Sexta Parte
I
La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando, andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo, el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber muchas particularidades acerca de sí mismo.
Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico; pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos.
En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había de serle fatal.
Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla.
Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio de la joven.
En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos, pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó, bajando la voz:
—Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!—añadió bruscamente—. A todos los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo.
Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos. Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras un momento de reflexión, siguió al pope a la habitación de Sonia. Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las panikhida. Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor. Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en espesas espirales.
El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia. La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió.
Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo.
A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un remordimiento empezó a torturarle.
«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»
Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención, no acertaba a darle una forma precisa.
«No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que rechazar.»
Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente, el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre, pero se despertó tarde: a las dos.
Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas. Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito, casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado.
La puerta se abrió y entró Razumikin.
—¡Ah! Comes, luego no estás malo—dijo el visitante, tomando una silla y sentándose enfrente de Raskolnikoff.
Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave.
—Escucha—comenzó a decir en tono resuelto—; pienso dejar a todos ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco.
—¿Cuándo las has visto?
—Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado—dijo—, ¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola, la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos. «Puesto que sale—dijo levantándose—, es señal de que no está enfermo y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente—dice—; le dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío, me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa. Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable, la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues, os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos. He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón. Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Qué te importa?
—¿Vas a dedicarte a la bebida?
—¿Cómo lo has adivinado?
—No es muy difícil adivinarlo.
Razumikin se quedó un momento silencioso.
—Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado loco—observó luego—. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la bebida. Adiós.
Y dió un paso hacia la puerta.
—Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana—dijo Raskolnikoff.
Razumikin se detuvo de repente.
—¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?—preguntó, poniéndose un tanto pálido. Estaba agitadísimo.
—Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.
—¿Ella?
—Sí; ella.
—¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.
—Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le he dicho que tú la amabas, porque lo sabe.
—¿Que ella lo sabe?
—Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo, por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama. Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.
—Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un hombre excelente.
—Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que quieren decir sus palabras.
Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea:
«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó de repente.
—¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa—repuso recalcando cada frase—, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.
—¿Qué carta?
—Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto.
—¿Ha recibido una carta?—preguntó Raskolnikoff intrigado.
—Sí. ¿No lo sabías?
Los dos permanecieron callados durante un minuto.
—Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal cosa: es inútil.
Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando volvió a abrirla de repente, mirando de través.
—A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la escalera, mientras subían el dvornik y los dos testigos, los cachetes que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante! Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo. ¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse. Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos hombres?
—Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto ese asunto—preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado.
—¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien me lo ha dicho casi todo.
—¿Porfirio?
—Sí.
—¿Y qué es lo que te ha dicho?—preguntó Raskolnikoff inquieto.
—Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método psicológico, según su costumbre.
—¿Y te lo ha explicado él mismo?
—El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto.
Y salió.
«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro—acabó definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.—Ha comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación? ¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la clave de todo esto.»
Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo.
En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin, volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en él; tenía aún que luchar; era un recurso.
Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo. ¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de Porfirio era harina de otro costal.
«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método psicológico?—continuaba diciéndose Raskolnikoff—. De seguro hay aquí algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que una solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas confesiones de Mikolai.
»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero, ¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones; pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin embargo, si éste no será un mal signo...»
Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales.
«Es preciso acabar con Svidrigailoff—pensaba—, y, cueste lo que cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que espera mi visita.»
En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón, que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en hacerlo.
Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa. Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida. Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi ningún terror.
«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.»
—No esperaba usted mi visita—dijo alegremente Porfirio Petrovitch—. Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un cigarrillo...
—Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted—dijo Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido verse.
Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes. Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta.
El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender un cigarrillo.
«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff.
II—¡Oh, estos cigarrillos—dijo por fin Porfirio—son mi muerte, y no puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia; ¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.
«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica», murmuró aparte Raskolnikoff.
Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba.
—Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?—continuó Porfirio Petrovitch, paseando la mirada en derredor suyo;—estuve en este mismo cuarto. Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra usted nunca?
La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.
—He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una explicación—prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria, hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada—. La última vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.
«¿A dónde va a parar?»—se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos de Porfirio con inquieta curiosidad.
—He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con sinceridad—repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos, como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima—; no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé, porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos. ¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted.
—¿Pero usted, por qué me dice todo eso?—balbuceó Raskolnikoff, sin acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba—. «¿Me creerá acaso inocente?»—añadió para sí.
—¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete. Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan. Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones? El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí», pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada; es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted, desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable, no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir? Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después, cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo, Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco. «Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada, y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle. Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch, de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan inquebrantable como una roca.»
—Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que...
Le faltó el habla y no pudo continuar.
—¡Ah, Razumikin!—exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de Raskolnikoff—. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico. En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón; no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho, sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos, los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás, acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado, desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable.
Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción. Raskolnikoff se echó a temblar.
—Entonces, ¿quién es el que ha matado?—balbuceó con voz entrecortada.
El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como asombrado de semejante pregunta.
—¿Cómo? ¿Que quién ha matado?—replicó, como si no hubiese dado crédito a sus oídos—. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch, usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...—añadió en voz baja y en tono de profundo convencimiento.
Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras convulsiones agitaban los músculos de su rostro.
—Le tiemblan a usted las manos como el otro día—hizo notar con interés Porfirio—. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del objeto de mi visita, Rodión Romanovitch—prosiguió, después de una pausa—. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para decirlo todo y esclarecer la verdad.
—¡Yo no he matado!—murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un niño sorprendido en falta.
—Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted solo—replicó severamente el juez de instrucción.
Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos diez minutos.
Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.
—Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?
—No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción está formada.
—Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?—preguntó con mal gesto Raskolnikoff—; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice: Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra mí?
—¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer lugar, la detención de usted no me serviría para nada.
—¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está convencido, debería usted...
—¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted en reposo? Usted lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido. ¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi venida...
—¿Cuál es?—preguntó Raskolnikoff anhelante.
—... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque, créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista, pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy bastante franco?
Raskolnikoff reflexionó durante un minuto.
—Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras, no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña?
—No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré el otro día; Dios me la ha enviado.
—¿Qué prueba es ésa?
—No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico: créalo usted, Rodión Romanovitch.
El joven se sonrió con expresión de cólera.
—El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel, estaría en reposo?
—¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo. Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando, puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo, el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.
Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.
—¿Qué me importa?—dijo, sin parecer que se daba cuenta de que su lenguaje equivalía casi a una confesión—, ¿qué me importa la diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.
—Vamos, lo que yo temía—exclamó, como a pesar suyo, Porfirio—. Ya me temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.
Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.
—No desprecie usted la vida—continuó el juez de instrucción—. Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!
—¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?
—La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por otra parte, su condena no será perpetua.
—¡Obtendré circunstancias atenuantes!...—dijo riendo Raskolnikoff.
—¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso!
—¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!—murmuró con tono despreciativo el joven.
Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo.
—Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo, de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia. Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.
Raskolnikoff se estremeció.
—Pero, ¿quién es usted—gritó—para hacerme esas profecías? ¿Qué suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir?
—¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad? De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol, y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio, convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado.
—¿Cuándo piensa usted detenerme?
—Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire. El consejo que le doy es bueno, créalo usted.
—¿Y si me escapase?—preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa.
—No se escapará. Un mujik huiría: un revolucionario de ahora, esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un credo ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría. ¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese usted, volvería para entregarse espontáneamente... ¡Usted no puede pasarse sin nosotros! Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos, pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún, estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien, se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree; pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.
Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo.
—¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta. Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura.
—Porfirio Petrovitch—dijo el joven con tono seco y breve—, le ruego que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he confesado nada... no lo olvide usted.
—Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted, querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo que hacer a usted—dijo bajando la voz—; es algo delicado, pero tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire buenos pensamientos.
Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En seguida salió de ella apresuradamente.
III
Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso. Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una explicación.
Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?
Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido. Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no quería decir que no lo haría más tarde.
Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor estado que los días precedentes.
Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a casa del juez de instrucción?
¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!
Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.
No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.
Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento, aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.
«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío—se decía—; ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana... quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de emplearlo como arma contra Dunia?»
Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a Razumikin?—se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón—. En todo caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios, los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi hermana, le mataré.»
Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba, se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror. Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo. La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse; pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde. Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa carcajada.
—¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!—gritó desde la ventana.
El joven subió.
Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios, y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar. Svidrigailoff tenía delante una botella de Champagne empezada y un vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto, bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de la otra sala.
—¡Ea, basta!—dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia.
La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su fisonomía cierta expresión de respeto.
—¡Eh, Felipe, un vaso!—gritó Svidrigailoff.
—No bebo vino—dijo Raskolnikoff.
—Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes retirarte.
Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo. Katia bebió el vaso de Champagne a pequeños sorbos como suelen hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel respeto servil.
Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del establecimiento.
—Iba a casa de usted—dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos—; pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted. Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!
—¿Por qué no añade usted que es un milagro?
—Porque quizá no es más que una casualidad.
—Esa es la salida a que recurren todos—contestó riendo Svidrigailoff—. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch, cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla; por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad.
—¿Sólo por eso?
—Me parece que es bastante.
Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no había bebido más que un vaso de vino espumoso.
—Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o no eso que llama usted opinión personal—observó Raskolnikoff.
—Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted?
—Lo he olvidado—respondió sorprendido Raskolnikoff.
—No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas. Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos, jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas, como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.
—¿Sabe usted que se me sigue?—preguntó Raskolnikoff fijando en Svidrigailoff una mirada investigadora.
—No—respondió éste asombrado—; no sé nada.
—Bueno, no hablemos de mí—murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas.
—Está bien. No hablaremos de usted.
—Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este traktir como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.
—¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy bien.
—Podía tener razones... usted lo sabe.
—Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese?
Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro. Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos, la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de valor.
—Entre nosotros no sirven las tergiversaciones—dijo bruscamente el joven—; aunque esté usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted, pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido últimamente, le mataré a usted antes de que me hayan metido en la cárcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he creído advertir estos días que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si algo tiene que comunicarme, despáchese, porque el tiempo es precioso, y quizá bien pronto será demasiado tarde.
—¿Qué es lo que corre a usted tanta prisa?—preguntó Svidrigailoff, mirándole con curiosidad.
—Cada cual tiene sus negocios—dijo Raskolnikoff con aire sombrío.
—Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta rehusa usted responderme—observó Svidrigailoff—. Me supone usted siempre algunos proyectos. En la posición de usted, tal cosa se comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en buena armonía con usted, no me tomaré la molestia de desengañarle. Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle.
—¿Por qué está usted siempre dando vueltas en derredor mío?
—Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado. Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantástico de su situación. Además, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar que tiene usted una gran influencia sobre ella. ¿No son bastantes razones éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, la pregunta es para mí compleja, y me es muy difícil responder a ella. Si usted, por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no sólo por un negocio, sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; ¿no es verdad? ¿No es verdad?—repitió con sonrisa equívoca Svidrigailoff—. Pues bien, figúrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo, esperaba también que me diría usted algo nuevo y pensaba en tomar algo prestado. Vea usted cómo somos nosotros los ricos.
—¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?
—¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué miserable traktir me paso todo el día—repuso Svidrigailoff—; no crea que me divierto; pero en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotón, un gastrónomo de club... pero nada de eso; ahí tiene usted todo lo que yo puedo comer (señaló con el dedo una mesita colocada en el rincón, y en ella un plato de hierro galvanizado, que contenía los restos de un mal biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido usted? En cuanto al vino sólo bebo Champagne, y un vaso me basta para toda la noche. Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me ocultaba como un colegial, porque temía que la visita de usted fuera un trastorno para mí; pero creo que puedo pasar una hora con usted. Ahora son las cuatro y media—añadió mirando al reloj—. ¿Querrá usted creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotógrafo, ni periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad. Ciertamente, pensaba que me diría usted algo nuevo.
—¿Quién es usted y por qué ha venido aquí?
—¿Que quién soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos años en Caballería, después de lo cual me he paseado por San Petersburgo; más tarde me casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí a vivir al campo. Ahí tiene mi biografía.
—Según parece, es usted jugador.
—¿Jugador yo? No diga usted eso; diga usted más bien que soy un tahur.
—¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?
—Sí.
—Habrá recibido usted alguna vez bofetadas.
—Sí, alguna que otra. ¿Por qué me pregunta usted eso?
—Pues bien; podría usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones.
—No tengo ninguna objeción que hacer a usted. Además, yo estoy poco fuerte en discusiones fisiológicas. Confieso que si he venido aquí, es sólo por las mujeres.
—¿En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna?
Svidrigailoff se sonrió.
—Pues bien, sí—respondió con una franqueza desconcertante—. Parece que le escandaliza lo que le digo.
—¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación?
—¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación.
Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo.
—¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta, puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos el tiempo.
—Sea; mas espero que usted...
—No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo! ¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha, como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote: sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, exigió de mí que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas, en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos! Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino; me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación. Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba. Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch. Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno, etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho: «Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con mucha atención... interesante joven...
Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado, y aunque apenas había bebido dos vasos de Champagne, empezaba a dar señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien consideraba como su más peligroso enemigo.
—Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted ha venido aquí por mi hermana—declaró el joven con tanto más atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos extremos.
Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras.
—¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?
—Estoy persuadido; pero no se trata de eso.
—¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?—replicó Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón—. Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me miraba con repugnancia?
—Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más pronto posible.
—¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?—dijo Svidrigailoff poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos.
—Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que demuestra?
—¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo, agua!
Tomó la botella de Champagne, y sin andarse con miramientos la tiró por la ventana. Felipe trajo agua.
—Todo esto es absurdo—dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y pasándosela por la cara—. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?
—Ya me lo había dicho usted.
—¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras, cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba, no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted irse aún?
—No, ahora no le dejo a usted.
—¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto. Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo? Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres—me decía—, y esto será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte, esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna. Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido! Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí, esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente, es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un neceser de toilette de plata; la carita de la madonna resplandecía. Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho. Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida.
—¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer semejante matrimonio?
—¡Qué austero moralista!—dijo burlándose Svidrigailoff—. ¡Dónde va a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia sus exclamaciones de indignación?
Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó.
—Siento mucho—continuó—no poder detenerme más tiempo con usted; pero ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.
Salió del traktir. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del extraño personaje.
Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:
—Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda, o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista.
Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.
IV
Raskolnikoff se puso a seguirle.
—¿Qué significa esto?—preguntó, volviéndose, Svidrigailoff—. Creo haberle dicho a usted...
—Esto significa que estoy decidido a acompañarle.
—¿Qué?
Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.
—En la semiembriaguez de usted—replicó Raskolnikoff—me ha dicho lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo...
Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería convencerse.
—¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía?
—Llámela usted.
Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y amistoso.
—¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré, montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas... ¿Qué necesidad tiene usted de seguirme?
—Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy, sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido a las exequias de su madrastra.
—Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la barinia en cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo.
—No importa, de todos modos entraré en su casa.
—Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le recompense de ese modo!...
—¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas?
—¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta observación—respondió riendo Svidrigailoff—. Si cree usted que no está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré.
—No pienso en tal cosa—replicó desdeñosamente Raskolnikoff.
—Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral, como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso lo que tiene el propósito de hacer?
—Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así le libraré de mi presencia.
—¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa. ¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro; quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted? Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted? Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.
Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás. Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie, a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano, Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud; durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía rápidamente hacia ella.
Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.
—Vamos más de prisa—le dijo por lo bajo este último—. Es preciso que Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?
—Ya hemos dado vuelta a la esquina—interrumpió Dunia—. Ahora mi hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la calle.
—En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.
Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a Svidrigailoff.
—¿Qué teme usted?—observó tranquilamente éste—. La ciudad no es el campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a usted.
—¿Sofía Semenovna está avisada?
—No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa. Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí, en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué tengo yo de terrible?
Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió. Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.
—Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame usted—dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema palidez de su semblante.
Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.
—Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas. Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas, el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un conocimiento exacto de todos los lugares.
Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió Svidrigailoff la explicación.
—¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla, escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?
—Que ha sido un espía.
—Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.
Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff, acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta. Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.
