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El crimen y el castigo

by Fyodor Dostoyevsky

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Quinta Parte

I

Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo, temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.

Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el exceso de su irritación.

Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto. Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi restaurado.

El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin. Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina, el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven inmediatamente.

«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia, y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil, habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso, y tan delicado?... He hecho una tontería.»

Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más, recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le hicieron que lo olvidara.

En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era, entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida. Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff figuraba en el número de los invitados.

Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco.

Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff, en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo.

Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos, etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas, estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el sueño de establecerse en San Petersburgo.

Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales, que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de nuestras jóvenes generaciones. Contaba con Andrés Semenovitch para que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la fraseología de los reformadores.

Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño, desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso; casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo. Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos comme il faut porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje. Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se han unido sinceramente.

No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función especial era la propaganda, y todavía no debía de estar muy ducho en ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente, ¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?

Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch (sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo por el establecimiento de una nueva commune en la calle de los Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio; un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.» Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.

Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la fortuna había establecido entre ambos.

Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el comunismo, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.

—Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa... viuda—dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el punto más interesante de su peroración.

—¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.

—Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a muchas personas; el diablo sabrá por qué—continuó Pedro Petrovitch, que parecía haber provocado con intención deliberada aquella conversación—. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?—añadió de repente, levantando la cabeza—. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo. De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado por eso?

—Tampoco yo tengo intención de asistir—repuso Lebeziatnikoff.

—¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.

—¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?—preguntó Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.

—Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes. Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de resolver el problema feminista!

Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.

—Eso es una barbaridad y una calumnia—replicó vivamente Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso—. Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión.

—¡Je, je, je!—continuó en son de burla Ludjin.

—Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista. Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto. Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir, que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía. ¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí popes; si los hubiese, le aseguro a usted que iría.

—¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la hospitalidad de esa mujer?

—No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil. Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano... De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que se les presta un gran servicio...

—¡Vamos, bueno!—interrumpió Pedro Petrovitch—. Pero, dígame usted ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha? ¿Es verdad lo que de ella se dice?

—Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo con regocijo.

—Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa.

Lebeziatnikoff se incomodó.

—¡Eso es también una mentira!—replicó enérgicamente—. No ha habido tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí.

—¿La ha invitado usted a formar parte de la commune?

—Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la commune. Sólo que ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted? Queremos fundar nuestra commune sobre bases mucho más amplias que las precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es una bella, una bellísima naturaleza.

—¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je!

—No, de ninguna manera; todo lo contrario.

—¿Lo contrario?—dijo Ludjin—. ¡Je, je, je!

—Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene como cierto tímido pudor.

—Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra que todos esos pudores son estúpidos.

—No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí, puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero», me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito... Yo aguardo, espero: eso es todo.

—¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en eso.

—No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya.

—Dígame—replicó Ludjin—, ¿podría usted... o por mejor decir, está usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la muchacha.

—¿Para qué?—preguntó asombrado Andrés Semenovitch.

—Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que usted pensaría!

—No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en seguida, y esté seguro de que no le molestaré.

Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia. La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo. Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa. Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó, hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en el momento en que éste iba a salir.

—¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?—le preguntó en voz baja.

—¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he visto... ¿Y qué?

—En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo esto?

—Sí, comprendo, comprendo—respondió Lebeziatnikoff—. Está usted en su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho. Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré; en mi opinión, está usted en su derecho.

Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.

—Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así. Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?—dijo Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.

Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.

—Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre—se apresuró a responder la pobre Sonia.

—Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.

—Voy a decírselo—y Sonia se levantó en seguida.

—No es eso todo—continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales—; usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar a una persona como usted. Tengo otro objeto.

A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón; por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante algunos instantes, prosiguió:

—Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado antinatural, por decirlo así...

—Sí, antinatural—repitió dócilmente Sonia.

—O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.

—Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma...

—Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora, según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.

Sonia se levantó bruscamente.

—Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se la concediesen. ¿Es eso cierto?

—No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible!

—Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela usted—dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse.

—Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más.

—¿Más aún?—balbuceó la joven.

—Siéntese usted.

Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez.

—Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo, organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es una cosa posible.

—Sí, eso está bien... pero ella. Dios...—murmuró Sonia, con los ojos fijos en Pedro Petrovitch.

—Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos, por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete. Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más, sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el dinero. ¿Qué le parece a usted?

—No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos...

Sonia no acabó y se echó a llorar.

—De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal. Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más.

Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de haberlo desplegado cuidadosamente.

La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.

Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia, se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano.

—Lo he oído y lo he visto todo—dijo subrayando intencionadamente la última palabra—. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria, favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace.

—Lo que he hecho no vale nada—murmuró Ludjin un poco cortado, y miró a Lebeziatnikoff con particular atención.

—Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?—exclamó Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía hacia Pedro Petrovitch—. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de casarse legalmente, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le importa a usted la unión legal? Pégueme usted, si quiere; pero yo me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy franco.

—Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre con vuestros matrimonios libres—respondió, por decir alguna cosa, Pedro Petrovitch.

Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía.

—¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?—dijo Andrés Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando oye el sonido del clarín—; los hijos son una cuestión social que será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción, como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh, ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto llevar eso a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti: pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah! Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos. Cuando eso se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado (libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no tengo razón?

Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la preocupación de su amigo.

II

Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio, entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella «gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que, hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la noche la ropa de sus hijos.

Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero en abundancia. El menú, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna, comprendía, además del kutia, tres o cuatro platos, principalmente blines; además, estaban preparados dos samovars para los convidados que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones, en casa de la señora Lippevechzel.

Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo», no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas.

Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro, todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla, los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo, por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o, mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta impertinencia en el cuerpo.

Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario, cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era, según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda su influencia para conseguirle una pensión importante.

Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio. Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda, teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus deberes de dueña de casa.

Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.

—Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién hablo—y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la patrona—. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?... ¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de cebollas. ¡Eh!—gritó a uno de ellos—. ¿Ha tomado usted blines? Tome usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire, se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona—dijo casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna—. Si por acaso roban sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.

Después de esta satisfacción dada a sus sentimientos, volviéndose hacia Raskolnikoff, dijo, burlándose y mostrando a la patrona:

—¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ahí se está con la boca abierta. Fíjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos de colores. ¡Ja, ja, ja!

La risa acabó con un acceso de tos que duró cinco minutos, se llevó el pañuelo a los labios y después se lo enseñó silenciosamente a Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con mayor dificultad; sin embargo, continuó hablando en voz baja con animación extraordinaria.

