que las vean?

—Eso tiene remedio; estarán ocultas en el primer cuarto y desde allí lo verán todo. ¡Pobrecitas!

—¿Y los de la calle que las vean pasar a su casa, Da. Emelina?

—Eso también tiene remedio: que se vistan6 ahora que es medio día,7 y nadie las vé....

—Sí, mamá—dice Elena.

—Sí, mamá—dice Luisa.

—Y usted también va, vecina—añade Da. Emelina a la viuda.

—¡Yo!—exclama ésta admirada—las niñas, pase,8 que al fin son jóvenes, pero... ¿yo?... ¡Qué locura!

—Mamá, si tú no vas, yo tampoco,—dice Luisa.

—Ni yo tampoco—agrega Elena.

—No tienen ustedes más que vestirse de blanco y echarse un pañuelo negro por los hombros—propuso Da. Emelina.

—¡Eso no!—esclaman todas—de luto riguroso,9 todavía no es tiempo para otra ropa.

—Como quieran, contesta Da. Emelina—pero pronto, vamos pronto, a comer en casa, de modo que ya estén ustedes allá antes del bautismo.

Y se visten de luto riguroso y de una carrerita10 pasan a casa de la vecina, no sin advertir antes a los criados que tengan buen cuidado de11 no abrir los postigos de la ventana, y que no canten ni permitan ruido.

—¿Qué es éso? les pregunta en la calle un amigo importuno, señalándoles el traje.

—¡Mi pobre Juan!—contesta la viuda.

—¡Mi papaíto!—añade Elena.

—¡Mi padrecito!—exclama Luisa.

—Pues las acompaño en su sentimiento,12 dice el importuno, dejándoles libre el paso.

—Valerio (Cubano)

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27 — El Bambuco (to the Vocabulary Section)

Para apreciar el bambuco debidamente, es menester oírlo en instrumentos de cuerda1: bandola, tiple y guitarra, y si a esto se le agrega pandereta y chucho, el efecto es irresistible. Este último instrumento consiste en una caña delgada de guadua, de cuarenta y cinco centímetros de longitud, cerrada en sus extremos con pergamino y unos cuantos granos de maíz, adentro. Produce un sonido seco y nervioso, y sirve para marcar el compás.

Hacia un lado del espacio libre que servía de salón, colocáronse una docena de muchachas guapísimas; eran las parejas.

En esto se adelantó uno de los mozos, se dirigió a una de ellas, y a guisa de invitación hízole una Ligera venia.

¡Qué hermoso par de figuras! Él, fuerte, musculoso, de modales desembarazados como todos los habitantes de las tierras cálidas2; ella, garbosa y elástica, el pecho mórbido, el talle cimbrador, morena como andaluza, de mejillas frescas y ojos negros.

La muchacha, con un brazo en jarras,3 caído el otro sosteniendo la falda, avanzó sonriente y magnífica, y se detuvo. El galán se apartó, y entonces empezaron verdaderamente los movimientos vivos y agitados de esta danza.

Principia el hombre con un paseo hacia la pareja, como para invitarla; ella cede y le sigue; y así a los manejos de la música, ejecutan varias figuras en que, ya se retiran desdeñosos, ya se buscan y se acercan; pero al tiempo de encontrarse la mujer da una media vuelta4 y huye. Entonces el hombre la sigue siempre, hasta que, después de un zapateo final se retiran, y una nueva pareja ocupa el puesto.

—José Miguel Rosales (Colombiano)

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28 — El Día de Muertos en Mi Pueblo (To the Vocabulary Section)1

En los hogares del pobre, en las calles y plazas de mi pueblo, en los senderos que conducen a la huerta y a la montaña, hay, antes de llegar el día de Muertos, un movimiento inusitado y extraordinario: Diríase que se prepara una gran fiesta en la cual deben tomar parte todos los corazones. Por dondequiera se ven ramos y coronas de flores, cirios de blanquísima cera, tiendecillas donde se venden frutas secas, pan blanco sin levadura salpicado de manchitas rojas y azules, toqueres de maíz y pastas dulces de leche, para las ofrendas que deben ponerse en los sepulcros el día 2 de noviembre, el ambiente se perfuma con las rosas y esencias traídas de los bosques, y en el atrio de la parroquia, en las puertas de las casas, enormes ramas verdes indican que allí va a rendirse culto a la memoria de algún muerto.

Entretanto, levántase en la humilde nave de la iglesia el catafalco para la misa de difuntos2: monumento fúnebre, triste y severo, que servirá para avivar más y más en los corazones de los asistentes, el fervor piadoso y la unción de que han menester3 en sus oraciones....

—Victoriano Agüeros (Mejicano)

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29 — Noches del «colón» (to the Vocabulary Section)

Las noches del «Colón,»1 las noches de los grandes estrenos, de las grandes funciones de gala, de los grandes débuts.... Como todo el mundo, yo había, naturalmente, oído hablar de todo eso. Sabía por los Huret, por los Baudin, por los Clemenceau,2 que comparadas con ellas las noches de la Opera parisiense resultan menos luminosas y menos estrelladas. Sabía que sus millares de espectadores representan, en los días de lleno,3 la masa más considerable de níveas pecheras4 y de brazos marmóreos que se ve en el mundo.... Pero todo esto, quizás por la misma solemnidad de su renombre, parecíame de lejos hecho más para sorprender que para seducir, y pensando en ello imaginábame algo como un vano alarde de5 magnificencia argentina destinado a épater6 al universo....

Pero fué el entreacto, el primero de los entreactos, lo que para mí constituyó el verdadero espectáculo de la noche. ¡Qué luz!... ¡Qué esplendor!... ¡Qué lujo!... Todos los esmaltes y todos los oros7 de las decoraciones palidecían ante aquel derroche de matices vivos. Y no era un derroche de joyas, no; no era una riqueza fácil y de gusto dudoso8 lo que constituía tal iluminación. Menos pedrerías creo haber visto en la formidable sala que en cualquier teatro de Montmartre. Eran los esmaltes frescos de las mejillas, eran los alabastros de las manos, eran los zafiros y las turquesas de las pupilas, eran los mármoles de las gargantas, y eran, además, los áureos reflejos de las cabelleras rubias y las sombrías madejas de las cabelleras negras, y eran, en fin, las gasas, los tules, los encajes, lo que hacía el cuadro mil veces más grandioso y más gracioso, y más rico también que todos los que hasta entonces había yo visto.

Sí; ni en la Opera, de París; ni en el Real, de Madrid; ni en el Covent Garden, de Londres; ni en ninguna parte, nunca, pero nunca,9 tan bello, tan inmenso florecimiento había animado ante mis ojos las clásicas corbeilles10 de un teatro. Todo era impecable, y al mismo tiempo todo era amable.