—Aquí tiene usted su carta—comenzó a decir, depositándola encima de la mesa—. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas; hable, pues; pero le advierto que no le creo.
Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.
—Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?
—No me atormente más y hable, hable usted.
—Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?
—¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?
—No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna. Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel, entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que, palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.
—¡Eso es imposible!—balbuceó Dunia, jadeante—; no tenía la menor razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una mentira.
—El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha atrevido a utilizarlo.
—¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este pensamiento?—exclamó Dunia levantándose vivamente—. ¿Usted lo conoce? ¿Le cree usted capaz de ser ladrón?
—Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia; he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?
—Voy a ver a Sofía Semenovna—respondió con voz débil la joven—. ¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero verla en seguida. Es menester que ella...
Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.
—Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.
—¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que mentiras... no te creo... no te creo—exclamó Dunia en un arranque de cólera que la ponía fuera de sí.
Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se apresuró a acercarle.
—¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua; beba usted un poco.
Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.
«Esto ha producido efecto»—murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo el entrecejo—. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso. ¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen, su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo está usted? ¿Cómo se siente?
—¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!
—¿A dónde quiere usted ir?
—A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo la ha cerrado usted?
—No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese, vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a venir a mi casa; pero siéntese usted.
Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.
—¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?
—Todo depende de usted—comenzó a decir en voz baja.
Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.
Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.
—Una sola palabra de usted y se salva—continuó él todo tembloroso—. Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco. Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire usted de ese modo, que me mata!
Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a sacudirla con todas sus fuerzas.
—¡Abrid, abrid!—gritó, creyendo que la oirían fuera—. ¡Abrid! ¿No hay nadie en esta casa?
Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.
—No hay nadie aquí—dijo lentamente—. La patrona ha salido y usted se equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.
—¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!
—La he perdido y no puedo encontrarla.
—¿De modo que esto era un lazo?—gritó Dunia pálida como una muerta, y se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio. Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.
—Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto, la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas. Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte, nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de una violación, Advocia Romanovna.
—¡Miserable!—dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.
—Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra. Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos. Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.
Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su resolución.
De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento hacia adelante.
—¿Esas tenemos?—dijo con maligna sonrisa—. La situación cambia por completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin? ¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán sido inútiles.
—Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso, te juro que te mato!
Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si llegaba el caso.
—Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple curiosidad—dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.
—Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu mujer, lo sé; tú también eres un asesino.
—¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?
—Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.
—Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías sido la causa.
—¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!
—Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la luna, mientras cantaba el ruiseñor.
—¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes, calumniador!
—¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que se les recuerden ciertas cosillas—repuso sonriendo—. ¡Sé que tirarás, precioso monstruo; pues bien, anda!
Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez. Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff! Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff se detuvo.
—Una picadura de abeja—dijo riéndose—. Apunta a la cabeza... ¿Qué es esto? Tengo sangre.
Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
—Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez; espero—prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de siniestro—; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla antes de que pueda usted defenderse.
Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su perseguidor.
—¡Déjeme usted!—dijo con desesperación—; ¡le juro que voy a disparar otra vez! ¡Le mataré!
—A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero si no me mata, entonces...
En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el tiro.
—No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene ésta aún una cápsula; espero.
En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente, que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre moriría antes que renunciar a su designio.
Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.
De repente la joven tiró el revólver.
—¡No quiere usted tirar!—dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró libremente.
No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo la naturaleza del alivio que experimentó.
Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.
—¡Suéltame!—suplicó Dunia.
Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se echó a temblar.
—¿De modo que no me amas?—preguntó en voz baja.
Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.
—¿Y no podrás amarme... nunca...?—continuó él con acento desesperado.
—¡Nunca!—murmuró la joven.
Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse delante de la ventana.
—Ahí está la llave—dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse hacia Dunia)—. Tómela usted, y váyase pronto.
Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la mesa para tomar la llave.
—¡Pronto, pronto!—repitió Svidrigailoff.
No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra «pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no dejaba lugar a dudas.
Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del canal, en la dirección del puente***.
Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta. Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.
V
Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo recorriendo tabernas y traktirs. Habiendo encontrado a Katia le pagó las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada, y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda. Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto de aquella operación comercial. Por último, se averiguó que el objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.
La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron asustados.
Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.
—Sofía Semenovna—empezó a decir—, quizá me vaya a América, y, como según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente (Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de este modo.
—Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y conmigo—balbuceó Sonia—, que aunque apenas le haya dado a usted las gracias no crea usted que...
—Bueno, basta; basta...
—En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...
—Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.
Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su interlocutor.
—No se inquiete usted—prosiguió Svidrigailoff—. Lo he oído todo de sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto. Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero. Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho. Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.
Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante. Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta; pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.
—¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo tan malo?
—Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin; dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide usted.
Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un sentimiento de temor.
La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas. Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo, saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio, y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la high-life parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.
Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo, por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla, y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las madres.
A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz. Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la escalera; era el único disponible.
—¿Hay te?—preguntó Svidrigailoff.
—Puede hacerse.
—¿Qué hay además?
—Carne, aguardiente, entremeses.
—Tráeme carne y te.
—¿No quiere usted nada más?—preguntó con algo de vacilación el camarero.
—No.
El hombre harapiento se alejó muy contrariado.
«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel—pensó Svidrigailoff—; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino. Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»
Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura del tabique.
En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa, era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz plañidera:
—Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.
El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro, Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.
Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo «si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.
«Mejor sería, por esta vez, estar bien»—se dijo sonriendo.
La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera querido fijar en algo su imaginación.
