La Explotacion Forestal
Una de las regiones de la Pampa donde la explotación forestal ha realizado su ciclo completo, desde el monte primitivo hasta la colonia, ha sido la comarca tributaria de Naicó, junto a la línea del Pacífico. Hasta estos montes solitarios, llevó hace ocho años su acción valiente y juvenil don Fortunato A. De aquella violación decisiva a la selva intocada, debía nacer el centro futuro, la colonia próvida y la pradera boyal. Fué una brava aventura la de este argonauta joven, que se lanzaba a la conquista del monte vigoroso y desconocido, a civilizar heredades sin deslindes, sin aguadas, sin caminos, sin perspectivas de utilización agrícola. Rudos fueron los prolegómenos de esta atrevida iniciación. Sobre extensas tierras de la sucesión de Ataliva Roca, pobló A., colonizó, dividió, alfalfó, mientras sus hachadores talaban la selva en tres leguas a la redonda, sobre la estación del ferrocarril. El emporio de labor que venía a sacudir la armonía salvaje de aquella agreste virginidad, reclamó, bien luego, el núcleo vecinal. Y A. fundó el centro urbano a la vera de la estación, en donde se congregaron las primeras familias rusas que tentaron su bienestar en la colonia. Es así cómo se inició el pueblo Ministro Lobos, a base de un prudente loteo de chacras, quintas y solares.
Mientras tanto, los primeros cultivos, diseminados a título de comprobación sobre la aptitud agrológica de aquella tierra, comenzaban a tomar incremento. El maíz rindió en forma excepcional, habiéndose aprovechado en una de sus cosechas más de 5.000 bolsas. La alfalfa verdeó parejo en 1.200 hectáreas, a manera de ensayo, y el trigo, la avena y el centeno, comenzaron a prodigarse, con buenos augurios, en predios de consideración. Actualmente en estas colonias se ha cultivado una superficie de 12.500 hectáreas de trigo y más de 3.000 de maíz.
El pueblo Ministro Lobos, que creció, al propio tiempo que se urbanizaba con nuevos edificios los terrenos contiguos a la estación, acrecentó su importancia con el reflejo tributario de las setenta familias colonizadoras que fueron en pos de la vitalidad productora de aquellos campos brutos, que resultaron tierras de pan llevar. Interín el ferrocarril seguía evacuando, con rumbo a Bahía Blanca, el tributo del bosque que llegó a significarse, en números redondos, con 300.00 toneladas.
Fué una lucha tenaz aquel comienzo—nos dice el señor Fortunato A.—Pero no pudo el pesimismo ambiente contra la visión clara que se había apoderado de mi espíritu. Sin defecciones, sin desmayos, con fe sincera en el porvenir, emprendí la labor. Los cultivos primeros fueron de prueba y por administración. Bien pronto me dí cuenta del valer productivo de toda la zona. Y fué una comprobación muy grata para mí poder apreciar que el éxito de la agricultura en esta comarca, está basado, más que en la cantidad, en la oportunidad de las lluvias, 400 milímetros que es el promedio anual, bien distribuídos y a su tiempo, bastan para levantar buenas cosechas.
Esta obra tuvo, como era de esperarse, su grata repercusión vecina. Pasado el Rubicón con tan buen éxito, se arremangaron los vecinos a tentar fortuna en la colonización. Campos de Esturizar, de Ataliva Roca, Roca de Bollini, Madero, García, etc., que no habían intentado aventar, siquiera un grano, al erial, roturaron francamente el baldío, seguros que la tierra no sería esquiva a sus afanes. Ocho años han bastado para transformar la fisonomía comarcana. El pueblo, la colonia, el campo pastoril, el molino, el alambrado divisor, el camino insinuante, han operado la transformación vertiginosa de la selva huraña. Y si para el sentimentalismo nativo, cabe la melancólica añoranza de los árboles criollos que se fueron en la lenta agonía de las cosas, con su sombra, con sus aves, con sus nidos, con su fragancia, arrastrados por el torbellino de la conquista, signos de progreso definitivo, ponen su nota augural en la maquinaria moderna que surca, que siembra, que engavilla, que arrastra; en el seleccionamiento de los cultivos y los ganados; en el bienestar invalorable de la campiña, tecnificada ya, y hasta en el canto de los labradores, calandrias de la civilización...
Pero no para ahí la obra eficiente y porfiada de este hombre emprendedor, de esta “garra”, en el sentido generoso del vocablo. Fortunato A., Júpiter de los caldenes,—si cabe el teogonismo pagano atribuído a las florestas pampeanas, donde puede el caldén, como el roble, ser símbolo de suprema fuerza forestal—lleva sus hachadores al sur, a las márgenes del río Colorado. Pero, hombre de empresa y civilizador a la vez, ha de buscar, como lo indicamos en nuestro capítulo anterior, una combinación novísima, capaz de dar la nota más alta, completa y educativa en nuestras especulaciones agrícolo-ganadero-forestales: la “chacra-monte”.
