Cuarta Parte
I—¿Estoy bien despierto?—pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando desconfiadamente al inesperado visitante—. ¿Svidrigailoff? ¡No puede ser de ningún modo!—dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar crédito a sus oídos.
Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante.
—He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle personalmente, porque desde hace mucho tiempo he oído hablar a menudo y en términos muy halagadores de usted; y después, porque espero que no me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin recomendación, me costaría mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que está prevenida contra mí; pero, presentado por usted, la cosa varía.
—Se engaña usted al contar conmigo—replicó Raskolnikoff.
—¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? Permita usted que se lo pregunte.
Raskolnikoff no contestó.
—Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo llegué anteayer. Escuche usted, Rodión Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propósito; creo superfluo justificarme; pero permítame que le pregunte: ¿Qué hay, en rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios?
Raskolnikoff continuaba examinándole sin despegar los labios.
—Me dirá usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa y que «la he insultado con proposiciones deshonrosas». (Quiero adelantarme a la acusación.) Pero considere usted que soy hombre, el nihil humanum... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta manera todo se explicará del modo más natural del mundo. La cuestión estriba en esto: ¿Soy un monstruo o una víctima? Ciertamente soy una víctima. Cuando yo proponía a mi adorada que huyera conmigo a América o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los más respetuosos sentimientos y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... La razón es la esclava de la pasión; yo he sido el principalmente perjudicado.
—No se trata, en modo alguno, de eso—replicó Raskolnikoff con sequedad—. Tenga usted razón o no, me es usted completamente odioso. No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de aquí!...
Svidrigailoff soltó una carcajada.
—No hay medio de engañar a usted—dijo con franca alegría—; quería echármelas de ingenioso, pero con usted no sirve.
—¿Todavía quiere usted embromarme?
—Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?—repitió su interlocutor, riéndose con toda su alma—; en buena guerra, como dicen los franceses, la malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar. Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado, sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna...
—Se dice también que usted ha matado a su esposa—dijo, interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff.
—¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace, no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces, sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa... desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha habido ni sombra de eso.
Raskolnikoff se echó a reír.
—¿De modo que esto le divierte...?
—Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos latigazos fueron propinados muy oportunamente.
A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia.
—¿Le gusta a usted manejar el látigo?—dijo con aire distraído.
—No mucho—respondió tranquilamente Svidrigailoff—. Casi nunca habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal, no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera, ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la servidumbre. ¡Ja, ja, ja!
Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy madurado y que todo aquello era fina astucia.
—Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie—dijo el joven.
—Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es cierto, de hallarme de tan buen humor?
—Y hasta me parece demasiado bueno...
—¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha preguntado le he respondido—contestó Svidrigailoff con una singular expresión de franqueza—. En verdad, yo no me intereso, digámoslo así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted el ceño... No soy tan oso como usted cree...
—No lo tengo por oso—dijo Raskolnikoff—; más aún, me parece que es usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted ser, en llegando la ocasión, comme il faut.
—Me tiene sin cuidado la opinión de los demás—contestó Svidrigailoff con tono seco y ligeramente desdeñoso—; y además, ¿por qué no adoptar las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión natural?—añadió riendo.
Raskolnikoff le miraba sombríamente.
—He oído decir que conoce usted a mucha gente—le dijo—. No es usted lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?
—Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos conocimientos—repuso el visitante sin responder a la principal pregunta que se le había dirigido—; en los tres días que llevo de corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente, y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables. Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer trampas en el juego?
—¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?
—¡Claro está! Hace ocho años formábamos una verdadera sociedad (hombres comme il faut, capitalistas y poetas), que pasábamos el tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podíamos. ¿Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas tramposas? Pero en aquella época, un griego de Niejin, a quien debía ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se presentó Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor, obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legítimo matrimonio, y mi esposa se apresuró a llevarme a sus posesiones para ocultarme allí como un tesoro. Tenía cinco años más que yo y me quería mucho. Durante siete años no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi señora guardó, a título de precaución contra mí, la letra de cambio que me había hecho firmar el griego y que ella rescató valiéndose de un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habría metido bonitamente en la cárcel. A pesar de todo su afecto hacia mí, no hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones como ésta.
—Si no le hubiera tenido así agarrado, ¿la habría dejado usted plantada?
—No sé qué responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo que me aburría, me animó a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo había visitado ya a Europa y me había aburrido horriblemente. Allí, sin duda, solicitan la admiración los grandes espectáculos de la Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la bahía de Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qué. ¿No es mejor estar entre nosotros? Aquí, por lo menos, se acusa a los demás de todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora haría de buena gana una expedición al Polo ártico, porque el vino, que era mi solo recurso, ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello. Pero se dice que hay una ascensión aerostática el domingo en el jardín Jussupoff. Berg intenta, según parece, emprender un gran viaje aéreo y consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... ¿No es verdad?
—¿Desea usted ir en globo?
—¿Yo? No... sí...—murmuró Svidrigailoff, que se había quedado pensativo.
«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba Raskolnikoff.
—No, la letra de cambio no me inquietaba—dijo Svidrigailoff—. Por mi gusto permanecía en la aldea. Hará próximamente un año, Marfa Petrovna, con motivo de mi santo, me devolvió el papel acompañado de una cantidad importante a título de regalo. Tenía mucho dinero. «Ya ves, Arcadio Ivanovitch, qué confianza me inspiras», me dijo. Le aseguro a usted que se expresaba así. ¿No lo cree usted? He de decirle que yo cumplía muy bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el país. Además, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi mujer aprobaba mi afición a la lectura; pero más tarde llegó a temer que me fatigase mi excesiva aplicación.
—Dispense usted—replicó molestado Raskolnikoff—; déjese de todo eso, y dígame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a salir...
—Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con Pedro Petrovitch Ludjin?
—Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a pronunciarlo en mi presencia.
—¿Cómo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de ella?
—Está bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes.
—Ese señor Ludjin es algo pariente mío, por parte de mi difunta esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinión acerca de él si es que le ha visto, aunque no haya sido más que media hora, o si le ha hablado a usted de él alguna persona digna de crédito. No es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnánima como inconsiderada; se inmola por... su familia. Después de lo que he sabido respecto a usted, pensaba que vería con gusto la ruptura de ese matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana. Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el particular.
—Por parte de usted eso es muy cándido; perdone usted, quería decir muy desvergonzado—replicó Raskolnikoff.
—Según eso, Rodión Romanovitch, me supone usted miras interesadas. Esté tranquilo: si yo trabajase para mí ocultaría mejor el juego; no soy tan imbécil. Voy a este propósito a descubrirle una particularidad psicológica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted, diciendo que había sido yo su víctima. Pues bien, al presente no siento ningún amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado seriamente enamorado...
—Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso...
—En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su hermana de usted posee mérito bastante para impresionar a un libertino como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora.
—¿Y desde cuándo lo ha advertido usted?
