La isla de Choele-Choel
“¡Qué noche aquella del 24 de mayo, primera que pasamos en Choele Choel!”, recuerda el comandante Prado en su sabrosa memoria “La guerra al malón”. “Hizo un frío tan espantoso—agrega y era tan grande nuestra desnudez, que al recordarla después de veintiocho años, se me ocurre que va a echarse a tiritar todo mi cuerpo. A orillas del fogón parecían los milicos fantásticos asados en banquete de caníbales, girando automáticamente al calor de la lumbre, para evitar que mientras se calentaba el pecho se escarchase la espalda. Los centinelas eran relevados cada veinte minutos, y cuando los retenes volvían al cuerpo de guardia, era necesario apelar a las fricciones para desentumecer la tropa. Al amanecer del 25 y cuando formamos para saludar la salida del sol, el dilatado valle ofrecía el aspecto de una inmensa sabana, cuya superficie crujía con siniestro ruído al quebrarse la escarcha al paso de los soldados. Y cortando en dos aquella espléndida llanura, alzábase serpenteando en caprichoso zigzag, la columna de vapor escapada del río Negro, en espesa e impenetrable neblina”.
Iba a epilogar el ejército su brillante jornada. Junto al río huraño se levantaría el primer pueblo del sur, jalonando la concentración victoriosa y a manera de avanzada de la nueva empresa militar, rumbo al lago Nahuel Huapí y a las cordilleras del Neuquen.
Se eligió el terreno para la nueva población. Contraviniendo la información popular, que atribuía al río crecidas arrolladoras, autorizó la ciencia de un ingeniero el local propicio y hasta donde no llegarían las aguas iracundas. Y se comenzó afanosamente, febrilmente, la construcción del pueblo. Se convirtieron los soldados en carpinteros, albañiles y mecánicos. El cuartel pasó a ser una gran maestranza. Conrado Villegas, Teodoro García, Manuel Campos, Wintter, Fernández Oro, Montes de Oca, Nadal, Cerri, Moritan—jefes de la cruzada—se convertían en proyectistas y horneros, arquitectos y leñadores. Y así fué tomando cuerpo la población, sobre un recodo del río, ensombreada por los sauces cerúleos, dominando el valle desde la barranca florida. Al mes y medio ya el caserío había tomado aspecto urbano. Pero un día comenzaron a subir las aguas. Nadie prestó atención al fenómeno, puesto que la seguridad del pueblo estaba basada en las matemáticas del ingeniero. Y siguieron las aguas derramándose por las vegas del valle. El río, lleno de braveza, se desbocaba por los ramblizos, cubría los islotes, se empinaba como un potro ensoberbecido junto a las barrancas, abatía sin piedad los sauces ribereños y se precipitaba como un furioso turbión hacia el mar...
No llegó la primavera para este pueblo fortalecido por el amor a la patria y por la fe. El 17 de julio amaneció el pueblo rodeado de agua...
—Se agotaron las provisiones de carne—dice el comandante Prado, testigo ocular.—Entonces se apeló al racionamiento extraordinario consistente en un puñado de harina que cocíamos, amasándola sin sal algunas veces, al rescoldo y a una que otra piltrafa de caballo que nos tocaba por milagro. Al hallarnos aislados por la creciente, y no sabiendo el tiempo que duraría esa situación, el General Villegas dispuso que se reunieran los caballos que habían quedado en el campamento pertenecientes al servicio de la proveeduría y a los ayudantes, a fin de distribuirlos para el consumo, moderadamente. Entre tanto, casi a la vista de todos, las caballadas se ahogaban en sus rodeos, se ahogaban las novilladas del proveedor, sorprendidas en su marcha, y dentro de poco nos ahogaríamos también nosotros. Y para que no entrase el desaliento en los espíritus, la división hacía constantes ejercicios durante el día, hundiéndose en el fango formado por el agua que brotaba del suelo. Por la noche esos mismos milicos lo pasaban bailando al compás de las bandas de música que tocaban, de orden superior, las más alegres piezas de sus repertorios...
La inundación arrasó con todo.
Mes y medio después, a fines de septiembre, se habían tirado las bases de otro nuevo campamento, un poco más al oeste, sobre las barrancas del río, hasta donde parecía imposible que llegaran las crecidas. No fué esta la población definitiva. Acabamos de visitar Choele Choel y sus alrededores. Ahí están las ruínas de este campamento. Sólo ha quedado en pie la comandancia que ocupó el general Villegas y una media docena de robustos álamos que resisten como atalayas, los embates del tiempo.
Así fueron los preliminares civilizadores de Choele Choel. Después de esta primer tentativa del ejército, vinieron los colonos. Se dividieron y cultivaron las tierras. Se organizó el regadío. Y pasó por fin el ferrocarril intensificando la nota de cultura y trayendo población y bienestar.