Un grande y discreto y dulce soplo hacía ondular los tallos de mil matices sobre el fondo rosa de los cortinajes y el oro grave de las molduras. Era la vida, era la noble vida de todo un11 universo femenino.

Y por una especie de milagro que honra a los argentinos, hubiérase dicho que los hombres se habían puesto de acuerdo para[12] desaparecer, poco a poco, hasta no dejar en los palcos sino los ramilletes de damas color de abril, de damas flores, en el gran panorama que habría hecho larga y místicamente palpitar el alma del caballero Lohengrin.

—Enrique Gómez Carrillo (Guatemalteco)

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30 — Cabalgata (to the Vocabulary Section)

A medida que van descendiendo se acrecienta el calor, se agiganta la naturaleza. Un bienestar intenso, un regocijo palpitante, vigoroso, parece filtrarse a un mismo tiempo en la savia y en la sangre; en los árboles y los corazones. Se acercan al río, cruzan el puente entre un redoble de cascos1; salen a una planada cubierta de árboles frutales, en donde el río Blanco y el río Negro se encuentran, se abrazan, confunden sus aguas en el estrépito de sus ondas.

Todos, en una explosión de libertad y de entusiasmo, cantan, estallan en carcajadas, corren por la planicie, hacen girar los caballos empapados en sudor, remolinean en grupos apretados, arrancan a manos llenas2 sartales de flores, desgajan los racimos de pomarrosas, se embriagan en la fragancia de los limoneros, se arrojan puñados de azahares, y hacen rodar por la grama el oro de las naranjas. Las emanaciones potentes de la tierra penetran en los pulmones, el vigor tropical sube a la cara y, unido a la alegría de la fiesta, les enciende las sienes, los envuelve en una atmósfera vibrante que da a las arterias pulsaciones de fiebre. La excitación de la alegría los fatiga, la tensión del entusiasmo se afloja, la energía para el placer se ablanda, la voluntad se deslíe, y entonces un vaho de sopor, una onda de languidez y de ternura los envuelve, los penetra, los sumerge dulcemente.

—Lorenzo Marroquín (Colombiano)

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31 — La Quena (to the Vocabulary Section)1

La quena, fabricada generalmente con una caña peculiar de las montañas del Perú, mide media vara de largo y dos tercios de pulgada de diámetro. Abierta por sus dos extremos, con la embocadura formada por un recorte en forma de rectángulo, pero cuyo lado superior está eliminado y el opuesto a éste cortado, como en los clarinetes, hacia el ulterior y en forma de chaflán, tiene cinco agujeros en la parte superior y uno al costado, por cuya razón solo produce semi-tonos-fúnebres.

Los indios introducen algunas veces una parte de la quena en cántaros de barro, horadados exprofeso. Por medio de esta operación, las melancólicas voces de la flauta americana adquieren una resonancia y una tristeza imponderables.

El yaraví o haraví, que se canta acompañado por la quena, existía, como ésta, en la época de la dominación de los Incas. Los tocadores de quena ejecutan dúos inolvidables para el que es capaz de percibir, dentro de tan imperfecto instrumento, el alma sollozante del indio triste. Una de las quenas lleva el canto y otra el acompañamiento, o la primera hace una especie de reclamo, al cual responde la segunda a la distancia.

Es imponderable la sensación que produce el diálogo de las flautas, cuando se le escucha en la montaña, áspera como el camino de la vida, y en una noche nebulosa como el destino del músico desdichado.

—Santiago Estrada (Argentino)

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32 — Recuerdos de Tibacui (to the Vocabulary Section)

Salió bien pronto la procesión. El pueblo se prosternó respetuosamente, y ya no se oía sino el canto sagrado, el alegre tañido de las campanas y el tamboril y el pito de la danza que iba bailando delante del Santo Sacramento.1 Entonces empezó a arder un castillo de pólvora,2 preparado para la primera estación. Dos indios de la danza fingieron caer con los rostros contra la tierra. Al cesar el ruido de la pólvora, volvieron a levantarse y continuaron ágiles y alegres su incansable danza. Pero cuantas veces se quemaron castillos o ruedas, ellos repitieron aquella expresiva pantomima. Confieso que no pude ya resistir la impresión que me causó aquella escena. Mis lágrimas corrieron al ver la inocente y cándida alegría con que los descendientes de los antiguos dueños del suelo americano renuevan en una pantomima tradicional la imagen de su destrucción, el recuerdo ominoso y amargo del tiempo en que sus abuelos fueron casi exterminados y vilmente esclavizados por aquellos hombres terribles, que en su concepto, manejaban el rayo. En el trascurso de más de tres siglos estos hijos degenerados de una raza valiente y numerosa, ignorantes de su origen, de sus derechos y de su propia miseria, celebran una fiesta cristiana contrahaciendo momentáneamente los usos de sus mayores y se ríen representando el terror de sus padres en aquellos días aciagos en que sus opresores los aniquilaban para formar colonias europeas sobre los despojos de una grande y poderosa nación.

—Josefa Acevedo de Gómez (Colombiana)

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33 — El Puchero Y el Asado en el Plata (To the Vocabulary Section)

El puchero1 ha quedado como resumen de todo lo que el ama de casa tiene a mano; carne de buey, espigas de maíz tierno, zapallo, papas, zanahorias, tomates, arroz y pimientos se dan cita en la marmita y aparecen en la mesa, en una mezcolanza abundante y burguesa, al que hay que hacer los honores sin escrúpulo.2 Sin que nos metamos a3 criticarlo, este plato español ha conquistado su carta de naturaleza y se ha convertido en plato nacional. Es también el plato cotidiano. Es tal vez este su defecto, pero hace también seguramente su mérito. ¡Dichosos los pueblos que pueden comer el puchero dos veces al día! Quéjese el que quiera de esta monotonía muy alimenticia....

El puchero es en suma el gran recurso culinario del país; contiene la solución del problema de la vida para todos, y todos pueden procurárselo, satisfaciendo el apetito de toda su familia con veinte centavos próximamente. Las mismas gentes ricas tienen a este modesto plato nacional tal apego, que cuando viajan por Europa, la ausencia del puchero destruye en parte el encanto que produce la cocina sabia,4 y se consideran dichosos si logran encontrar en alguna parte el recuerdo de la patria ausente y del hogar abandonado en medio de los cálidos vapores que aquél exhala.