—Le habían confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a esa señora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de modo que esa imbécil forastera, esa provinciana, que ha venido aquí a solicitar una pensión como viuda de un mayor, y que, de la mañana a la noche, anda recorriendo las Cancillerías con dos dedos de colorete en la cara, y eso que tiene cincuenta años muy corridos... esa remilgada ha rehusado mi invitación, sin excusarse siquiera, como la más vulgar cortesía exige en un caso como éste. No acierto a explicarme cómo es que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia? ¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te habías metido, Sonia? Es extraño que en un día como éste hayas sido tan poco exacta. Rodión Romanovitch, déjela usted colocarse a su lado, ése es tu sitio, Sonia; toma lo que quieras. Te recomiendo el kabial, está bueno. Ahora te traerán las blines. ¿No se ha dado de ellas a los niños? Que no se os olvide, Poletchka. Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, Kolia, deja quietecitas las piernas. Eso es; así debe de estar un niño bien educado. ¿Y qué me cuentas, Sonetchka?

Sonia se apresuró a decir a su madrastra las excusas de Pedro Petrovitch, esforzándose en hablar alto para que todos pudieran oírle. No contenta con reproducir las fórmulas corteses de que Ludjin se había servido, procuró por su parte amplificarlas. Pedro Petrovitch—añadió—le había encargado decir a Catalina Ivanovna que vendría tan pronto como le fuese posible, para hablar de negocios y entenderse con ella acerca de la marcha que debía seguir ulteriormente, etcétera, etc.

Sonia sabía que con esto tranquilizaría a su madrastra, y, sobre todo, que halagaría su amor propio. La joven se sentó al lado de Raskolnikoff, a quien saludó apresuradamente echándole una rápida y curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y aun dirigirle la palabra. Parecía distraída, aunque tenía los ojos fijos en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Después de haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda preguntó con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida, sin inquietarse demasiado de que pudieran oírla los invitados, hizo observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido hubiese estado fuera de su centro en semejante reunión. Se explicaba que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unían a su familia.

—He aquí por qué, Rodión Romanovitch, agradezco tanto que no haya usted desdeñado mi hospitalidad; por lo demás—añadió—, convencida estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo que ha decidido a cumplirme su palabra.

Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto. Unicamente por cortesía y consideración a Catalina Ivanovna probaba la comida, que la propia viuda le acercaba a la boca.

El joven tenía los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez más pensativa, seguía con inquietud los progresos de la exasperación de su madrastra, que había comenzado a burlarse de sus huéspedes, presintiendo que la comida acabaría mal, porque, entre otras cosas, Sonia sabía que era ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado la invitación. Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando fué a invitar a las dos señoras, la madre, muy resentida, había exclamado que cómo podría permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella... señorita. Sospechaba la joven que su madrastra tenía ya noticia de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna sólo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbéciles que ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declaró en seguida, con voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un «asno borracho».

Acto seguido anunció su propósito de retirarse en cuanto hubiera obtenido una pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de educación para hijas de nobles. De repente mostró aquel certificado del cual había hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento debía establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero lo había sacado con objeto de confundir a las dos «presumidas», y si éstas hubiesen aceptado su invitación, les hubiera demostrado con pruebas convincentes, que «la hija de un coronel, la descendiente de una familia noble y aristocrática, valía mucho más que las buscadoras de aventuras, cuyo número aumenta cada día». El certificado dió pronto la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos, se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a considerarse como hija de un coronel.

Extendióse después la viuda en enumerar los encantos de la existencia feliz y tranquila que se prometía pasar en T***. Buscaría el concurso de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un anciano respetable, el señor Mangot, que le había enseñado en otros tiempos el francés; este señor no vacilaría en dar lecciones en su pensionado, y sería módico en sus honorarios. Por último, anunció la intención de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la dirección de su establecimiento. Al oír estas palabras, uno de los comensales se echó a reír.

Catalina Ivanovna fingió no haberlo oído, pero levantando la voz dijo que Sonia Semenovna poseía cuantas cualidades son menester para secundarla en su tarea. Después de haber elogiado la dulzura de la joven, su paciencia, su abnegación, su cultura intelectual y su nobleza de sentimientos, le dió suavemente unos golpecitos en la mejilla y la besó dos veces seguidas con efusión. Sonia se ruborizó, y Catalina Ivanovna prorrumpió en llanto.

—Tengo los nervios muy excitados—dijo como para excusarse—y estoy muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te.

Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la conversación precedente, eligió aquel momento para aventurar una nueva tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora de un pensionado, que «debería conceder mucha atención a la ropa interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante la noche». El cansancio y la irritación hacían a Catalina Ivanovna poco tolerante; así es que tomó muy a mal aquellos sabios consejos; a creerla a ella, la patrona no entendía una palabra de lo que estaba hablando. «En un pensionado de señoritas nobles, el cuidado de la ropa blanca correspondía a la mujer encargada de ese servicio, y no a la directora del establecimiento. En cuanto a la observación relativa a la lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia.» Catalina Ivanovna suplicaba a la patrona que callase.

En lugar de acceder a esta súplica, Amalia Ivanovna respondió con acritud que «no había hablado más que por su bien»; que había tenido siempre las mejores intenciones, y que, desde hacía largo tiempo, Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek.

—¡Miente usted hablando de buenas intenciones!—replicó la viuda—. Ayer, sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente, vino usted a armar un escándalo a propósito de mis atrasos, y por causa suya no han venido ciertas señoras...

Al oír esto la patrona observó con mucha lógica que ella «había invitado a aquellas señoras, pero no habían venido porque eran nobles y no podían ir a casa de una señora que no lo era». A lo cual su interlocutora contestó «que una cocinera no tenía criterio para juzgar de la verdadera nobleza».

Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replicó «que su vater17 era un hombre muy importante en Berlín que se paseaba constantemente con las manos en los bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para dar una idea más exacta de su vater, la señora Lippevechzel se levantó, se metió las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provocó una carcajada general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla entre las dos mujeres, se complacían en azuzar a Amalia Ivanovna. La viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse más, declaró en voz muy alta que «Amalia Ivanovna quizá no había tenido nunca vater, que era sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que había debido ser en otro tiempo cocinera, o tal vez algo más bajo». Respuesta furiosa de la patrona: «Acaso era Catalina Ivanovna la que no había tenido vater. En cuanto a ella, su padre era un berlinés que usaba levitas muy largas y que hacía constantemente ¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna respondió con tono despreciativo que «su nacimiento era conocido de todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorífico en caracteres impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio, Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido), debía ser hija de algún vendedor de leche finlandés; pero, según todas las apariencias, era hospiciana, puesto que no sabía aún cuál era su nombre patronímico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna». La patrona, fuera de sí, gritó, dando puñetazos sobre la mesa, «que ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y que había sido alcalde, cosa que no fué nunca el padre de Catalina Ivanovna». Al oír tales palabras se levantó ésta, y con voz tranquila, desmentida por la palidez de su rostro y por la agitación de su pecho, dijo:

—Si usted se atreve otra vez a poner en parangón a su miserable vater con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.

Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empezó a correr por la habitación, gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que Catalina Ivanovna se marcharía de su casa al instante. Después se apresuró a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; los chiquillos se echaron a llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra para impedir que hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta voz una alusión a la cartilla amarilla, Catalina Ivanovna rechazó a la joven y se fué derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moño.