—Ya lo sospechaba hace algún tiempo y me he convencido definitivamente de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en Moscou todavía estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y a disputársela como rival al señor Ludjin.
—Perdone usted que le interrumpa. ¿No podría abreviar y decirme en seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de hacer varias cosas...
—Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera antes arreglar varios asuntos. Mis hijos están en casa de su tía, son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, ¿comprende usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No he tomado más dinero que el que Marfa Petrovna me regaló hace un año; ese dinero me basta. Dispénseme usted, voy al grano. Antes de ponerme en camino quiero acabar con el señor Ludjin. No es que le deteste precisamente; pero él ha sido la causa de mi última rencilla con mi mujer; me incomodé cuando supe que ella había concertado ese matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra entrevista. En primer lugar desearía poner ante los ojos de su hermana todos los inconvenientes que resultarían para ella de su enlace con Ludjin. Le suplicaría después que me perdonase por los disgustos que le he causado, y le pediría permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo que la indemnizaría de una ruptura con el señor Ludjin, ruptura que, estoy seguro de ello, no repugnaría a su hermana de usted si viera la posibilidad de realizarla.
—¡Está usted loco, rematadamente loco!—exclamó Raskolnikoff con más sorpresa que cólera—. ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera?
—Sabía perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero comenzaré haciéndole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer, sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito. Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estúpido empleo que les daría. En segundo lugar, mi conciencia está completamente tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el cálculo; créanlo o no lo crean, el porvenir se lo demostrará a usted y a Advocia Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradísima hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido, y ansío no reparar por una compensación pecuniaria las contrariedades que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para que no se diga que sólo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase alguna segunda intención, no lo haría tan francamente y no me limitaría a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrecí mucho más hace cinco semanas. Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, así que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna. En suma, diré a usted que si se casa con el señor Ludjin, Advocia Romanovna recibirá esa misma cantidad, sólo que por otro conducto... No se incomode, señor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y sangre fría.
Svidrigailoff había pronunciado estas palabras con extraordinaria calma.
—Suplico a usted que no siga—repuso Raskolnikoff—; la proposición de usted es una insolencia imperdonable.
—No hay tal cosa. Según eso, el hombre en este mundo sólo puede hacer mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien. Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de usted, ¿la rehusaría?
—Es muy probable.
—No hablemos más. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi demanda a Advocia Romanovna.
—No lo haré.
—En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin inquietarla.
—Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla?
—No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea nada más que una vez.
—No lo espere usted.
—Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan entre nosotros relaciones amistosas.
—¿Usted cree...?
—¿Por qué no?—dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el sombrero—; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó...
—¿Dónde me ha visto usted esta mañana?—preguntó Raskolnikoff con inquietud.
—Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo árbol.
—Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender pronto ese viaje.
—¿Qué viaje?
—El de que me ha hablado hace un momento.
—¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted qué cuestión acaba de plantearme!—añadió con amarga sonrisa—, quizá en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio para mí.
—¿Aquí?
—Sí.
—No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.
—¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión de ese legado.
—¿Eso es verdad?
—Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí.
Al salir Svidrigailoff se cruzó en el umbral con Razumikin.
II
Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron en seguida en dirección a la casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin.
—¿Quién es ése que salía al entrar yo en tu cuarto?—preguntó Razumikin cuando estuvieron en la calle.
—Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueño la requería de amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese señor, la puso a la puerta. Más tarde, esa misma Marfa Petrovna pidió perdón a Dunia. Esa señora ha muerto repentinamente hace pocos días; de ella hablaba mi madre esta tarde. No sé por qué me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy original y, por añadidura, ha tomado una firme resolución. Cualquiera diría que sabe algo... Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se celebraron los funerales de su mujer... Es preciso proteger a Dunia contra él. Eso es lo que yo quería decirte, ¿entiendes?
—¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco que me hayas dicho eso... La protegeremos, puedes estar tranquilo... ¿Dónde vive?
—No lo sé.
—¿Por qué no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontraré.
—¿Le has visto?—preguntó Raskolnikoff después de una pausa.
—Sí, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me despintará.
—¿No le confundirás con otro? ¿Le has visto distintamente?—insistió Raskolnikoff.
—¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocería entre mil. Soy buen fisonomista.
Se callaron de nuevo.
—¡Hum!—exclamó Raskolnikoff—. Me parece que soy víctima de alguna alucinación.
—¿Por qué dices eso?
—He aquí—prosiguió Raskolnikoff con una mueca que tendía a ser sonrisa—, que decís que estoy loco y voy creyendo que es verdad...
—Vamos, déjate de tonterías y escucha lo que he hecho—interrumpió Razumikin—. Entré en tu cuarto y te encontré durmiendo. En seguida comimos, después de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff estaba todavía en su casa. Quise hablar en debida forma y no fuí afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; parecía que no entendía, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llevé a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por último, le aproximé el puño a las narices y le dije que le iba a reventar. Porfirio se contentó con mirarme en silencio. Yo escupí y me marché. Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambié ni una palabra. Me daba a los diablos por mi estúpida conducta; pero me he consolado con una reflexión; al bajar la escalera me dije: ¿Vale la pena que tú y yo nos preocupemos de ese modo? Si algún peligro te amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué tienes tú que temer? No eres culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Más tarde nos burlaremos de su necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos el haberse equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la mano; mas por el momento, limitémonos a reír de sus tonterías.
—Es verdad—respondió Raskolnikoff—. ¿Pero qué dirás tú mañana?—añadió para si.
¡Cosa extraña! Hasta entonces no se le había ocurrido ni una vez preguntarse: «¿Qué pensará Razumikin cuando sepa que soy culpable?» Al ocurrírsele esta idea miró fijamente a su amigo. El relato de su visita a Porfirio le había interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en aquel momento.
En el corredor encontraron a Ludjin que había llegado a las ocho en punto; pero había perdido algún tiempo en buscar el número; de modo que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse. Los jóvenes se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el gabán. Pulkeria Alexandrovna se dirigió en seguida a él. Dunia y Raskolnikoff se estrecharon la mano.
Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a las señoras de manera bastante cortés, aunque con gravedad extremada. Parecía, sin embargo, algo desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba también algo molesta, se apresuró a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se sentaron también al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin; el segundo, cerca de su hermana.
Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sacó pausadamente un pañuelo de batista perfumado y se sonó. Sus maneras eran, sin duda, las de un hombre benévolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de quitarse el gabán, se preguntaba si no sería el castigo para las dos señoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no había ejecutado esa idea, porque le gustaban las situaciones claras; así, pues, existía un punto que permanecía oculto para él; puesto que se había desairado abiertamente su prohibición, debía de haber algún motivo para ello. Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habría tiempo de aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado sería menos seguro.
—Me alegraré que el viaje de usted haya sido feliz—dijo por cortesía a Pulkeria Alexandrovna.
—Sí que lo ha sido, gracias a Dios.
—Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, ¿se ha fatigado?
—Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mamá este viaje ha sido muy penoso—respondió Dunia.
—¿Qué quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos. Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrán visto en ningún apuro.
—¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una situación muy difícil—dijo con una entonación particular Pulkeria Alexandrovna—; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio Prokofitch, no sé qué hubiera sido de nosotras. Permita usted que le presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin.
—¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...—balbuceó Ludjin echando una oblicua y malévola mirada al joven; después frunció el entrecejo y calló.
Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier contrariedad pierden súbitamente la serenidad, hasta el punto de parecer más bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no había llegado para ella el momento de hablar. Razumikin nada tenía que decir, de modo que Pulkeria Alexandrovna se vió en la necesidad penosa de reanudar otra vez la conversación.
—¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?—dijo.
—Me lo comunicaron, y puedo, además, decir a ustedes que inmediatamente después del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. Sé de buena tinta esa noticia.
—¿En San Petersburgo? ¿Aquí?—preguntó alarmada Dunia, y cambió una mirada con su madre.
—Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intención; la precipitación de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes lo hacen creer así.
—¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí venga a acosar a Dunetshka?—exclamó Pulkeria Alexandrovna.
—Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estaré con ojo avizor y sabré pronto dónde se hospeda.
—¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qué punto me ha asustado—repuso Pulkeria Alexandrovna—. Sólo le he visto dos veces y me pareció terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la pobre Marfa Petrovna.
—Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo demás, no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a la conducta y en general a la característica moral del personaje, estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer ha podido dejarle: lo sabré dentro de poco. Lo que tengo por cierto es que, encontrándose aquí en San Petersburgo, no tardará en volver a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el hombre más perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de él y que pagó sus deudas hace ocho años, le ha sido útil también en algún otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logró que se diese carpetazo a una causa criminal que podía haber dado en Siberia con el señor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo así, fantásticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo.
—¡Ah, señor!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.
Raskolnikoff escuchaba atentamente.
—¿Usted habla, dice, según datos ciertos?—preguntó con tono severo Dunia.
—Me limito a repetir lo que oí de labios mismos de Marfa Petrovna. Hay que advertir que, desde el punto de vista jurídico, este asunto es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aquí, y parece que vive todavía, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con módico interés y ejercía otros diversos oficios. Entre esta mujer y Svidrigailoff existían, desde hacía largo tiempo, relaciones tan íntimas como misteriosas. Vivía con ella una parienta lejana, una sobrina, joven de quince años o de catorce, que era sordomuda. La Reslich no podía sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo de pan que la pobre comía y la maltrataba con inaudita crueldad. Un día se encontró a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria acostumbrada dió por resultado una comprobación de suicidio, y todo parecía haber terminado aquí, cuando la policía recibió aviso de que la joven había sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria inmoralidad y cuyo testimonio no podía ser de gran crédito. En una palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, prodigó el dinero y logró echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr con aquel motivo los más graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habrá oído contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de los malos tratamientos de su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando aun existía la servidumbre.
—Oí decir, por el contrario, que ese Philipo se había ahorcado.
—Perfectamente; pero se vió reducido, o por mejor decir, impulsado a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos tratamientos sistemáticos de su amo.
—Lo ignoraba—respondió secamente Dunia—. Oí, sí, contar acerca de eso una historia muy extraña. Parece que el tal Philipo era un hipocondríaco, una especie de criado filósofo. Sus compañeros decían que la lectura le había turbado el entendimiento, y, a creerlos, se había ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del señor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de Philipo.
—Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle—repuso Ludjin con una sonrisa agridulce—. Verdad es que le tengo por hombre muy hábil para insinuarse en el corazón de las señoras. La pobre Marfa Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extrañas, es una lamentable prueba de ello. Yo sólo trato de advertírselo a usted y a su mamá en previsión de las tentativas que de seguro no dejará de renovar. Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabará en la prisión por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el porvenir de sus hijos para tener el propósito de asegurar a su marido una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habrá dejado lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres disipadas se lo comerá todo antes de un año.
—Suplico a usted que no hablemos más de Svidrigailoff. Eso me es desagradable—dijo Dunia.
—Ha estado en mi casa hace un rato—dijo bruscamente Raskolnikoff, que hasta entonces no había despegado los labios.
Todos se volvieron hacia él con exclamaciones de sorpresa; hasta el mismo Pedro Petrovitch se quedó algo pasmado.
—Hace media hora, mientras yo dormía, entró en mi cuarto, y después de despertarme se presentó él mismo. Estaba bastante contento y alegre; espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho días antes de su muerte, te había dejado en su testamento tres mil rublos, cantidad que recibirás en breve plazo.
—¡Alabado sea Dios!—exclamó Pulkeria Alexandrovna, e hizo la señal de la cruz—. ¡Reza por ella, Dunia, reza!
—El hecho es exacto—no pudo menos de afirmar Ludjin.
—¿Y después?—preguntó vivamente Dunia.
—Después me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus hijos, los cuales están ahora en casa de su tía. También me contó que se hospedaba cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no se lo he preguntado.
—¿Qué otra cosa tiene que decir a Dunia?—preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna—. ¿Te lo ha dicho?
—Sí.
—¿Y qué?
—Lo diré luego.
Después de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te.
Pedro Petrovitch miró el reloj.
—Un negocio urgente me obliga a dejar a ustedes, y de este modo no interrumpiré su conferencia—añadió un poco molesto, y al decir estas palabras se levantó.
—Quédese usted, Pedro Petrovitch—dijo Dunia—. Usted tenía intención de dedicarnos la velada. Además, nos ha escrito diciéndonos que deseaba tener una explicación con mamá.
—Es verdad, Advocia Romanovna—respondió con tono punzante Pedro Petrovitch, que se sentó a medias, conservando el sombrero en la mano—; deseaba, en efecto, tener una explicación con su madre y con usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no puede explicarse delante de mí acerca de ciertas proposiciones hechas por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte, ya había expresado en términos formales mi deseo, que no se ha tenido en cuenta.
Las facciones de Ludjin tomaron una expresión dura y altanera.
—Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra entrevista, y si él no ha accedido a su deseo, ha sido únicamente cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que había sido insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y lo hará.
Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch se sintió menos dispuesto que nunca a hacer concesiones.
—A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna, es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un límite que es peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede retroceder.
—¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro Petrovitch—interrumpió Dunia con voz conmovida—. Sea el hombre inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura de usted. Confíe en mí en este asunto y crea que puedo juzgar con imparcialidad. El papel de árbitro que me atribuyo en este momento es una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy, después de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra entrevista, no le dije cuáles eran mis intenciones. Comprenda usted que si rehusan reconciliarse me veré forzada a optar por uno excluyendo al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestión a causa de ustedes dos. No quiero ni debo engañarme en mi elección: para usted es preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa con usted. Menester es que esté cierta de los sentimientos de ustedes. Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra, si tengo en usted un marido que me ama y me estima.
