Las lagunas de sal
La sal común es el único mineral que actualmente se explota en la Pampa. Las fuentes productoras están al sureste, comprendiendo tres o cuatro lagunas en los departamentos Tercero y Cuarto. Estos criaderos de sal en pleno beneficio hoy, fueron focos de atracción otrora de las tribus nómades que pululaban por el desierto, antes de la campaña militar. La labor elemental y rendidora de la explotación, y el abandono en que yacían estos bienes del Estado, dieron pie a la depredación de las indiadas, completando así, con las haciendas mal habidas, el comercio inmoral en los mercados de ultracordillera.
—Yo he visto con mis propios ojos—nos dice un anciano, peón todavía en Pico—¡ah, criollo!—que actuó como soldado en toda la campaña, desde los preliminares de Alsina hasta la concentración histórica de Choele-Choel—yo he visto las arrias indígenas, cargadas de sal, camino de Naicó, rumbo a las cordilleras. Y le garanto que eran por lo menos cincuenta cargueras y más de treinta lanzas que les venían pisando los garrones... Estaba yo entonces, destacado en patrulla volante y bajo las órdenes del comandante Clodomiro Villar... Eramos diez de la partida, internados campo afuera, siguiendo los rastros de una indiada, que había pasado tres días atrás. Como a doce leguas de la laguna Mari Mamuel, la cruzada de un monte de caldenes nos separó y quedé con dos soldados entre unos medanales más traicioneros!... sin víveres, sin pilchas y hasta sin tabaco... ¡pa pior! Era una corajeada bárbara... A eso de oraciones habíamos descendido al reparo de una barranquita, cuando vimos pasar como a dos cuadras, como botón de chaleco, a la indiada... Venían del lao de las salinas... ¡La suerte que no nos habían tomado el olor!...
—“¿Atacamos?”—les pregunté a los muchachos.
—“¿Pa qué?”—me dijeron...—¡Si es al ñudo!... ¿Pa que nos pongan como arneros a lanzasos?...
—Tenían razón. Era morir. ¡Sin güelta! Morir en lay, pero sin provecho para la nación. Y le garanto que sentí como qu’el corazón se me achicaba. Y pensé en los versos de Martín Fierro que sabía leer mi sargento en el fortín de Carhué:
“El hombre hasta el más beyaco
aflueja andando en la mala
y es blando como manteca”...
En Macachín, gentilmente acompañados por un progresista vecino, uno de los iniciadores del progreso agrícola-ganadero de la comarca, hemos visitado las Salinas Grandes, distante tres leguas del centro urbano y bajo la explotación, actualmente, de la Compañía Introductora de Buenos Aires.
Un auto volador—es el automóvil, elemento de locomoción consagrado en toda la Pampa—nos pone bien pronto sobre el camino, entre sementeras y predios alfalfados que son una maravilla. Minutos después, desde una lomada que bordea la ribera, se domina la cuenca extendida como un inmenso manto color gris. Estamos en presencia de uno de los más cuantiosos criaderos de sal de la Pampa. El panorama es absolutamente nuevo. Se diría un lago de nieve, donde el cielo indeciso de la tarde ha impuesto su brumosa palidez. El trajín de la ribera, nos habla con elocuencia del emporio industrial. Se destaca, en primer término, el cuerpo principal de la fábrica, a la izquierda, con sus galpones espaciosos y bien construídos. Se alínean, a renglón seguido, las casas de los obreros, uniformes, aseadas; la maestranza, el depósito de maquinarias y otras dependencias auxiliares; luego la casa de la administración, aparte, a la derecha, sobre la barranca poetizada un tanto entre enredaderas y jarillas.
La impresión que nos causa este asiento salinero, es la de un puerto mediterráneo y singular. Un puerto sin barcos, pero con aparejos, con desvíos, con todo el aparato ribereño para la carga y el transporte y—¡asombráos!—con su largo muelle de punta que se interna decididamente hasta el corazón de la salina. Por este muelle, corren las locomotoras y el convoy industrial transportando la sal virgen, descortezada a la laguna.