«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio de la tempestad y de las tinieblas!»
Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky, había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie sobre el puente, contemplaba el río.
«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»—pensó, y de repente una idea extraña le hizo sonreír.
«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables... Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están acostados»—añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes había tenido con la joven.
«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie; jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe adónde habría llegado!»
Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de lo oprimido que tenía el corazón.
«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»
Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el viento continuaba silbando en el exterior.
«Esto es insoportable»—se dijo con cólera.
Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.
«Más vale no dormir»—se dijo.
Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio... En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff, tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas, como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma, había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba, sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes, ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación, grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría noche de deshielo.
Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana. Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales, exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas; pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos, Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos cañonazos.
«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!—pensó—. Esta madrugada los barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora es?»
En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió tres campanadas.
«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»
Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar la cuenta y dejar en seguida la posada.
«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»
Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato, comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?» Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota». Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada. Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia. Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad, y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada, tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos, tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco. Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha. La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado, Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.
«¿Qué me importa a mí eso?—se dijo con un movimiento de cólera—.¡Qué tontería!»
En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes el hotel.
«¡Bah! ¡una granujilla!»—dijo, lanzando una blasfemia en el instante en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.
«Es el color de la fiebre—pensó Svidrigailoff—. Cualquiera diría que ha bebido.»
Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.
«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»
En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta, de una cocotte francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen... Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban lujuria.
«¡Cómo! ¿a los cinco años?—murmuraba, preso de un verdadero espanto—. ¿Es posible?»
Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los brazos.
«¡Ah, maldita!»—exclamó con horror Svidrigailoff.
Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.
Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no estaba encendida; amanecía.
«He tenido una pesadilla.»
Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado. Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato. Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación: un instante después estaba en la calle.
Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera, veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas, con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas. Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la vista una torre.
«¡Bah!—pensó—; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un testigo.»
Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.
Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.
—¿Qué quiere usted?—preguntó, siempre arrimado a la puerta.
—Nada, amigo mío; ¡buenos días!—respondió Svidrigailoff.
—Siga usted su camino.
—Voy al extranjero.
—¿Cómo al extranjero?
—A América.
—¿A América?
Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.
—¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.
—¿Por qué no?
—Porque éste no es sitio.
—No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di que me he ido a América.
Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.
—¡Aquí no se puede hacer eso!—replicó el soldado abriendo desmesuradamente los ojos.
Svidrigailoff oprimió el gatillo.
VI
Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún. Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada—pensó—y están acostumbradas a ver en mí un ser original.»
Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su partido estaba tomado.
Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la mano, le llevó a la sala.
—¡Ah! ¿Estás aquí?—dijo con voz temblorosa a causa de la emoción—. No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre, ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!
—¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!—comenzó a decir Raskolnikoff.
—Deja eso—interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna—. ¿Piensas que iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo; lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas, que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos, ¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez, el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido. «He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo, hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.
—Enséñamelo, mamá.
Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico sobre la mesa.
—Pero, por tonta que yo sea, Rodia—siguió la madre—, puedo, sin embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado, vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te ocupas en cosas más importantes...
—¿Dunia no está aquí, mamá?
—No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti. Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú, Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.
Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente.
—¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso nada!—gritó levantándose de pronto—. Hay café, y no te he ofrecido una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida...
—No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame, te lo suplico.
Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo.
—Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como ahora?—preguntó de repente.
Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.
—¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia.
—El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre, y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que no esté aquí Dunia—prosiguió con el mismo ímpetu—; quizá seas desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa seguridad.
Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y lloró silenciosamente.
—No sé lo que te pasa, Rodia—dijo—. Hasta ahora, yo había creído sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución; tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a punto de partir, ¿no es verdad?
—Sí.
—Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo. Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el viaje... Pero... ¿a dónde vas?
—Adiós, mamá.
—¡Cómo! ¿hoy mismo?—exclamó, como si se tratase de una separación eterna.
—No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.
—¿Y no puedo ir contigo?...
—No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu plegaria.
—¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío!
Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia, hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible y que su suerte iba a decidirse en seguida.
—¡Rodia, mi querido primogénito!—dijo la madre sollozando—; hete ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos, en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte, que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia?
—No.
—¿Volverás?
—Sí, volveré.
—Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos?
—Muy lejos.
—¿Tendrás allí un empleo, una posición?
—Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí.
Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con expresión de desesperado dolor.
—¡Basta, mamá!—dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora sentía profundamente haber venido.
—¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida? ¿Vendrás mañana?
—Sí, sí; adiós.
Al fin logró escapar.
La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su tarea para mirarle con curiosidad.
«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia. La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral. Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a Raskolnikoff que la joven lo sabía todo.
—¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?—le preguntó con voz trémula.
—He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos verte allí.
Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una silla.
—Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas.
Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.
—¿Dónde has pasado la última noche?
—No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención era acabar así; pero... no he podido resolverme...—dijo en voz baja, tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus palabras.
—¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!
Raskolnikoff se sonrió amargamente.
—No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo, le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí.
—¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?—exclamó Dunia con espanto—. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle aquello?
—No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto. He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia. Soy un hombre bajo...
—Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás, ¿verdad?
—Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia?
—Sí, Rodia.
Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo.
—¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al agua?—preguntó sonriendo con tristeza.
—¡Oh, Rodia, basta!—respondió la joven, ofendida por tal suposición.
Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el joven se levantó.
—La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé por qué lo hago.
Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas.
—Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano?
—¿Lo dudabas?
