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Nuestra Pampa

by W. Jaime Molins

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Por los prados de alfalfa

Se ha iniciado la siesta. El sol se derrite en polvo de oro y fuego sobre la campiña aletargada. Ni la más leve brisa mueve las hojas. En cómodo “break”, arrastrados por fornidas trotonas, vamos a recorrer los potreros. Bien pronto se pierde de vista la estancia entre las ondulaciones del campo. Algunos accidentes del terreno nos informan de viejos arenales, estabilizados ya. El señor G. usa para ello el procedimiento más viable: el alambrado precaucional conjuntamente con el cultivo de centeno, la plantación de álamos erectos o cañaverales.

Los alfalfares están espléndidos. El año ha sido excepcional por las lluvias oportunas y abundosas. Para renuevo de los alfalfares se recultivan los potreros durante uno, dos o tres años, con maíz, avena, centeno o caupí, produciendo con estos, forrajes en verde, seco, grano y silo. Es un procedimiento previsor que pone al reparo de toda emergencia.

Llegamos al local de los silos en donde trabaja a esa hora la máquina trituradora “The Ross”, movida por un motorcito de seis caballos. Junto al silo, casi a llenar, y alambrado por medio, una cuadrilla emparva el forraje recién henado. Es fuerte la faena bajo aquel sol canicular. Desde el preodo, donde la dejó la cortadora, es conducida la alfalfa en montículos de dos y tres toneladas y mediante una sencilla rastra de cadena. Un aparejo la eleva hasta la parte superior del almiar, prendida a su gran horquilla, mientras un niño ejecuta la labor de manejar el caballo que hace funcionar el guinche.

En el silo próximo, la obra es más mecánica y rendidora. Junto al foso de 15 x 5 x 2, abierto al suelo, trabaja la máquina picadora. El pasto introducido en su buzón por una garrucha de madera tableada, sale desmenuzado inmediatamente para recibir la influencia del ventilador, que por un tubo de metal liviano lo expele a distancia graduable. En esta forma se va llenando el foso. La alfalfa así almacenada, excede como un metro a flor de los bordes del foso. Luego se cubre con la misma tierra excavada, dándose a este revoque un espesor de 40 centímetros. He ahí el silo subterráneo, de remoto origen, pero cuya exhumación para las prácticas agrícolas en el uso de forrajes, se le debe a los Estados Unidos. Tres o cuatro meses después puede utilizarse el pasto así almacenado, con resultados ventajosísimos y cuando el invierno suele ser cruel para los campos.

El señor G., que es un gran propagandista de este sistema de conservación del forraje, hace dos años que practica los silos.

—Al principio—nos dice—no faltó quien tildara de locura mi ensayo. Pero cuando ralearon los campos, con el inviernito que nos tocó soportar, alguien se acordó que mis silos podían ser una solución.

—¿Y cuántos silos hay en el campo?

—Actualmente diez; pero pienso hacer de 60 a 80, por el mismo procedimiento, que conceptúo lo mejor. Estos silos serán distribuídos en los potreros, de manera de facilitar el reparto del forraje cuando se necesite. El reparto se hace en comederos con un 50% de economía en el pasto.

Piensa el señor G. ensilar el maíz que ha cultivado en 60 hectáreas y las 60 hectáreas de caupí.

Regresamos a la estancia a la hora del té. Nuestro coche corta a campo traviesa por sobre el mullido alfalfar. En algunos potreros, las manadas curiosas se acercan a nuestro encuentro y vienen a olfatear a nuestras yeguas de tiro. El sol castiga con menos impiedad. Pasamos junto a una aguada. Luego bordeamos el campo de centeno que comienza a amarillear, poniendo un tono nuevo al eterno verdor...

Vocabulario

Erectos. Erguidos.

Caupí. Forraje.

Henado. Convertido en heno.

Garrucha. Polea.

Expela. De “expeler”: arrojar fuera.

Aguada. Sitio donde hay agua; sitio a donde el ganado va a beber.

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