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Nuestra Pampa

by W. Jaime Molins

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Las fincas humildes

El apresuramiento con que se organizó la colonización oficial en el alto valle del Río Negro, debió obrar como factor negativo en la intensidad de las labores agrícolas y el parcelamiento de las tierras. Se favoreció, inconscientemente, el acaparamiento de chacras y la incuria de los pobladores. La isla de Choele Choel, fraccionada en lotes de 100 hectáreas, como base colónica—y en donde los adquirentes afortunados, han podido adjudicarse, merced a la liberalidad oficial, hasta diez y más chacras—nos dá un ejemplo de estacionamiento industrial muy digno de tomarse en cuenta. En cambio, en la vecindad de La Picasa, en Allen, y aún en las colonias incipientes del Limay, vecinas a la confluencia, el fraccionamiento de la tierra y la diversificación agrícola han fundamentado los cultivos intensivos, marcando orientaciones a las industrias derivadas de la agricultura y asegurando el bienestar de innumerables colonos.

La isla de Choele Choel y los terrenos adyacentes son de una constitución agrológica insuperable. Es imposible encontrar en el país tierras más prodigiosamente feraces, como que no sólo son de origen aluvional, sino que por la misma bifurcación del río, con su raigambre confluenciaria, constituyen el conglomerado más rico de materias vegetales. Pero esto no es suficiente para la prosperidad agrícola e industrial de la comarca. Falta el parcelamiento en predios ínfimos como medio de intensificar la población, tecnificar los cultivos y dar vida estable a numerosas industrias reclamadas por la huerta, por el viñedo y por la fruticultura.

Felizmente la zona cabecera del alto valle va evolucionando hacia las pequeñas chacras. Los colonos de la margen izquierda del Limay, con sus finquitas no menores de 2 hectáreas ni mayores de 15, vivirían en el mejor de los mundos si tuvieran los beneficios discrecionales del agua, a pesar del cánon gravoso por concepto de riego y la evidente mediocridad de sus tierras. Allí está la verdadera agricultura intensiva de la región. Y sería una falta de tino del gobierno de que no mejorara a la brevedad las condiciones precarias en que se desenvuelven estos agricultores, por la carencia del agua debido al dispendioso sistema de su aprovechamiento.

En Allen hemos encontrado el ejemplo más elocuente del pequeño cultivador. Se trata del vecino M. C., helvético, arboricultor competentísimo, que trabaja, sin ninguna ayuda, las cinco hectáreas escasas de su propiedad. Con toda complacencia hemos visitado la finquita de este agricultor recogiendo la impresión más halagadora. Dedica una atención especial a los frutales y a la huerta. Pero el renglón más lucrativo de sus productos, lo constituye el cultivo de rosales con destino a plaza. ¡Rosales, a doscientas leguas de Buenos Aires! ¡Eso es valentía! Alguna vez el escepticismo de la metrópoli se manifestó en nota chispeante, cuando el poeta Guido Spano, desde su puesto eventual en el ministerio de agricultura, aconsejaba a los agricultores del país que plantaran rosales para perfumar el acíbar de la vida... Se confirma aquí la razón del viejo Anacreonte; y no a la vera de la urbe estupenda, en el cómodo “faubourg”, sino en el valle lejano, más allá del “far west” argentino y donde la fantasía porteña cree ver todavía las mesnadas de los hijos de Caupolicán afilando sus lanzas, bajo las salvajes sauzaledas del río...

Y no sólo cultiva C. rosales para la exportación de ejemplares vivos, con rumbo a las jardinerías de la metrópoli, y con rendimientos aceptables, sino que se propone establecer, de acuerdo con la medida de sus fuerzas, una pequeña destilería de esencia de rosas. Si no hubiéramos visitado su chacrita, que es una monada; si no hubiéramos departido largamente con este agricultor—con este grande y hazañoso agricultor;—si no hubiéramos puesto en juego su tecnicismo, bien cimentado en su propia huerta de frutales, podríamos pensar que era el lirismo de un visionario, este pujo industrial de hacer suaves esencias donde los cerdos dan valiosas gorduras y los alfalfares invernan ovinos de alta selección...

Pero ahí está la comprobación en su finca. La recorremos con deleite, con emoción. Se recuesta sobre el canal de la cooperativa, como un ingerto promisorio sobre vigoroso patrón. ¡Qué aprovechamiento más meticuloso el de su predio! ¡Qué sencillez encantadora la de su casita! El agua se desparrama con equidad sobre los camellones. Prosperan maravillosamente las plantas. De primera intención se advierte en los frutales la mano experta del podador. Hay manzanos que no se levantan un metro del suelo y cargan abundosas pomas. Allí está la ciencia del huertano, evitando las ramazones inútiles, que demandan su parte de savia ineficaz y donde la parasitología encuentra un refugio inapreciable. Persigue C., con verdadero afán, la variedad de pomacea que resista al famoso pulgón, enseñoreado de los huertos valletanos. Y ensaya, ensaya siempre con la pertinacia de un benedictino, en procura del ejemplar inmune que pueda dar al traste con la terrible plaga.