La joven lo estrechó contra su pecho.
—¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu crimen?—exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano.
—¡Mi crimen! ¿Qué crimen?—repitió en un acceso de cólera—; ¿el de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.
—¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has vertido sangre?—exclamó Dunia consternada.
—¿Y qué? Todo el mundo la vierte—prosiguió con vehemencia creciente—. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las personas que la derramaron como si fuera Champagne subieron en seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad. Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o, mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo... Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que para que se me arroje a los perros.
—No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío?
—Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte ni he estado más convencido que en este momento.
Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres.
—Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino, trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora, adiós—se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas, una extraña expresión en los ojos de Dunia—. ¿Por qué lloras de ese modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me olvidaba...
Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona, la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia.
—Muchas veces he hablado de aquello con ella—dijo distraídamente—; hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan lamentable resultado. No te alarmes—continuó, dirigiéndose a Dunia—; ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me alegro de que haya muerto.
Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo:
—Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer, y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento? ¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al Neva, he comprendido que era un cobarde.
Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en la calle. Después de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se volvió para ver por última vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a la esquina, el joven se volvió también, pero advirtiendo Raskolnikoff que la mirada de su hermana estaba fija en él, hizo un gesto de impaciencia, y aun de cólera, invitándola a que continuase el camino. En seguida dió vuelta a la esquina.
VII
Comenzaba a caer la noche cuando llegaba a casa de Sonia. Durante la mañana y la tarde, la joven le había esperado con ansiedad. Por la mañana había recibido la visita de Dunia. Esta fué a primera hora, habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff que Sofía Semenovna lo sabía todo. No recordaremos minuciosamente la conversación de las dos mujeres; limitémonos a decir que lloraron juntas y se hicieron muy amigas. De esta entrevista sacó Dunia, por lo menos, el consuelo de pensar que no estaría solo su hermano. Era Sonia la primera que había recibido su confesión; a ella se había dirigido cuando sintió la necesidad de confiarse a un ser humano, y ella le acompañaría adondequiera que se le enviase. Sin haber hecho preguntas acerca de tales propósitos, Advocia Romanovna estaba segura de ello. Consideraba a Sonia con una especie de veneración que dejaba a la pobre muchacha toda confusa, porque se creía indigna de levantar los ojos hasta Dunia. Después de su visita a casa de Raskolnikoff, la imagen de la encantadora joven, que la había saludado tan graciosamente aquel día, quedó grabada en su alma como una visión nueva, dulcísima, la más bella de su vida.
Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a su hermano en el domicilio de este último, pensando que Raskolnikoff no podría menos de pasar por allí. En cuanto Sonia se quedó sola, el pensamiento del suicidio probable de Raskolnikoff le quitó todo reposo. Este era también el temor de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes se habían dado la una a la otra todo género de razones para tranquilizarse, y lo habían, en parte, conseguido.
Cuando se separaron, volvió la inquietud a apoderarse de cada una de ellas. Sonia se acordó de que Svidrigailoff le había dicho: «Raskolnikoff sólo tiene la elección entre dos alternativas: o ir a Siberia, o...» Además, conocía el orgullo del joven y su carencia de sentimientos religiosos. «¿Es posible que se resigne a vivir solamente por pusilanimidad, por temor a la muerte?»—pensaba con desesperación. No dudaba ya que el desgraciado hubiese puesto fin a sus días, cuando Raskolnikoff entró en su cuarto.
La joven dejó escapar un grito de alegría; pero, cuando hubo observado atentamente el rostro de Raskolnikoff, palideció de pronto.
—Vamos, sí—dijo riendo Raskolnikoff—. Vengo a buscar tus cruces, Sonia. Tú has sido quien me ha impulsado a ir a entregarme; ahora que voy a hacerlo, ¿de qué tienes miedo?
Sonia le miró con asombro. Aquel tono le parecía extraño. Todo su cuerpo se estremeció; pero al cabo de un minuto comprendió que aquella alegría era fingida. Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff miraba a un rincón, y parecía tener miedo de fijar los ojos en ella.
—Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una circunstancia... pero esto sería largo de contar, y no tengo tiempo. ¿Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarán sus miradas, me dirigirán estúpidas preguntas, a las cuales tendré que responder; me señalarán con el dedo... No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo Pólvora. ¡Lo que va a sorprenderse éste! Puedo contar de antemano con un excelente éxito de asombro. Pero me convendría tener más sangre fría. En este último tiempo me he hecho muy irritable. ¿Lo creerás? hace un momento ha faltado muy poco para que amenazase con el puño a mi hermana, porque se había vuelto para verme por última vez. Ya ves lo bajo que he caído. Bueno; ¿dónde están las cruces?
El joven no parecía que se hallase en su estado normal. Ni podía permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en un objeto; sus ideas se sucedían sin transición; por mejor decir, deliraba. Le temblaban ligeramente las manos.
Sonia guardaba silencio. Sacó de una caja de cruces una de madera de ciprés y otra de cobre; después se santiguó, y luego de repetir la misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la cruz de ciprés.
—¿Es ésta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? ¡Je, je, je! ¡Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprés es la de los humildes. La cruz de cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas para ti; déjamela ver. ¿De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen. Los eché entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo más que tonterías, y olvido mi asunto. Estoy distraído. He venido, sobre todo, para prevenirte, a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido más que para eso. (¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía que decirle otra cosa.) Vamos a ver: tú misma me has exigido que dé este paso. Voy a entregarme, y tu deseo será satisfecho. ¿Por qué lloras entonces? ¡Tú también! ¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me es todo esto!
Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón del joven. «¿Qué soy yo para ella?—pensaba—. ¿Por qué se interesa por mí tanto como podría interesarse mi madre o Dunia?»
—Haz la señal de la cruz. Di una oración—suplicó con voz temblorosa la joven.
—Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena voluntad.
El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pañuelo verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff había hablado en la taberna, y que servía entonces para toda la familia. Tal pensamiento cruzó por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a este propósito. Comenzaba a advertir que tenía distracciones continuas, y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente advirtió que Sonia se preparaba a salir con él.
—¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, quédate!—exclamó con risa irritada y se dirigió a la puerta—. ¿Qué necesidad tengo de ir allí con acompañamiento?
Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo adiós; se había olvidado de ella, le preocupaba tan sólo una idea.
«Realmente, ¿está ya hecho todo?—se preguntaba al bajar la escalera—. ¿No habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo todo... y de no ir allí?»
Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo súbitamente que había pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acordó de que no había dicho adiós a Sonia, que se había detenido en medio de la sala, y de que una orden suya la había como clavado en el suelo. Se planteó entonces otra cuestión, que desde hacía algunos minutos flotaba en su espíritu sin formularse con claridad.
«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le he dicho que venía para un asunto: ¿qué asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle que iba allí? ¡Vaya una necesidad! ¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, ¿qué necesidad tenía yo de ella? ¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba eran lágrimas; lo que yo quería era gozar de los desgarramientos de su corazón. ¡Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar un momento el instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar con altos destinos! ¡Y me he creído llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan vil, tan miserable, tan cobarde!»
Caminaba a lo largo del muelle, y no tenía que ir más lejos; pero cuando llegó al puente suspendió un instante su marcha, y se dirigió después bruscamente hacia el Mercado del Heno.
Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda. Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada podía concentrar su atención.
«Dentro de ocho días, dentro de un mes, volveré a pasar por este puente; un coche celular me llevará yo no sé dónde. ¿Con qué ojos contemplaré este canal? ¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí está escrita la palabra Compañía. ¿La leeré yo entonces como la leo ahora? ¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... ¡Dios mío, qué mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto en su género. ¡Ja, ja, ja! ¡De qué cosas me preocupo! Hago como los niños: me engaño a mí mismo, porque, en efecto, debería sonrojarme de mis pensamientos. ¡Qué barullo! Ese hombretón, un alemán, según todas las apariencias, que acaba de empujarme, ¿sabe a quién ha dado con el codo? Esa mujer, que lleva un niño en la mano y que pide limosna, me cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el bolsillo. Tómalos, matuchka.»
—Dios te lo pague—dijo la mendiga con tono plañidero.
El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagradó mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió al sitio en que la multitud era más compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier precio; pero se daba cuenta de que no podría gozar de ella ni un solo instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acordó de repente de las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada; besa la tierra que has manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: ¡Soy un asesino!»
Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. Las angustias de los días anteriores de tal modo habían desecado su alma, que se consideró feliz al encontrarla accesible a una sensación nueva, y se abandonó por completo a ella. Se apoderó de él un enternecimiento dulcísimo y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo, y besó con alegría la tierra fangosa. Después de haberse levantado, se arrodilló de nuevo.
—He ahí uno que ha empinado el codo más de lo regular—exclamó un joven que estaba a su lado.
Esta observación provocó muchas carcajadas.
—Es un peregrino que va a Jerusalén, amigos míos. Se despide de sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la despedida al suelo de la capital—añadió un menestral que estaba ligeramente ebrio.
—Es todavía muy joven—dijo un tercero.
—Es un noble—observó gravemente otro.
—En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son.
Viéndose objeto de la atención general, Raskolnikoff perdió un poco de su serenidad, y las palabras «Soy un asesino», que iban quizá a salir de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma se encaminó a la comisaría de policía. Conforme iba andando, una sola visión atrajo sus miradas; por lo demás, había esperado encontrarla en la calle, y no se asombró.
En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno por segunda vez, vió a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La joven trató de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultándose detrás de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza. ¡Así le acompañaba cuando él subía este calvario! Desde aquel instante, Raskolnikoff adquirió la convicción de que Sonia era suya para siempre, y de que le seguiría a todas partes, aunque su destino hubiera de conducirle al fin del mundo.
Llegó finalmente al sitio fatal. Entró en el zaguán con paso bastante firme. La oficina de policía estaba situada en el tercer piso. «Antes que llegue arriba tengo tiempo de volverme»—pensaba el joven. En tanto que nada había confesado, se complacía en pensar en que podía cambiar de resolución.
Como en su primera visita, encontró la escalera cubierta de suciedad, impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas sobre cada descansillo. Mientras subía, se le doblaban las piernas, y tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco, y preparar su entrada.
«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?—se preguntó de repente—. Puesto que hay que apurar el vaso, poco importa cómo he de beberlo. Más valdrá cuanto más amargo sea.»
Después se ofrecieron a su espíritu las imágenes de Ilia Petrovitch y del oficial Pólvora. «¿Por qué voy a él? ¿No podría dirigirme a otro? ¿A Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar al comisario a su domicilio particular, y contárselo todo en una conversación privada?... No, no; hablaré a Pólvora, y esto se acabará más pronto.»
Con el rostro inundado de frío sudor y casi sin darse cuenta de lo que hacía, Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. Esta vez no vió en la antesala más que a un dvornik y a un hombre del pueblo. El joven pasó a la otra habitación, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff no estaba allí ni Nikodim Fomitch tampoco.
