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Nuestra Pampa

by W. Jaime Molins

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Un tren madrugador

Por el tren de las seis de la mañana, vía General Acha, hemos realizado nuestro viaje hasta Toay, en donde la línea del Pacífico combina con el Oeste, en amplia curva hacia Buenos Aires. No obstante frisar en septiembre, hace mucho frío. Los pasajeros—pocos—que vienen en el convoy, son en su mayoría agricultores que se van diseminando en los pueblos y estaciones del trayecto. Todo el mundo pasa al coche-comedor en tren de refacción mañanera. Bien arropados, con media cara escondida en la bufanda, establecemos en un rincón nuestro observatorio cerca del calorcito de la cocina. El sol se insinúa en el espacio anunciando un día primaveral. En las mesas próximas se han formado grupos de chacareros que hablan con calor de las perspectivas del año. No se necesita oír las conversaciones para penetrar en el franco optimismo de los circunstantes. Basta mirar la risueña esperanza de los campos...

A veces en una parada del tren llegan hasta nosotros diálogos interesantes:

—¿Esquiló, Apesteguía?

—Sí. Las ovejas que tengo en El Rincón. Es una puntita, nomás. Tenía compromiso de vender.

—¿Y a cómo?

—A 17.50. Poca cosa. Es fina, pero es lana pesada y con semilla...

—¡No sea chambón! El otro día se ha pagado por fina terrosa y corta de Nueva Roma, a 23...

—Es que la mía era un lotecito. Tenía que liquidar... Y como se empeñó mi consignatario...

En una mesa más retirada, un joven de marcada pronunciación francesa, se empeña en convencer a un chacarero de que no deben vivir en la eterna zozobra hasta el resultado final de las cosechas. Se diría que este Aristarco no ha pasado las amarguras del labriego cuando divisa la nube de voladora o recibe el anuncio de la helada con el barrido del viento sur, intemperante y glacial.

—Hasta cuando tienen los trigos en las planchadas, están temblando ustedes—dice el mozo.—Que si se quedarán con el stock, por falta de marchantes; que si se vendrán abajo los precios, por un juego de bolsa o por que no hay bodegas; que si se incendiarán... Y recién les viene el alma al cuerpo, cuando han pescado al comprador y tienen la platita en el bolsillo...

—¡Cómo se conoce que usted no ha sembrado nunca!—responde el chacarero.—La vida del agricultor está sujeta por un hilito a los caprichos del tiempo. Si estuviéramos más adelantados, si fuéramos más previsores, es cierto que no nos iría tan mal. Con la chacra mixta, por ejemplo. Siembre usted variado, cultive su alfalfarcito y métale a la chacra unas vaquitas y unas ovejas. Pero si no sale del trigo, siempre va a tener que andar de la cuarta al pértigo, salvo que los años sean excepcionales...

—¿Y ahora de qué se quejan?

—¿Yo?... De nada. Hay algunos pobres que les ha tocado la lotería de la isoca... Ahí andan desesperados a puras consultas y a puros ensayos. A usted no le supone nada la isoca ¿verdad? por que si encuentra una en el jardín de su casa, la mata con el pie... Pero en los campos!...

Y atenuando la ironía campechana y sincera que desconcierta un tanto a su interlocutor, le enseña por la ventanilla el predio verde y parejo tendido junto al tren como un golpe de espátula.

—Vea los campos. ¡Eso es trigo! Buen madrugador ha sido ese colono. Si parece una bendición de Dios.

Y en verdad que están verdegueantes y lozanos los trigales de la comarca.

Se suceden los centros poblados sin interrupción. Cada estación es un foco de actividad y movimiento a la hora del tren. El vecindario y los colonos que vienen a recoger su correspondencia, tienen consagrado este mentidero del andén de la estación en donde se toma lenguas sobre el estado de las sementeras, se palpita el porvenir del año agrícola y se formalizan transacciones.