Su finca, aparte del rendimiento en producción que asegura su modesto bienestar económico y el de su familia, es, en pequeño, todo un campo de experimentación. Se multiplican por ensalmo, variedades y familias, siguiendo un plan sistemado de observación bajo el más escrupuloso aprovechamiento de la finca. No hay desperdicio en su tierruca. Después del jardín de rosales, viene el huerto. Allí, entre las hileras de manzanos, perales y durazneros, se refugian las hortalizas, los espárragos, el pradito de maíz y el frutillal y conviven hasta las plantas exóticas, los kakis, las frambuesas...

Cuando visitamos esta finca, encontramos a C. en la faena de arraigar un enjambre de abejas que se había asentado sobre una planta de membrillo. Su colmenar es modesto, muy modesto, construído toscamente de cajones. Pero esta iniciación, que se incorpora a la intensa labor de la propiedad, ha de ser industria lucrativa dentro de poco, dado el carácter técnico que piensa C. imprimirle a su apicultura. Recorriendo la huerta de frutales, nos invade el recuerdo de La Vegetariana, aquella finquita de Astorga, en Guaymallén, también de cinco hectáreas, trabajada intensivamente, con rendimientos de quince hectáreas merced a la distribución de sus plantíos: los frutales, alineados, sirviendo de rodrigones al parral; y entre los camellones, de fila a fila, las acelgas, las cebollas, los tomates, toda la variedad hortícola, base de su apostolado y su alimentación.

No entramos en las interioridades de la casita del colono, pero tenemos la certeza de que reina la felicidad dentro de aquellas paredes humildes. Hay alegría en el solar. La obra de este hombre diligente ha sabido hacer un paraíso de aquella lengüita de tierra, adherida al canal como pidiendo una caricia a sus aguas. Y no sólo suponemos bienandanza en el hogar; suponemos holganza económica y sospechamos hasta los ahorrillos previsores que darán más tarde a este granjero fuerzas vitales para afrontar empresas mayores. Ya en Neuquen, encontramos otro colono—un valenciano—digno de tomarse como modelo de agricultor intensivo. Pero en el caso de C., se une la labor del labriego al tecnicismo del arboricultor, al tino del granjero inteligente que distribuye su labor diaria entre sus plantas, a pleno sol, y el libro de consulta; que pone sobre la rutina una nota cultural propia, sustantiva y quizá trascendental para la comarca.

Recorremos la finca. Con toda buena voluntad nos asesora C. sobre el resultado de sus experimentos. Su obsesión, su pesadilla es, hoy por hoy, el pulgón lanígero que ataca sus manzanos. Regresamos luego a su casita. Mientras reposamos a la sombra de un sauce, su esposa nos obsequia con un plato de frambuesas frescas con vino y azúcar, delicioso y sencillo manjar que no habíamos probado nunca...

Vocabulario

Incuria. Abandono, descuido.

Incipiente. Que comienza.

Aluvional. De “aluvión”: terreno formado por la acumulación de cieno, arena, etc., después de las avenidas.

Conglomerado. Mezcla.

Discrecional. A discreción, a voluntad.

Mediocridad. Calidad mediana.

Precario. Inseguro, escaso.

Dispendioso. Costoso.

Helvético. Suizo.

Arboricultor. El que cultiva árboles.

Excepticismo. Duda, desconfianza.

Eventual. Temporario.

“A la vera”. Al lado.

Urbe. Ciudad.

“Far-West”. En inglés: el lejano Oeste, expresión con que se designa la región occidental de los Estados Unidos. Pronúnciase: far úest.

Pujo. Alarde.

Meticuloso. Cuidadoso de los detalles.

Poma. Manzanas, o fruta, en general.

Huertano. El que cultiva la huerta.

Parasitología. El estudio de los parásitos.

Pomácea. Familia vegetal que comprende a los manzanos y otras plantas afines.

Pulgón. Insecto perjudicial a los frutales.

Benedictino. Monjes de una orden europea. Por extensión, se aplica a las personas capaces de realizar trabajos largos y pacientes.

Inmune. Libre.

Dar al traste. Acabar con una cosa, destruírla.

Trascendental. De la mayor importancia.

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