La isla de Choele Choel constituye hoy, uno de los centros rurales más importantes del valle. Las condiciones agrológicas de la tierra son insuperables. El clima es benigno. Su situación junto al ferrocarril, contribuye, como primer factor, en el estímulo de sus industrias agropecuarias. Su población, que se densifica sensiblemente, puede calcularse en más de 3.000 habitantes, colonos todos. Las crecidas del río Negro, que fueron hasta no ha mucho tiempo, un formidable enemigo de la agricultura isleña, incipiente pero augural, van a ser sometidas con las grandes obras hidráulicas del valle. Ya el formidable dique del Neuquen, puesto como una barrera sobre el río veleidoso, se encarga de docilizar la corriente iracunda, enviando hacia la hoyada Vidal, el exceso pernicioso de las aguas que solían, en los meses de invierno, malograr las vigilias ribereñas. Con este gran alivio, que representa el primer paso formal en el sentido de regimentar los grandes ríos de la alta Patagonia, se asegura la tranquilidad de la comarca interín se formalizan los estudios para poner reparo a las turbulencias del Limay.
Este paso en firme dado por la civilización del agua, inicia un nuevo ciclo cultural para Choele Choel.
La acción oficial, después de un lamentable abandono de más de veinte años, se significa en 1904 con un decreto de colonización. Se divide la isla en chacras de 100 hectáreas. El loteo era previsor, sin duda, pero mientras la disposición gubernativa daba facilidades de pago para la adquisición de las chacras, no se puso límite con el máximo prudencial de tierra que pudiera adquirir cada colono. De ahí que los adjudicatarios pudientes acapararan diez y veinte chacras, en menoscabo de la agricultura intensiva reclamada por las condiciones del suelo y el espíritu oficial que autorizó la colonia. No creemos que los grandes tenedores de tierra en la isla puedan alegar ninguna razón fundamental en su descargo. La producción frutícola, que es excepcional, no da margen aún a una industria lucrativa, a pesar de su excelencia. Y su éxito irrefragable en los certámenes de la metrópoli, no ha logrado mover el lirismo de sus cultivadores que se limitan a pequeñas parcelas, mientras la fruta del Paraná, domina la plaza; y sigue nuestra novelería pendiente de las manzanas de California, llenas de color y de vida, pero costosas, uniformes y antipáticas... Ninguno de los terratenientes de la isla tiene una huerta de frutales superior a 4 hectáreas de extensión. En estas condiciones, la fruticultura que debiera ser, por la validez calitativa de sus ejemplares, el primer renglón agrícola de Choele Choel, deja su carácter de empresa industrial para convertirse en deporte ornamenticio con rumbo a las ferias de exhibición y a los torneos platónicos de la capital. ¡No, pues! Esta isla llena de belleza y de maternidad, donde el río pletórico, dejó con sus resacas, por centurias, sus fecundizantes aluviones, está reclamando extendidos, ubérrimos plantíos, civilizados por la ciencia agraria, tecnificados por la industria y ennoblecidos por el riego racional.
Mientras tanto, los fruteros siguen aferrados a sus cultivos incipientes, sin extender sus huertos ni buscar en la selección de sus variedades, tipos que salven los inconvenientes de la distancia y respondan a las exigencias del mercado.
Está en la conveniencia de todos los propietarios isleños, dar incremento definitivo a esta industria, buscando los tipos de exportación embellecidos por el tamaño, la consistencia y el sabor. La obsesión por la monocultura—vale decir, “la fiebre de la alfalfa”—tiene que ir suavizándose poco a poco, frente a la necesidad de las industrias combinadas y la implantación de la chacra mixta. La alfalfa, como cultivo, asegura, ciertamente, la especulación inmediata, traducida en producción ganadera, en reses de frigorífico, en textil. Pero, sería muy pobre el porvenir de estas tierras, si fincara solamente en aplicaciones pastoriles. El riego artificial, que es científico, que es dispendioso, que importa el más alto exponente de la cultura agrícola, puesto que vitaliza hasta los suelos más tenaces, salobres y áridos, tiene otra misión más eficiente que alimentar la hierba de los rebaños, en un país como el nuestro, de húmedas vegas y llanuras feraces. En Europa, donde toda corriente de agua es una fuente de maternidad para los prados ribereños, sólo justificarían esta prodigalidad del riego, en la propia juventud de nuestras industrias rurales. Esta gran riqueza del agua, que importa el resultado de una energía trascendental, aplicada por la nación en bien de su progreso, reclama fuentes de producción más intensas, más científicas, más complejas que los potreros de alfalfa, librados a la rutina del sembrador y a las veleidades del tiempo...
De acuerdo con la calidad de la tierra, la producción de hortalizas es excepcional. Como suena: excepcional. Son inmejorables las arvejas. Los porotos, las cebollas, las patatas, los garbanzos, rinden prodigiosamente. Dan bien los tomates y el pimentón. Por error tal vez, se ha difundido en la isla, la arveja de ojo negro, en lugar del “petit pois”. Aquella se prodiga con mayor abundancia, pero ésta podría constituir una industria de gran rendimiento, dada su salida.
El maíz rinde de 6 a 7.000 kilos por hectárea, elevándose a mayor cantidad. No ocurre esto en la parte alta del valle, en Roca y Allen por ejemplo, donde la producción maicera es inferior. Sin embargo, nadie dedica mayor atención al maíz. Se siembra escasamente lo necesario para el consumo. El maíz, por lo general, se cultiva sin riego en la isla, aprovechando los terrenos de regadío para la alfalfa.
