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El crimen y el castigo

by Fyodor Dostoyevsky

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Segunda Parte

I

Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer. Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de las tabernas.

Aquel ruido le despertó.

—¡Ah, son borrachos!—pensó—. Las dos—y sintió un brusco sobresalto, como si le hubiesen levantado con violencia del sofá—. ¡Cómo! ¡Las dos ya!—Se sentó en el diván y lo recordó todo.

En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes. Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes, al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería borracho; pero...»

Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando, se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo, y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!»

En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto. En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa.

—Así, ni visto ni conocido—pensó con alegría, medio incorporándose; y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba desgarrada, bostezaba más aún.

De pronto, el terror agitó sus miembros.

—¡Dios mío!—murmuró con desesperación—. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?

A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.

—¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?—se decía—. ¿Es éste el modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.

Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte temblor.

Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.

Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento fué examinar de nuevo sus vestidos.

—¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en ello! ¡Semejante pieza de convicción!

Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió con la ropa que tenía debajo de la almohada.

—Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar sospechas; por lo menos así lo creo—repetía en pie, en medio de la sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.

Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón, hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.

—¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.

Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.

—¿Pero dónde tengo yo la cabeza?—exclamó como anonadado.

Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se había enterado de las manchas.

De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.

Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda cuando la guardé.

En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en el forro.

—La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación—pensó gozoso, lanzando un suspiro de satisfacción—; todo ello ha sido un instante de fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.

Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios reveladores. Se descalzó.

—¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos trapajos y del forro del bolsillo?

Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos que le denunciaban y le comprometían.

—Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor será tirarlo—repetía sentándose nuevamente en el diván—; pero en seguida, sin pérdida de tiempo.

Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien llamaba.

—¡Abre si no te has muerto!—gritó la criada—. ¡Se pasa la vida durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te digo; son ya las diez dadas!

—Puede que no esté—dijo una voz de hombre.

—Es la voz del dvornik...—se dijo Raskolnikoff, y temblando se sentó en el sofá.

Le latía el corazón hasta hacerle daño.

—¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?—dijo Anastasia—. Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve. Abre, despiértate...

—¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el dvornik? Todo se ha descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!

Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin levantarse del sofá. Anastasia y el dvornik aparecieron en el umbral. La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.

—Es una citación. Procede de la comisaría—dijo el dvornik.

—¿De qué comisaría?

—¡De cuál ha de ser! De la de policía.

—¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?

—¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en boca.

El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor suyo y se dispuso a retirarse.

—Parece que estás peor—observó Anastasia, que no separaba los ojos de Raskolnikoff.

El dvornik volvió la cabeza.

—Desde ayer tiene fiebre—añadió la criada.

El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.

—Quédate acostado—prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver que se disponía a levantarse—. Estás enfermo, no vayas. No es cosa urgente. ¿Qué tienes en las manos?

El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde, tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto, en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.

—¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un tesoro!...

Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que le era habitual.

Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»

—¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...

—No, voy allá, voy en seguida—balbuceó.

—¿Pero podrás bajar la escalera?

—Quiero ir.

—Allá tú.

Anastasia salió detrás del dvornik. Raskolnikoff se puso en seguida a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»

Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las nueve y media de aquel mismo día.

—¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y hoy precisamente!—se dijo, presa de la más viva ansiedad—. ¡Señor, haced que esto acabe lo más pronto posible!

En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.

—Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor, me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.

Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner riéndose otra vez.

—Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber son conjeturas, suposiciones y nada más.

Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.

—¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.

Al abatimiento siga la hilaridad.

—No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan... ¡Esto es miedo!

Le dolía la cabeza a causa del calor.

—Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus baterías—continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la escalera—. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna tontería.

Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.

—Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.

Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.

—¡Con tal de que se acabe pronto!

Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera, dirigió furtivamente una mirada inquieta a la casa; pero al punto volvió la vista.

—Si me interrogan quizá confiese—pensaba al aproximarse a la oficina.

Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar en el patio vió a un mujick con un libro en la mano, que bajaba una escalera situada a la derecha.

—Debe de ser un dvornik; por consiguiente, es aquí donde se encuentra la oficina.

Subió al azar; no quería preguntar a nadie.

—Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo—pensaba mientras subía al cuarto piso.

La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los dvorniks con sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.

Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos mujicks. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además, el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.

—¿Qué se le ofrece?

El joven mostró la citación enviada por la comisaría.

—¿Es usted estudiante?—preguntó el escribiente después de haber ojeado el papel.

—Sí, antiguo estudiante.

El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.

—De éste nada he de saber, porque todo le es igual—pensó Raskolnikoff.

—Diríjase usted al jefe de la Cancillería—añadió el escribiente señalando con la mano la última dependencia.

Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto, denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía lo que este funcionario le dictaba.

La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud expectante.

Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó sobre él una rápida ojeada y dijo:

—Espere usted un poco—y siguió dictando a la señora de luto.

El joven respiró con más libertad.

—Indudablemente no se me llama para aquello. Poco a poco recobraba valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.

—La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme... es un mal que no haya aire aquí—añadió—; se ahoga uno y mi razón vacila...

Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad; vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en francés y se quedó tan satisfecho.

—Tome usted asiento, Luisa Ivanovna—dijo a la señora lujosa, que permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al lado.

—Itch danke—respondió la señora sentándose y ahuecando con un ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.

Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro, guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho; pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada; sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra galoneada y se sentó en una butaca.

Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.

Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la mirada del oficial, que éste se ofendió.

—¿Qué se te ofrece?—dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.

—Se me ha hecho venir... He sido citado—balbució Raskolnikoff.

—Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda—se apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus papelotes—. Entérese usted—y presentó un cuaderno a Raskolnikoff señalándole una parte de lo escrito—. Lea usted.

—¿Dinero? ¿Qué dinero?—pensó el joven sorprendido y alegre al mismo tiempo—. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir aquí?

Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...

—¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?—le preguntó el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento—. Se le cita a usted a las nueve y son más de las once.

—Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora—replicó vivamente Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se abandonaba con placer—; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo, aquí me tienen ustedes.

—¡No grite usted!

—No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy estudiante y no permito que se me hable de este modo.

Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su asiento y dijo:

—¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted insolente!

—También lo está usted—replicó Raskolnikoff con violencia—, y no contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta usted a todos al respeto.

Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.

El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.

—Eso no le importa a usted—respondió levantando aún más la voz a fin de ocultar su cortedad—; preste la declaración que se le pide. Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!

Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel, impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos veces, sin comprender nada.

—¿Qué es esto?—preguntó al jefe de la Cancillería.

—Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las leyes.

—¡Si no debo nada a nadie!

—Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio, protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a usted para tomarle declaración.

—Pero desde el momento que se trata de mi patrona...

—¿Qué importa que sea la patrona de usted?

El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores. ¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas? Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel momento todo su ser.

En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta, inmediata, puramente instintiva.

De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría. El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida sonrisa.

—Y di tú, bribona—gritó el ayudante (la señora de luto se había retirado ya)—, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada? ¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras! ¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me agota la paciencia!

El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba, y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.

—Ilia Petrovitch—comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería inoportuna, se detuvo.

Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada podía contenerlo.

En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña, a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas reverencias y esperaba que se la dejase hablar.

—En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor capitán—se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)—. No, señor, no hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que, como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el dvornick, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta, y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco. ¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos, señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha armado todo el escándalo.

—¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...

—¡Ilia Petrovitch!—volvió a decir en tono significativo el jefe de la Cancillería.

El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente la cabeza.

—Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra, respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!

Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro; pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho dando saltitos.

—¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba, el huracán!—dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a su ayudante—. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te has disparado. Te he oído desde la escalera.

—¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?—repuso negligentemente Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa—. Ese caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está. ¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?

—Pobreza no es vicio, amigo mío—replicó Nikodim Fomitch—. Sabemos perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha podido contenerse—prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff—; pero se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento le llamábamos «el oficial pólvora...»

—¡Qué regimiento aquél!—exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.

Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.

—Perdóneme usted, capitán—comenzó a decir en tono melifluo, dirigiéndose a Nikodim Fomitch—. Póngase usted en mi lugar. Estoy pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.

—Eso no es de mi incumbencia—observó de nuevo el jefe de la Cancillería.

—Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique—...replicó Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch, aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera absorto en sus papeles—. Permítanme ustedes que les diga que vivo en casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.

—No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no tenemos tiempo de escuchar—interrumpió groseramente Ilia Petrovitch; pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo hablar.

—Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus; yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento, continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma! ¿Qué les parece a ustedes?

—Todos esos pormenores patéticos no nos interesan—replicó con insolencia Ilia Petrovitch—. Tiene usted que prestar la declaración y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver con ellos.

—¡Oh, qué cruel eres!—murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía avergonzado.

—Escriba usted—dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.

—¿Qué es lo que tengo que escribir?—preguntó el joven brutalmente.

—Lo que yo le dicte.

Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se había apoderado en su espíritu instantáneamente.

Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se había vaciado su corazón.

Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado. Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.

Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana, que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.

El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que poseo, etc.»

—No puede usted escribir, le tiembla la mano—dijo el jefe de la Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff—. ¿Está usted enfermo?

—Sí; se me va la cabeza. Siga usted.

—Ya está todo; firme usted.

El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.

Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.

—¿No sería mejor reflexionar un instante?—pensó—. No, más vale dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta carga.

Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.

—¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al dvornick para denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No, eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos dvorniks y una vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse le oyeron preguntar a los dvorniks dónde vivía la vieja. ¿Hubiera hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...

—Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica. Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos después, cuando volvieron con el dvornik, estaba abierta.

—Ahí está el busilis; es indudable que el asesino se encontraba en el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la simpleza de bajar en busca del dvornik. Sin duda el asesino aprovechó ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!» Quiere mandar que canten un Te Deum. ¡Je, je, je!

—¿Y nadie vió al asesino?

—¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?—dijo el jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.

—La cosa es clara, la cosa es clara—repitió vivamente Nikodim Fomitch.

—Antes digo yo que es muy obscura—repitió Ilia Petrovitch.

Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff se levantó.

—¿Está usted enfermo?—le preguntó con tono bastante seco el comisario de policía.

—Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la pluma—dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.

—¿Hace mucho tiempo que está usted malo?—dijo desde su sitio Ilia Petrovitch.

—Desde ayer—balbució el joven.

—¿Ayer salió usted de casa?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Entre siete y ocho de la tarde.

—¿Y a dónde fué usted?

—A la calle.

Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos ante la mirada del oficial.

—Puede apenas tenerse en pie, y tú...—empezó a decir Nikodim Fomitch.

—No importa—respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.

El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en él y guardó silencio.

—Está bien—dijo Ilia Petrovitch—; puede usted retirarse.

Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...

En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.

—Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida de tiempo—repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa—. ¡Los bribones! ¡Sospechan!

Volvió a asaltarle el terror.

II—¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?

Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las alhajas, que en junto eran ocho.

Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió, dejando la puerta abierta de par en par.

Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?

Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.

Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se ocupaba en él.

Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración importante, estaría más lejos de su barrio.

—¿En qué consiste—se preguntó, con asombro Raskolnikoff—, que desde hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi resolución en un momento de delirio.

Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era preciso apresurarse.

Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba andando, se le ocurrió otra idea.

—¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo? Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder reconocerlo más tarde.

Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió llevarla a cabo.

Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.

No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan. Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que lo menos pesaría sesenta libras.

Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por consiguiente, le convenía apresurarse.

Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y, reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes; lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y nada podía notarse.

Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi imposible de soportar.

—Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda, ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!

Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.

Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.

—¡Vaya al diablo todo ello!—se dijo en un repentino acceso de cólera—. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!

Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión hasta entonces inesperada y excesivamente simple.

—Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?

Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff, se detuvo cerca del puente.

—¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?

Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.

Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo estupor.

—¡Caramba! ¿Tú por aquí?—exclamó, mirándole de pies a cabeza, e interrumpiéndose empezó a silbar—. ¿Es posible que tan mal vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este servidor—continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos de su compañero—. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.

Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.

—¿Sabes que estás enfermo de verdad?

Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.

—Es inútil—dijo—. He venido porque... no tengo lecciones... y quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?

—¿Sabes una cosa? Que estás disparatando—observó Razumikin mirando atentamente a su amigo.

—No, no disparato—repuso levantándose Raskolnikoff.

Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado el umbral de Razumikin.

—¡Adiós!—dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.

—¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!

—Es inútil—replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había tomado.

—Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi una ofensa y no te dejaré marchar.

—Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que me dejen en paz es lo que deseo!

—¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes. Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original, pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?

Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina, volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar los labios.

—¡Tú estás loco!—vociferó Razumikin, ya colérico—. ¿Qué comedia estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios has venido?

—No tengo necesidad de traducciones—murmuró Raskolnikoff empezando ya a bajar la escalera.

—Entonces, ¿de qué tienes necesidad?—le gritó Razumikin desde el rellano de su puerta.

El otro, callado, siguió bajando.

—Dime siquiera dónde vives.

Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.

—¡Ea! ¡vete a freír espárragos!