Este plato nacional tiene por todas partes un compañero obligado, el asado; pero es preciso que este asado reuna ciertas condiciones. Primeramente es preciso para llenar las condiciones de sabor deseado que el pedazo sea cortado en las partes firmes de la pierna del buey, allí donde la carne es más resistente. El carnero en la ciudad está enteramente proscrito y nunca ha sido admitido a figurar, bajo ninguna forma, sobre la mesa de un criollo, respetuoso de la tradición. Animal largo tiempo desdeñado, no se ha levantado aún a los ojos de los criollos del largo abandono en que vegetaba hace aún un cuarto de siglo; por el contrario es muy buscado de5 los extranjeros y por esta causa el consumo aumenta extraordinariamente. En los campos hay que contentarse con él; pues no se puede por todas partes sacrificar el ganado mayor para la alimentación. De todas las partes del carnero la más desdeñada es la pierna y en realidad no dejan de6 tener razón para ello. El rebaño se cría en libertad en una vasta extensión que no es nunca menor de doscientas cincuenta hectáreas; por allí corre a su guisa,7 marcha y circula sin conocer nunca, ni aún en el invierno, el reposo del establo; estas grandes marchas dan a la fibra de esta parte carnosa una resistencia poco agradable y un gusto diferente de la del carnero criado en países donde la propiedad está muy dividida y donde es de regla8 la estabulación.

—Emilio Daireaux (Francés)

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34 — El Hojalatero (to the Vocabulary Section)

Dotado nuestro tipo de una actividad siempre creciente, recorre con sus latas todos los pueblos de la Isla, sin dejar en el intermedio una hacienda, un barrio, un caserío, una sola choza que no visite. Concluida una expedición, vuelve al instante a emprender otra, sin detenerse más tiempo que el necesario para completar su nueva carga de embudos, cafeteras y faroles.

Cual otro Judío errante impulsado por la secreta voz de su codicia, anda... anda sin cesar, llevando el cargamento en las espaldas, a guisa de caracol.

Y no se limitan sus funciones a comprar, por ejemplo, una lata en cuatro reales para venderla después en cuatro duros; no señor; además de esto suele dedicarse a soldar lo despegado, remendar lo roto y a enderezar entuertos1 y abolladuras, siempre que2 se le pague como corresponde.

También suele comprar calderas, pailas y sartenes viejas en una parte de la Isla, para venderlas por nuevas3 en la otra, si es que no logra colocarlas en la misma parte donde las adquirió.

Aun no está bien averiguado si el hojalatero come, bebe, fuma y satisface, en fin, las demás necesidades de la vida; pero lo cierto es que4 no se permite5 gastar dinero en cosas tales. No quiere esto decir que6 las desprecie, ni que de ellas se prive en absoluto; que no es él tan descortés y mal criado7 para negarse a comer con quien le invita, ni a fumar un tabaco8 cuando se le ofrece, ni a tomar una copa9 cuando haya alguno que le convide y pague.

Paisano, al fin,10 de Verdi y Donizetti, nuestro tipo tiene también sus ribetes de filarmónico, y cuando camina por despoblado suele tocar la sinfonía, cantando al mismo tiempo en alta voz el Inno di Garibaldi, el Addio della partenza, o el Alma innamorata.

Su lenguaje no es italiano ni español, aunque participa de ambos; es una graciosa mezcolanza de palabras españolas italianizadas y vice-versa, formada por él para su uso particular. Puede decirse, pues, que habla en hojalatero.

—Manuel Fernández Juncos (Portorriqueño)

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35 — MI Educación (to the Vocabulary Section)

Tenía mis libros sobre la mesa del comedor, apartábalos para que sirvieran el almuerzo, después para la comida, en la noche para la cena; la vela se extinguía a las dos de la mañana, y cuando la lectura me apasionaba, me pasaba1 tres días sentado registrando en el diccionario. Catorce años he puesto después en aprender a pronunciar el francés que no he hablado hasta 1846, después de haber llegado a Francia. En 1833, estuve de dependiente de comercio en Valparaíso, ganaba una onza mensual, y de ella destinaba media para pagar al profesor de inglés Richard, y dos reales semanales al sereno del barrio para que me despertase a las dos de la mañana a estudiar mi inglés. Los sábados los pasaba en vela2 para hacerlos de una pieza con3 los domingos; y después de mes y medio de lecciones, Richard me dijo que no me faltaba ya sino4 la pronunciación, que hasta hoy he5 podido adquirir. Fuíme a Copiapó, y, mayordomo indigno de la Colorada,6 que tanta plata en barra escondía a mis ojos, traduje a volumen por día7 los sesenta de la colección completa de novelas de Walter Scott, y otras muchas obras que debí a la oficiosidad de Mr. Eduardo Abott.

En 1837, aprendí el italiano en San Juan, por acompañar al joven Rawson,8 cuyos talentos comenzaban desde entonces9 a manifestarse. Ultimamente en 1842, redactando «El Mercurio,»10 me familiaricé con el portugués, que no requiere aprenderse. En París me encerré quince días con una gramática y un diccionario, y traduje seis páginas de alemán, a satisfacción de11 un inteligente a quien dí lección, dejándome desmontado aquel supremo esfuerzo, no obstante que creía haber cogido ya la estructura del rebelde idioma.

—Domingo F. Sarmiento (Argentino)

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36 — El Llanero (to the Vocabulary Section)1

Sus ocupaciones principales son la crianza y pastoreo de los ganados, la pesca y la caza; si bien2 algunos cultivan pequeñas porciones de terreno para obtener raíces comestibles. Esta vida activa y dura, sus marchas continuas y su necesaria frugalidad, desarrollan en ellos gran fuerza muscular y una agilidad extraordinaria. Pobres en extremo3 y privados de toda clase de instrucción, carecen de aquellos medios que en las naciones civilizadas aumentan el poder y disminuyen los riesgos del hombre en la faena de la vida. A pie o sobre el caballo, que ha domado él mismo, el llanero, a veces en pelo,4 casi siempre con malísimos aparejos, enlaza a escape y diestramente el toro más bravío, o lo derriba por la cola, o, a usanza española,5 lo capea con singular donaire y brío; un conocimiento perfecto de las costumbres y organización de los animales del agua y de la tierra, les ha enseñado, no sólo a precaverse de ellos, sino a arrostrar sus furores.

Acostumbrado al uso constante de la fuerza y de los artificios para defender su existencia contra todo linaje de6 peligros, es, por necesidad, astuto y cauteloso; pero injustamente se le ha comparado en esto a los beduinos. El llanero jamás hace traición al que en él se confía, ni carece de fe y de honor como aquellos bandidos del desierto; debajo de su techo recibe hospitalidad el viajero, y ordinariamente se le ve rechazar con noble orgullo el precio de un servicio.

—Rafael María Baralt (Venezolano)

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37 — La Mujer Hispano-Americana (to the Vocabulary Section)

El sentimiento de la maternidad domina en la mujer de la Hispano-América. Cierta filosofía1 pretende que ese sentimiento no es más que instintivo, que no se encuentra con el carácter de pasión más que en la mujer primitiva y del que se despoja la mujer de la civilización refinada, elevándose así por encima de la vulgaridad de sus congéneres y limitando sus ambiciones a la reproducción, por raros ejemplares, de sus altas cualidades de raza.

