Una Famosa Caceria
No queremos dejar de lado el capítulo anterior sin una remembranza que trajo el azar.
Visitando los montes y el campo con el dueño de San Huberto, se alzó de una laguna una nube de ánades y flamencos. Fué allí donde, años atrás, el duque de Montpensier, cinégeta experto, en compañía de otros cazadores recogía una nota pintoresca para su “portfolio” de incansado viajador. Aquella laguna no parecía violada aún. Era una ciudad toda rosa compuesta por miriadas y miriadas de flamencos. Se distribuyó en forma conveniente la partida, acometiendo a voz de mando contra las aves. ¡Qué carnicería! Pero, lo curioso del caso es que aquella urbe gigantesca, que revoloteaba despavorida, había establecido su población urbanizada en la margen de la laguna. Con barro fino habían levantado sus nidos, por centenares, en una enorme extensión. A distancia, poniendo un itsmo de barrera entre la vida y la muerte, se levantaba el cementerio común, donde los huesos de las aves progenitoras podían levantarse a paladas. Por cierto que esta característica, que define el concepto de disciplina y el amor nativo de estas aves, escapó para “El pájaro” a las observaciones campesinas de Michelet.
El duque de Montpensier, príncipe real, hermano de la ex reina Amalia de Portugal y del duque de Orleans, francés de origen y marino español, había venido al Río de la Plata en la “Nautilus”. En Buenos Aires se preparó en su honor esta cacería pampeana. El ilustre viajero, matador de paquidermos en Africa y de tigres de Bengala en las selvas del Ganjes, tenía grandes deseos de llevar una batida al puma criollo. La partida, organizada con todo el “savoir faire” de estas excursiones montaraces, se llevó a cabo en estos mismos montes y campos circunvecinos. Guanacos y avestruces cayeron a centenares bajo el proyectil certero de los cazadores. Tembló el monte entero ante aquella irrupción diabólica desatada contra toda la zoología silvícola. Pero el puma, más cauteloso que la tigre de Ruben “con su lustrosa piel manchada a trechos”, no apareció por ningún matorral del bosque ni dejó oír su rugido de amor en la siesta canicular. Sin embargo, el anecdotario narró después, la noble ultimación de la bestia y se encargó, en corrillos sociales, de dar todo el colorido que reclamó la hazaña...
En un claro del bosque se apostaron los cinegetas. La fiera, perseguida por un cordón de jinetes, tenía que desembocar, forzosamente, en el abra que la ponía al descubierto de los fusiles. Se dejó ver, por fin, “chispeante el ojo verde y dilatado”, erguido el testuz, zahareña, elegante, llena de orgullo montaraz. Cesaron de latir los corazones. Era para el ilustre huésped la pieza brava.
Un silencio aterrador se apodera del bosque.
El puma avanza.
El duque, espera.
Va a producirse el encuentro trágico.
¡Guay del que yerre!
Hasta el viento ha enmudecido bajo la gloria del sol.
Se miden los rivales.
Afila su garra la bestia, mientras el hombre impasible, aguarda la salvaje agresión.
El puma avanza.
El duque espera.
Se decide por fin el encuentro. Se atreve la fiera bravía. Cuatro saltos la ponen a diez pasos del duque. El duque entonces, inmutable, frío, lleno de noble serenidad, requiere su escopeta. Dispara. Y viene la fiera a caer a sus pies echando espumarajos de sangre. La bala le ha atravesado el corazón.
Así, según comento, terminó esta clásica cacería.
Horas después, en San Huberto, el duque de Montpensier encontraba las armas de su casa sobre el envase de un rancio cognac que el obsequioso anfitrión adquiriera, años atrás, en una célebre bodega de Francia.
Vocabulario
Ánade. Pato.
Flamenco. Zancuda muy común en la llanura argentina. Es muy buscada, principalmente la variedad llamada rosada, a causa de las plumas, que son muy valiosas.
Portfolio. Cartera de apuntes.
Miriadas. Un número muy grande de animales o cosas.
“Savoir faire”. Expresión francesa que significa “saber hacer”, es decir, “hacer con elegancia, con tino, con discreción, con habilidad”.
Irrupción. Invasión.
Canicular. Propio del verano o canícula.
Anecdotario. Colección de anécdotas.
Rancio. Muy antiguo.
Anfitrión. El dueño de casa cuando ofrece algún banquete.