Algunas fincas han sido acotadas por mimbreras, como valladares, anticipando, tal vez, la industria de la canastería. Por lo común los cercos vivos en la isla, son descuidados. No hay parangón posible entre las calles de la isla y las calles arborizadas de Cipolletti, La Picasa, Allen o Roca, con sus primorosas alamedas y sus trincheras de tamariscos.
En la estación de Choele Choel, mientras aguardamos la llegada del tren, departimos con un maestro: el director de la escuela de Colonia Galense, en la isla. Coinciden los informes que nos habían anticipado sobre este educacionista, con el juicio que nos merece la interlocución. Se trata de un maestro en el amplio concepto. Es joven. Ha estado en Patagones de vice director de la escuela normal, si mal no recordamos. Este año se ha sustraído al encanto de las vacaciones dedicándose al negocio de frutas. Ha acaparado la producción de la isla. En la estación dirige, personalmente, el embarque de los cajones a General Roca, a Bahía Blanca, a Allen, a Cipolletti, a Neuquen. Todos los días la misma faena. Y todos los días hace extender con sus peones, sobre una jerga, en el suelo, el montículo de sabrosos duraznos, en obsequio a los “habitués” de la estación, a manera de refacción comunal.
Nos interesa, por cierto, algunos pormenores sobre el carácter de “sus niños”, retoños de ingleses e italianos, de españoles y rusos, de criollos y de indios.
—Los rusitos—nos dice—son aplicados e inteligentes. Asimilan con extraordinaria rapidez las lecciones. Los niños criollos, parecieran, “a priori”, más retardados, pero una vez que se compenetran de las cosas, retienen las explicaciones admirablemente.
—¿Y los aborígenes? Porque ha de tener algunos niños indígenas...
—Son dóciles, atenciosos e inteligentes. Concurren a las clases con asiduidad y aprenden bien sus lecciones. Hace algún tiempo, me llamaron la atención dos niñitas, hijas de indios. Había notado en ellas cierto retraimiento, cierto dolor oculto, tanto en las horas de clase como en los recreos. Quise escrutar estos pequeños corazoncitos: “¿Por qué estáis tristes?”—“Porque las otras niñas nos dicen que somos negras y no quieren juntarse con nosotras”—me respondieron.—Me pareció la odisea de una raza que no había acabado todavía con su último dolor. Horas más tarde, tocaba en clase el sentimiento de los niños explicando la muerte de un perrito aplastado por la rueda de un carro, frente a la escuela. Los niños habían presenciado la escena. Les hablé de la utilidad de los perros y de la piedad que debemos tener con los animales. Cuando terminé la clase, todos los niños estaban apesadumbrados, pendientes de la dolorosa tragedia. Sólo las niñas indias lloraban...
Vocabulario
Choele-Choel. (Voz araucana). Significa ruídos extraños o raros.
Fogón. Hoguera en el campo, en la que los soldados preparan su alimento y con cuyo calor se defienden del frío.
Retenes. Pequeños grupos de tropa que recorren los puestos de centinelas.
Desentumecer. Quitar la torpeza de los miembros entumecidos.
Epilogar. Hacer o realizar el final de una cosa.
Contraviniendo. Oponiéndose, obrando en contra.
Iracundas. Furiosas; impetuosas.
Maestranza. Fábrica o talleres de construcción de armas u otros efectos.
Cerúleos. Del color azul del cielo. Por extensión: lo que es o parece ser del cielo.
Ramblizos. El sitio, por donde corren las aguas de los turbiones y avenidas.
Ribereños. De la orilla.
Turbión. Aguacero corto y muy violento, acompañado de viento fuerte.
Rescoldo. Ceniza caliente que conserva alguna brasa.
Proveeduría. Oficina militar que provee los víveres y efectos comunes a la tropa.
Preliminares. Primeros pasos.
Docilizar. Volver dócil, dominar, regularizar.
Interín. Mientras tanto.
Turbulencias. Alborotos, perturbaciones. En sentido figurado: desbordes.
Adjudicatario. Aquel a quien se atribuye la propiedad de una cosa.
Menoscabo. Daño, detrimento.
Irrefragable. Lo que no se puede contrarrestar.
Platónicos. Puramente idealistas, sin finalidad práctica.
Pletórico. Repleto, rebosante.
Resacas. Depósitos que dejan las crecidas avenidas de mareas.
Centurias. Siglos.
Aluviones. Terrenos formados por los depósitos que dejan las aguas.
Ubérrimos. Los más productivos, los más fértiles.
Textil. Dícese de lo que da material para hacer tejidos.
Mimbreras. Hileras de mimbres.
Valladares. Cercos, barreras.
Parangón. Comparación.
Interlocución. Conversación.
Montículo. Monte pequeño, montón.
Compenetran. De “compenetrarse”: darse cuenta.
Asiduidad. Frecuencia continuada.
Escrutar. Observar, conocer.
Odisea. En sentido figurado: destino.
Apesadumbrados. Doloridos, apenados.