La mujer no se ha contaminado con estas doctrinas. Cifra una especie de orgullo en rodearse de una numerosa descendencia; por una extraordinaria condición de su naturaleza cada vez sale más rejuvenecida después de las dolorosas pruebas de la más alta función social,—la primera en importancia en un país donde sólo el aumento de población puede asegurar su civilización.

En el Plata no dominó la influencia del cura. Éste se halla muy lejos de desempeñar el papel que, a causa de la mujer, ha conquistado en los otros países católicos. Los conventos de monjas son raros y las profesiones no abundan, al contrario de lo que en Chile sucede, donde las comunidades de mujeres se multiplicaron desde el origen de la colonia: servían de asilo a las mujeres, demasiado numerosas para una población masculina constantemente diezmada por la guerra con los Araucanos. La inmigración proporciona continuamente a Buenos Aires un gran número de hombres adultos, siempre bastante considerable en relación al de las mujeres indígenas. Las pocas mujeres que generalmente con el carácter de esposas traía la emigración jamás ni aun hoy día han llegado al diez por ciento total de los inmigrantes.

—Emilio Daireaux (Francés)

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38 — El «triste» Y la «vidalita» (to the Vocabulary Section)

El «triste» que predomina en los pueblos del norte, es un canto frijio, plañidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie, según Rousseau.1

La «vidalita,» canto popular con coros, acompañado de la guitarra y un tamboril, a cuyos redobles se reune la muchedumbre y va engrosando el cortejo y el estrépito de las voces, me parece heredado de los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó en celebración de la Candelaria2; y como canto religioso, debe ser antiguo, y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españoles argentinos. La vidalita es el metro popular en que se cantan los asuntos del día,3 las canciones guerreras: el gaucho compone el verso que canta, y lo populariza por la asociación que su canto exige.

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39 — El Gaucho (to the Vocabulary Section)1

Entre cien individuos agrupados en el campo, se conocerá inmediatamente a un verdadero gaucho por más pobre que2 él sea: su caballo ensillado con esmero, tuzado y acepillado; su persona limpia, sus prendas de vestir3 colocadas con gracia sobre el cuerpo; sus cabellos y barbas largos, pero peinados y cuidados, y en fin, aquel4 aire atrevido y simpático a la vez, que parece decir a todos: «Yo soy el dueño de la tierra, ustedes no son más que gringos», es lo que le da a conocer.

...El gaucho sólo es amigo de sus amigos, es decir de sus iguales, y a los demás o los respeta o los desprecia: los respeta si son inteligentes o bravos; los desprecia si son simples, cobardes o hablantines. Por lo general el gaucho es reservado y comedido con las gentes que no conoce: el temor de decir algún disparate que le deje en ridículo,5 le contiene de hablar ante extraños. Como él mismo lo dice, no da a conocer su juego6 a dos tirones, lo que equivale a expresar que sólo acostumbra a abrir juicio7 sobre lo que sabe y ante personas que trata de continuo. La guitarra y el canto lo divierten sobremanera, y es capaz de escuchar sin fastidio durante una noche a un guitarrista....

Para alabar o para vituperar las personas o las cosas, tiene recursos de lenguaje, giros poéticos, expresiones originales que hieren los sentimientos, penetrando de un modo especial en la inteligencia. Sin cuidarse de completar sus frases, las enuncia por medio de comparaciones y de referencias, que a pesar de su sencillez vulgar, tienen comunmente un alcance profundo. Así para expresar que un hombre es valiente, dice él: «es como las armas»8; que un hombre es vivo: que «es como la luz»9; para hablar de una mujer linda, «es como las estrellas»; para indicar un caballo rápido, «es como águila»; para elogiar a un individuo firme que no cede a los embates de la mala fortuna, «es como cuadro».10 Cuando habla de su caballo le llama «mancarrón»; a su mujer «la china»11; a sus amigos «aparceros»; a los muchachos del campo, «charabones». Si le entusiasma alguna aventura heroica que le cuentan, demuestra su admiración por el héroe con esta exclamación: «¡Ah criollo!» Si él narra algún lance en que un ginete bien montado12 evitó un sablazo o una lanzada, ladeando el caballo, dice que «soslayó el pingo».13 No dice «tome usted», sino «velay»; al mate le llama «el verde»,14 a los tragos de caña o de ginebra «gorgoritos,» al telégrafo eléctrico «el chismoso»,15 al ferrocarril en señal de admiración, «el bárbaro».16

Pero donde agota todo el repertorio de sus dichos, es en la enumeración de las cualidades de un caballo que estima, y así dice: «es aseadito para andar»,17 «es el peón de la casa»,18 «es mi crédito», «es seguidor en el camino», «es liberal por donde lo busquen»,19 «a donde quiera endereza»,20 etc.

En la conversación familiar, y cuando desea mostrarse cariñoso, sea con los que están presentes o con algún amigo cuyo recuerdo le asalta, emplea términos de su invención o diminutivos que dan una flexibilidad singular a las palabras. Así a un hombre entendido en el baile o en la guitarra, o muy sobresaliente en el juego, el canto o las carreras de caballo, le llama «taura». A un amigo de valor personal21 reputado, si es viejo le llama «viejito quiebra»,22 y si es joven «indio crudo». A un parrandero que para poco en su casa,23 le denomina «hombre gaucho». Si pregunta su nombre a alguno, y este responde, «soy fulano, para servir a usted»,24 él le replica, «para servir a Dios».25 Si entra a una pulpería y le convida un extraño: «gracias, amigo, a pagar lo que guste».26 Cuando da las señas de un paraje cercano, no dice más allá sino «más allasito»; cuando se despide de los que estima, no dice adiós, sino «adiosito»; cuando quiere afirmar que no conoce absolutamente nada de un asunto, dice: «¡no sé cosísima ninguna!»

Sobresale también en buscar el lado ridículo de las cosas, y sus sátiras son a veces divertidas, pero las más de las veces sangrientas. Del hombre que sale poco de su casa, dice: «como peludo en la cueva»;27 al individuo de ciudad le llama «maturrango»; al extranjero «gringo»; y en algunos casos «nación». Tiene refranes particulares de su cosecha28 para caracterizar todas las circunstancias de que se ven aquéllos a quienes profesa ojeriza. Cuando alguno o algunos individuos que no son de campo29 se presentan a participar del asado que hay en el fogón, el gaucho que sabe bien que van a estropear la carne, dice: «¡ya cayeron los chimangos!» A su enemigo lo llama «sotreta»; al caballo de su enemigo «matungo»; a las armas de un enemigo «armas solas»30.

