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Nuestra Pampa

by W. Jaime Molins

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UN Dia de Agitacion Electoral

Conocimos a Pico en un momento de intensa agitación política: a raíz de las elecciones municipales del 2 de septiembre. Y por cierto que ninguna hora más propicia para compenetrarnos de su alma de pueblo nuevo, de sus pasiones, de su vitalidad. Teníamos mentas ya de su espíritu localista, trabajado por la propia noción de una prosperidad vecinal, hija del esfuerzo, sin padrinazgos oficiales ni rodrigones.

—Los de Pico—nos habían dicho en alguna parte de la Pampa—son rumbosos y soberbios... ¡Y cuidado si usted no les cae en gracia! Va a tener que salir más ligero que volando...

No nos inquietó la advertencia, acostumbrados a gastar nuestro escaso don de gentes y dejar en el camino, siempre que sea posible, un amable sedimento de nuestra personalidad. Nos supo a ingenua emulación simplemente. “¡Vaya!—pensamos:—es el caso de los parientes pobres que siempre están protestando a regañadientes por la ventura del pariente con plata...”

Y fuímos a Pico.

El emporio comercial, advertido no bien se desciende del tren, se había trocado en un comité político. Tres fracciones—dos de ellas con etiqueta nacional y una independiente—disputaban las posiciones comunales. El movimiento político que iba a dirimirse en los comicios al día siguiente de nuestro arribo, concentraba en absoluto la atención pública. Era otro el Pico de esta hora excepcional. La gimnasia de cuatro meses en agitados prolegómenos electorales, había puesto en tensión los ánimos y avivado pasiones, como si el alegato puesto en juego, fuera el único recurso vital del municipio.

Seríamos injustos si dijéramos—argentinos sobre todo—que esta característica, nueva en la tranquila población, movió nuestra censura. Al contrario: nos gustó el torneo, no sólo por la tonificante pasión puesta en el ensayo, sino porque nos habló claro sobre el Pico capacitado para defender sus intereses y regirse solo, signo elocuente de preparación para su futuro augural.

A partir de mayo, en que se iniciaron las maniobras con balas de fogueo—vale decir, con mesurados boletines—la agitación política había ido subiendo de tono. Las primeras manifestaciones de la palabra escrita, ponen en juego la más bella convicción doctrinaria. “Más que una entidad política, este comité—decía una de las fracciones—es una agrupación de vecinos que se ha decidido a defender los intereses generales, segura de que en esta forma defiende los suyos propios. El atraso y la miseria de un pueblo, no constituye porvenir para nadie particularmente, porque la prosperidad individual en todas partes, es simplemente consecuencia de la prosperidad colectiva. Es de obtusos suponer que alguien pueda enriquecerse en una localidad destruída. Por consiguiente, queremos acabar con todos esos mezquinos afanes de preponderancia y usufructo vedado, consolidando la situación sobre los cimientos de una municipalidad libre, trabajadora, honesta y capaz.”

A los disparos con pólvora sola, siguen los cartuchos de perdigón. La prensa local se acoraza y desde los minaretes lanza su fuego cerrado contra el bando rival. Algunas hojas sueltas, que coleccionamos oportunamente, nos encantan por sus premisas doctrinarias, verdaderos artículos que figurarían sin desdoro como editoriales de cualquiera de nuestros grandes rotativos. Otras—facturas de cargazón—escritas por manos, si no más expertas en achaques de pluma, más hábiles en muñequeos electorales, se prodigan en dicterios de léxico pesado, sabedoras de aquello de que “el que más grita es el que más se hace oír”. Algunas de un lirismo simpático: otras, de una desconcertante procacidad. No faltan los versos satirizantes, donde la musa juguetona de la localidad, vuelca todo su ingenio para ridiculizar a los candidatos de la fracción contraria. Y de entre el fárrago de hojas impresas que salen a la calle cada diez minutos, agresivas las más, o llenas de ditirambos para sus parciales, no falta la palabra de cordura, el consejo doctoral, que se extiende como un bálsamo sobre las rozaduras del ambiente. No podemos excusarnos a la tentación de transcribir este recordatorio, que se nos antoja una evangélica electoral, síntesis clarísima y completa de la ley, y que puede servir de formulario para todas las agrupaciones municipales del país que aspiren de veras al bienestar de la comuna.

“Señor... Tenemos el agrado de comunicarle que a usted le corresponde votar en la mesa número..., situada en la escuela número..., calle tal, etc.

“Le recordamos, al propio tiempo, que el voto es absolutamente secreto. Nadie puede saber, si usted mismo no lo dice, por quién ha sufragado.

“La ley garantiza al ciudadano una libertad tan amplia, que la íntima voluntad puede imponerse por encima de todos los compromisos personales. Es cuestión que usted sea o no hombre de conciencia.