Predomina en esta masa de población el elemento europeo, rubio casi siempre y de origen inmigratorio. En Villa Iris, centro comercial de mucha importancia, numerosos vehículos de todo tamaño y calidad ocupan el canchón de espera: un par de autos norteamericanos, media docena de bateas rusas con sus cuádrigas fornidas, arañas voladoras y flexibles “boggys”... Al paso del tren se ven las calles rectas y amplias con sus faroles a hidro-carburo o alcohol. Cada estación está provista de sus espaciosos galpones de hierro y tinglados, síntoma evidente de riqueza cerealera. El molino de viento se alza en todas partes. El rancho de paredes quinchadas y techo de paja, tan vulgarizado en la provincia de Buenos Aires, no se conoce por aquí. Las casas de los colonos son de hierro galvanizado en casi su totalidad. Nos llama la atención, por cierto, la difusión de estos materiales. Bien está que la chapa de hierro pueda suplir la pared en las poblaciones inestables; pero nos parece inadmisible que se utilice como techo. El clima de la Pampa es recio, sin términos medios, dentro de una indiscutida salubridad. En consecuencia, el hierro se hace insoportable durante la intensidad de las estaciones. El material más adaptable, óptimo si se quiere, es el “ru-ber-oir”, una especie de yute hecho de fibras, amianto y substancias especiales, inaccesible a la lluvia, al frío y al calor. Resiste además, al fuego. Este material se elabora en rollos de 36 pulgadas de ancho, conteniendo 216 pies cuadrados para una superficie de 200 pies. Es absolutamente liviano y su costo, menor de la tercera parte del fierro galvanizado. Un metro de “ru-ber-oid” cuesta alrededor de 1.50 pesos, comprendiendo, además, los clavos y ruberinos. Hay también una derivación en color, de este material denominado “kaloroid” para chalecitos y viviendas elegantes.

Pero sigamos en la marcha del tren. El terreno es ligeramente ondulado. Mucho ganado lanar pace en los potreros, a uno y otro lado de la vía. Hasta Jacinto Arauz, entrada a la Pampa, abundan las praderas naturales. De allí el tren corre por entre sementeras a uno y otro lado. La tierra en esta gran zona está más subdividida. El aspecto externo de cada vivienda demuestra que está bajo el cuidado del propietario. Son campos de colonias subdivididas los que vamos cruzando. Es rara la casita de material, pelada y sin árboles que la cobijen y le presten su simpática tonalidad.

Antes de llegar a Villa Alba, alegra la vista el monte de una chacra donde, de entre el verde suave de sus sauces y las ramas color siena de los álamos erectos, se destaca el rosado de los durazneros en flor. Villa Alba es uno de los focos de colonias rusas más significativos de la Pampa. Desde lejos advertimos el letrero de un almacén en el que, junto al nombre polaco de su poseedor, con un “insky” inconfundible, se destaca el título sintomático de “La Pampa Moderna”...

Sigue otra vez la llanura tendida. Un jinete, a lo lejos, galopa en un camino en sentido contrario al tren. Parece que estuviera desprendido de la tierra. Y más allá, mucho más lejos, un remolino de polvo se eleva en amplia columna hasta desaparecer confundido con el azul terroso del cielo. El día es magnífico. Un sol de las once castiga la tierra e improvisa su espejismo a lo lejos. Vuelven a ralear los árboles en las viviendas diseminadas por todas partes, blanqueadas unas, otras de chapas, sin molino ni reparos.

Después de Bernasconi se advierte el paisaje genuinamente pampeano: la loma poblada de arbustos naturales ensombreando la hondonada.

En Abramo nos cruzamos con el primer tren leñatero, con disposición de seguir a Bahía Blanca. Empieza el dominio de los caldenes. Grandes pilas de leña aguardan turno junto a los desvíos. A menudo cruzamos predios que fueron tupido monte, entregados hoy a la agricultura y sobre los cuales queda aun la remembranza de uno que otro árbol salvaje y disperso en la sabana verde del trigal.

Son los últimos vestigios de la Pampa de ayer, desgarrados del misterio secular para incorporarse a la civilización.

Vocabulario

Frisar. Acercarse, lindar, tocar.

Refacción. Alimento moderado, reparador.

Chambón. Poco diestro o torpe.

Aristarco. Crítico severo, censor de cosas ajenas.

Stock. Expresión inglesa, incorporada a nuestro vocabulario comercial, y que significa acopio de producción, mercaderías, etc.

“De la cuarta al pértigo”. Expresión criolla que significa andar con poca fortuna en los negocios o empresas.

Isoca. Insecto perjudicial (oruga) que devasta los plantíos.

Mentidero. El sitio donde se junta la gente ociosa a tener conversación.

Batea. Carro sin elásticos, en forma de batea, usado comúnmente por los agricultores rusos.

Cuadriga. El tiro de cuatro caballos de frente.

Araña. Los sulkys sencillos, livianos y altos.

“Buggi”. Carro norteamericano de cuatro ruedas, liviano, tipo de jardinera. (Pronúnciase: bogui).

Quinchado. Cerco o pared de ramas y barro.

Sementera. Tierra sembrada.

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