Las tres grandes pasiones del gaucho son: el juego (naipes, taba y carreras), las mujeres y la guerra. Sus vicios son: el mate, el cigarro y el baile. El juego acorta los largos días de holganza campestre, las mujeres suavizan la aspereza de su carácter cerril, y la guerra ejercita su espíritu aventurero. Cuando no juega, enamora o pelea; fuma, toma mate, o baila. Su modo de dormir es un misterio, y hasta parece que el sueño no fuese para él una necesidad. Tiene el más completo desprecio por los dormilones, así es que de los que duermen siesta antes del medio día, dice «duermen la siesta del burro»31 y cuando quiere satirizar a alguno que ha sido desgraciado en la guerra, dice que «lo agarraron durmiendo.»

El poncho, muy superior a la capa española por la facilidad en cubrirse con él, y la desenvoltura en que deja los movimientos; el chiripá que aventaja al pantalón para el hombre que está todo el día a caballo, la bota de potro, fabricada por él mismo con un cuero de ese animal y cómodamente dispuesta para no estrecharle; el pañuelo del cuello que sirve de adorno y además de filtro para tomar agua en los arroyos y cañadas, por cuya razón siempre es de seda; el lazo, las boleadoras y el facón, que sirven para defenderse del hombre y de los enemigos; el recado con todas sus pilchas32 que constituyen la silla y la cama del viajero, hacen que el gaucho, así vestido y pertrechado, lleve consigo a donde quiera que vaya, sus menesteres, su casa y su fortuna.

—Francisco Bauzá (Uruguayo)

Chapter Footnotes:

40 — El Lacho Guapetón (to the Vocabulary Section)

El lacho guapetón,1 tipo puramente chileno y casi olvidado en el día, era entonces la viva encarnación2 del caballero andante de los siglos medios, con poncho y con botas arrieras,3 tanto por su modo de vivir cuanto por sus gustos y sus tendencias. Como él, buscaba aventuras, como él buscaba guapos a quienes vencer, entuertos que enderezar, derechos que entortar y doncellas a quienes agradar, unas veces con comedimientos y otras veces sin ellos, pues los hubo descomedidos y follones además. Así como el caballero andante no perdonaba torneo donde pudiese lucir su gallardía y el poder irresistible de su lanza, primero faltaría el sol que4 faltar el lacho guapetón en las trillas, en los rodeos, en las corridas de caballos y en cuantos lugares hubiese muchachas que enamorar,5 chicha que beber, tonadas que oír, cogollos que obsequiar, generosidad y garbo que lucir, y pechadas y machetazos que dar y recibir, aunque no fuese por otro motivo que por6 haber rehusado beber en el mismo vaso.

—Vicente Pérez Rosales (Chileno)

Chapter Footnotes:

Notes

1 de mano en mano, from hand to hand.

2 de malísimo pincel, very badly painted. Variant: De pobre ejecución.

3 del hábito domínico. Alluding to the fact that St. Dominick was the patron saint of Sarmiento’s family. One of his predecessors had been a dominican priest and his own name bears testimony to the family devotion.

4 de hacer... frente, to face. Variant: Afrontar.

1 las gentes (instead of la gente). A gallicism in general use throughout Spanish America.

2 cuanto les es posible, everything possible for them to do. Variants: Cuanto pueden; todo lo que pueden.

3 el que lo ha menester, he who needs it. Variant: El que necesita de ello.

4 mesa «puesta», the table spread.

5 cama «tendida», a bed made up.

6 que le vaya bien, God be with you; farewell.

7 ¡Qué creída! (¡Qué engreída!) How vain! What airs!

1 bello animal (instead of hermoso). A gallicism very common in Spanish America.

2 al modo como, in the manner in which. Variant: La manera como.

3 sería una omisión imperdonable, it would be an unpardonable omission. Variant: No debemos (or no podemos) olvidar (or dejar de mencionar).

4 de lo mismo, of the same material.

5 se miraba en él, regarded him as another self. Variants: Le apreciaba mucho; estaba loco por él; estaba orgulloso de él.

6 que le llenara tanto el gusto, which so completely satisfied his taste (in what a horse should be). Variants: Que satisficiera tan bien sus deseos (or sus gustos); que fuera tan a medida de su gusto.

7 donde le daba la gana, when and wherever he pleased. Variant: Donde se le ocurría (or se le antojaba).

8 de pies a cabeza, “from head to foot.” Note different order in English modism. Variant: De arriba abajo.

9 cuartos delanteros, fore quarters.

10 se daba a, he gave himself up to. Variants: Y se ponía a; empezaba a.

11 no había... que los resistiera, there was not... who could withstand them (corcovos). Variant: No había... que pudiera aguantarlos (or resistirlos).

12 en un santiamén. Equivalent to “before you could say Jack Robinson”; as quick as a flash. Variants: En un instante; en un momento; en un periquete.

1 El alcalde de la colonia. The highest municipal authority in the colonias or agricultural settlements on government lands in Argentina.

2 por referencias. Variant: De oídas.

3 en tanto, meanwhile. Variants: Entretanto, mientras tanto.

4 una copa de caña, a glass of cane-distilled rum.

5 por abundante, por (ser tan) abundante, so abundant.

1 víbora de coral, coral snake. A South American species.

1 nos contaban y recontaban, had counted and recounted us.

2 desde que nos alcanzaron a ver, from the time they caught sight of us.

3 entrando en la cuenta, including even.

4 un capón a medio pelar, a half-plucked capon.

5 como yo se la mostrase, as I showed it to her. Note the use of the subjunctive.

6 ... ¿no? A modism which in condensed form repeats the previous question.

7 ese... de. Note the use of de.

8 están como tristes, as if you were all sad. Variant: Todos parecen tristes.

9 el señor, the gentleman. Note the use of the definite article when referring to a third person. This article is also used in addressing in the second person.

10 de sobra, more than sufficient.

1 lugares de quietud, quiet places. Variant: Lugares tranquilos.

1 gente de a caballo, men (farm laborers, or peones) on horseback.

2 ponen en dura prueba, which are a severe test. Variant: Ponen a dura prueba.

3 los de a pie, those on foot.

4 correr igual suerte, meeting the same fate.

1 la puerca del hocico blanco, the sow with the white snout. Note the use of the preposition de.

2 en habiéndoseles cambiado el alimento, when their food has been changed. Variant: Cuando el alimento les ha sido cambiado.

1 que más no podía ser, until they could (shout) no longer. Variant: Hasta más no poder.

2 tercera clase, third class. In most Latin American countries trains are made up of first, second and third class cars.

3 a viajes, traveling. Variant: En viaje.

4 se tragaba las leguas, the leagues disappeared.