Mas en aquel momento se abrió la puerta y apareció Pedro Petrovitch Ludjin.

El funcionario dirigió una mirada severa a todos los presentes y Catalina Ivanovna corrió hacia él.

III—¡Pedro Petrovitch!—gritó—. ¡Protéjame usted! Haga comprender a esta imbécil que no tiene derecho para hablar así a una señora noble y desgraciada; que eso no está permitido. Me quejaré al gobernador general... y esa mujer tendrá que responder ante él de lo que ha dicho. En nombre de la hospitalidad que usted recibió de mi padre, venga en ayuda de mis huérfanos.

—Permítame usted, señora... permítame usted—dijo Pedro Petrovitch apartando con un ademán a la solicitante—. Como usted sabe muy bien, no he tenido el honor de conocer a su padre... Permítame usted, señora (uno de los comensales se echó a reír ruidosamente); no pienso tomar parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna... Vengo aquí por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una explicación con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... ¿no es ése su nombre? Permítame usted que entre...

Y apartándose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigió al rincón de la sala en que se encontraba Sonia.

La viuda se quedó como clavada en su sitio. No podía comprender que Pedro Petrovitch negase haber sido huésped de su padre. Aquella hospitalidad, que no existía más que en su imaginación, se había convertido para ella en artículo de fe. Lo que principalmente la impresionó, fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin. Al aparecer este último se restableció el silencio poco a poco. El pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la sordidez de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos se daba cuenta de que sólo un motivo de gravedad excepcional podía explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos, pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al lado de Sonia, se levantó para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y éste pareció no reparar en el joven.

Un instante después apareció Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar en la habitación permaneció en el umbral escuchando con curiosidad sin acertar a comprender al pronto de qué se trataba.

—Perdónenme ustedes que turbe su reunión; pero me veo obligado a ello por un asunto de bastante importancia—dijo Pedro Petrovitch sin dirigirse a nadie en particular—; en cuanto a mí, me agrada poder explicarme delante de una reunión numerosa. Amalia Ivanovna, ruego a usted que, como propietaria de esta casa, preste atención a la conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna.

Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y bastante sorprendida, añadió:

—Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff. Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted, en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar la culpa a nadie sino a sí misma.

Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos segundos.

—Vamos, ¿qué responde usted?—preguntó Pedro Petrovitch, mirando atentamente a la joven.

—Yo no sé... no sé nada—dijo al cabo con voz débil.

—¿No? ¿Usted no sabe nada?—preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente algunos segundos.

En seguida añadió con tono severo:

—Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede dar fe de todo esto.

»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer), y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos. (Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma agitación que antes.

»Cuando usted salió del cuarto, he estado hablando durante diez minutos, aproximadamente, con Andrés Semenovitch. Por último él se marchó y yo me acerqué a la mesa para guardar el resto del dinero, viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrés Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco engañarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted entrara, acababa de comprobarlas. Comprenderá usted que acordándome de su agitación, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante algún tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la posición social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad, dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legítima.

»Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que sé a lo que me expongo dirigiéndole esta acusación. Sin embargo, no vacilo en formularla, sobre todo, señorita, por su negra ingratitud. ¿Cómo? La mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos ¡y me recompensa usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está bien! Le hace falta una lección que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo hacer en su favor. De lo contrario, seré inflexible. Vamos, confiese usted.»

—Yo nada he tomado—murmuró Sonia espantada—; usted me ha dado diez rublos; aquí están, tómelos, se los devuelvo.

La joven sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo, tomó el billete de diez rublos, que estaba allí guardado, y se lo alargó a Ludjin.

—¿De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien rublos?—dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete.

Sonia dirigió una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las personas que la rodeaban sorprendió una expresión severa, irritada o burlona. La joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la pared, tenía los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella.

—¡Señor, señor!—gimió la muchacha.

—Amalia Ivanovna, será menester llamar a la policía; por lo tanto, suplico a usted humildemente que haga subir al dvornik—dijo Ludjin con voz dulce y hasta cariñosa.

—Gott der barmherzig! ¡Bien sabía yo que ésta era una ladrona!—exclamó la señora Lippevechzel palmoteando.

—¿Usted lo sabía?—repuso Pedro Petrovitch—; eso quiere decir que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta consecuencia. Suplico a usted, dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide las palabras que acaba de pronunciar. Por lo demás, hay testigos.

En todos lados se hablaba ruidosamente.

—¿Cómo?—exclamó Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor, y con rápido movimiento se precipitó hacia Ludjin—. ¿Cómo? ¿La acusa usted de robo? ¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!

Después se aproximó vivamente a la joven y la estrechó entre sus brazos descarnados.

—¿Cómo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de él? ¡Oh, tonta! ¡Dámelos! ¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!

Catalina tomó el billete de manos de Sonia, lo arrugó entre sus dedos y se lo tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanzó a Pedro Petrovitch y rodó en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se apresuró a levantarlo. El hombre de negocios se incomodó.

—Contengan ustedes a esa loca.

En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos señoras provincianas.

—¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?—vociferó Catalina Ivanovna—. ¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de negocios, un hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona? ¡Pero si ella te daría más que vale ese dinero, imbécil!—y la viuda rompió a reír de un modo nervioso—. ¿Han visto ustedes a este imbécil?—añadió, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a cada uno de ellos.

De repente vió a Amalia Ivanovna, y su cólera no tuvo límites.

—¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú también, infame prusiana, dices que Sonia es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? ¡Si no ha salido de la habitación! Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a la mesa con nosotros; todos la han visto al lado de Rodión Romanovitch... registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendrá el dinero encima. ¡Busca, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, querido, tendrás que responder de tu conducta! ¡Me quejaré al emperador, al zar misericordioso! ¡Hoy mismo iré a arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana; me dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? ¡Te engañas! Obtendré una audiencia. ¿Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenías nada que temer? Tú contabas con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si ella es tímida, yo, amigo mío, yo no tengo miedo a nada, y así tus cálculos caen por tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!

Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le empujaba hacia donde estaba Sonia.

—Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilícese usted, señora, cálmese usted—balbuceaba el funcionario.—Ya veo que no tiene usted miedo. Esto debería hacerse en la oficina de policía. Por lo demás, hay aquí un número más que suficiente de testigos... Sí, yo estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin embargo, no es así como se hacen estas cosas.

—¡Hágala usted registrar por quien quiera!—gritó Catalina Ivanovna—. Sonia, enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, monstruo, ve cómo están vacíos! ¡Aquí no hay más que un pañuelo; mira, nada más que un pañuelo, puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?

No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvió, uno después del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que ponía al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escapó de él un papelillo, que, describiendo una parábola en el aire, fué a caer a los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro Petrovitch se bajó, tomó el billete con los dedos y lo desplegó coram populo. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro Petrovitch lo enseñó a todos para que no existiese ninguna duda sobre la culpabilidad de Sonia.

—¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, la policía!—aulló Amalia Ivanovna—. ¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la calle!

De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no cesaba de mirar a Sonia más que para echar de vez en cuando una mirada rápida sobre Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía más bien atontada que sorprendida; de repente enrojeció y se cubrió el rostro con las manos.

—¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado nada! ¡Yo no sé nada!—gritó con voz desgarradora y se precipitó hacia Catalina Ivanovna, que abrió los brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura.

—¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo que no lo creo!—repetía Catalina Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompañadas de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la mecía en sus brazos como a un niño.)—¡Tú haber robado nada! ¡pero qué personas más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, tontos!—gritaba a los circunstantes—. ¡No sabéis lo que es esta criatura! ¡Robar ella! ¡Ella, que vendería su último vestido; ella, que iría descalza antes que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos! ¡Así, así es...! ¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se morían de hambre... se vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; mi pobre difunto! ¡Dios mío, Dios mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos, en vez de estar impasibles! Usted, Rodión Romanovitch, ¿por qué no la defiende? ¿Usted también la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos, no valéis lo que el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela tú!

Las lágrimas, las súplicas, la desesperación de la pobre Catalina Ivanovna parecieron causar una gran impresión en el público. Aquel rostro de tísica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada, expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difícil no sentirse conmovido ante tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió en seguida a expresar los más dulces sentimientos.

—¡Señora, señora!—dijo con solemnidad—. Este negocio no concierne a usted en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha podido ser impulsada por la miseria. Pero, ¿por qué se niega usted a confesar, señorita? ¿Teme la deshonra? ¿Era éste su primer hurto? ¿Lo hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien; vea usted, sin embargo, a lo que se exponía. Señores—dijo dirigiéndose a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad—: Estoy pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido.

Después añadió:

—Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí.

Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba, sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó:

—¡Qué villanía!

Pedro Petrovitch se volvió vivamente.

—¡Qué villanía!—repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.

Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala.

—¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?—dijo aproximándose a Pedro Petrovitch.

—¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés Semenovitch?—preguntó Ludjin.

—Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted explicado el sentido de mis palabra—replicó arrebatadamente Lebeziatnikoff.

Estaba extremadamente colérico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos enfermizos, que tenían dura e indignada expresión. Raskolnikoff escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven socialista.

Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch quedó casi desconcertado.

—¿Es a mí a quien...?—murmuró—. ¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en su juicio?

—Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. ¡Ah! ¡Qué infamia! Lo he oído todo, y si no he hablado antes, es porque quería comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las explico. Me gustaría saber por qué ha hecho usted esto.

—¿Pero qué es lo que yo he hecho? ¿Acabará de hablar enigmáticamente? ¡Usted está borracho!

—¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros está borracho, es usted. Yo jamás bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figúrense ustedes que es él, él mismo quien, con sus propias manos ha dejado el billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido testigo de ello, y lo declararé bajo la fe de mi juramento. Es él, él—repetía Lebeziatnikoff dirigiéndose a todos y a cada uno.

—¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!—replicó violentamente Ludjin—. Ella misma aquí, hace un momento, ha afirmado, en presencia de usted y de todo el mundo, que no había recibido más que diez rublos... ¿Cómo es, pues, posible que yo le haya dado más dinero?

—Yo lo he visto—repitió con energía Andrés Semenovitch—; y aunque esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho disimulo. Sólo que he sido tan tonto, que he creído que hablaba usted por generosidad. Cuando usted le decía adiós en el umbral de la puerta y le ofrecía usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el bolsillo el papel que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he visto.

Ludjin palideció.

—¿Qué es lo que está usted mintiendo?—replicó insolentemente—. Estando al lado de la ventana, ¿cómo podía usted ver eso del billete? Vaya, como está usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una ilusión.

—No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difícil distinguir el billete, en eso tiene usted razón; mas a causa de esa misma circunstancia, sé que era precisamente un billete de cien rublos. Cuando usted dió diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurrió una idea. Después de haber plegado el billete, lo guardó usted en el hueco de la mano, y cuando se levantó se pasó el papel de la mano derecha a la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque se me ocurrió la misma idea, a saber: que usted quería obligar a Sonia Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con qué atención he observado sus gestos y ademanes. Así es que he visto meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto, y lo repetiré donde sea necesario bajo la fe del juramento.

Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignación. De todos lados se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.

—¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le conocía a usted! ¡Usted la defiende; solamente usted se pone de parte de ella! ¡Dios le envía a usted en socorro de la huérfana! ¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo, batuchka!

Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que hacía, cayó de rodillas delante del joven.

—¡Esas son tonterías!—vociferó Ludjin arrebatado por la cólera—. ¡No dice usted más que necedades! «Yo he olvidado; me he acordado: me acuerdo; me olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo que si fuera verdad lo que usted dice, yo le habría deslizado a propósito esos cien rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? ¿Qué tengo yo de común con esa...?

—¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos límites, garantizo su exactitud... Tampoco me engaño, malvado, así como me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que felicitaba a usted estrechándole la mano. Me preguntaba por qué razón había usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quizá, me dije, ha querido ocultarme su buena acción, sabiendo que yo, en virtud de mis principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un vano paliativo. He pensado después que trataba de dar una sorpresa a Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurrió otra idea: que la intención de usted era poner a prueba a la joven; que usted quería saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo esos cien rublos, vendría a darle las gracias, o acaso quería usted substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que me proponía reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. Además, hubiera creído faltar a la delicadeza, dando a entender que conocía su secreto. Pensando en estas cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna, ignorando la generosidad de usted, podía perder el billete de Banco. He aquí por qué me he decidido a venir: porque quería llamarla aparte y decirle que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes he entrado en casa de las señoras Kobyliatnikoff, para entregarles un Tratado general sobre el método positivo, y recomendarles el artículo de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento después he llegado aquí y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: ¿es posible que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos en el bolsillo de Sonia Semenovna?

Cuando Andrés Semenovitch terminó su discurso, no podía ya más y tenía el rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso le costaba trabajo expresarse convenientemente, aunque, por lo demás, no conocía ningún otro idioma. Este esfuerzo oratorio le había agotado. Sus palabras produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad con que las había pronunciado llevó el convencimiento al alma de todos los oyentes. Pedro Petrovitch comprendió que perdía terreno.

—¡Qué me importan a mí las tonterías que se le han ocurrido a usted!—exclamó—; eso no es una prueba. Ha podido usted soñar cuantas necedades quiera. Le digo que miente. ¡Miente usted, y además me calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia porque me he puesto enfrente del radicalismo impío, de las doctrinas antisociales que usted sostiene.

Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provocó violentos murmullos en su derredor.

—¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su argumento—replicó Lebeziatnikoff—. ¡Llame a la policía; prestaré mi juramento! Una sola cosa queda obscura para mí: el motivo que le ha impulsado a cometer una acción tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!