—Advocia Romanovna—repuso Ludjin amostazado—: su lenguaje da lugar a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro ofensivo, en vista de la situación que tengo el honor de ocupar respecto de usted. Prescindiendo de lo que hay de mortificante para mí al verme colocado al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa, dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recíprocos.
—¡Cómo!—exclamó Dunia enrojeciendo vivamente—. ¿Conque pongo el interés de usted en la balanza con todo lo que yo amo más en la vida, y se queja de significar poco a mis ojos?
Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se ponía más pedante e intratable.
—El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe estar por encima del amor fraternal—declaró sentenciosamente—; en todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea... Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida con su señora madre. Su hijo de usted—continuó dirigiéndose a Pulkeria Alexandrovna—, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre—dijo a éste haciéndole un amable saludo—, me ha ofendido, alterando una frase pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted, con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado. Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al escribir al señor Raskolnikoff.
—Ya no me acuerdo—respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna—; le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido. Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis términos...
—No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya escrito.
—Pedro Petrovitch—replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna—, la prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de usted, es que estamos aquí.
—¡Bien, mamá!—aprobó la joven.
—¿De modo que soy yo el equivocado?—dijo resentido Ludjin.
—¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso—prosiguió Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de manifestarle su hija.
—No me acuerdo de haber escrito nada falso.
—Según la carta de usted—declaró con tono áspero Raskolnikoff sin volverse hacia Ludjin—, el dinero que entregué ayer a la viuda de un hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención, sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien usted no conocía. Esto es una baja difamación.
—Perdone usted, señor—respondió Ludjin temblando de cólera—. Si en mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cómo había encontrado a usted y qué impresión me había usted producido. Por otra parte, le desafío a que señale una sola línea mentirosa en el pasaje en que usted alude. ¿Negará usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en cuanto a la desgraciada familia de que se trata, ¿se atrevería usted a responder de la honradez de todos sus miembros?
—Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meñique de la pobre joven a quien arroja usted la primera piedra.
—¿De modo que no vacilará usted en ponerla en contacto con su madre y su hermana?
—Si lo desea usted saber, le diré que ya lo he hecho. La he invitado a tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia.
—¡Rodia!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.
Dunia se ruborizó, Razumikin frunció el ceño y Ludjin se sonrió despreciativamente.
—Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible. Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay más que hablar. Me retiro para no interrumpir por más tiempo esta reunión de familia.
Se levantó y tomó el sombrero.
—Pero permítanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo esta súplica; tanto más, cuanto que mi carta era para usted y no para otras personas.
Pulkeria Alexandrovna se sintió un tanto irritada.
—¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho ya por qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tenía más que buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Diré a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha hecho dejarlo todo para venir aquí, y, por consiguiente, nos tiene ya a su disposición.
—Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, según parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo—añadió agriamente Ludjin.
—Esa observación haría suponer que usted había especulado sobre nuestra miseria—observó Dunia con voz irritada.
—Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted una importancia capital y quizá también muy agradable.
—¡Ah! ¡Dios mío!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.
Razumikin se agitaba impacientemente en su silla.
—¿No te avergüenza, hermana?—preguntó Raskolnikoff.
—Sí—respondió la joven—. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!—añadió pálida de cólera.
Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel momento no daba crédito a sus oídos.
—Advocia Romanovna—dijo pálido y con los labios temblorosos—, si salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione usted. Yo no tengo más que una palabra.
—¡Qué impudencia!—exclamó Dunia saltando de su asiento—. ¡Pero si lo que quiero es perderle de vista para siempre!
—¿Cómo? ¿Eso dice usted?—vociferó Ludjin, tanto más desconcertado cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante ruptura—. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría protestar?
—¿Con qué derecho le habla usted así?—dijo con vehemencia Pulkeria Alexandrovna—. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?
—Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna—replicó Pedro Petrovitch exasperado—, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos.
La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.
—¿Gastos? ¿Gastos?—replicó violentamente—. ¿Se trata acaso del cajón que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a merced de usted, y no usted a la nuestra.
—¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!—dijo Advocia Romanovna—. Pedro Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.
—Sí, me voy. Una palabra solamente—respondió casi fuera de sí—. Su mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación, tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz pública...
—¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!—exclamó Razumikin, que se había levantado para castigar al insolente.
—Es usted un malvado—añadió Dunia.
—Ni una palabra, ni un gesto—agregó vivamente Raskolnikoff, deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le dijo en voz baja, pero perfectamente clara—: ¡Váyase usted! ¡Ni una palabra más! De lo contrario...
Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera, le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones, y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las señoras.
III
Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento, éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria Alexandrovna le miraba con inquietud.
—¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?—preguntó la joven, acercándose a su hermano.
—¡Ah! Sí, sí—dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
Raskolnikoff levantó la cabeza.
—Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi presencia.
—¿Verle? ¡Jamás!—gritó Pulkeria Alexandrovna—. ¿Cómo se atreve a ofrecerle dinero?
Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con Svidrigailoff.
A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa.
—Algún terrible designio ha concebido—murmuró para sí, casi temblando.
Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.
—Creo que tendré ocasión de verle más de una vez—dijo a su hermana.
—Encontraremos sus huellas—exclamó enérgicamente Razumikin—. Yo lo descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite. El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente usted, Advocia Romanovna?
Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada. Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz cantante la llevaba Razumikin.
—¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?—gritaba convencido—. ¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos, quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio. Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más y ya está formada la asociación.
—¿Qué negocio vamos a emprender?
Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff, que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por aquella mentira.
—¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?—continuó, animándose, Razumikin—. Claro es que habrá que trabajar mucho; pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos; pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión, papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso, seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.
A Dunia le brillaban los ojos.
—Lo que usted propone—dijo—me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.
—Yo, es claro, no entiendo nada de eso—añadió Pulkeria Alexandrovna—. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer aquí por algún tiempo—dijo mirando a Raskolnikoff.
—¿Qué piensas tú de esto, hermano?—preguntó Dunia.
—Encuentro su idea excelente—respondió el joven—. Cierto es que no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además, podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.
—¡Bravo!—gritó Razumikin—. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas, hombre?
—¡Cómo! ¿te vas ya?—preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.
—¿En un momento como éste?—gritó Razumikin.
Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la gorra en la mano, y se preparaba a salir.
—Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna—exclamó con aire extraño.
Sonreía; ¡pero con qué risa!
—Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos vemos—añadió de repente.
Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.
—Pero, ¿qué te pasa?—dijo ansiosamente la madre—. ¿A dónde vas, Rodia?—le preguntó dando a su pregunta un acento particular.
—Tengo que irme—respondió el joven.
Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme resolución.
—Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti, Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien; tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable... Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías... cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!
—¡Dios mío! ¡Dios mío!—gimió Pulkeria Alexandrovna.
De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto terrible.
—¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre fuiste!—gritaba la pobre madre.
Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a ella se le acercó Dunia.
—¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?—murmuró la joven, cuya mirada llameaba de indignación.
Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.
—No es nada—musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo que dice, y salió de la sala.
—¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!—gritó Dunia.
—¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no tiene piedad en este caso!—murmuró Razumikin, inclinándose al oído de la joven, cuya mano estrechó con fuerza—. Vuelvo en seguida—dijo a Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del cuarto.
Raskolnikoff le esperaba en el corredor.
—Sabía que correrías detrás de mí—dijo—. Vuélvete con ellas, y no las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré quizá... si hay medio... Adiós.
Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.
—¿Pero a dónde vas?—balbuceó este último asombrado—. ¿Qué tienes? ¿Cómo procedes de ese modo?
Raskolnikoff se detuvo de nuevo.
—Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte. No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a ellas... no las dejes. ¿Me comprendes?
El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma. De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver. Acababa de comprender la horrible verdad.
—¿Comprendes ahora?—dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se alteraron horriblemente—. Vuelve al lado de ellas—añadió, y con paso rápido salió de la casa.
Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los príncipes de la ciencia...
En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un hijo y un hermano.
IV
Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.
La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El joven encontró, no sin trabajo, al dvornik, y obtuvo de él vagas indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento maquinal.
—¿Quién hay aquí?—preguntó una voz de mujer.
—Soy yo. Vengo a ver a usted—replicó Raskolnikoff, y penetró en una antesalita.
Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado candelero de cobre.
—¡Es usted! ¡Dios mío!—dijo débilmente Sonia, que parecía no tener fuerzas para moverse de su sitio.
—¿Es éste su cuarto?—y Raskolnikoff entró vivamente en la sala, haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.
Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia, con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la estancia.
Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía, a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino, una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo, había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni siquiera había cortinas en la cama.
Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar, como si se hallase delante del árbitro de su destino.
—Vengo a casa de usted por última vez—dijo tristemente Raskolnikoff como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la joven—. Quizás no nos volveremos a ver.
—¿Va usted a marcharse?
—No sé... mañana, todo...
—¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?—dijo Sonia con voz temblorosa.
—No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido para decirle dos palabras.
Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado mientras que ella permanecía derecha.
—¿Por qué está usted en pie? Siéntese—dijo con voz dulce y acariciadora.
La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos y casi enternecidos.
—¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!
Le tomó la mano.
Sonia se sonrió débilmente.
—Siempre he sido así—dijo.
—¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?
—Sí.
—Es claro—dijo bruscamente.
Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en el sonido de su voz.
Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.
—¿Vive usted en casa de Kapernumoff?
—Sí.
—¿Viven ahí, detrás de esa puerta?
—Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.
—¿No tienen más que una sala para todos?
—Nada más.
—Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche—observó el joven con aire sombrío.
—Mis patrones son buenas personas, muy amables—respondió Sonia, que parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu—, y todo el mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo a verme; los pobrecitos son tartamudos.
—¿Son tartamudos?
—Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos. El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan claro.
—Lo sabía.
—¿Que lo sabía usted?—exclamó Sonia sorprendida.
—Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de rodillas delante de la cama de usted.
Sonia se turbó.
—Creo haberle visto hoy—dijo titubeando.
—¿A quién?
—A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él. Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...
—¿Paseaba usted?
—Sí...—murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.
—¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su padre?
—¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No—exclamó la joven mirando a Raskolnikoff con cierto espanto.
—¿De modo que usted la quiere?
—¿Cómo no?—repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó bruscamente las manos con expresión de piedad—. ¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa! ¡Ah, si usted supiera!
Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento. Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo así, insaciable.
—¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada, y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría usted, y ella no haría nada de injusto.
—Y usted, ¿qué va a hacer?
Sonia le interrogó con la mirada.
—Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?
—No sé—respondió la joven tristemente.
—¿Van a quedarse donde están?
—No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha de permanecer un momento más en aquella casa.
—¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?
—¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo; nuestros intereses son los mismos—replicó vivamente Sonia, cuya irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un pajarillo—. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?—añadió, animándose cada vez más—. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio, ¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea, desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome. Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras! ¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles. Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero, porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!
—Vamos, se comprende después de esto que usted viva así—dijo Raskolnikoff con amarga sonrisa.
—Y usted, ¿no tiene piedad de ella?—exclamó Sonia—. Usted mismo, lo sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo, no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!
Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.
—¿Ha sido usted dura con ella?
—Sí; yo, yo. Fuí a verla—continuó llorando—y mi padre me dijo: «Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.» Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme», le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel, la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos, con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía, no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no le interesa.
—¿Conocía usted a la revendedora Isabel?
—Sí... ¿La conocía usted también?—preguntó Sonia un poco asombrada.
—Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto—dijo Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.
—¡Oh, no, no!
Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven, como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.
—Sería mejor que se muriese.
—No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!
—¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede tenerlos a su lado?
—¡Oh, no sé!—exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la cabeza con las manos.
Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.
—Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué sucederá entonces?—prosiguió implacablemente Raskolnikoff.
—¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?
El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.
—¿Cree usted que es imposible?—repuso él con sonrisa sarcástica—. Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle, la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños quedarán sin amparo.
—¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!—exclamó Sonia con voz ahogada.
Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la desgracia que el joven predecía.
Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja presa de atroz sufrimiento.
—¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando lleguen los días tristes?—preguntó deteniéndose delante de ella.
—No—murmuró Sonia.
—No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?—añadió con cierta ironía.
—Sí.
—¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es preguntarlo.
Y volvió a pasearse por la habitación.
—Y... ¿no gana usted dinero todos los días?—preguntó al cabo de otro minuto de silencio.
Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.
—No—respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.
—La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted—dijo el joven bruscamente.
—No, no; ¡eso es imposible!—exclamó Sonia, herida en el corazón por aquellas palabras como por una puñalada—. Dios... Dios no permitirá semejante abominación.
—Otras permite.
—No, Dios la protegerá—repitió enfáticamente Sonia.
—¿Y si no hay Dios?—replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se echó a reír mirando a la muchacha.
La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en sollozos, tapándose la cara con las manos.
—¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de usted lo está también—dijo Raskolnikoff después de una pausa.
Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose, de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel momento parecía, en efecto, la de un demente.
—¿Qué hace usted? ¡A mí!—balbució Sonia palideciendo y con el corazón dolorosamente oprimido.
El joven se levantó en seguida.
—No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el sufrimiento humano—dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos en la ventana—. Escucha—prosiguió, acercándose a ella un momento después—; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a tu lado.
—¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!—exclamó Sonia asombrada—. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!
—Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas, sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable—continuó diciendo Raskolnikoff con emoción creciente—; pero lo eres, sobre todo, por haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo (puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero dime—añadió exaltándose cada vez más—, ¿cómo con las delicadezas de tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua y acabar de una vez!
—¿Y qué sería de ellos?—preguntó débilmente Sonia, levantando hasta él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno asombrada del consejo que se le daba.
Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación, había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna, la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional; pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual, relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.
«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el manicomio o el embrutecimiento.»
Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.
«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible», exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer un pecado y el interés que tiene por ellos. Si aun no se ha vuelto loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»
Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:
—¿De modo que ruegas mucho a Dios?
Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.
—¿Qué sería de mí sin Dios?—dijo en voz baja, pero enérgica, y dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le estrechó la mano con fuerza.
«Vamos», pensó él, «no me engañaba».
—Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?—preguntó, deseoso de esclarecer por completo sus dudas.
Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le dilataba el pecho con la emoción.
—¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!—exclamó, mirándole con cólera.
«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.
—El lo hace todo—murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.
«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida, angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está loca!», repetía para sí.
Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.
—¿Quién te ha dado esto?—preguntó a Sonia desde el otro lado de la habitación.
La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:
—Me lo han prestado.
—¿Quién?
—Isabel; se lo pedí yo.
«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.
Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario. Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.
—¿En qué parte habla de Lázaro?—preguntó bruscamente.
Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio. Se había separado un poco de la mesa.
—¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.
La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.
—No está ahí... Está en el cuarto Evangelio—dijo secamente sin moverse de su sitio.
—Busca ese pasaje y léemelo—dijo, y después se sentó, apoyó los codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire sombrío, se dispuso a escuchar.
Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó el libro.
—¿Acaso no lo ha leído usted nunca?—preguntó, mirando al joven de soslayo.
—Sí... en mi niñez.
—¿No lo ha oído usted en la iglesia?
—Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?
—No—balbució Sonia.
Raskolnikoff sonrió.
—Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?
—Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de Requiem.
—¿Por quién?
—Por Isabel; la mataron a hachazos.
Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza se le iba.
—¿Tratabas a Isabel?
—Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.
Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?
«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la locura»—pensó—. ¡Lee!—gritó de repente con acento irritado.
Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la pobre «loca».
—¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?—murmuró con voz ahogada.
—Quiero que leas—insistió él—; bien le leías a Isabel...
Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de leer y no pudo articular la primera sílaba.
«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa. Faltaba el aliento a su pecho oprimido.
Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía, sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos, no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer, sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff... Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.
«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús—: Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»
La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía temblar de nuevo su voz...
«Dícele Jesús—: Tu hermano resucitará. Marta dijo—: Yo sé que resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que crea en Mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»
(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)
«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has venido al mundo.»
Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear, apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó leyendo hasta el versículo 32.
«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus pies y le dijo—: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y turbóse y dijo—: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron—: Señor, ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces—: Mirad cómo le amaba; y algunos dijeron—: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no muriese?»
Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era, efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también, dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.
«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús—: Quitad la piedra. Marta, hermana del muerto, le dice—: Señor, hiede ya, que es de cuatro días.»
Sonia subrayó la palabra cuatro.
«Jesús la respondió—: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta—: ¡Padre mío, gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz—: ¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús—: Desatadle y dejadle ir.
»Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El.»
La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se levantó.
—Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro—dijo en voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.
Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se levantó y se acercó a Sonia.
—He venido para hablarte de una cosa—dijo en alta voz, frunciendo el entrecejo.
La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza particular, expresaba una resolución feroz.
—Hoy—prosiguió—, he renunciado a todo género de relaciones con mi madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre los míos y yo está ya consumada.
—¿Por qué?—preguntó asombrada Sonia.
Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una especie de terror.
—Ahora no tengo en el mundo más que a ti—respondió él—. Partamos juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos juntos.
Le relampagueaban los ojos.
«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.
—¿A dónde iremos?—preguntó espantada, e involuntariamente se interrumpió.
—¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.
Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente desgraciado.
—Nadie te comprenderá si tú le hablas—prosiguió él—; pero yo te he comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.
—No comprendo...—balbució Sonia.
—Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso, pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.
—¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?—repuso Sonia extrañamente turbada por tal lenguaje.
—¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de Poletchka, ¿no es cosa segura?
—¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?—repitió llorando Sonia y retorciéndose las manos.
—¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante, ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto. Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.
—Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?—preguntó la joven helada de espanto.
—Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.
Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco; pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le iba la cabeza.
—Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus palabras? ¡Qué extraño es!
Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.
—¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin mí... ¡Oh Señor!
Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente, el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante una hora por lo menos.
V
Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero, varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.
El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún esbirro, algún Argos misterioso encargado de vigilarle, y en el caso oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor caso de él. El visitante se iba tranquilizando.
—Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo, ¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver? Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma.
Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes se le había ocurrido cuando más inquieto estaba.
Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha, Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el despacho de Porfirio Petrovitch.
Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía suponer que había otras habitaciones detrás del tabique.
En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado; parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina.
—¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros dominios—comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas manos—. Vamos, siéntese usted, batuchka. Pero quizá no le guste a usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo batuchka, tout court. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad excesiva... Siéntese... aquí, en el diván.
Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción.
«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su familiaridad, la expresión francesa tout court... ¿qué quiere decir todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza.
Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago.
—He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted. ¿Está bien así, o hay que escribir otro?
—¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está bien!—respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo echado una rápida mirada sobre el documento, añadió—: Sí, está bien; basta con esto—continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el papel sobre la mesa.
Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa.
—Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima.
«Vamos, ¿para qué habré dicho yo me parece?», pensó de repente Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo.
Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban en aumento.
«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.»
—Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo—murmuró Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para acercarse en seguida a la mesa.
Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.
Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota lanzada de una pared a otra.
—No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo—continuó ofreciendo un paquete al visitante—. Le recibo aquí, ¿sabe usted?; pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a uno casa? ¿No le parece a usted?
—Sí, una gran cosa—respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón.
—Una gran cosa... una gran cosa...—repitió ocupado en otra parte—. ¡Sí, una gran cosa!—volvió a decir bruscamente con voz casi tonante, deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente.
La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba ahora en su visitante.
La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción un desafío burlón y bastante imprudente.
—¿Sabe usted—comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y complaciéndose en ello—, que es, según creo, una regla jurídica, un principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión, a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en la profesión de usted?
—¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la casa que me da el Estado, ha sido para...?
Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara, por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también, aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo, y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven; creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a reventar de un momento a otro.
Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.
—Porfirio Petrovitch—dijo con tono resuelto, pero en el que se descubría bastante irritación—, ayer manifestó usted el deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra interrogatorio.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por un coche y de quien ha oído usted hablar...—añadió, y en seguida se arrepintió de haber dicho esta frase—. Después—prosiguió con cólera creciente—, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una palabra—continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra—, en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer juntos.
—¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de interrogar a usted?—replicó el juez de instrucción, que cesó instantáneamente de reír—; no se inquiete usted, se lo suplico.
Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de un lado a otro de la habitación.
—Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia. Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese maldito reír, batuchka Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en pie?... Se lo ruego, batuchka, de lo contrario creeré que está usted enfadado.
Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y observaba; sin embargo, se sentó.
—Por lo que a mí toca, batuchka Rodión Romanovitch, diré a usted una cosa que servirá para explicarle mi carácter—repuso Porfirio Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven—. Yo vivo solo, ¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados, el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede esto, batuchka? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo tanto gusto...
Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.
«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»
—No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero, ¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una distracción?—prosiguió el inagotable Porfirio—. Ya sabe usted cuántas son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, batuchka, porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle; ¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos... padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días, la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este formalismo, usted mismo, batuchka, hablaba hace poco... ¿Sabe usted, en efecto, batuchka Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo. En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso mujik, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla (sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!
Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar un instante... «Sin duda espera algo.»
—Tiene usted completa razón—siguió diciendo alegremente Porfirio, mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva desconfianza—; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados, según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?
—Sí; la estudiaba.
—Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo, pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida; pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad? ¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así, un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace, porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones? ¡Ah, Dios mío! Batuchka, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y, yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando bien convencido de que es él, me privo de los medios ulteriores de establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo, le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche, de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados eficaces con un mujik inculto, es también muy eficaz cuando se trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan mujiks groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je! Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente. ¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre, siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece a usted?
Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.
«La lección es buena—pensaba aterrado—; no es, como ayer, el gato jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora veremos qué lazo me tiendes.»
Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica. De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.
—No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me burlo—prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar su risita, y había reanudado sus paseos por la sala—. Tal vez tenga usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud, y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la razón le seducen. Volviendo al caso particular del que veníamos hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión Romanovitch—al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una repentina metamorfosis—. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je! Pues bien—continuó—: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas, es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia, la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el caso particular de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza. Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha, y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía; pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su fingida comedia con demasiada naturalidad, y éste será otro indicio. De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je, je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je! Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la ventana?
—No se moleste usted, se lo ruego—contestó Raskolnikoff, echándose a reír.
El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente, soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase calmado súbitamente, se levantó.
—Porfirio Petrovitch—dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas—, no tengo duda: usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel. Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí, ni de que se me martirice.
De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más elevado.
—¡No lo permito!—gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre la mesa—. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!
—¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?—dijo el juez de instrucción en apariencia muy inquieto—. ¡Batuchka! Rodión Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?
—¡No lo permito!—repitió Raskolnikoff.
—¡Batuchka, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces, ¿qué diremos? Piense usted un poco en ello—murmuró como asustado Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.
—¡No lo permito! ¡No lo permito!—prosiguió maquinalmente Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser oído por Porfirio.
Este corrió a abrir la ventana.
—Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua, querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.
Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en un rincón una jarra de agua.
—¡Beba usted, batuchka!—murmuró, aproximándose vivamente al joven con una jarra—. Esto le sentará a usted muy bien.
El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.
—¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un sorbo.
Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente, Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa.
—Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted, mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo—observó con tono afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado—. Señor, ¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; batuchka; siéntese usted, por el amor de Cristo!
—No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué hacía esa visita—respondió sarcásticamente Raskolnikoff.
—¿Usted lo sabía?
—Sí. ¿Qué deduce usted de eso?
—Deduzco, batuchka, que conozco, además, otros muchos hechos y excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de la tarde fué usted a alquilar el cuarto; que se puso a tirar del cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los dvorniks. ¡Oh! comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo, de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme, batuchka, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.
Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo. Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta él mismo?», pensaba el joven.
—Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico casi análogo, un caso morboso—continuó Porfirio—. Un hombre se acusó de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa, una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él, este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, batuchka. Puede uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted el efecto del delirio...
Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea, presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle.
—Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón—gritó, en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de Porfirio—. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted?
—Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba, e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo la influencia del delirio; ¿no es así?
El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo. Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la cara a su interlocutor.
—Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted quien lo mandó.
Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un escalofrío en la espina dorsal.
—Usted sigue mintiendo—dijo con voz lenta y débil, esbozando una sonrisa—. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de antemano todas las respuestas—continuó, comprendiendo que ya no pesaba sus palabras como debía—; usted quiere meterme miedo... o simplemente burlarse de mí.
Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos relámpagos de cólera violenta.
—No hace usted más que mentir—gritó—. Sabe usted perfectamente que la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible tener oculto. Yo no le creo a usted.
—¡Qué listo es usted para ver las cosas!—dijo Porfirio sonriéndose—. Pero en este asunto, batuchka, está engañado; es el efecto de la monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo; porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular interés.
Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.
—Sí; yo le quiero a usted—prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el brazo del joven por algo más arriba del codo—; vuelvo a repetírselo a usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea inquietudes.
—Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice?
—Pero, batuchka. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que, a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas, a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte? En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los dvorniks pidiendo que le condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y está ciego, se lo repito.
Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio Petrovitch.
—Sigue usted mintiendo—vociferó el joven—. No sé cuáles son sus intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.
—¿Que miento?—replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener de él—. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle? Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso, que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido; son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía, no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien, batuchka, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je, je, je!
Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo:
—En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.
—¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna—replicó Porfirio siempre con su tono zumbón—. ¿Qué necesidad tiene usted de saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama? ¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je!
—Le repito—gritó Raskolnikoff furioso—que ya no me es posible soportar...
—¿Qué? ¿La incertidumbre?—interrumpió el juez de instrucción.
—No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?—gritó con voz de trueno Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.
—Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente. Tenga cuidado—murmuró Porfirio.
El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes, aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.
—No me dejaré martirizar—murmuró—; deténgame usted, regístreme, haga cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...
—No se inquiete usted por la forma—interrumpió Porfirio con su acento sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo—; es familiarmente, batuchka, como amigo, como he invitado a usted a que viniera a verme.
—No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.
En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.
—¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?—dijo, riendo, el juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de poner a Raskolnikoff fuera de sí.
—¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?—preguntó el joven, deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.
—Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!—y mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación, situada detrás del tabique—. Yo mismo la he cerrado con llave para que no se vaya.
—¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?
Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.
—Está cerrada. He aquí la llave—y diciendo esto, el juez de instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven.
—¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!—aulló éste, que ya no era dueño de sí—. ¡Mientes, maldito pulchinela!
Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor.
—¡Lo comprendo todo!—vociferó Raskolnikoff—. ¡Mientes, mientes para que yo me venda!...
—Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra, Rodión Romanovitch! No grite, o llamo.
—¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido. No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados. Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar.
—¿Qué habla usted de delegados, batuchka? ¡Vaya unas ideas! La misma forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero será observada la forma, usted lo verá—murmuró Porfirio, que se había puesto a escuchar junto a la puerta.
Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.
—¡Ah! ¿Vienen?—gritó Raskolnikoff—. ¿Los has enviado a buscar? Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.
Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio Petrovitch hubieran podido preverlo.
VI
He aquí el recuerdo que esta escena dejó en el espíritu de Raskolnikoff:
El ruido que sonaba en la habitación inmediata aumentó de repente, y la puerta se entreabrió.