1 De todos los sitios en que... ninguno que..., Of all places in which... none offers. Note the use of que and the subjunctive. Variant: Ninguno presenta.

2 El traje nivelador. Referring to the fact that because of close uniformity in the style of clothing, it is impossible to distinguish from appearance alone the social status of each of a group or body of men.

3 sólo con ser mencionado, the mere mention of whom.

4 pasea... sus miradas, glances on all sides.

5 bigote rizado a tijera, mustache curled with curling irons.

6 están escritas con sangre, are written in blood.

7 se abrió paso como pudo, made his way as well as he could.

8 «rueda.» In the Stock Exchange of Buenos Aires, there is an inner circle, within which only members are admitted and which is divided from the rest of the floor by a circular balustrade.

9 algarabía de mil demonios, the wild gabble of a thousand demons.

10 como unos locos, like madmen.

11 darse de bofetadas, were coming to fisticuffs.

1 con apremio, insistently.

2 ¡Ya es hora! It is time (to get up)!

3 a cuestas. In this case it means literally on my back. This expression usually means carried on the back or the shoulder, as a burden or load.

4 dándome al diablo, consigning myself to the devil; cursing myself.

5 donde quiera, everywhere.

6 paciente, the patient; the sufferer. The author gives this name to the traveler to suggest the discomforts of traveling by stage-coach.

7 ¿No falta ningún...? Is any one... missing?

8 No contento con, Not content with.

9 de muy mal genio, very bad tempered. Variants: De genio muy malo; malhumorado.

10 ¡en marcha! forward! we are off!

11 poca ventaja podría sacarle el vapor, that (to travel by) steam were but little faster.

12 no así yo, but I was not (of this belief); but I knew better.

13 que estaba en el secreto, who had inside knowledge (in this matter).

1 váquira. Name given in Venezuela to the pecari (peccary) or wild boar.

2 con el santo fin de, with the exalted (solemn) purpose of.

3 incondicionales (unreconstructed rebels) ... repartirse la república. An allusion to local revolutionary politics.

4 Los perros levantaron las piezas, The dogs raised the quarry.

5 por junto a mí, by my side. Variant: Junto a mí.

6 cuerpo a cuerpo, on even terms; unarmed.

7 la otra. Note that el otro, la otra, are generally used as correlatives of el uno, la una. Sometimes, as in this case, the latter are understood.

8 hecha añicos, broken into bits. Variant: Hecha pedazos.

9 Un minuto más y..., Another minute, and....

10 ¡Ahora conmigo! Now (you must reckon) with me! Variant: Ahora te verás conmigo.

11 encías hechas sangre, the gums (mouth) all bloody.

12 con ojos desencajados, with bulging eyes.

1 diga la misa, from decir misa, to say Mass.

2 es preciso estar en Cuba para ver..., one has to be in Cuba to see.... Variant: Hay que estar....

3 por más allá, further on. Variant: Más allá; más lejos.

4 veo cuanto forma..., everything necessary to form. Variants: Todo cuanto forma; todo lo que forma.

5 en pos de ellas, behind them. Variant: Tras ellas.

6 y (de) boca, eatable.

7 jardín de aclimatación, botanical garden.

8 que allí. The Count is referring to Europe.

9 negro cimarrón, in olden times a runaway slave. Dogs were specially trained to follow the scent of the fugitives, as police dogs are to-day.

10 caballos de la molienda, horse power for the crushing of sugar-cane.

11 que yo estudio, que yo admiro. Note the redundance for the sake of emphasis. Variant: Que yo estudio y admiro.

1 hervía de gente, was crowded with people. The verb hervía, ‘to boil,’ suggests the idea of ‘running over.’ Variant: Estaba atestado de gente.

2 le daba por..., which reached his....

3 anillo de chispa, ring with a very small diamond.

4 con alguno de su confianza, with some intimate friend.

5 a hurtadillas, slyly, furtively.

6 su hogar y sus majadas, their homes and their herds; equivalent to English ‘hearths and homes.’

7 el fulano de los mates, what’s-his-name who serves «mate»; the servant whose duty it was to serve mate to the people in the clubrooms.

8 como quien, as if he. Variant: Como si.

9 la flor y crema, the very cream (of society). Variant: La flor y nata.

10 el vocabulario callejero, in street parlance.

1 en «la mula del fraile,» “shankshire’s ponies”; on foot. Variant: «Un ratito a pie y otro caminando.»

2 en mulo, on muleback. Compare with a lomo de mulo.

3 no me había pasado... por la cabeza, had not entered my head. Variant: No se me había ocurrido.

4 me di. Note the reflexive form.

5 un invierno feroz. In tropical Spanish America they call the rainy season invierno. Feroz refers here to the abundance of rainfall, rather than the degree of cold.

6 hacer la gracia de. From gracia, ‘A funny, foolish act.’ Variant: Hacer la locura de.

7 para mi gobierno, for my own guidance.

8 el más... que jamás.... Note this way of qualifying an object which brings effectively together the general qualities of the object and the particular attributes bearing specially on the subject discussed.

9 En balde, In vain.

1 A eso de, In the neighborhood; at about.

2 en su punto, is at its height.

3 tan flaco servicio, equivalent to such a doubtful service.

4 aquello de, that of.

5 sombrero de tres picos, three-cornered hat.

6 con urgencia, insistently.

7 el hombre, that individual. A familiar way of referring to a man, either when speaking to, or about him: «¡Hola! ¿que dice el hombre?» «Salí a cazar con Juan; pero al hombre se le agotaron las municiones y tuvimos que volver.»

8 boca abajo, face downward.

9 nada menos que, nothing less than; at the very least.

10 así como, something like. Variant: Algo así como.

11 una penita en el estómago (Cuba), to be hungry.

12 pero es lo malo, que, but it is unhappily true that; but it is the sad fact that.

1 Guadalupe, a village within the Federal District of Mexico, where the celebrated shrine of Our Lady of Guadeloupe is to be found.

2 no tiene más que, need do nothing more than; has only to take.

3 de tierra adentro, from the remote interior.

4 a empellones, by pushing and elbowing.

5 focos de, centers of.

1 vulgo. In this case an adverb: vulgarly; in common parlance.

2 olla podrida. A classic Spanish dish composed of different sorts of meats and vegetables boiled together.

3 no viene a costar más arriba de, doesn’t cost above. Variant: No cuesta más de.

1 dueña de casa, the lady of the house; housewife.

2 cebar mate, to prepare and serve «mate»; to infuse and serve «Paraguay tea.»

3 dolores de vientre, stomach-ache.

4 no lo es menos, it is no less (difficult).

5 se conoce a la legua, can be recognized from afar.

6 de tal manera que, in such a (horrible) manner as to.

7 las fibras más sensibles (del corazón), to move the most hardened (heart).

