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El crimen y el castigo

by Fyodor Dostoyevsky

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Tercera Parte

I

Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.

Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre las de su hermano.

—Vuélvete a casa con él—dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a Razumikin—. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?

—Esta noche—respondió Pulkeria Alexandrovna—. El tren traía mucho retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme de ti. Pasaré la noche a tu lado...

—¡No me atormentéis!—replicó Raskolnikoff con cierta irritación.

—Yo me quedaré aquí con él—saltó vivamente Razumikin—; no le dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de anfitrión.

—¡Cómo agradecérselo a usted!—empezó a decir Pulkeria Alexandrovna, estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la palabra.

—No puedo, no puedo...—repitió con tono irritado—; no me atormentéis más. Basta, idos; ¡no puedo!...

—Retirémonos, mamá—indicó en voz baja Dunia, inquieta—; salgamos de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra presencia le atormenta.

—¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres años de separación?—gimió Pulkeria Alexandrovna.

—Esperad un poco—dijo Raskolnikoff—. Me interrumpís y pierdo el hilo de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?

—No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que ha tenido la bondad de venir a verte hoy—añadió con cierta timidez Pulkeria Alexandrovna.

—Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle por la escalera...

—¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible—comenzó a decir la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.

Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las dos señoras se encontraban perplejas.

—Dunia—prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff—, yo me opongo a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se vuelva a hablar más de él.

—¡Dios mío!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—Hermano mío, piensa un poco en lo que dices—observó con vehemencia Dunia; pero en seguida se contuvo—. No te encuentras ahora en tu estado normal: estás fatigado—añadió con tono cariñoso.

—Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la mandas, y asunto concluído.

—Yo no puedo hacer eso—exclamó la joven, un tanto mortificada—. ¿Con qué derecho...?

—Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás viendo?—balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija—. Vamos, vamos; será lo mejor.

—No sabe lo que se dice—exclamó Razumikin con voz que denunciaba su embriaguez—; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.

—¿De modo que es verdad?—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—Hasta mañana, hermano—dijo con tono compasivo Dunia—. Vámonos, mamá... Adiós, Rodia.

El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.

—Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo, o Ludjin. Marchaos.

—Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!—gritó Razumikin.

Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo. Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada. Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.

—No me resuelvo a irme—murmuró trémula, al oído de Razumikin—; me quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.

—Lo echarán ustedes a perder todo—respondió, también en voz baja, Razumikin—. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia, alúmbranos. Juro a ustedes—continuó en voz queda cuando estuvieron en la escalera—que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?... Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.

—Pues bien—replicó Pulkeria Alexandrovna—. Voy a ver a la patrona de mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón. No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...

Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor, apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba con los ojos a Advocia Romanovna.

A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera, no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo, cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel momento una Providencia para ellas.

Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr, llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.

—Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo absurdo—contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna—. De nada le valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle, y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes, en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente, noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor, que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes, no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta. Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil. Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen ustedes? Sí, o no.

—Vamos, mamá—dijo Advocia Romanovna—; lo que promete, lo hará seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?

—Usted me comprende, porque es usted un ángel—dijo Razumikin con exaltación—. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.

Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no hizo ninguna objeción.

Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.

La madre no dejaba de estar inquieta.

«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero, ¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»

El joven adivinó aquel pensamiento.

—¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino—dijo andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían seguirle las dos señoras—. Esto no significa nada... he bebido como un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías, soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes... No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes, por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué no conviene irritarle.

—¿Qué dice usted?—exclamó la madre.

—¿Es posible que el doctor haya dicho eso?—preguntó Advocia Romanovna asustada.

—Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado... Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos! Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo que digo?—gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.

—¡Oh Dios mío, yo no sé!—dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.

—Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas generales—añadió con tono grave Advocia Romanovna.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.

—¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es—vociferó el joven entusiasmado—; usted es una fuente de bondad, de pureza, de razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de rodillas.

Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en aquel momento.

—¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?—exclamó Pulkeria Alexandrovna alarmada ante la actitud del estudiante.

—¡Levántese usted, levántese usted!—dijo Dunia, que, aunque se reía, no dejaba de estar inquieta.

—¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes, es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch. ¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso. ¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida? ¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted es un canalla.

—Escuche usted, señor Razumikin—comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.

—Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado—dijo excusándose el joven—, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!... sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!, todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea! ¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver con Zosimoff; escapo.

—¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?—dijo ansiosamente Pulkeria Alexandrovna a su hija.

—Tranquilízate, mamá—respondió Dunia, quitándose el chal y el sombrero—. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi hermano...

—¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra llegada!

En sus ojos brillaban las lágrimas.

—No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre. Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.

—¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha hablado, Dunia!—siguió diciendo la madre, procurando tímidamente leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había perdonado—. Bien sé que mañana será de otra opinión—añadió, queriendo hacer hablar a su hija.

—Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este asunto...—replicó Advocia Romanovna.

La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados, se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus reflexiones.

Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo, contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad. Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos, negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!

Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero, honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica perfectamente el coup de foudre. Además, quiso la suerte que viese por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.

Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años, conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones arraigadas se lo exigían.

A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.

—No entraré, no tengo tiempo—se apresuró a decir en cuanto abrieron—. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo, y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva. Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.

Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el corredor.

—¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!—exclamó Pulkeria Alexandrovna muy alegre.

—Parece que es de muy buen carácter—contestó Dunia, y comenzó a pasearse de nuevo por la habitación.

Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos. Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado como un oráculo.

Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a Pulkeria Alexandrovna.

Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones, cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención, Zosimoff desarrolló con gusto este tema.

Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él, Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan interesante de la Medicina.

—Pero—añadió—, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas emociones—terminó diciendo con tono significativo.

Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial, salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.

—Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo de que descansen—ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff—. Mañana a primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.

—¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!—observó con acento sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.

—¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?—rugió Razumikin lanzándose sobre el doctor y agarrándole por el cuello—. Si te atreves... ¿Me entiendes? ¿Me entiendes?—gritó apretándole la garganta y arrojándolo contra la pared—. ¿Me entiendes?

—Déjame. ¡Demonio de borracho!—dijo Zosimoff, tratando de soltarse de las manos de su amigo.

Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.

El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y la cara triste.

—Es verdad, soy un bestia—dijo con aire sombrío—; pero tú también lo eres.

—No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.

Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado, rompió el silencio:

—Escucha—dijo a Zosimoff—, tú eres un buen amigo, pero tienes una variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita, te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades. Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama. Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente: voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.

—¡Pero si yo no sospecho!

—Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna... Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.

Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.

—Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de hacerle la corte?

—Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro que no te pesará.

—Pero, ¿a qué viene todo eso?

—Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde? Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes, sabrosas blinas16, excelentes pasteles de pescado, el samovar por la tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo, vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse. Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.

II

Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía, al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita jornada precedente.

Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor. ¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna, ¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda. ¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso. ¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera? ¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una aproximación entre dos seres tan semejantes?

El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo daño en la mano y rompió un ladrillo.

—No hay duda—murmuró al cabo de un rato con profunda humillación—; ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y el mal está hecho.

Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...» Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.

Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para... ¡De ninguna manera!»

Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna, entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo. Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.

—¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!—añadió—. Con un cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a ir a verlas o si vendrán ellas?

—Presumo que vendrán—respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le hacía esta pregunta—; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más derecho que yo.

—Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son escuchar sus secretos; yo también me iré.

—Me inquieta una cosa—repuso Razumikin frunciendo el entrecejo—. Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una predisposición a la locura.

—Lo mismo le dijiste a las señoras.

—Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros, sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?

—¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa, me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque, aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua; las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades... La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.

—¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.

—Y a Porfirio Petrovitch.

—¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?

—Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.

—Se lo diré—respondió con aire contrariado Razumikin.

—Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su presencia.

A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío, saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.

Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para ponerlo en la mesa.

Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le dirigió Pulkeria Alexandrovna.

Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo, la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por satisfechas.

—Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé todavía su nombre!...—dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.

—Demetrio Prokofitch.

—Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra ahora?

—¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.

—¡Ah! ¡Dios lo quiera!—exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.

Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que, naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí mismo.

—Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le admiraba—dijo Advocia Romanovna, sonriendo—. Debe de haber alguna mujer en su existencia—añadió la joven, pensativa.

—No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...

—¿Qué?

—No ama a nadie; quizá no amará jamás—replicó Razumikin.

—Es decir, que es incapaz de amar.

—¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su hermano bajo todos los aspectos?—dijo aturdidamente el joven.

Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia no pudo por menos que reírse.

—Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia—apuntó Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida—. No me refiero al presente, Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua. Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?

—¿No sabía usted nada de esos amores?—preguntó Advocia Romanovna.

—¿Usted creerá—prosiguió la madre con animación—que le conmoverían mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se puede decir por eso que no nos quiere?

—Nada me ha dicho jamás de tal asunto—respondió con reserva Razumikin—; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante extraño.

—¿Qué es lo que ha sabido usted?—preguntaron a un tiempo las dos mujeres.

—¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de otro modo, ¿cómo comprender...?

—Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito—afirmó lacónicamente Advocia Romanovna.

—Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte. Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto ese matrimonio—dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y Ludjin.

Este incidente parecía inquietarla sobre manera...

El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la enfermedad que éste padecía.

—Antes de estar malo—dijo—ya lo tenía premeditado.

—Así lo creo yo también—replicó Pulkeria Alexandrovna, con la consternación pintada en su semblante.

Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.

—¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro Petrovitch?—no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.

—No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta señorita—respondió con tono firme y caluroso Razumikin—. Y no es por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque... porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí, insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora me da vergüenza de...

Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.

Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba sobre todas las cosas cierta circunstancia.

—Vea usted, Demetrio Prokofitch—comenzó a decir—. Debemos de ser francas con él, Dunetchka.

—Sin duda, mamá—respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.

—Verá usted de lo que se trata—se apresuró a decir la madre, como si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho—. Esta mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch, respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación, como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...

Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.

«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte, no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento. Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted una explicación personal a propósito de un punto que acaso no interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch, me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá atribuir a sí misma la causa de mi determinación.

»Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.

»Pedro Petrovitch Ludjin.»

—¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?—preguntó Pulkeria Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas—. ¿Cómo decirle a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo... Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a suceder entonces?

—Siga usted el consejo de Advocia Romanovna—respondió tranquilamente Razumikin.

—¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona las últimas monedas de plata que...

—Que representan para ti tantos sacrificios, mamá—interrumpió la joven.

—Ayer no estaba en su estado normal—dijo con aire pensativo Razumikin—. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...

—Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!—observó Dunia, mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto de su atavío.

—Un regalo de su prometido—pensó Razumikin.

—Es, efectivamente, hora de salir—dijo su madre con apresuramiento—. Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche; a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!

Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.

Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las mujeres que saben llevar humildes vestidos.

—Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto—dijo Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de Raskolnikoff.

Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito de espanto.

III—¡Va bien, va bien!—exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las dos mujeres.

El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo, estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.

Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y disimular sus impresiones.

—Sí, veo ahora que estoy casi curado—dijo Raskolnikoff, besando a su madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría el rostro de Pulkeria Alexandrovna—. Y no lo digo como ayer—añadió dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.

—También yo estoy asombrado de su notable mejoría—dijo Zosimoff—. De aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes, es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora que tenía usted alguna parte de culpa—terminó con sonrisa reprimida el doctor, temeroso de irritar al enfermo.

—Es muy posible—replicó fríamente Raskolnikoff.

—Ahora que se puede hablar con usted—prosiguió Zosimoff—, quisiera convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un proyecto, y perseguirlo tenazmente.

—Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto posible, y entonces todo marchará como una seda.

El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita que les hizo la noche anterior.

—¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?—preguntó Raskolnikoff con voz inquieta—. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan penoso?

—¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no nos acostamos nunca antes de esa hora!

—No sé cómo darles las gracias—continuó Raskolnikoff, que de repente frunció las cejas y bajó la cabeza—. Prescindiendo de la cuestión de dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)—dijo dirigiéndose a Zosimoff—, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés. No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.

—No se atormente usted—replicó Zosimoff afectando reírse—; supóngase usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos, tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.

—Y no digo nada de éste—siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a Razumikin—. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!

—¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental—exclamó Razumikin.

Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta, observaba atentamente a su hermano.

—De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar—dijo Raskolnikoff, que parecía recitar una lección aprendida por la mañana—; hoy solamente he podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a casa.

Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía. Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de alegría.

Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.