Hemos querido presenciar la faena para recoger nuestra impresión objetiva sobre esta gran industria. A lo lejos, muy lejos, hormiguean unos puntos negros perdidos en el piélago impoluto de la salina. Son los obreros que apilan el noble producto en las parvas alineadas a lo largo del carril. Dos puntos más grandes, definidos con contornos de maquinaria, se mueven también, rastreando en ruta ondulada sobre la tersa superficie. Son los motores que traccionan los aparatos raspadores.
¿Qué distancia nos separa al foco de labor? Sobre el manto blanco, sin un punto de comparación se pierde el cálculo del trayecto. Para nosotros no puede pasar del kilómetro la distancia. Y nos ponemos en marcha. Primero seguimos sobre el muelle a paso largo. Pero el muelle es como una aguja interminable. Después comenzamos a cortar campo sobre la sal endurecida, salvando, sin dificultad, los charcos de agua pluvial esparcidos por todas partes y que no han entrado todavía en el estado de saturación, con los 25 grados Beaumé de base para su cristalización. Un hálito salobre se compenetra en nuestro cutis. Los labios son de sal; las manos se alisan notablemente. Sin sentir, vamos ganando trecho; pero los puntos que hormigueaban a lo lejos, siguen siendo los mismos puntos, a la lontananza como si nada hubiéramos adelantado en la incursión. Por fin llegamos.
—¿No sabe cuánto hemos recorrido?—nos interroga el administrador de la salina, que nos ha acompañado en la travesía.
—¿Una legua, quizá?...
—No tanto; pero algo así como unos cuatro kilómetros largos.
La novedad de la labor atempera el poco de cansancio que se ha apoderado de nosotros. Con razón, el señor P. no ha querido moverse del puerto, abstraído tal vez, en la poesía del panorama...
La tarea es simplísima. Los motores—una especie de Champion, de 25 caballos de fuerza, a nafta—mueven un aparejo sencillo, patentado por la empresa. Este acoplado, consta, en síntesis, de una cuchilla como de un metro de largo que funciona en sentido perpendicular a la dirección que lleva el motor y raspa el suelo horizontalmente. El funcionamiento elemental de este aparato nos recuerda el aplanador que usan los hortelanos, una especie de arado superficial que va desmontando suavemente las sinuosidades del terreno. Sobre este implemento, que en esta explotación obra de máquina fundamental, dos hombres gradúan la labor y levantan la cuchilla a espacios de tiempo regulares, formando así pequeños montículos de sal. Viene, entonces la operación de los paleros y acarreadores. De la superficie, pasa la sal, en carretillas, a las pilas. Luego, al “decauville” y después a la línea central, al muelle, rumbo al puerto.
La labor, de la extracción, por lo mismo que es sencilla, es rendidora. Un peón, tomado en conjunto con relación a los diversos menesteres del ingenio, vale por algo más de dos toneladas diarias. Gana un jornal de tres pesos, estirable a seis, en tiempos de cosecha.
En épocas de trabajo intenso, han laborado en la extracción hasta cuatrocientos obreros con un rendimiento de mil toneladas por día. La faena no es tan pesada como la de los leñateros ni la de los emparvadores de cereal, salvo durante el rigor de las estaciones, con la crudeza de los fríos pampeanos y el azote del sol del estío. El esfuerzo muscular, por otra parte, no es abrumador. Reina el mayor orden y aseo en estas labores fiscalizadas por capataces expertos. Durante el trabajo, un convoy de víveres y elementos de uso personal, ocupa el desvío, contribuyendo a la economía de tiempo y a la higiene reclamada, por el trabajo. Actualmente los hombres de labor de este ingenio alcanzan a 140 con un rendimiento de más de 200 toneladas de sal por día.