1 todo Cristo, everyone, no matter how exalted his station; everybody.

2 su excelencia, his excellency.

3 en plena, in the most complete.

4 de Palacio, from the Government Palace. Note the use of de instead of del and similarly, the form a Palacio is used instead of al.

5 A poco andar, After walking a few steps; soon.

6 ¡ya pareció aquéllo! now I understand that (the previously given order, i.e. “To prison with every midnight prowler!”)

7 de galanteo, goes courting.

8 dieron las buenas noches, passed the time of night; wished him good evening.

9 ¿Quién vive? Who goes there?

10 ¡Al cuartel el vagabundo! Note the use of the definite article, which makes the adjective more emphatic.

11 El bando es bando, The law is the law; orders are orders.

12 y, [por lo tanto] ¡a la cárcel!, to the guardhouse; to the lockup.

13 por respeto, out of respect.

14 no andarse en contemplaciones; not to stand upon ceremony; to employ harsh measures.

15 pasó la noche, he spent the night.

16 todo un, as exalted a personage as.

17 S. M. = Su Majestad, His Majesty.

1 de Tertuliano. The author plays with words in order to contrast former tertulianos (‘theatre goers’) with the tertuliano (‘one of a number of friends belonging to the same set’).

2 ex profeso, on purpose.

3 cuando... se presentaba la ocasión, when the opportunity presented.

4 por los suelos, trample under foot.

5 siglos atrás, centuries past.

6 Todavía felices, Happy still. Variant: Felices, con todo (after all has been said) los días.

7 la gallina ciega, blindman’s buff.

8 como es de suponerse, as must be supposed.

9 tal cual matrimonio, this or the other marriage.

10 de las más de nuestras, of the greater part of our social reunions (gatherings).

11 los nombres más bien puestos, the most highly respected names.

12 que bajaron al sepulcro, the dead.

13 hacer mofa del, to burlesque; to make a mockery of.

1 calle Florida. The most fashionable street in Buenos Aires.

2 tomando el sol, taking the air, promenading.

3 todo cuanto... tiene de notable, the best the city can show in.

4 el Magdalena se ha regado con exceso, the Magdalena has been irrigating too much, i.e. so much water has been taken from the Magdalena for irrigating purposes, that it is so low that.

5 la nota del momento, the latest news.

6 sesión del senado. In most of the Spanish American countries sesión means sitting. A congressional session is called periodo.

7 luchas de precedencia y etiqueta. This refers to the continual petty squabbling over points of etiquette and precedence during the colonial period.

1 daba gusto, it was pleasant; it was a pleasure.

2 el santo del patrono de un pueblo. It was customary to give towns and villages the names of saints, called thereafter their patronos. The anniversary of that particular saint is set apart in the local calendar for celebration.

3 si a mano viene, if thought desirable; if desired.

4 monedas en cintas o en cartulinas. Refers to the old custom of distributing specially stamped souvenir medals of gold or silver, among the guests at a child’s baptismal feast.

5 un día grande, a great occasion; a red letter day. Variant: Un día de días.

6 para convertirse en cristiano. It is a common saying that the child is a Jew before being baptized, and a Christian after the ceremony has been performed.

7 el pecado original, original sin; the sin of Adam.

8 entre tanta faja, in many (innumerable) wrappings.

9 a pierna suelta, in blissful unconsciousness.

10 porque eso de que... es cosa triste, because all that (business of eating ices while...) is rather a sad thing (to contemplate).

11 si acaso, at the most; perhaps. Variant: A lo sumo; si algo chupaba, era el dedo de la criandera.

12 Registro Civil, the Bureau of Vital Statistics. A government institution for the registration of births and deaths and the performing of civil marriages.

13 por más que, although.

14 va perdiendo terreno, is losing ground.

1 Carnaval, Carnival. Name given to the three-day celebration preceding Ash Wednesday. During this time, numerous lively skirmishes took place in the streets between young men and women, in which they squirted water or perfume at each other. Besides the ordinary receptacles for holding liquids, a variety of syringes and rubber bulbs were manufactured for use during these contests. Particularly popular in former days was the pomo, a tube almost exactly like the tubes used to-day as containers for tooth-paste. The “eggs” mentioned by the author were of wax, and filled with water. Real eggs, however, were sometimes used. In the large cities, squirting water was forbidden about twenty years ago, but the custom still persists in the country districts.

2 Al caer la tarde, At dusk; at nightfall.

3 de alto tono, of the best families; high class.

4 juventud dorada, gilded youth.

5 por lo fino, in order to be in style; as the last touch of elegance.

6 bota de... granadera, patent leather boots, grenadier style.

7 Allí era el..., There was; there could be seen.

8 con toda mesura, aimed with care.

9 para no, so as not to; in order not to.

10 Allá va, There it goes.

11 ¡Cómo ha de ser! How else could it be! It can’t be helped! Never mind!

12 no sin que..., although.

13 a manos llenas, by the handful.

14 que estaban a..., to whom fell (the leftovers).

15 correr el albur de que, to run the risk of their.

16 la turba multa, the riotous crowd.

17 a caza de, in search of (lucky “finds”).

18 librarles batalla, to give battle.

19 tina del baño, a portable bath-tub.

20 baño de asiento, sitz bath.

21 no miran para atrás, do not think of retreating.

22 a jarrazo limpio, with the empty pitcher.

23 de veras, thoroughly aroused or excited.

1 ¡Maldito luto! Confound (or damn) mourning! Maldito, -a is a familiar expression in Spanish which is not under the social ban to which its English counterpart is subjected.

2 la vecina de al lado, the next-door neighbor.

3 Si está en mi mano, If it is in my power.

4 todo no ha de ser penas, grief is not the only thing.

5 jóvenes decentes, respectable young people.

6 que se vistan, let them dress now.

7 medio día, middle of the day.

8 las niñas, pase, the children may (possibly) go.

9 luto riguroso, the deepest mourning.

10 de una carrerita, raced; ran.

11 tengan buen cuidado de, be very careful to.

12 las acompaño en su sentimiento, you have my sympathy; I condole with you.

1 instrumentos de cuerda, stringed instruments.

2 tierras cálidas or calientes. Name given in tropical America to the low coast lands, river plains, and valleys.

3 brazo en jarras, arms akimbo.

4 una media vuelta, a half turn.

1 El día de Muertos or de Difuntos, All Souls’ Day. In Catholic and Anglican churches, November second is devoted to honoring the memory of the dead, and it is rigorously observed in all Catholic countries by all classes of society.

2 misa de difuntos, the special Mass on All Souls’ Day.

3 que han menester, which they need; needed. Variant: Que necesitan.

1 Las noches del [teatro] «Colón».

2 los Huret, los Baudin, los Clemenceau. The article here suggests the plurality implied by the existence of many other authors of the type of those mentioned. Compare with «los Whittiers». See XVII, 12.