—Aunque no fuera más que por esto le querría—murmuraba con su tendencia a exagerarlo todo—. Son impulsos propios de él.

—¡Qué bien ha estado!—murmuró la madre para sí—. ¡Qué nobles arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más delicada de poner fin al rozamiento de ayer?—¡Ah, Rodia—añadió en voz alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff—, no puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la impresión que nos hizo esta noticia.

—Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable—murmuró Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.

—¿Qué es lo que yo quería deciros?—continuó esforzándose por coordinar sus recuerdos—. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti, Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he esperado en casa a que ustedes vinieran.

—¿Por qué dices eso, Rodia?—exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos asombrada que su hija.

—Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía—pensaba Dunia—; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura formalidad o recitase una lección.

—En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre... Hasta hace un momento no me he podido vestir.

—¿Sangre? ¿Qué sangre?—preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.

—No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio, paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el traje.

—¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!—interrumpió Razumikin.

—Es verdad—respondió Raskolnikoff algo inquieto—, me acuerdo de todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he hecho, por qué he ido a ese sitio.

—Es un fenómeno muy conocido—observó Zosimoff—; se realizan los actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias; pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y depende de diversas impresiones morbosas.

La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito. Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una extraña sonrisa.

—Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido hace un momento—se apresuró a decir a Razumikin.

—¡Ah, sí!—dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño—. Me manché de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija... Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese dinero.

—No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que tú haces está bien hecho—respondió la madre.

—No, no estás muy convencida—replicó él procurando sonreírse.

La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras, silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada cual de los presentes lo comprendía.

—¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?—dijo de repente Pulkeria Alexandrovna.

—¿Qué Marfa Petrovna?

—Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi última carta.

—¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?—dijo el joven con el estremecimiento propio del hombre que despierta—. ¿Es posible que haya muerto? ¿Y de qué?

—De repente—se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a seguir por la curiosidad que demostraba su hijo—. Murió precisamente el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.

—¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?—preguntó Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.

—No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia, y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la paciencia.

—De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.

La joven frunció el entrecejo.

—Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más detestable—respondió casi temblando, y se quedó pensativa.

—Había ocurrido esta escena por la mañana—continuó Pulkeria Alexandrovna—. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar, porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho apetito.

—¿A pesar de los golpes?

—Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el agua, le dió un ataque de apoplejía.

—No es extraño—observó Zosimoff.

—¡Como su marido le había pegado tanto!

—¿Qué importa eso?—dijo Advocia Romanovna.

—¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías—dijo Raskolnikoff con súbita irritación.

—¡Pero si no sabía de qué hablar!—confesó cándidamente Alexandrovna.

—Parece que me tenéis miedo—observó el joven con amarga sonrisa.

—Es la verdad—respondió Dunia fijando en su hermano una mirada severa—. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la cruz; tan asustada estaba.

Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a darle una convulsión.

—¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices eso, Dunia?—añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna—. En el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.

—¡Basta, mamá!—murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le estrechó la mano—; tiempo tenemos de hablar.

Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie. La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que, olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se dirigió a la puerta.

—¿A dónde vas?—gritó Razumikin asiéndole por un brazo.

Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.

—¡Qué fastidiosos son ustedes!—gritó de repente—. Digan algo. ¿Por qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar calladas.

—¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como ayer—dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó Advocia Romanovna con inquietud.

—Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento—y Raskolnikoff se echó a reír.

—Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...—murmuró Zosimoff levantándose—. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más tarde una vuelta por aquí.

Saludó y salió.

—¡Qué buen hombre!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído, inteligente...—dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con desacostumbrada animación—. No me acuerdo adónde le he visto antes de mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre excelente!—añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin, el cual acababa de levantarse.

—Es preciso que me vaya...—dijo—. Tengo que hacer.

—Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que yo...

—Es un regalo de Marfa Petrovna.

—Y ha costado muy caro—añadió Pulkeria.

—Creía que era un obsequio de Ludjin.

—Aun no ha dado nada a Dunetshka.

—¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise casarme?—dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su hijo le hablaba.

—¡Ah! sí—respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con Dunia y Razumikin.

—¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven enfermiza y raquítica—continuó como absorto y sin levantar los ojos del suelo—. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido más—añadió sonriéndose—. Aquello no tenía importancia... Fué una locura de primavera.