—¿No hay nadie?—dijo Raskolnikoff, dirigiéndose a uno de los empleados.
—¿Por quién pregunta usted?
—A... a...
—Al oír sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia de un ruso... como se dice en no sé qué cuento. Mis respetos—gritó bruscamente una voz conocida.
Raskolnikoff tembló. Pólvora estaba delante de él; acababa de salir de una tercera habitación. «El destino lo ha querido»—pensó el joven.
—¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?—exclamó Ilia Petrovitch, que parecía de muy buen humor y muy animado—. Si ha venido por algún asunto, es aún demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro aquí yo... ¿En qué puedo...? Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su nombre?... Perdóneme usted.
—Raskolnikoff.
—¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted creer que le había olvidado! Le suplico que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, ¿no es eso?
—Rodión Romanovitch.
—Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión Romanovitch; lo tenía en la punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Después me lo explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio... He tenido también noticia de que empezaba usted la carrera de las letras. ¡Oh Dios mío! ¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en sus comienzos no ha hecho más o menos la vida de bohemio? Tanto mi mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasión. Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo demás puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el genio. Un sombrero, por ejemplo, ¿qué significa? Un sombrero lo puedo comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso no puedo comprarlo. Confieso que quería ir a casa de usted a darle explicaciones; pero, he pensado que quizá usted... De todos modos, con estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. ¿Parece que la familia de usted está ahora en San Petersburgo?
—Sí, mi madre y mi hermana.
—He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel día. En cuanto a las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su falsedad. Comprendo la indignación de usted. Ahora que su familia vive en San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a cambiar de domicilio?
—No, no por el momento. Había venido a preguntar... Creí encontrar aquí a Zametoff.
—¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he oído decir. Pues bien: Zametoff no está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; nos ha dejado ayer, y antes de su partida ha habido entre él y nosotros un fuerte altercado. Es un galopín sin consistencia; nada más. Había hecho concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la cabeza sufrir exámenes, para poder darse tono y echárselas de sabio. Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de común con usted, con usted y con el señor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera, ascética, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrás de la oreja, una investigación científica, son cosas que bastan para la felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted la correspondencia de Livingstone?
—No.
—Yo sí la he leído. Ahora el número de los nihilistas ha aumentado considerablemente, lo cual no es asombroso en una época como la nuestra. De usted para mí... ¿no es usted nihilista? Respóndame francamente.
—No.
—No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sería consigo mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted creería que iba a decir la amistad?, pues se engaña. No es la amistad, sino el sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en mí el hombre y el ciudadano. ¿Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es un muchacho que copia el chic francés, que da ruido en los sitios sospechosos cuando ha bebido un vaso de Champagne o de vino del Don. Ahí tiene usted a Zametoff. Quizá he sido un poco vivo con él, pero si mi indignación me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra parte, yo poseo un cargo, una posición, cierta importancia social; soy casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano; en tanto que él, ¿qué es él? Permítame usted que se lo pregunte. Me dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la educación. Ahí tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se han multiplicado de un modo extraordinario.
Raskolnikoff miró al oficial con aire asombrado. Las palabras de Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa, produjeron en su ánimo una impresión que él no se explicaba. Sin embargo, algo comprendía. En aquel momento preguntaba con los ojos a su interlocutor e ignoraba cómo acabaría todo aquello.
—Hablo de estas jóvenes que llevan el cabello corto a lo Tito—continuó el inagotable Ilia Petrovitch—. Yo las llamo profesoras en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese enfermo, ¿cree usted que me dejaría tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je!
Ilia Petrovitch se echó a reír encantado de su chiste.
—Admito la sed de instrucción; pero, ¿no se puede uno instruir sin dar en semejantes excesos? ¿Por qué ser insolente? ¿Por qué insultar a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por qué me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido últimamente que un señor recién llegado aquí acaba de poner fin a sus días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo se llama el caballero que se ha matado esta mañana en la Petersburgskeria?
—Svidrigailoff—dijo uno que se encontraba en la habitación inmediata.
Raskolnikoff tembló.
—¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos!
—¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff?
—Sí; en efecto, había venido hace poco. Acababa de perder a su esposa; era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas. Han encontrado sobre su cadáver un librito de notas en que estaban escritas estas palabras: «Muero en posesión de mis facultades; que no se acuse a nadie de mi muerte.» Este hombre tenía, según se dice, dinero. ¿De qué le conocía usted?
—¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz en su casa.
—¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de él. ¿No tenía usted sospechas de su proyecto?
—Le vi ayer. Le encontré bebiendo vino... Nada sospeché.
A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho.
—¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de esta habitación!
—Sí; ya es tiempo de que me vaya—balbuceó el joven—. Perdóneme usted si le he molestado.
—Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado gran placer y me complazco en declararlo.
Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven.
—Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff.
—Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto.
—También yo lo he tenido... Hasta la vista—dijo Raskolnikoff sonriendo.
Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared para no caerse. Le pareció que un dvornik, que se dirigía al despacho de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida, no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos; su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla, Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía a entrar en la oficina de policía.
Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba el mismo mujik que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff en la escalera.
—¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles.
—¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!
Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en silencio. Trajeron agua.
—Yo soy...—empezó a decir Raskolnikoff.
—Beba usted.
El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente declaración:
—Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana Isabel.
Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes.
Raskolnikoff repitió su confesión.