Raskolnikoff avanzó, separándose del grupo.

—Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, también prestaré juramento—dijo con voz firme.

A primera vista, la tranquila seguridad del joven probó al público que conocía a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de llegar a su desenlace.

—Ahora lo comprendo todo—prosiguió Raskolnikoff dirigiéndose a Lebeziatnikoff—. Desde el principio de este accidente había sospechado detrás de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en ciertas circunstancias solamente de mí conocidas, y que voy a revelar, porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrés Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espíritu; suplico a ustedes que me escuchen. Ese señor—continuó, designando con un gesto a Pedro Petrovitch—, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un choque y le eché a la calle, como pueden declarar dos personas que estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que viviese con usted, Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia, anteayer, es decir, el día mismo de nuestra cuestión, se encontró presente aquí en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff, le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribió a mi madre diciéndole que yo había dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna, sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con los más ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tenía con ella relaciones íntimas. Su objeto, como comprenderán ustedes, era enemistarme con mi familia, insinuándole que yo gasto en disipaciones el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la cual asistía él, he restablecido la verdad de los hechos que este señor había desnaturalizado. «El dinero—dije—se lo di a Catalina Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna a quien aquel día había hablado por primera vez.» Furioso al ver que sus calumnias no obtenían el resultado apetecido, insultó groseramente a mi madre y a mi hermana. Siguióse un rompimiento definitivo y se le echó a la calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen ustedes ahora y comprenderán qué interés le guiaba, en las circunstancias presentes, a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi hermana, puesto que no tenía temor en comprometer a ésta poniéndola en relaciones con una ladrona; él, por el contrario, al atacarme a mí, salía a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra, éste era para él un medio de enemistarme con los míos y de congraciarse con ellos. Con el mismo golpe se vengaba también de mí, pensando que me intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna. Tal es el cálculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su conducta.

Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente interrumpido por las exclamaciones del público, que no perdía una sola frase. Pero, a despecho de las interrupciones, su palabra conservó hasta el fin una calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante, su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al auditorio.

—Sí, sí; eso es—se apresuró a reconocer Lebeziatnikoff—, debe usted tener razón, porque en el momento mismo en que entró Sonia Semenovna en nuestro cuarto, me preguntó si había visto a usted y si estaba entre los convidados de su madrastra, llevándome aparte para preguntármelo en voz baja. Tenía, pues, necesidad de que estuviese usted aquí. Sí, eso es.

Ludjin, mortalmente pálido, permanecía silencioso y sonreía con aire despreciativo. Parecía buscar un medio de salir airosamente de aquel trance. Quizá de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivalía a reconocer implícitamente las acusaciones que se le dirigían y confesar que había calumniado a Sonia Semenovna.

Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada tranquilizadora. La mayoría de ellos estaban borrachos. Esta escena atrajo a la habitación un número considerable de inquilinos que no habían comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch.

Sonia escuchaba atentamente, pero no daba señales de haber recobrado su presencia de ánimo; parecía que acababa de volver de un desmayo. No apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en él estaba todo su apoyo. Catalina Ivanovna sufría atrozmente: cada vez que respiraba se escapaba de su pecho un ronco sonido.

La figura más estúpida era la de Amalia Ivanovna, que tenía aspecto de no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan sólo veía que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa de que la gritería no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se había formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios sacó fuerzas de flaqueza, y haciéndose cargo de que la partida estaba definitivamente perdida, buscó recursos en la osadía.

—Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen de este modo; déjenme pasar—dijo, tratando de abrirse paso al través del grupo que le rodeaba—. Aseguro a ustedes que es inútil tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores. Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes.

—No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi cuarto; todo ha acabado entre nosotros—dijo Lebeziatnikoff—. ¡Cuando pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para exponerle...!

—Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme; ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores.

Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.

Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora después dejó la casa.

Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia, y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de Ludjin.

El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse en su cama.

—¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle!

Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la señora Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina y los arrojaba en un montón en medio de la sala. Quebrantada, casi desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna saltó de la cama y se lanzó sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia Ivanovna no le costó gran trabajo rechazar este asalto.

—¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se revuelve ahora contra mí? ¿El día en que han enterrado a mi marido me expulsa; después de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la calle con mis hijos? Pero, ¿a dónde voy a ir yo?—sollozaba la infeliz mujer—. ¡Señor!—exclamó de repente con los ojos centelleantes—. ¿Es posible que no haya justicia? ¿A quién defenderás Tú, Dios mío, si no nos defiendes a nosotras, pobres huérfanas? Pero ya veremos. Jueces y tribunales hay en la tierra; recurriré a ellos; espere un poco, criatura mía. Poletchka, quédate con los niños; yo volveré pronto. Si os echan, esperadme en la calle. ¡Veremos si hay justicia en la tierra!

Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pañuelo verde de que habló Marmeladoff en la taberna, y después, hendiendo la multitud ebria y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el rostro inundado de lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase lo que costase, a buscar justicia en cualquier parte.

Poletchka, espantada, estrechó entre sus brazos a su hermano y a su hermana, y los tres niños, acurrucados en el rincón inmediato al cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre.

Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y venía por la habitación aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le venía a las manos.

Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros disputaban, algunos entonaban canciones...

«Ya es tiempo de que me vaya—pensó Raskolnikoff—. Veremos, Sonia Semenovna, qué es lo que piensas ahora.»

Y se encaminó a casa de la joven.

IV

Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin. Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado, su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar de ella el pensamiento.

Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado: «Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente, dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de diferirla un minuto.

No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su encuentro, como si lo hubiese esperado.

—¿Qué habría sido de mí sin usted?—dijo vivamente, en tanto que le hacía pasar a la sala.

Parecía que entonces no pensaba más que en el servicio que le había prestado el joven, y tenía prisa de darle las gracias. Después esperó.

Raskolnikoff se aproximó a la mesa y se sentó en la silla que la joven acababa de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos pasos de él, exactamente como el día anterior.

—Habrá usted observado—dijo advirtiendo que le temblaba la voz—que la acusación no tenía otro fundamento que la posición social de usted y las costumbres que ella implica. ¿Lo ha comprendido usted así?

El rostro de Sonia se ensombreció.

—No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He sufrido ya bastante...

Se apresuró a sonreír, temiendo que el reproche ofendiese al visitante.

—Hace un momento he venido a casa como una loca. ¿Qué pasa allí ahora? Yo quería volver, pero suponía que vendría usted.

Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna había ido a buscar justicia a cualquier parte.

—¡Ah, Dios mío!—exclamó Sonia—. ¡Vamos en seguida!—y tomó apresuradamente su manteleta.

—¡Siempre lo mismo!—replicó Raskolnikoff contrariado—. Usted no piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo.

—Pero... Catalina Ivanovna...

—Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda—respondió con tono de enfado el joven—. Culpa de usted será si no la encuentra.

Sentóse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos bajos, reflexionaba.

—Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo concedo—dijo sin mirar a Sonia—; sí, le hubiera convenido meterla a usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo, lo habría hecho. ¿No es así?

—Sí—dijo la joven con voz débil—. Sí—repitió maquinalmente, distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba.

—Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se encontró fué por casualidad.

Sonia guardó silencio.

—Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se acuerda usted de lo que dije ayer?

Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta.

—Pensaba que iba usted a exclamar: «¡Ah, no hable usted de eso! ¡No siga usted!»—repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada—. Vamos, ¿no dice usted nada?—preguntó al cabo de un minuto—. Será preciso que sostenga yo solo la conversación. Ahí tiene usted; tendría curiosidad por saber cómo resolvería usted una «cuestión», según dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbación). No; hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos proyectos iban encaminados a asegurar la pérdida de Catalina Ivanovna y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de sí misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto así, si dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo, salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que cumpliese sus infames designios; contésteme, ¿por cuál de las dos cosas se decidiría usted?

Sonia le miró con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz vacilante, adivinaba algún pensamiento recóndito.

—¿Podría yo esperarme alguna pregunta por el estilo?—dijo la joven interrogándole con los ojos.

—Es posible; pero conteste: ¿por quién se decidiría usted?

—¿Qué interés tiene usted en saber lo que haría en un caso que no puede presentarse?—exclamó Sonia con repugnancia.

—¿De modo que dejaría vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias? No tiene usted valor para decirlo con franqueza.

—No conozco los secretos de la divina Providencia... ¿por qué me pregunta usted lo que haría en un caso imposible? ¿A qué vienen esas vanas preguntas? ¿Cómo la existencia de un hombre puede depender de mi voluntad? ¿Quién me erige a mí árbitro de la vida y la muerte de las personas?

—En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no hay más que hablar—replicó con tono agrio Raskolnikoff.

—¡Dígame usted lo que tenga que decirme!—exclamó Sonia angustiada—. ¿Otra vez con palabras encubiertas?... ¿Ha venido usted sólo a atormentarme?

No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven la contempló con expresión sombría.

—Tienes razón, Sonia—dijo en voz baja.

Se había operado en él un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono áspero que afectaba hacía un momento, había desaparecido de pronto. Ahora, apenas se le oía.

—Te dije ayer que no vendría a pedir perdón, y casi con excusas he comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia.

Quiso sonreír; pero, por más que hizo, su fisonomía permaneció triste. Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. De repente creyó advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan extraño descubrimiento, levantó súbitamente la cabeza y contempló de hito en hito a la joven. Esta fijaba en él una mirada ansiosa, en la cual había amor. El odio desapareció instantáneamente del corazón de Raskolnikoff. No era eso, habíase engañado sobre la naturaleza de sus sentimientos; aquello sólo significaba que había llegado el minuto fatal.

De nuevo ocultó su rostro entre las manos y bajó la cabeza; palideció, se levantó, y después de haber mirado a Sonia, fué maquinalmente a sentarse en el lecho sin proferir palabra.

La impresión de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que había experimentado en pie, detrás de la vieja, cuando había sacado el hacha del nudo corredizo, diciendo: «No hay un instante que perder».

—¿Qué tiene usted?—preguntó Sonia sobrecogida.

El joven no pudo responder. Había contado con explicarse en muy otras condiciones y no comprendía lo que pasaba por él. Sonia se aproximó suavemente a Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, y esperó sin dejar de mirarlo. El corazón le latía como si fuera a romperse. La situación se hacía insoportable. Raskolnikoff volvió hacia la joven su rostro, mortalmente pálido, y movió los labios con esfuerzo para hablar. Sonia estaba aterrada.

—¿Qué tiene usted?—repitió apartándose un poco de él.

—Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente, es una tontería—murmuró con aire distraído—. ¿Por qué he venido a atormentarte?—añadió de repente mirando a su interlocutora—. Sí, ¿por qué? No ceso de hacerme esta pregunta.

Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un temblor continuo agitaba su cuerpo.

—¡Cuánto sufre usted!—dijo la joven conmovida fijando los ojos en él.

—Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?

Sonia esperaba inquieta.

—Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre; pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel.

La joven se echó a temblar.

—Pues bien; ya sabes a lo que he venido.

—En efecto—dijo Sonia con voz temblorosa—; eso fué lo que me dijo usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?—añadió vivamente.

Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más pálido.

—Yo lo sé.

—¿Se le ha encontrado?—preguntó tímidamente después de un minuto de silencio.

—No, no se le ha encontrado.

Siguióse un corto silencio.

—Entonces, ¿cómo lo sabe usted?—preguntó con voz casi ininteligible.

Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular.

—Adivina—dijo.

Sonia se estremeció convulsivamente.

—¿Por qué me asusta usted de ese modo?—preguntó con sonrisa infantil.

—Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él—repuso Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese fuerza para volver los ojos—. A esa Isabel no quería él matarla; la mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la mató.

A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto continuaron mirándose.

—¿De modo que no adivinas?—preguntó bruscamente, con la sensación de un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.

—No—balbuceó Sonia con voz apenas distinta.

—Busca bien.

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; también ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que se puso a mirarla asustado.

—¿Lo has adivinado?—murmuró por último.

—¡Dios mío!—exclamó Sonia.

Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en certidumbre.

—¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones—suplicó él con voz quejumbrosa.

Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen.

Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.

—¡Está usted perdido!—exclamó con acento desesperado; y levantándose súbitamente se arrojó a su cuello, le besó y le acarició.

Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola con triste sonrisa, dijo:

—No te comprendo, Sonia. Me abrazas después de haberte contado eso... No tienes conciencia de lo que haces.

La joven no oyó esta observación.

—No, no hay en la tierra un hombre más desgraciado que tú—exclamó en un arranque de piedad, y rompió en sollozos.

Raskolnikoff sintió invadida su alma por un sentimiento que desde hacía largo tiempo no había experimentado. No trató de luchar contra esta impresión; dos lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por sus mejillas.

—¿No me abandonarás, Sonia?—preguntó con mirada casi suplicante.

—¡No, no! ¡Jamás, jamás!—gritó—. Te seguiré, te seguiré a todas partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...?

—Ya ves que lo he hecho—interrumpió Raskolnikoff.

—¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!—repitió con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven—. ¡Iré contigo a presidio!

Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.

—Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.

Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó.

«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»

—Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?—dijo como si despertase de un terrible sueño—. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho?

—Por robar. Cesa ya, Sonia—respondió algo contrariado el joven.

La muchacha se quedó estupefacta.

—¿Tenías hambre?—exclamó en seguida—. ¿Era para socorrer a tu madre?... ¿Sí?

—No, Sonia, no—replicó Raskolnikoff bajando la cabeza—. Mi miseria no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia.