Raskolnikoff estaba ya en la calle.

El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó dormido...

Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible. ¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.

La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más! La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente, Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.

—¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro, no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué? El mundo está revuelto.

De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se cerraban con estrépito.

—Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?—decía creyendo seriamente que la locura tomaba posesión de su cerebro.

Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...

—Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por lo de ayer... ¡Oh Señor!

Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la puerta; el terror le helaba el alma...

Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas. Finalmente, se calló también y no se oyó más.

—¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha venido aquí ese hombre?

Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia. Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.

—Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de Dios a pesar de la fiebre...

—Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?

La criada le miró fijamente.

—¿Que han pegado a la patrona?

—Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?

Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó turbado.

—Anastasia, ¿por qué no me contestas?—preguntó tímida y débilmente.

—Es la sangre—murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.

—¡La sangre!... ¿Qué sangre?—balbució Raskolnikoff poniéndose más pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.

Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.

—Nadie ha pegado a la patrona—dijo, al fin, con sequedad.

El joven la miró, respirando apenas.

—Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván—repuso con voz más temblorosa aún—. He escuchado durante largo rato... Ha venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos a la escalera...

—Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?

El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le miraba con ojos furiosos.

—Dame agua.

La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de agua fría desmayándose en seguida.

III

Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas: ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo; querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación; todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero aquello, aquello lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por completo el uso de sus sentidos.

Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un artelchtchit13.

Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó un poco.

—¿Quién es, Anastasia?—preguntó, señalando al joven.

—¡Ha vuelto en sí!—dijo la criada.

—¡Ha vuelto en sí!—repitió el artelchtchit.

Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones. Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros, curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era, además, excesivamente pudorosa.

—¿Quién es usted?—preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al artelchtchit.

En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta estatura.

—¡Vaya un camarote de barco!—exclamó al entrar—. Siempre doy con la cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!

—Sí, ha recobrado el sentido—repitió como un eco el dependiente, sonriéndose.

—¿Quién es usted?—interrogó bruscamente Razumikin—. Yo me llamo Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!

—Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para cierto asunto...

—Siéntese usted en esta silla—dijo Razumikin ocupando él otra al lado opuesto de la mesa—. Has hecho muy bien en recobrar el conocimiento—añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff—. Cuatro días hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente, y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste gravedad ninguna.

—¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero abusar de su tiempo—añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al empleado—. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte, Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?

—El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la casa.

—Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?

—Sí. Es un hombre de más capacidad.

—¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.

—Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle—dijo el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff—. Si posee usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del envío de esa cantidad.

—Sí; me acuerdo... Vakruchin...—dijo Raskolnikoff, procurando hacer memoria.

—¿Quiere usted firmarme el recibo?

—Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?—dijo Razumikin.

—Sí, aquí está.

—Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el dinero es la miel de la humanidad.

—Yo no tengo necesidad de dinero—dijo Raskolnikoff, rechazando la pluma.

—¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?

—No firmo.

—¡Pero si tienes que dar un recibo!

—No tengo necesidad de dinero.

—¿No tienes necesidad de dinero?—repitió Razumikin—. Amigo mío, faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto... Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará. Vamos, ayúdeme usted.

—No; puedo volver otra vez.

—De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este señor... ya ves que te espera.

Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.

—Deja; lo haré yo solo—dijo éste.

Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y se marchó.

—¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?

—Sí—respondió Raskolnikoff.

—¿Hay sopa?

—Algo queda de ayer—respondió Anastasia que no había salido de la habitación durante toda esta escena.

—¿Sopa de arroz con patatas?

—Sí.

—Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.

—Bueno.

Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido. Resolvió callarse y esperar.

—Me parece que no deliro—pensaba—; todo esto es muy real.

Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía largo tiempo; hasta el mantel era limpio.

—Anastasia—dijo Razumikin—, Praskovia Pavlovna no haría mal en enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni gota.

—De nada te privas—murmuró la criada y fué a hacer el encargo.

El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención. Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas; pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.

En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.

—¿Quieres te?

—Sí.

—Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está la cerveza.

Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.

—Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa—murmuró con la boca llena—. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey; me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha. Anastasia, ¿quieres cerveza?

—¿Te burlas de mí?

—¿Pero un poco de te sí tomarás?

—Eso sí.

—Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.

Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de preocuparle.

—Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para preparar la bebida a Raskolnikoff—dijo Razumikin volviendo a sentarse en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.

—¿Y dónde va a buscar la frambuesa?—preguntó Anastasia que, teniendo el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través del azúcar».

—Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación de tu domicilio. Estás inscrito allí.

—¿Que estoy inscrito?

—¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el dvornik, con Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin, con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a Anastasia.

—Por fuerza la has embrujado—murmuró la criada con una sonrisa maliciosa.

—Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres? ¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?

—Sí—balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.

No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.

—¿Verdad que sí?—exclamó Razumikin—. ¿No es una mujer muy inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan. Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual, porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y, naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que tu madre pagaría...

—He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida—dijo Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.

—Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar. Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise, para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora, no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.

—¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?—preguntó Raskolnikoff, después de una pausa.

—Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre todo cuando he venido con Zametoff.

—¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó los ojos en Razumikin.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío; maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio. ¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...

—¿He disparatado mucho durante mi delirio?

—Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.

—¿Qué es lo que decía?

—¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para ocuparnos en nuestros asuntos.

Y así diciendo se levantó tomando su gorra.

—¿Qué es lo que decía?

—¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto? tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la cuestión, pero has hablado mucho de un bulldog, de pendientes, de cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un dvornik... ¡qué sé yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas... Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas! Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto. Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.

—¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?—dijo la sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el estudiante.

Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados, pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace un minuto.»

Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad. Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff no había podido notar nada.

—¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?—murmuraba Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá—. ¿Qué pasa? ¿Estoy delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas. Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir. Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...? También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.

Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se quedó profundamente dormido.

Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y permanecía de pie en el umbral.

Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de un hombre que trata de recordar algo.

—Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el paquete—gritó Razumikin a la criada que estaba abajo—; voy a darte mis cuentas.

—¿Qué hora es?—preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una mirada inquieta.

—¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.

—¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!

—¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff; había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?

—Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás aquí, Razumikin?

—Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te despertases.

—No hablo de ahora sino de antes.

—¿Cómo de antes?

—¿Desde cuándo vienes a esta casa?

—Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?

Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.

—¡Hum!—dijo éste—; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien. Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido amigo—y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto de todas sus preocupaciones—. Esto, amigo mío, es lo que más me interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por arriba. ¿Ves esta gorra?—dijo, sacando del envoltorio una muy decente, aunque ordinaria y de poco valor—. ¿Me dejas que te la pruebe?