No conocemos en la economía forestal el precedente que se haya anticipado a esta explotación “sui-géneris”. Alemania, cuya política arbórea culmina en sabias legislaciones sobre bosques, pudiera tal vez, darnos entre sus disposiciones algún ejemplo análogo. Inglaterra no nos lo da. Ni Francia. Ni España mismo, que posee una de las codificaciones más avanzadas sobre bosques, y que a partir del Fuero Juzgo, que dejaron los godos—¡hijos de las selvas, al fin!—y las pragmáticas de los reyes Católicos, supo distribuir con mesura el patrimonio de las florestas. Ni Estados Unidos, que comenzó su conquista agraria con el incendio de sus selvas, y que, pueblo arrebatado y nuevo, no tenía noción de aquel sabio código de Castilla, que decía en su libro 8.º, título 2.º: “si algún onme enciende monte asieno o árboles de cual manera quier, préndalo el iuez, e fagal dar C azotes e faga enmienda de lo que quemó, cuemo asmaren onmes buenos”... Felizmente, para la gran nación del Norte, su fiero empuje arrasador buscó el correctivo en el culto a las plantas, extremoso y sentimental.
¿Cuál es el plan de Fortunato A.? En síntesis, crear un tipo montaraz, el hachador-labriego, que se arraigue a la tierra, que deje de ser el saltamontes, el gandul, el obrero paria, hecho a la herramienta devastadora como una prolongación cruel. El leñador, en esta nueva escuela del trabajo, sabrá bien que si desbroza la maraña, sobre el suelo domado, para él germinará la espiga que fecundará su sudor. Y con esta perspectiva, educadora y franca, ha de ser piadoso con la selva, respetando los árboles de sombra, que diseminados por el campo, abierto a los sembríos, abrigarán al ganado de sus dehesas, como preveía la pragmática de Carlos V. sobre la prudencia en las explotaciones, por que “hay mucho desorden en los disipar; de que resulta que no hay abrigo para los ganados en tiempo de fortuna y gran falta de leña”.
Mucho y bueno debemos esperar de esta iniciativa que abrirá nuevos horizontes al leñador, mientras se pueblan comarcas nuevas y se fecunda la virginidad de aquellas tierras del Colorado, que son un misterio todavía para el espíritu descreído de Buenos Aires.
De cien leguas es la superficie que acaba de arrendar A. a don Dalmiro M., sobre la margen izquierda de aquel río. ¡Imagináos las sorpresas que puede guardar este feudo al empuje civilizador! Selvas impolutas, aguardan en la misteriosa soledad, la hora en que la mano del hombre vaya a adueñarse de aquel “summum munus homini datum”, que atribuía Cicerón a los bosques; praderas cerriles, que esperan la caricia sensual del arado, para abrirse en estupenda maternidad; salinas riquísimas, como lagos árticos, sólo conocidos por las aves; poéticas cuchillas y hondonadas feraces...
Hasta este fundo inmenso llevará el ferrocarril del Sur sus rieles, movido por el interés común. Son 75 kilómetros de línea, comenzada ya, que facilitarán la conquista, empalmando en el trayecto de Gaviotas y Río Colorado. Sobre esta intersección, tenemos fe en que ha de organizarse, en forma vertiginosa, una ciudad de porvenir, núcleo central del Sur pampeano.
Conjuntamente con estos campos, el señor A. ha adquirido 40.000 hectáreas vecinas, que comprende el campo de los Achával, en cuya superficie desarrollará con preferencia, su plan de colonización. Hasta allí irá un ramal de 5 kilómetros, cuyas ventajas allanarán los preliminares de la cultura agrícola a que están destinados.
Hasta el presente la comarca vecina a estos campos desconoce en absoluto las labores agrícolas. Algunas vegas están pobladas de ganadería lanar, pero en forma de crianzas rudimentarias. El futuro centro de población, el ferrocarril, que ya comienza a afirmar sus durmientes y la explotación mixta que usufructuará el monte y hará rendir forraje y cereal a la tierra desbrozada, van a sacudir la molicie del Sur y a abrir un nuevo horizonte industrial y económico a la Pampa, completando para el gran territorio, la cenefa que cerró magistralmente Pico por el Norte y por el Este el rosario de pueblos recostados sobre el Meridiano Quinto.
Vocabulario
Forestal. Perteneciente a los bosques.
Ciclo. Período.
Boyal. Relativo a los bueyes.
Tierras de pan llevar. Las que son aptas para el cultivo del trigo.
Rubicón. El Rubicón es un pequeño río del norte de Italia que, en época de la república romana, separaba las provincias gobernadas por Julio César de las que administraba Pompeyo. Cuando aquél se dicidió a luchar contra el segundo, atravesó el Rubicón al frente de sus soldados, con lo que, al invadir el territorio de Pompeyo, iniciaba la guerra. Desde entonces se dice “pasar el Rubicón”, para significar que se inicia alguna empresa difícil al vencer el primer obstáculo.
Sui géneris. Expresión latina que se emplea para denotar algo especial, que no puede ser confundido con cosas análogas.
Fuero Juzgo. Leyes españolas del tiempo de los godos.
Si algún onme enciende monte asieno o árboles de cual manera quier, préndalo el juez e faga dar C azotes e faga enmiendo de lo quemó cuemo asmaren onmes buenos. (Tomado al pie de la letra del texto del Fuero Juzgo, en castellano antiguo). He aquí la correspondencia literal en castellano moderno: “Si algún hombre enciende monte ajeno, o árboles, de cualquier manera que sea, préndalo el juez y haga darle 100 azotes, y pague (el incendiario) indemnización por lo que hizo, según lo estimen personas honestas y entendidas”.
Pragmáticas. Leyes, ordenanzas.
Impolutas. Que no han sido exploradas; vírgenes aún.
Summum munus homini datum. Expresión latina: la mayor riqueza dada a los hombres.
Vega. Tierra baja, llana y fértil.