—¿Pero es posible que esto sea verdad?—gritó la joven, dando una palmada—. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres! ¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...?

—¡No, Sonia, no!—interrumpió vivamente Raskolnikoff—. Ese dinero no procedía de aquello, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía.

Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender.

—Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que había—añadió vacilando—; le quité del cuello una bolsa de piel que parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva V***. Todo ello está allí todavía.

Sonia escuchaba con avidez.

—Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para robar?—replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza.

—No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero—respondió Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió—. ¡Qué historia tan tonta te acabo de contar!

«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea. No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano ponía en prensa su mente.

—¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?—repuso él con voz vibrante—. Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato—prosiguió recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de enigmático—, yo sería ahora feliz. Sábelo. ¿Qué te importa el motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?—exclamó tras de una corta pausa—. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es para esto para lo que he venido a tu casa?

La joven quiso hablar, pero se calló.

—Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino a ti.

—¿Por que querías que viviese contigo?—preguntó tímidamente Sonia.

—No para robar ni matar, puedes estar tranquila—contestó Raskolnikoff riendo sardónicamente—; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira, acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo. Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me dejarás, Sonia?

La joven le apretó la mano.

—¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho esta confesión?—exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos, mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más profunda—. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme; ¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz, me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar a semejante cobarde?

—¿Pero no sufres tú también?—exclamó Sonia.

Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.

—Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido? ¡Jamás me lo perdonaré!

—No, no; has hecho bien en venir—repuso Sonia—. Vale más que lo sepa todo; es mucho mejor.

Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.

—He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora?

—No—respondió cándidamente Sonia con voz tímida—; pero habla, habla; lo comprenderé todo.

—¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos.

Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.

—El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón, por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo, sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir, ¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar; la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes razón, Sonia.

La joven no tenía el menor deseo de reír.

—Háblame con franqueza, sin ejemplos—dijo con voz tímida y apenas distinta.

Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las manos.

—Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis, no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad; pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios. Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria, sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta!

Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado.

—¡Oh, no es eso, no es eso!—gritó Sonia con voz quejumbrosa—. ¡Esto no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...

—¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad.

—¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!

—Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y malo.

—¡Ese gusano era una criatura humana!

—Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la palabra—replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión—. Por otra parte, lo que digo no tiene sentido común—añadió—; tienes razón, Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado dolor de cabeza.

Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios. Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza. «¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en el acceso de su desesperación.

—No, Sonia, no es eso—prosiguió el joven, levantando de repente la cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía haber adquirido de repente una nueva energía—; no, no es eso. Cree más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y, además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien; pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba exasperado, ésa es la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón. Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré—me decía—; si no, me pasaré sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles, ¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí, así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto. Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no advertirlo.

Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación. Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.

—Entonces me convencí, Sonia—continuó acalorándose cada vez más—, de que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido atreverme, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia, Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.

—¡Cállese usted! ¡Cállese usted!—exclamó la joven fuera de sí—. Se ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al demonio.

—A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?

—Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh Dios mío, no comprende nada!

—Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha impulsado. Cállate, Sonia, cállate—repetía con sombría insistencia—. Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa. Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?» basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente. Compréndeme; si esto estuviese por hacer, quizá no lo intentaría; pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros, o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si tenía el derecho...

—¿El derecho de matar?—exclamó Sonia estupefacta.

—¡Sonia!—dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla—. No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente una experiencia...

—¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!

—¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia; basta! ¡Déjame!—exclamó con voz desgarradora—. ¡Déjame!

Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió convulsivamente la cabeza entre las manos.

—¡Qué sufrimientos!—gimió Sonia.

—¿Qué hacer ahora? dímelo—preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.

Tenía las facciones terriblemente alteradas.

—¿Qué hacer?—exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor—. Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo: «Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?—le preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.

La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor profundo.

—¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie? ¿No es eso?—dijo sombríamente.

—Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.

—No, no iré a denunciarme, Sonia.

—¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?—replicó la joven con fuerza—. ¿Ahora es posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu familia. ¡Oh Dios mío!—exclamó—. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?

—Sé razonable, Sonia—dijo dulcemente Raskolnikoff—. ¿Por qué he de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente? Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de una piedra?—añadió con amarga sonrisa—. Se burlarán de mí; me dirán que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable, Sonia.

—¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!

—Ya me acostumbraré—respondió el joven con feroz expresión—. Escucha—dijo un momento después—. Basta de lloriqueos; tiempo es ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos momentos se me busca y van a detenerme.

—¡Ah!—exclamó Sonia espantada.

—¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues, te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo, porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre... Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?

—¡Oh, sí, sí!

Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta. Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven, y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto, le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia, pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más desgraciado que antes.

—Sonia—le dijo—, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la cárcel.

La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.

—¿Llevas alguna cruz encima?—preguntó inopinadamente, como herida de súbita idea.

Al pronto el joven no comprendió la pregunta.

—No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y que tú lleves ésta. Tómala... es la mía—insistió—. Juntos iremos por el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.

—Dámela—dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano; pero la retiró casi en seguida—. Ahora no, Sonia; más tarde será mejor—añadió a manera de concesión.

—Sí, sí, más tarde—respondió ella con calor—; te la daré en el momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello, diremos una oración y partiremos.

En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.

—¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?—dijo una voz afable y muy conocida.

Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor Lebeziatnikoff.

V

Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado.

—Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted... Esperaba encontrarle aquí—dijo bruscamente a Raskolnikoff—. Es decir, nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca—dijo dirigiéndose de nuevo a Sonia.

La joven lanzó un grito.

—Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa. Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo, incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles, y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la casa del general... «Se verá—dice—a los hijos de una familia noble, pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar. Enseña la Petit Ferme a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna observación... No puede usted imaginarse cómo está.

Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando. Los dos jóvenes salieron detrás de ella.

—Está positivamente loca—dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff—. Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.

—¿Le ha hablado usted de tubérculos?

—No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando?

—Si así fuese, la vida sería muy fácil—respondió Raskolnikoff.

Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de cabeza y subió a su cuarto.

Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá.

Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh cobardía!

«Estaré solo—se dijo resueltamente—, y ella no vendrá a verme en la cárcel.»

Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a presidio», pensaba.

¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer ninguna idea.

—No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto—dijo Dunia.

Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente límpida.

Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el afecto.

—Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión; me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces, me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez. Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha sido el de decirte—acabó Advocia Romanovna levantándose—, que si por casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós.

Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.

—¡Dunia!—dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana—. Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.

Dunia se ruborizó.

—¿Y qué?—preguntó después de un minuto de espera.

—Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós, hermana.

La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto temor.

—¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son una especie de testamento.

—No hagas caso. Adiós.

Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento; le miró con inquietud y se retiró conmovida.

No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana. Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.

«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?—añadió mentalmente algunos minutos después—. No, no la soportaría; estas mujeres no saben soportar nada»—y su pensamiento se fijó en Sonia.

Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff tomó bruscamente la gorra y salió.

Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su agitación moral.

Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad. Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada.

Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él.

—He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén, haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva de imbéciles. Vamos aprisa.

—¿Y Sonia...?—preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir a Lebeziatnikoff.

—Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en seguida.

En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su debilidad, estaba extraordinariamente excitada.

Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical; les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después, indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente. Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos, mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no podía contener las lágrimas.

Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia. Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco. Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado a ponerle el gorro de dormir o chapka roja de Marmeladoff. Este gorro estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna permanecía inflexible.

—¡Cállate, Sonia!—vociferaba tosiendo—. No sabes lo que dices; eres lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.

A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y hubiera sido imposible sacársela.

—¡Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero tú eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero explotarte más. ¡Ah, Rodión Romanovitch! ¿es usted?—gritó reparando en el joven, y se lanzó hacia él—; haga usted comprender, se lo suplico, a esa tontuela, que ésta es la mejor vida que podíamos hacer. ¿No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costará trabajo diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocerá en nosotros una familia noble caída en la miseria, y ese bribón de general perderá su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos los días a ponernos debajo de sus ventanas; pasará el emperador, y yo me pondré de rodillas delante de él y le mostraré a mis hijos. «¡Padre, protégenos!», le diré. El es el padre de los huérfanos; es misericordioso; nos protegerá, ya lo verá usted, y ese infame general... Alena, ponte derecha; tú, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. ¿Por qué estás lloriqueando? ¿No acabarás nunca? Vamos a ver: ¿de qué tienes miedo, imbécil? ¡Dios mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, Rodión Romanovitch, qué cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan nada.

Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo que no la impedía hablar incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los niños desconsolados. El joven trató de persuadirla de que se fuese a su casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo así que se proponía abrir un pensionado para las señoritas nobles.

—¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene gracia!—exclamó Catalina Ivanovna a quien después de reírse le dió un violento golpe de tos—; no, Rodión Romanovitch; ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos ha abandonado y, ¡ese general!... ¿Sabe usted qué le he hecho? Le he tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala, al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Después de haber puesto el mío, he tirado el tintero y echado a correr. ¡Oh, los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo mantendré a mis hijos y no tendré que humillarme ante nadie. Ya la hemos martirizado bastante—añadió dirigiéndose a Sonia—. Poletchka, ¿cuánto dinero hemos recogido? Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks? ¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos haciéndonos desgañita... ¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? (Señalaba a un hombre del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se burlen de nosotros. ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés. Te he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, ¿cómo habrá de conocerse que pertenecéis a una familia noble, que sois niños bien educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí! Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de ver inmediatamente. Alena sabe la Petite Ferme, sólo que la Petite Ferme comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar El húsar apoyado en su sable? No; será mejor que cantemos en francés Cinco sueldos; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa, se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al público. Podremos cantar también Mambrú se fué a la guerra, tanto más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en todas las casas aristocráticas para dormir a los niños—. Y dicho esto comenzó a cantar:

«Mambrú se fué a la guerra,
no sé cuándo vendrá»;

pero no, es mejor Cinco sueldos. Vamos, Kolia, ponte la mano en la cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo haremos el acompañamiento:

«Cinco sueldos, cinco sueldos
para poner nuestra casa.»

Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros—advirtió mientras tosía—. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres?

Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna, y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos. Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía ceremoniosa de una dama del gran mundo.

—Doy a usted las gracias, señor—empezó a decir en tono lleno de dignidad—. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero, Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo me permitía molestarle. «Vuecencia—le he dicho—ha conocido a Simón Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado? Protéjame usted—gritó, dirigiéndose al funcionario—; ¿por qué ese soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil?

—Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde más compostura.

—Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los organilleros. Déjame en paz.

—Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene. Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive usted?

—¿Cómo? ¿Un permiso?—vociferó Catalina Ivanovna—. Acabo de enterrar a mi marido; ¿no es ésta una autorización?

—Señora, señora; cálmese usted—dijo el funcionario—; venga usted conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente. Está usted mal.

—¡Ah, señor, señor; si usted supiese!—exclamó Catalina Ivanovna—. Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia? También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena! ¿Dónde estáis?—dijo con repentina inquietud—; ¡tontos de chiquillos! ¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?

Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución; Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.

—Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo...

Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó.

—¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!—gritó Sonia inclinándose sobre su madrastra.

No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres, Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia entre ellos.

—Retírense ustedes, retírense ustedes—decía sin cesar este último, tratando de restablecer la circulación.

Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado el suelo la había echado por la boca.

—Sé lo que es esto—murmuró el funcionario al oído de los dos jóvenes—. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta señora se está muriendo.

—Aquí, aquí a mi casa—suplicó Sonia—; vivo aquí al lado. La segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios mío!—repetía asustada yendo de un lado para otro.

Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff, Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían acompañado el triste cortejo hasta la puerta.

Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto. Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa. Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo, Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí.

Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba, en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de ir a buscarlo.

En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro lado.

—¿En dónde están los niños?—preguntó con voz débil—. ¿Los has traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a correr?... ¡Oh!

La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo.

—¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.

Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración.

—Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí... Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos... yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme, dejadme morir en paz!

La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada.

—¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso, ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido. Si no me perdona, tanto peor.

Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba, miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio. Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su garganta.

—Ya le he dicho «Excelencia»—gritaba deteniéndose a cada palabra—; aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera. ¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia.

Du hast Diamanten
Und Perlen18

Eu hast die schönsten Augen
Mädchen, was willst du mehr19

Dans une vallée du Daghestan
Que le soleil brûle de ses feux...

—¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!... Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio... ¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí! ¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida.

Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un terror creciente:

Dans une vallée... du Daghestan
Que le soleil... brûle... de ses feux.
Une balle... dans la poitrine...

De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia conmovedora, exclamó:

—Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática... ¡Ah!—exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se encontraba.

Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia, pareció sorprendida de verla allí.

—¡Sonia! ¡Sonia!—dijo con voz dulce y tierna—. ¡Sonia querida! ¿Estás aquí?

La incorporaron de nuevo.

—¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!—gritó la enferma con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada.

Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y expiró.

Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta. Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de dormir, adornado con la pluma de avestruz.

¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él.

—¡Ha muerto!—dijo Andrés Semenovitch.

Svidrigailoff se aproximó a ellos.

—Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras.

Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo, Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a quien preocupaban aquellas precauciones.

—De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero.

—¿Por qué es usted tan generoso?—preguntó Raskolnikoff.

—¡Qué escéptico es usted!—dijo Svidrigailoff—. Le dije que no necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree usted acaso? Después de todo—añadió señalando el rincón en que reposaba la muerta—, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana.

Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.

Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia. Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con expresión de asombro.

—¿Cómo sabe usted eso?—balbuceó.

—Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia Semenovna.

—¿Usted?

—Yo—continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente—. Y le doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo.

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