“Reflexione usted tranquilamente. Como parte del vecindario, tenga en cuenta la conveniencia colectiva y apoye a los hombres que por sus dotes de inteligencia, de moral y de labor, puedan hacer un buen gobierno y dar impulso al progreso general de Pico.

“Le adjuntamos la lista de nuestros candidatos con el fin de que usted los conozca y esté habilitado para discutirlos. No pedimos su voto, no presionamos su ánimo, porque tenemos aspiraciones de que la justicia se cumpla y como ciudadanos emancipados, deseamos la libertad de conciencia.

“Tenga usted carácter. Sea usted dueño de sus decisiones. No descienda usted a la condición menguada del que no sabe lo que hace.

“Vote usted digna, altiva, noblemente.”

De la lucha álgida, nació la apelación a cortes. Y el gobierno central se vió en la necesidad de ejercer su representación por medio de un emisario, con facultades tan exiguas como pudiera tenerlas un mero espectador. Se explica entonces, que aquellas agrupaciones, caldeadas por el ejercicio del comité, y que habían solicitado una “panacea” para los males eleccionarios, concentraran sus mandobles sobre el comisionado federal, incapacitado para distribuir la razón equitativa, de acuerdo con la ley. Sin duda alguna, no deben achacarse al ministerio del interior los actos derivados de la representación—ya que una acción ajena a las decisiones autónomas del municipio, debía limitarse a escrutar, nunca a dirimir;—y si alguna actitud ostensible y bien quista asumió el poder central, fué disponer en Pico la constitución del juez letrado, quién bajó de Santa Rosa y con dignidad consular rodeó al acto eleccionario de los mejores prestigios.

¡Y han de perdurar en Pico los recuerdos de esta afanosa lucha electoral! Todos los elementos de locomoción se pusieron al servicio de los comités. Más de setenta automóviles cruzaron como exalaciones, durante el día, las calles del municipio conduciendo electores. Y es de fama, según los mentideros oficiosos, que alcanzaron a 80.000 pesos en cifras redondas, los dineros gastados durante todo el proceso electoral. Damos los guarismos en la seguridad de que no han de alarmarse ni los estadounidenses maestros de democracia, ni algunos de nuestros políticos de vieja cepa, acostumbrados a concurrir a los actos comiciales con la rosada libreta de cheques...

Las primeras horas de la mañana las gastamos en el incesante tragín de los comicios a la comisaria, a los comités y al hotel, constituído en cuartel general del comisionado. Después, cuando se estableció la corriente electoral de ir y venir de sufragantes, en una rutina sin incidentes de consideración, fuímos a respirar el aire de las afueras, bajo el cielo de una tarde plomiza y templada. Nos atrajo el hospital, sito en el aledaño y donde una benemérita corporación derrama a manos llenas la simiente de la filantropía y la bondad.

Visitamos después las quintas. Fueron revelaciones aquellos huertos levantando sus árboles porfiados contra las inclemencias del pampero, que suele ser recio y hostil. Aquel espectáculo venía a poner la última nota propicia sobre los destinos de Pico: mieses, ganados, huertas... Tibia y buena era la tarde. En el corazón del municipio, jugaban su apasionada partida los hombres, cuyas rozaduras desaparecerían bien pronto bajo la acción niveladora del trabajo. En los huertos se vestían de yemas los durazneros...

Vocabulario

Rodrigones. Sustentos, apoyos, compañeros.

Rumbosos. Desprendidos, liberales, muníficos, espléndidos.

Emulación. Sentimiento noble que incita a imitar y sobrepasar la acción de los demás.

Regañadientes (A). Por lo bajo; murmurando.

Alegato. Cualquier alegación, verbal o por escrito.

Balas de fogueo. Balas de ensayo, con pólvora pero sin proyectil.

Minaretes. En sentido figurado; pequeñas torres en lo alto de los edificios y que antiguamente se usaban como parapetos para defender una posición.

Dicterios. Dicho mordaz, grosero, picante.

Rotativos. Los grandes diarios que usan máquinas impresoras “rotativas”.

Ditirambo. Expresión elogiosa.

Satirizante. Cualquier dicho agudo, picante, incisivo, hiriente, amargo.

Exiguo. Pequeño, escaso, reducido.

Procacidad. Desvergüenza, impudicia, insolencia.

Panacea. Remedio universal.

Mandoble. Golpe recio; reprimenda fuerte y severa.

Autónomas. Que conservan autonomía, es decir, el derecho de gobernarse por sí solas, sin intromisión ni auxilio extraño.

Bien quista. Bien querida, mirada, reputada, estimada, etc.

Guarismo. Número, cantidad expresada por cifras.

Aledano. Confín, término, límite.

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