—No, ahora no, más tarde—contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo con un gesto de impaciencia.

—Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la medida. ¡Te está perfectamente!—exclamó con aire de triunfo después de haberle probado la gorra—. Cualquiera diría que te la han hecho a la medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?—dijo encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.

—¿Dos grivnas?—respondió Anastasia.

—¡Dos grivnas! ¿Estás loca?—gritó Razumikin—. Ahora por dos grivnas no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy orgulloso de él—y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza de ligera tela de verano—. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano. Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado. ¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de balde.

—Pero acaso no le vengan—observó Anastasia.

—¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?—replicó Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y agujereada—. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco, dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks. Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca, porque tu enfermedad está en tu camisa...

—Déjame, no quiero—respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.

—Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles? Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame—y a pesar de la resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.

El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante dos minutos.

—¿No me dejarán tranquilo?—pensaba—. ¿Y con qué dinero se ha comprado todo esto?—preguntó en seguida, mirando a la pared.

—¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?

—Sí, ya me acuerdo—dijo Raskolnikoff después de haberse quedado pensativo y sombrío.

Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.

—¡Zosimoff! ¡Por fin!—gritó alegremente Razumikin.

IV

El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso, de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo. Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables, y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.

He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los sentidos.

—Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?—preguntó Zosimoff a Raskolnikoff, mirándole atentamente.

Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.

—¡Siempre hipocondríaco!—continuó Razumikin—; hace poco, cuando le hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.

—Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de cabeza, ¿no es verdad?

—Estoy perfectamente—dijo Raskolnikoff irritado.

Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba atentamente.

—¡Muy bien! Nada de particular—dijo con cierta indiferencia—. ¿Has tomado algo?

Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía dársele.

—Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque esta advertencia es ociosa.

Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:

—Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera podido... de todos modos está bien.

—Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo—dijo Razumikin—, iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.

—Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin, mañana veremos.

—Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros, aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?—preguntó Razumikin al doctor—; lo has prometido, no faltes a tu palabra.

—Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?

—¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión de amigos.

—¿Y quiénes son tus huéspedes?

—Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada cinco años.

—¿En qué se ocupa?

—En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él, aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.

—¿Es también pariente tuyo?

—Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?

—¡Oh! ¡Me río de él!

—Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.

—Dime, te lo ruego, lo que tú o éste—Zosimoff señaló con un movimiento de cabeza a Raskolnikoff—tenéis de común con ese Zametoff.

—Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay algo común; traemos cierto negocio entre manos.

—Me gustaría saber qué negocio es ése.

—A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro; nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.

—¿A qué pintor te refieres?

—¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.

—Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto punto... He leído algo en los periódicos.

—También mataron a Isabel—dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a Raskolnikoff.

—¡Isabel!—murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.

—Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la patrona. Por cierto que te hizo una camisa.

Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija en la florecilla de papel.

—¿Luego resultan cargos contra ese pintor?—preguntó Zosimoff interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó silencio.

—Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba hablando de él.

El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.

—Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin—le dijo—; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.

—Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las garras de la justicia—exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre la mesa—. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan; cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos. ¡Vaya una lógica que me gastan!

—No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados después del vencimiento?

—Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas. Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos. «Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un sumario.

—¿Sabes tú interpretar los hechos?

—Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?

—Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has contado el suceso.

—Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff, a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin, campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor, parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta: «¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir, un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al hablar de este modo—prosiguió Razumikin—, mentía descaradamente; conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado. Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos, Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver, y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?» «En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera», dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda, mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es el culpable.

—¡Ya lo creo!—dijo Zosimoff.

—Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***, en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un shkalik14 de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme, dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años, etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta: «Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?» «Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?» «Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.» «¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la justicia no siendo culpable de nada?»

»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio. ¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?

—Pero, en fin, ¿hay pruebas?

—No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey. «¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos, cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr, después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también, no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin, un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio. Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos pendientes...»

—¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la puerta?—repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo esfuerzos para incorporarse en el sofá.

—Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?—dijo Razumikin, saltando de su asiento.

—No, no es nada—respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.

Reinó un silencio de algunos minutos.

—Estaba, sin duda, adormilado—dijo Razumikin, interrogando con la mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.

—Continúa—dijo el doctor—; ¿y después?

—Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que sacan en conclusión de todo ello?

—¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a ese pintor decorador?

—Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del crimen.

—Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen, los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima, estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez instructor no puede por menos que aclarar.

—¿Que cómo llegaron a su poder?—exclamó Razumikin—. ¿Que cómo llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo a priori de que todas las declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él dice: tropezó con el estuche y lo recogió.

—¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su primera declaración.

—Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch. Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos), gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera, y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que declaran unánimemente!

—Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...

—No hay pero que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen, constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte, explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia, sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión. Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?

—Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya sido robado de casa de la vieja?

—Eso está probado—replicó entre dientes Razumikin—. Koch ha reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado. Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el estuche le pertenecía.

—Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede probarse la coartada?

—El hecho es que nadie le ha visto—respondió con tono malhumorado Razumikin—. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no significará gran cosa. «Vimos—dicen—que el cuarto estaba abierto y que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no obreros.»

—De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el hallazgo de los pendientes?

—¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo. Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir. El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa? El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el misterio.

—¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu imaginación.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué dices que es ingenioso mi relato?

—Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni menos que en el teatro.

Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno de los tres conocía.

V

Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.

—¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido estudiante?—preguntó recalcando cada sílaba.

El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin, a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a contestar.

—Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?

El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne, que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y volvióse vivamente hacia Zosimoff.

—El señor es Raskolnikoff—dijo negligentemente el doctor, mostrando al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.

Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.

Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento. Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo, la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero, sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor. Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff», nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:

—Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?

El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con tono digno:

—Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no le es del todo desconocido.

Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.

—¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?—preguntó Ludjin un tanto desconcertado.

Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada, se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.

—Pensaba... creía...—balbució—que una carta puesta en el correo hace ocho días o acaso quince...

—Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?—interrumpió bruscamente Razumikin—. Si tiene algo que decir, siéntese usted. Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor. Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.

Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a Razumikin.

—Por lo demás, no se incomode usted—dijo el estudiante con voz fuerte—. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no estuviéramos aquí.

—Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al enfermo?—preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.

—No, al contrario, así se distraerá—respondió con tono indiferente el médico y volvió a bostezar.

—¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato, desde esta mañana—añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por su calidad de estudiante.

—Su madre de usted...

—¡Hum!—exclamó estrepitosamente Razumikin.

Ludjin le miró sorprendido

—No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.

Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:

—Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de todo. Pero ahora veo con asombro que...