El yacimiento de esta laguna es inagotable, no sólo por la profundidad de algunos de sus criaderos, si no por la cooperación de las aguas pluviales que contribuyen, al saturarse, al crecimiento por yuxtaposición del preciado mineral. El raspaje se practica superficialmente, porque el espesor no es el mismo en toda la laguna. Hay parajes, determinados ya por el calado, en donde la sal se concentra en núcleos de consideración, formando lo que podríamos llamar la verdadera mina.
Veamos ligeramente lo que compete a la faena de industrialización. Las vagonetas del convoy vuelcan su carga de sal gruesa en unos buzones cilíndricos de cedazos metálicos y en donde el mineral se somete a un lavado con agua dulce, a fin de quitarle las impurezas superficiales. De ahí, recogida nuevamente la sal por un convoy que circula a nivel inferior, es llevada a los departamentos de laboración para la molienda. Allí se practica la separación. La sal gruesa que ha de salir al mercado, no requiere preparaciones accesorias. Se embala en bolsas, simplemente. La sal de mesa, pasa al molino—que no tiene diferencia fundamental con el harinero—y después de la acción de práctica, bajo la fuerza de pistones y trituradoras, queda en condiciones de consumo.
La sal de Salinas Grandes, por el resultado de sus análisis y su agradable paladar está conceptuada análoga a la sal de Cádiz, de fama universal. La sal de mesa se prepara en bolsitas de tela blanca, de un kilo de peso y se ha difundido bajo la marca de Dos Anclas.
De las salinas parte una línea de trocha angosta hasta la estación Hidalgo, distante nueve kilómetros. Por este tren industrial se evacúa el producto sobre la línea del Pacífico. Para tal servicio, la empresa cuenta con 10 locomotoras y más de 300 vagonetas de transporte. La sal de este yacimiento se distribuye en todo el país.
Nuestra impresión general del establecimiento y sus dependencias ha sido inmejorable.
Regresamos. La tarde agoniza. Nuestra máquina vuela por el camino amplio y polvoroso. Del campo dormido, viene como una suave caricia del perfume de los pastos artificiales. Venus se abre en el cielo con su luz radiosa y tutelar. Al cruce de un camino se intercepta una tropa de vacunos que vuelve de la feria en bulliciosa caravana.
—¿De quién son, ché?—interroga nuestro acompañante a los reseros.
—De don Fulano... No alcanzaron a venderse por falta de tiempo... Estuvieron fuerte los negocios...
Aquella tarde—supimos después—en la feria de Macachín se habían vendido animales por más de 100.000 pesos...
Vocabulario
Pululaban. De “pulular”: abundar y bullir en un paraje personas o cosas.
Depredación. Pillaje, devastación, saqueo con violencia.
Pilchas. Expresión criolla que significa “prendas de vestir” o las correspondientes a la silla de montar (recado).
Locomoción. Mudanza de lugar, movimiento de traslación.
Maestranza. Lugar que ocupan los talleres.
Jarillas. Arbusto difundido en la zona pampásica.
Traccionan. De “tracción”: acción y efecto de traer o de arrastrar.
Sinuosidades. De “sinuoso”: torcido, quebrado, irregular.
“Decauville”. Expresión francesa para indicar pequeños trenes de carga, o las líneas o vías sobre las cuales corren, que son de trocha muy angosta. Pronúnciase “decovil”.
Ingenio. Expresión americana con la que se indica un establecimiento en el cual se benefician minerales o productos de la tierra.
Yacimiento. El sitio donde se halla un mineral, fósiles, etc.
Yuxtaposición. La forma de crecer los minerales, al revés de las plantas, superponiéndose.
Cedazos. Tela de fibras, o metálica, destinada a separar en ciertas operaciones las partes gruesas de las finas.
Venus. Uno de los más bellos planetas, que alumbra al anochecer o al amanecer, llamado comúnmente “el lucero del alba”.
Mari Mamuel. (Voz araucana). Diez árboles.