3 días de lleno, the days when the theatre is crowded.

4 níveas pecheras, immaculate shirt-fronts. Refers to the men in the audience.

5 vano alarde de, useless boasting of; idle boasting of.

6 a épater, astound. From the French. Variants: Sorprender; encandilar.

7 todos los oros, all the gold. Variant: Todo el oro.

8 de gusto dudoso, of doubtful taste.

9 nunca, pero nunca, never,—no never.

10 corbeilles. From the French. A clever play upon the words corbel, the architectural term for the supports of the various tiers of seats, and corbeille, ‘a basket of flowers.’

11 de todo un, of a whole.

12 se habían puesto de acuerdo para, they had agreed to.

1 un redoble de cascos, resounding hoofbeats.

2 a manos llenas, by handfuls.

1 Quena, reed flute used by the Peruvian Indians.

1 del Santo Sacramento, the Holy Sacrament; the Host carried in the procession. Variant: El Santísimo.

2 castillo de pólvora, fireworks.

1 puchero. A classic dish in Spanish-speaking countries, composed of meat and vegetables boiled together; the equivalent of a New England “boiled dinner.” It is also called cocido, hervido, cazuela, olla, olla podrida.

2 sin escrúpulo, without stint; heartily.

3 Sin que nos metamos a, Without presuming to criticize.

4 la cocina sabia, good cooking; wholesome food or diet.

5 muy buscado de, very much sought for; very much liked by. Variant: Buscado por.

6 no dejan de, are not without.

7 a su guisa, to their heart’s content.

8 es de regla, it is customary.

1 enderezar entuertos. This expression is usually employed in a figurative sense: entuerto, grievance, wrong, affront.

2 siempre que, always provided. Variant: Con tal que.

3 venderlas por nuevas, sell them as new.

4 lo cierto es que, it is clear that. Variant: La verdad es que.

5 no se permite [a sí mismo]. Note the use of reflexive.

6 No quiere esto decir que, This does not mean to say that. Variant: Esto no significa que.

7 mal criado, ill bred. Variant: Mal educado.

8 fumar un tabaco, to smoke a cigar.

9 tomar una copa, to take a drink. Variant: Echar un trago.

10 al fin, nevertheless.

1 me pasaba. Note reflexive form. Variant: Pasaba.

2 en vela, without sleeping. Variant: Sin dormir.

3 para hacerlos de una pieza, to make them a part of.

4 que no me faltaba ya sino, that I lacked only the pronunciation.

5 que hasta hoy he, which to this day I have (not). Note that the phrase is affirmative in form although negative in meaning: hasta hoy [no] he podido.

6 mayordomo indigno de la Colorada. The latter was the name of the mine in which Sarmiento served as foreman or manager.

7 a volumen por día, a volume a day. Variant: A razón de un volumen por día.

8 Dr. Guillermo Rawson, who later became one of Argentine’s greatest statesmen.

9 comenzaban desde entonces, were then just beginning.

10 «El Mercurio», this was, and is still, one of the great dailies in Chile.

11 a satisfacción de, satisfactory to; to the satisfaction of.

1 Llanero. Name given to the inhabitant of the plains, particularly in Venezuela.

2 si bien, even although.

3 Pobres en extremo, Extremely poor. Variant: Extremadamente pobres.

4 en pelo, without saddle; bareback.

5 a usanza española, after the Spanish fashion.

6 todo linaje de, every kind of.

1 Cierta filosofía, A certain (school of) philosophy; certain philosophers.

1 según Rousseau, according to Rousseau.

2 la Candelaria, Candlemas (2d of February). Variant: Fiesta de la Purificación.

3 los asuntos del día, every-day matters; every-day happenings.

1 Gaucho, the half-breed native of Argentina and Uruguay, who in character corresponds somewhat to our western cowboy. This type is almost extinct, but much of its spirit still survives.

2 por más pobre que, no matter how poor.

3 prendas de vestir, articles of clothing and personal adornment.

4 y... aquel, and... that. Variant: Y... ese.

5 deje en ridículo, make him seem ridiculous.

6 no da a conocer su juego, does not show “his hand” (of cards); reserved; taciturn.

7 abrir juicio, to pass judgment upon. Variant: Expresar una opinión.

8 “es como las armas,” he is like the trusty steel.

9 “es como la luz,” he is as quick as a flash (of light).

10 “es como cuadro,” as firm as a squadron (of troops).

11 chino, -na, in the River Plate region a half-breed, white and Indian.

12 un ginete bien montado, rider mounted upon a good horse; well mounted.

13 soslayó el pingo, to rein the horse in obliquely to avoid a blow or an obstacle. pingo, a fine saddle-horse.

14 el verde, referring to the color of an infusion of mate.

15 el chismoso, the tattler, the tale-bearer.

16 el bárbaro, bold, daring.

17 aseadito para andar, from aseado, ‘clean,’ ‘neat.’ A horse which is ready to be taken to any public concourse without fear of its soiling the floor.

18 el peón de la casa, alluding to the general usefulness of the horse.

19 liberal por donde lo busquen, referring to the willingness of the horse to make extra trips on any kind of road. Por donde lo busquen, to respond to whatever is expected of him.

20 a donde quiera endereza, from enderezar, to start walking or running.

21 de valor personal, physically brave.

22 viejito quiebra, “old tried and true.” Quiebra is an adjective which embodies all the positive qualities of a gaucho.

23 que para poco en su casa, who is very seldom at home.

24 fulano, para servir a usted, so-and-so, to serve you. A polite response to “Who are you?” or “What’s your name?”

25 para servir a Dios, to serve God (not me).

26 a pagar lo que guste, provided I pay for what we drink.

27 como peludo en la cueva. Peludo means here armadillo, alluding to this animal’s habit of hiding in its hole.

28 de su cosecha, of his own making; original with him.

29 chimango, a small bird of prey.

30 armas solas, with no “man behind the gun.”

31 la siesta del burro, alluding to the fact that donkeys sleep most of the time, awaking only to eat. Variant: La siesta del perro.

32 el recado con todas sus pilchas, rustic saddle with all its trappings.

1 lacho guapetón, a sort of cowboy who goes about with “a chip on his shoulder.” This type is common throughout the entire Spanish speaking world. Lacho, a spirited young man; guapetón, from guapo, ‘brave.’

2 la viva encarnación, the exact image.

3 botas arrieras, high cowhide boots worn by cattle-drivers going through the mountain passes.

4 primero faltaría el sol que..., the sun would fail (in his orbit) before....

5 muchachas que enamorar, girls to make love to. Note use of relative que.

6 aunque no fuese por otro motivo que por haber, were there no other reason than that of having. Note the use of por before an infinitive.

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