—Ya sé, ya sé—interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro expresó violenta irritación—. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo sé. No hablemos más de eso.

Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se interrumpió momentáneamente.

En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba el apelativo de futuro tan caballerescamente aplicado poco antes a aquel personaje.

Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón. La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo, presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de lo que era en realidad.

Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático, era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la conversación.

—Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted, estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es decir, a su madre de usted y a su hermana.

Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación. Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el joven guardaba silencio continuó diciendo:

—De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he buscado hospedaje...

—¿Dónde?—preguntó con voz débil Raskolnikoff.

—Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...

—Sí, en el pereulok Vosnesenshy—interrumpió Razumikin—; hay dos pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.

—En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro! ¡Las habitaciones esas cuestan baratas!

—Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que acababa de llegar de provincias—replicó Ludjin un tanto picado—. De todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro alojamiento—añadió dirigiéndose a Raskolnikoff—. Lo están arreglando. Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de Bakalieff.

—Lebeziatnikoff—pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le hubiese recordado alguna cosa.

—Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un ministerio. ¿Usted le conoce?

—Sí, es decir, no—respondió Raskolnikoff.

—Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.

Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.

—¿Desde qué punto de vista?—preguntó Razumikin.

—Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de vista de la actividad social—respondió Ludjin encantado de que se le hiciese tal pregunta—. Yo no había estado en San Petersburgo desde hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy contentísimo.

—¿De qué?

—La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una actividad más razonada.

—Es verdad—dijo negligentemente Zosimoff.

—¿Verdad que sí?—dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con una amable mirada—. Convendrá usted conmigo—prosiguió dirigiéndose a Razumikin—en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y en el económico.

—¡Lugares comunes!

—No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?—se apresuró a responder Ludjin con demasiado calor—. Rasgaría mi capa y daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos. Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez, no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal. Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales, sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla; desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me parece a mí, mucho ingenio para comprender...

—¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles—interrumpió Razumikin—. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea, basta!

—¡Señor!—replicó Ludjin, herido en lo vivo—, ¿eso es decir que yo también...?

—¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más—dijo Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.

Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.

—Ahora que ya nos conocemos—dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff—, espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.

Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se levantó.

—De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja—afirmó Zosimoff.

—Seguramente—repitió Razumikin—. Porfirio no dice lo que piensa, pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.

—¿Que los interroga?—preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.

—Sí, ¿y qué?

—Nada.

—¿Y cómo los conoce?—preguntó Zosimoff.

—Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.

—El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué decisión, que audacia!

—No hay tal cosa—replicó Razumikin—. Eso es precisamente lo que te engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.

Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y la vanidad le privó de tacto.

—¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?—preguntó dirigiéndose a Zosimoff.

—Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?

—¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.

—¿Conoce usted los pormenores?

—No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo paralela.

—Pero, ¿de qué se preocupa usted?—dijo bruscamente Raskolnikoff—. Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.

—¿Cómo de nuestra teoría?

—Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según usted, es lícito matar al prójimo.

—¿Cómo? ¡Yo!—exclamó Ludjin.

—No, no es eso—observó Zosimoff.

Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto estremecimiento agitaba su labio superior.

—Todo consiste en los justos medios—prosiguió con tono altanero Pedro Petrovitch—; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...

—¿Es verdad—saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera—, es verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los beneficios de que se ha colmado?

—¡Caballero!—exclamó Ludjin—, rugiendo de furor—. ¡Caballero! ¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En fin...

—¿Sabe usted lo que le digo?—gritó el joven incorporándose y echando lumbre por los ojos—. ¿Sabe usted lo que le digo?

—¿Qué?

Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.

Hubo algunos momentos de silencio.

—Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi madre, le tiro de cabeza por la ventana.

—¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?—exclamó Razumikin.

—¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!

Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque hacía esfuerzos inauditos para contenerse.

—Escuche usted, caballero—dijo después de una pausa—. La manera como usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía. Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora... ¡jamás! ¡jamás!

—¡Yo no estoy enfermo!—gritó Raskolnikoff.

—¡Tanto peor!

—¡Váyase usted al infierno!

Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al enfermo.

—¿Ese es el modo de portarse?—dijo Razumikin, moviendo la cabeza.

—¡Dejadme! ¡Dejadme todos!—exclamó colérico Raskolnikoff—. ¿Me dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!

—Vámonos—dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.

—Pero, ¿le vamos a dejar así?

—¡Vámonos!—insistió el médico.

Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que ya había salido.

—Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial—dijo Zosimoff a su amigo ya en la escalera—. No conviene irritarle.

—¿Qué le pasa?

—Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me inquieta.

—El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.

—El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se habla de ese asesinato!

—Sí, sí, lo he advertido—respondió Razumikin—; presta más atención, se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le asustaron en la oficina de policía y se desmayó.

—Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...

—Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y haré que le cuide Anastasia.

Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.

—¿Tomarás ahora el te?—preguntóle la sirvienta.

—Más tarde; quiero dormir. Déjame.

El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la criada salió del aposento.

VI

Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven, denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba. Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el bolsillo.

La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.

Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con «aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba. Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra, «cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.

Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno. Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza, esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más alta y conmovedora—. ¡Basta!—gritó la cantora a su compañero y ambos se dirigieron a la tienda de al lado.

—¿Le gustan a usted las canciones de las calles?—preguntó bruscamente Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante desocupado.

El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.

—Yo—prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de otra cosa que de la música de las calles)—, yo gusto de oír cantar al compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente, sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de las nubes...

—Yo no sé. Usted me dispense—balbuceó el señor, aterrado de la pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra acera.

El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de un almacén de harinas.

—¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a vender?

—Todo el mundo vende—respondió el mozo, mirando con desdén a Raskolnikoff.

—¿Cómo le llaman?

—Le llaman por su nombre.

—Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?

El mozo miró de nuevo a su interlocutor.

—Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé nada. Perdóneme Vuestra Alteza.

—¿Hay arriba un bodegón?

—Es un traktir y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy favorecido.

Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había un grupo compacto, exclusivamente compuesto de mujiks. Se metió entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el pereulok.

En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres. Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas tenían amoratadas las orejas.

Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.

Hombrecito de mi alma
No me pegues sin razón.

cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa de grandísima importancia.

«Si entrase...»—pensaba—. «Se ríen, están borrachos.»

—¿No entras, buen mozo?—le preguntó una de las mujeres con voz bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.

Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.

—¡Oh, bonita muchacha!—respondió el joven levantando la cabeza y mirándola.

Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.

—También tú eres muy guapo.

—¡Guapo un tipo semejante!—gruñó en voz baja otra mujer—; de seguro que acaba de salir del hospital.