—¿Qué es eso?—gritó Porfirio Petrovitch encolerizado.
No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte: alguna persona quería penetrar en el despacho del juez y trataban de impedírselo.
—¿Qué es lo que sucede?—repitió Porfirio.
—Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aquí.
—No tengo necesidad de él. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco. ¿Por qué le han traído? ¡Qué desorden!—murmuró Porfirio lanzándose hacia la puerta.
—El es quien...—replicó la misma voz; y se detuvo de repente.
Durante dos minutos se oyó el ruido de una lucha entre dos hombres; después, uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y penetró bruscamente en el despacho.
El recién venido tenía un aspecto muy extraño. Parecía no ver a nadie. En sus ojos llameantes se leía una firme resolución, y al propio tiempo su rostro estaba lívido como el de un condenado a quien se conduce al cadalso. Temblábanle ligeramente los labios, exangües.
Era un hombre muy joven todavía, delgado, de mediana estatura y vestido como un obrero. Tenía el cabello cortado al rape y sus facciones eran finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por él, se lanzó en persecución suya dentro del gabinete y le agarró por un brazo: era un gendarme. Mikolai logró de nuevo soltarse.
En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenían vivos deseos de entrar. Todo ello había pasado en menos tiempo del que se tarda en referirlo.
—¡Vete! Es todavía pronto; espera a que se te llame... ¿Por qué te han traído tan pronto?—preguntó Porfirio Petrovitch tan irritado como sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas.
—¿Qué haces?—gritó el juez de instrucción cada vez más asombrado.
—¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el asesino!—dijo bruscamente Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emoción que le ahogaba.
Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia. El gendarme no trató de sujetar de nuevo al preso, y dirigiéndose maquinalmente hacia la puerta, se quedó inmóvil en el umbral.
—¿Qué estás diciendo?—exclamó Porfirio Petrovitch cuando el asombro le permitió hablar.
—Yo soy el asesino...—repitió de nuevo Mikolai.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?
El juez de instrucción estaba visiblemente desconcertado. El preso tardó un instante en responder.
—Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Estaba trastornado—añadió bruscamente.
Se calló, pero continuaba de rodillas. Después de haber oído esta respuesta, Porfirio Petrovitch pareció reflexionar profundamente, y luego, con un ademán violento, mandó a los testigos que se retirasen. Estos obedecieron al punto y la puerta volvió a cerrarse.
Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extraño. Durante algunos instantes las miradas del juez de instrucción fueron del detenido al visitante y viceversa. Después se dirigió a Mikolai sin tratar de disimular su cólera.
—Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has matado...?
—Yo soy el asesino... lo confieso—respondió Mikolai.
—¿Oh? ¿Con qué arma has matado?
—Con una hacha. La llevaba prevenida.
—¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?
Mikolai no comprendió la pregunta.
—¿No tienes cómplices?
—No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.
—No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los dvorniks os hayan visto bajar corriendo la escalera?
—Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar sospechas—respondió el preso.
—Está bien. Basta—gritó Porfirio encolerizado—; no dice la verdad—murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente olvidado durante este diálogo con Mikolai.
Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de instrucción y dirigiéndose a él le dijo:
—Rodión Romanovitch, batuchka, perdóneme usted, se lo suplico... Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...
Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.
—Según se ve, no esperaba usted tal cosa—observó Raskolnikoff.
Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.
—Tampoco usted lo esperaba, batuchka. Vea usted cómo le tiembla la mano. ¡Je, je, je!
—También está usted temblando, Porfirio Petrovitch—observó Raskolnikoff.
—Es verdad... no esperaba esto...
Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción tenía prisa porque se marchase el joven.
—¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía preparada?—preguntó éste bruscamente.
—Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je, je! ¡Ea, hasta la vista!
—Creo que sería más propio decir ¡adiós!
—Será lo que Dios quiera—balbuceó Porfirio con risa forzada.
Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la gente a los dvorniks de aquella casa, a los que había propuesto la tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía. Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo sofocado, acudía a llamarle.
—Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.
Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.
—De seguro—repitió.
Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió.
—Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he alterado un poco—comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.
—¡Bah! Eso no tiene importancia—replicó el juez con tono casi jovial—. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.
—Y entonces nos conoceremos a fondo—repuso Raskolnikoff.
—Muy a fondo—repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor—. ¿Y ahora va usted a comer a una fiesta?
—A un entierro.
—¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud.
—Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted—respondió Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió hacia Porfirio—. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son sus funciones.
Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver a su despacho, aguzó el oído.
—¿Qué es lo que tienen de cómicas?—preguntó.
—Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar cómicas las funciones de usted?
—¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he hecho observar a Mikolai que no decía la verdad?
—¿Cómo no había de observarlo?
—¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je, je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol.
—Sí, de Cogol.
—En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...
—Hasta la vista.
El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio, se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba inminente.
¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista?
Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta.
—Por hoy, al menos—se dijo—, no tengo nada que temer.
De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó una triste sonrisa.
«¡Hoy! ¡Hoy!—repitió—. Sí, hoy mismo. Es preciso.»
En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático personaje de la víspera, al hombre salido de debajo de la tierra.
El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo.
—¿Qué quiere usted?—preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto.
El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha.
—¿Quién es usted?—preguntó Raskolnikoff.
—Pido a usted perdón—dijo el hombre en voz baja.
—¿De qué?
—De mis malos pensamientos.
Los dos hombres se miraron.
—Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la sangre y pidió a los dvorniks que lo condujesen a la oficina de policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted, tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí...
—¿Fué usted quien vino?—interrumpió Raskolnikoff.
Comenzaba a comprender.
—Sí; yo le he insultado a usted.
—¿Estaba usted en aquella casa?
—Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy peletero...
Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera. En efecto: independientemente de los dvorniks había en la puerta cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de haberse vuelto a mirarle.
Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la sangre. Aparte de esta excursión de un enfermo en delirio, salvo esa psicología de dos filos, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún hecho, nada positivo. «Por consiguiente—pensaba el joven—, si no surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi culpabilidad?»
Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita al cuarto de la víctima.
—¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?—preguntó el joven asaltado por súbita idea.
—¿A qué Porfirio?
—Al juez de instrucción.
—Yo se lo he dicho. Como los dvorniks no habían ido, fuí yo.
—¿Hoy?
—Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha hecho pasar a usted un mal rato.
—¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?
—Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.
—¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso? Cuéntemelo usted todo, se lo ruego.
—Viendo—dijo el menestral—que los dvorniks rehusaban avisar a la policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones, con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente, llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese detrás del tabique—me dijo dándome una silla—, y estése ahí sin chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo.
—¿Preguntó a Mikolai delante de ti?
—Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando comenzó el interrogatorio de Mikolai.
Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.
—Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.
—¡Que Dios te perdone!—respondió Raskolnikoff.
«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos», pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación. «Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba la escalera.
Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.