Bruscamente se aproximó un mujik, medio ebrio, con el capote desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.

—Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser chatas—dijo el mujik—. ¡Oh, qué hermosuras!

—Entra, puesto que has venido.

—Entraré, preciosa—y descendió al cafetín.

Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.

—Escuche usted, barin15—le gritó la joven cuando nuestro héroe volvía ya la espalda.

—¿Qué?

—Querido barin, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks para echar un trago, amable caballero.

Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.

—¡Ah! ¡Qué bueno es usted!

—¿Cómo te llamas?

—Pregunte usted por Duklida.

—¡Qué desfachatez!—dijo bruscamente una de las mujeres que se encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de cabeza—. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.

Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.

«¿En dónde he leído yo—pensaba Raskolnikoff alejándose—, que se concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama cobarde!»—añadió al cabo de un instante.

Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la muestra de un café: «¡Hola! El Palacio de Cristal. Poco ha me habló de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí, leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»

—¿Tienen ustedes periódicos?—preguntó entrando en un salón muy espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.

Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro personas, sentadas a una mesa, bebían Champagne. Raskolnikoff creyó reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía distinguirlo bien.

«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.

—¿Quiere usted aguardiente?—preguntó el mozo.

—Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco días, te daré buena propina.

—Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?

Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se puso a buscar.

—Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas. Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo... ¡Ah! Aquí está.

Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros números.

Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada la camisa.

El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con satisfacción y franqueza. Por efecto del Champagne que había bebido, tenía el moreno rostro bastante enrojecido.

—¡Cómo! ¿Usted aquí?—exclamó con asombro y con el tono que hubiera usado para saludar a un antiguo camarada—. ¡Si ayer mismo Razumikin me dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su casa...

Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.

—Me han hablado de su visita—contestó—; usted buscó mi bota. Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día. ¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante Pólvora, y él no hacía caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?

—Es más charlatán...

—¿Quién? ¿Pólvora?

—No, Razumikin...

—Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted el Champagne?

—¿Por qué me lo habían de regalar?

—A título de honorarios. Usted saca partido de todo—dijo con sorna Raskolnikoff—. No se incomode usted, querido amigo—añadió dando un golpecito en el hombro a Zametoff—. Lo que le digo a usted es sin malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.

—Pero, ¿usted cómo sabe eso?

—Lo sé quizá mejor que usted.

—¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho mal en salir...

—¿Me encuentra usted raro?

—Sí. ¿Qué es lo que usted leía?

—Periódicos.

—Ha habido estos días muchos incendios.

—No me importan los incendios—repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff con aire singular y con sonrisa burlona—. No, no son los incendios lo que me interesa—continuó guiñando los ojos—. Pero confiese usted, querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.

—No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...

—Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?

—He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso inclusive—respondió con cierto orgullo Zametoff.

—Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un hombre rico y muy guapo.

Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero sí sorprendido.

—¡Qué original es usted!—repitió con tono muy serio Zametoff—. Me parece que sigue usted delirando.

—¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la curiosidad?

—Sí.

—¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos? Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar, ¿no es eso?

—Vamos, diga usted.

—Usted cree haber levantado la liebre.

—¿Qué liebre?

—Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles relativos al asesinato de la vieja prestamista.

Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza. Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto se estuviesen mirando sin decir palabra.

—¿Sabe usted?—continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la exclamación de Zametoff—se trata de aquella misma vieja de la cual se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende usted ahora?

—¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?—dijo Zametoff casi asustado.

El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus propias barbas.

—O usted está loco, o...—comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si cruzara por su mente una idea repentina.

—O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.

—No—replicó Zametoff—; todo eso es absurdo.

Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad, Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.

De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber olvidado por completo la presencia de Zametoff.

—¿Por qué no toma usted el te?—dijo, al fin éste—. Va a enfriarse.

—¿Qué?... ¿el te?... Bueno.

Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona que tenía antes y continuó tomando el te.

—Los delitos de todo género son ahora muy numerosos—apuntó Zametoff—. Precisamente hace poco leí en la Moskovskia Viedomosti que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos, toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de billetes del Banco.

—¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!—respondió flemáticamente Raskolnikoff—. ¿De modo que usted supone que son estafadores?

—¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?

—¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso, tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así. Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.

—¿Que le tiemblan las manos?—replicó Zametoff—. Pues me parece muy natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran claramente.

Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.

—¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted ahora—exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al jefe de la Cancillería.

—No tenga usted cuidado, se le descubrirá.

—¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana; luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese, escaparía a las investigaciones de ustedes.

—El hecho es que todos se conducen del mismo modo—respondió Zametoff—. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted. Usted, es claro, no iría a la taberna.

Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.

—¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?—preguntó con tono malhumorado.

—Sí—replicó con energía el jefe de la Cancillería.

—¿Tiene usted mucho empeño?

—Sí.

—Pues bien, he aquí lo que yo haría—comenzó a decir Raskolnikoff, bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de temblar—. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo. Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso, levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido, y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.

—Usted está loco—respondió Zametoff.

Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban. Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra. Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía, pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa confesión.

—¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?—dijo de repente; pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.

Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.

—Pero, ¿es eso posible?—dijo con voz que apenas podía ser entendida.

Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.

—Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?

—No, de ninguna manera—se apresuró a decir Zametoff—. Usted me ha asustado para sugerirme esa idea.

—¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante Pólvora me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?—gritó al mozo levantándose y tomando la gorra.

—Treinta kopeks—respondió éste, acudiendo a la llamada del parroquiano.

—Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero tengo—, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes—: ¿los ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.

Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas; pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.

Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo. Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas sobre «cierto punto»; estaba despistado.

—Ilia Petrovitch es un imbécil—dijo por último.

Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada. Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos llamaradas verdaderas de cólera.

—¿De modo que has venido aquí?—dijo con voz tonante—. ¡Pues no se ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá! ¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad. Confiesa...

—Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero estar solo—respondió fríamente Raskolnikoff.

—¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al Palacio de Cristal? Confiésamelo en seguida.

—Déjame pasar—replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.

Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a su amigo por el brazo, le dijo:

—¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.

—Escucha, Razumikin—dijo sin levantar la voz y con tono en la apariencia muy tranquilo—; ¿qué he de hacer para que comprendas que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...

Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su amigo.

—Bueno. ¡Vete, con mil diablos!—dijo con voz que no había perdido toda vehemencia.

Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato gritó Razumikin:

—¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia, pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil, vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá Zosimoff... ¿vendrás?

—No.

—Pero esto es absurdo—replicó vivamente Razumikin—. ¿Qué sabes tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres. Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.

—No iré, Razumikin—contestó Raskolnikoff alejándose.

—Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese—le gritó su amigo—. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?

—Sí.

—¿Te ha visto?

—Sí.

—¿Te ha hablado?

—Sí.

—¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.

Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero en medio de la escalera se detuvo.

—¡Por vida de...!—continuó casi en voz alta—. Habla con lucidez y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre? Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo—y se llevó el dedo a la frente—. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar—y echó a correr en busca de Raskolnikoff.

Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al Palacio de Cristal para interrogar cuanto antes a Zametoff.

Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua, contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.

—Sea, pues—dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la oficina de policía.

Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».

—Después de todo, lo mismo da una solución que otra—pensaba avanzando lentamente por el muelle del canal—. Por lo menos, el desenlace depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!; quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...

Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo, reflexionó un instante y entró en el pereulok. Después anduvo sin rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza y advirtió que estaba en la puerta de aquella casa. No había pasado por allí desde el día del crimen.

Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»—pensó el joven—. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey: está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos escalones y entró.

Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él; quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la ventana y se sentó en el poyo.

No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas. Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff, el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en extremo tales variaciones.

Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del visitante, continuaron su conversación.

Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad, Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.

El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente, dirigiéndose a él, le dijo:

—¿Qué hace usted ahí?

En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido. Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.

—¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?—gritó el obrero encarándose con él.

Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.

—Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta—respondió.

—No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber subido acompañado del dvornik.

—Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?—prosiguió Raskolnikoff—. ¿No hay sangre?

—¿Cómo sangre?

—Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar de sangre.

—¿Quién eres tú?—gritó el obrero asustado.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.

Los dos papelistas le miraron estupefactos.

—Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar—dijo el de más edad a su compañero.

—Pues bien, vamos—replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente la escalera—. ¡Eh, dvornik!—gritó al llegar a la puerta de la calle donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros individuos.

Raskolnikoff se fué derecho a ellos.

—¿Qué se le ofrece a usted?—preguntóle un portero.

—¿Has estado en la oficina de policía?

—De allí vengo.

—¿Están allí todavía?

—Sí.

—¿El ayudante del comisario también está?

—Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?

Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.

—Ha venido a ver el cuarto—dijo uno de los operarios.

—¿Qué cuarto?

—En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de policía», añadió después; «allí lo diré todo».

El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.

—¿Quién es usted?—preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.

—Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo cerca de aquí, en el pereulok inmediato, casa de Chill, departamento número 14. Pregunta al portero; me conoce.

Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su interlocutor.

—¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?

—He venido a ver la casa.

—¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?

—¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?—propuso de repente el burgués.

Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.

—Vamos allá—dijo el joven con indiferencia.

—Sí. Es preciso llevarle a la comisaría—siguió diciendo y con mayor seguridad el burgués—. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en la conciencia.

—¡Dios sabe si estará borracho!—murmuró un obrero.

—¿Pero qué es lo que quieres?—gritó de nuevo el portero, que empezaba a incomodarse de verdad—. ¿Por qué vienes a molestarnos?

—¿Te da miedo ir a la comisaría?—dijo con tono burlón Raskolnikoff.

—¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?

—Es un granuja—dijo una campesina.

—¿Para qué disputar con él?—apuntó a su vez el otro portero, un mujick enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves pendientes de la cintura—. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en seguida!

Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.

El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a todos los espectadores y se alejó silenciosamente.

—¡Vaya un tipo!—observó un obrero.

—Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante—dijo la campesina.

—Lo que usted quiera y mucho más—añadió el burgués—; pero hubiera sido conveniente llevarle a la comisaría.

—¿Iré o no iré?—pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando un consejo de alguien.

Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida, como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el suelo brillaba una débil luz.

—¿Qué pasa ahí?

Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud. Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y decía para sus adentros:

—De un momento a otro acabará todo esto.

VII

Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular, tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:

—¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!

Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de un incidente sin importancia.

—¡Dios mío!—decía el cochero—; no he podido impedir esta desgracia. Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.

—Sí, de ese modo ha pasado—afirmó uno que había sido testigo de la escena.

—En efecto—dijo otro—; por tres veces le avisó el cochero.

—Sí, por tres veces, todos le hemos oído—añadió uno del grupo.

Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie sabía su nombre.

Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo reconoció.

—Le reconozco, le reconozco—gritó empujando a los que le rodeaban y colocándose en la primera fila del grupo—; es un antiguo funcionario, el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel... ¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!

Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba extraordinaria agitación.

Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado. Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor solicitud.

—Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar al hospital.

Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza del herido, y enseñando el camino.

—¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias—murmuraba.

En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.

Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida (Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie, cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta, a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica. Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.

—No puedes imaginarte, Polenka—decía paseándose por la habitación—, qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto; así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan Mikhailtch, como gobernador.»

La interrumpió un golpe de tos.

—¡Oh condenada vida!

Escupió y se apretó el pecho con las manos.

—¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida—añadió, dirigiéndose a la chiquita—. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!—volvió a toser—. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?—exclamó al ver que el vestíbulo se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de fardo—. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!

—¿Dónde hay que ponerlo?—preguntó un agente de policía mirando en derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff ensangrentado y exánime.

—En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí—indicó Raskolnikoff.

—Es un borracho que ha sido atropellado en la calle—gritó uno desde la puerta.

Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa la estrechó en sus brazos.

Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá, Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.

—Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto—dijo el joven vivamente—. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado; no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...

—No volverá en si, no volverá en si—dijo con desesperación Catalina Ivanovna y se precipitó hacia su marido.

Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo; se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en su pecho los gritos prontos a escaparse.

Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la vecindad.

—He mandado a buscar un médico—dijo a Catalina Ivanovna—. No se preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla, una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase usted. Ya veremos lo que dice el doctor.

Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y repasada al día siguiente al despertar.

Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con dificultad y se apretaba el pecho con las manos.

No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.

—Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa—pensaba Raskolnikoff.

El guardia no sabía qué decidir.

—¡Polia!—gritó Catalina Ivanovna—, ve corriendo a casa de Sonia; pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda, ponte ese pañuelo en la cabeza!

En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación. Catalina Ivanovna se puso furiosa.

—Deberíais al menos dejarle morir en paz—gritaba a los asaltantes—. Venís aquí como a un espectáculo—y se interrumpió para toser—. Y entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a la muerte.

La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.

Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta, llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad de la casa.

—Ese es el inconveniente de morirse—vociferó Catalina Ivanovna, y ya se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.

La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el orden. Era una alemana intrigante y mal educada.

—¡Ah, Dios mío!—dijo juntando las manos—, ¡su marido de usted, que estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle al hospital, yo soy la propietaria.

—Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla—comenzó a decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura; y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)—Amalia Ludvigovna.

—Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.

—Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se agarran ji, ji—decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata), yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero ahora—añadió señalando a Raskolnikoff—hemos encontrado apoyo en este magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia Ludvigovna.

Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento, Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa, tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud. Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa. Después la pobre mujer rompió a llorar.

—¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!—decía acongojada—. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes, Marmeladoff!

Marmeladoff la reconoció.

—¡Un sacerdote!—dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el marco gritó con desesperación:

—¡Oh vida, mil veces maldita!

—¡Un sacerdote!—repitió el moribundo después de una pausa.

—¡Silencio!—le gritó Catalina Ivanovna.

El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño asombrado.

—¡Ah, ah!—dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.

Se comprendía que trataba de decir algo.

—¿Qué?—gritó Catalina Ivanovna.

—¡No tiene calzado!—y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los pies desnudos de la niña.

—¡Cállate!—replicó con tono irritado Catalina Ivanovna—: demasiado sabes que no tiene calzado...

—¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!—dijo gozosamente Raskolnikoff.

Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una extensión de treinta pasos.

—Es asombroso que esté todavía vivo—murmuró en voz baja el doctor dirigiéndose a Raskolnikoff.

—¿Qué le parece a usted?—preguntó este último.

—Caso perdido.

—¿No hay esperanza?

—Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá de seguro dentro de cinco a seis minutos.

—Sángrele usted, sin embargo.

—Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.

Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada. Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El médico accedió encogiéndose de hombros.

Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar. El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.

En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana, atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:

—Ahí viene; la he encontrado por la calle.

Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano, aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de paja, adornado con una pluma brillantemente roja.

Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros. Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka, estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos. Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se quedó cerca de la puerta.

Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.

—¡Qué va a ser de ellos!—interrumpió la mujer con amargura mostrando sus hijos.

—Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del Altísimo—replicó el eclesiástico.

—¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!

—Eso es un pecado, señora, un pecado—observó el sacerdote moviendo la cabeza.

—¿Y esto no es un pecado?—replicó vivamente Catalina Ivanovna mostrando al moribundo.

—Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.

—Usted no me comprende—replicó con tono irritado Catalina Ivanovna—. ¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna! ¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para nosotras!

—Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado, señora, un gran pecado.

Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del eclesiástico la pusieron hecha una furia.

—¡Eh, batuchka! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta, hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de perdón! Además, le he perdonado.

Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba ensangrentado.

El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.

Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo, trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna, comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono imperioso:

—Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...

El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a la puerta y vió a Sonia...

Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven se encontraba.

—¿Quién está allí? ¿Quién está allí?—dijo de repente con voz ronca y ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.

Marmeladoff trató de incorporarse.

—¡Sigue echado! ¡No te muevas!—gritó Catalina Ivanovna.

Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá. Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje. Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un sufrimiento inmenso.

—¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!—gritó.

Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse, lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado expiró en los brazos de su hija.

—¡Ha muerto!—exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su marido—. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de comer mañana a mis hijos?

Raskolnikoff se aproximó a la viuda.

—Catalina Ivanovna—le dijo—, la semana pasada me contó su marido toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo... Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!

Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.

—¡Ah! ¿Es usted?—le preguntó.

—Ha muerto—contestó Raskolnikoff—. Le han asistido un médico y un sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé que usted es un hombre muy bueno—añadió sonriendo y mirando frente a frente al comisario.

—Está usted manchado de sangre—dijo Nikodim Fomitch, que acababa de ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.

—Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre—agregó el joven con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un movimiento de cabeza y se alejó.

Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio. Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí. Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él gritándole:

—¡Oiga usted, caballero, oiga usted!

Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él. Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que, evidentemente, le agradaba mucho.

—Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive usted?—preguntó precipitadamente.

Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la niña? Ni él mismo lo sabía.

—¿Quién te manda?

—Mi hermana Sonia—respondió la niña sonriendo aún más alegremente.

—Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.

—Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo, Polenka.»

—¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?

—La quiero más que... a todo el mundo—afirmó con singular energía Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.

—¿Y a mí me querrás?

En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff, e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en silencio.

—¡Pobre papá!—dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza y enjugándose las lágrimas con la mano—. Ahora no se ven más que desgracias—añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.

—¿Te quería tu papá?

—Quería más a Lidotshka—respondió en el mismo tono serio (su sonrisa había desaparecido),—sentía predilección por ella, porque es la más pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina—añadió la niña con dignidad—. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque ya es tiempo de comenzar mi educación.

—¿Sabes rezar?

—¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor, rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el primero.

—Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.

—Siempre, siempre rezaré por usted—respondió calurosamente la niña; y echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.

Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran las diez dadas cuando salía de la casa.

No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el dvornik indicó en seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.

La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido contenerse.

—Escucha—comenzó a decir Raskolnikoff—, he venido con el solo objeto de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana pásate por mi casa.

—¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión, estás débil.

—¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de entreabrir la puerta?

—¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él. Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito, amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a traer a Zosimoff.

El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.

—Es menester que se acueste usted en seguida—dijo al enfermo—; y tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?

—Ciertamente—respondió Raskolnikoff.

—Harás bien en acompañarle—dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin—; veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.

—¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?—comenzó a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en la calle—. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu persona.

—¿Zametoff te lo ha contado todo?

—Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff; te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible. Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza luego de semejante suposición; yo sé...

Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida, Razumikin hablaba sin tino.

—Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y porque el olor de la pintura me trastornó—contestó.

—El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura: la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese tonto de Zametoff: «Yo no valgo—dice—ni lo que el dedo pequeño de ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el Palacio de Cristal es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.

—¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?

—Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más que nada es que sólo eso te interesa, y ahora comprende por qué te interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.

Durante medio minuto ambos guardaron silencio.

—Escucha, Razumikin—dijo Raskolnikoff—. Quiero hablarte con franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario... He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien... en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la escalera.

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó Razumikin alarmado.

—La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...

—¿Qué he de mirar?

—¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?

Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la habitación de Raskolnikoff había luz.

—Es extraño.

—Estará quizá en ella Anastasia—observó Razumikin.

—No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.

—¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.

—Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.

—¿Qué te pasa, Rodia?

—Nada. Subamos y tú serás testigo...

Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff tenía quizás razón.

—Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla—dijo para sí.

Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.

—¿Qué es esto?—exclamó Razumikin.

Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en el umbral como petrificado.

Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media hora.

La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos. Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos, llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se tambaleó y cayó desvanecido al suelo.

Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.

—No es nada, no es nada—dijo a la madre y a la hermana—. Esto es un desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua! Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.

Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto, su hermano volvía en sí.

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