—No, no era solamente una locura de primavera—afirmó Dunia con convencimiento.

Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.

—¿La amas aún?—dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.

—¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que me causa la misma impresión cuanto me rodea.

Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.

—Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué preguntarme?—añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a morderse las uñas y se quedó como ensimismado.

—¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro—dijo bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso silencio—: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu hipocondría.

—¿Esta habitación?—repitió él con aire distraído—. Sí, ha contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué ideas tan extrañas acabas de expresar!—añadió de repente con sonrisa enigmática.

Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había, sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.

—Ante todo he de pedirte, Dunia—comenzó a decir con tono seco—, que me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo. Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.

—Hijo mío, hablas como ayer—exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna—; ¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.

—Hermano mío—respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad ni en violencia al de Raskolnikoff—, la falta de acuerdo en que nos encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.

—Miente—pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas—. ¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a todos!

—En una palabra—continuó Dunia—, me caso con Pedro Petrovitch, porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De qué te ríes?

Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de cólera.

—¿Que lo cumplirás todo?—preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.

—Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme. ¿Por qué sigues riéndote?

—Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que sabes ruborizarte.

—No es verdad, yo no miento—gritó la joven perdiendo su sangre fría—. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida, y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?

—¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum! sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?

—Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch—dijo Dunia.

Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa. Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.

—No comprendo nada—comenzó a decir sin dirigirse a nadie—: pronuncia discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un hombre sin cultura.

Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.

—Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de negocios—añadió Raskolnikoff.

—Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se enorgullece de ser hijo de sus obras—dijo Advocia Romanovna un poco contrariada del tono con que le hablaba su hermano.

—Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo, he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además, manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis, os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo. ¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?

—No—respondió Dunia—; bien me hago cargo de que ha expresado demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano mío. Yo no esperaba...

—Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe, de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta «notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida. En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de todas veras deseo.

Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la noche.

—Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?—preguntóle su madre, cuya inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como un hombre de negocios.

—¿Qué quiero decir?

—Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.

—Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para vosotras—contestó fríamente Raskolnikoff.

—Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con ella—se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.

—Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que venga—continuó la joven dirigiéndose a Razumikin—. Mamá, me permito hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.

—Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis—añadió su madre—. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.

IV

En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande, que dió un paso hacia atrás para retirarse.

—¡Ah! ¿es usted?—dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él también se quedó turbado.

Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes, contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca», acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza, que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada, iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.

—No esperaba a usted—se apresuró a decir invitándola con la mirada a que se quedase—. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese aquí.

Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama, mostró a la joven la silla de Razumikin.

—Tú siéntate aquí—dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el sofá.

Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras. Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia Raskolnikoff.

—Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia—dijo con voz trémula—. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina Ivanovna espera que le concederá este honor.

—Ciertamente... haré lo posible por complacerla—balbució Raskolnikoff, que se había incorporado a medias—. Tenga usted la bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.

Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras, bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.

—Mamá—dijo con voz vibrante—, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un coche y del cual ya te he hablado.

Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.

—Quería preguntar a usted—prosiguió Rodia—qué ha pasado hoy en su casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la policía...

—No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se han incomodado.

—¿Por qué?

—Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.

—¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?

—Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.

—¿Da una comida?

—Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer los gastos del funeral.

Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.

Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se advertía otra particularidad característica en su rostro como en su persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla. Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.

—¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una colación?—preguntó Raskolnikoff.

—El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto; después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo está y cómo es ella.

—Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.

—Ayer se desprendió usted de todo por nosotras—respondió Sonia con voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.

Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar. Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.

—Rodia—dijo levantándose—, supongo que comeremos juntos. Vámonos, Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte fatigado.

—Sí, sí, iré—se apresuró a responder, levantándose también...—Tengo algo que hacer antes.

—¡Cuidado con irte a comer a otra parte!—exclamó Razumikin, mirando con asombro a Raskolnikoff—. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.

—No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?

—No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio Prokofitch, a comer con nosotras—dijo Pulkeria Alexandrovna.

—Yo también se lo ruego, venga usted—añadió Dunia.

Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos experimentaron un malestar extraño.

—Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós, Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.

Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió precipitadamente de la habitación.

No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó, se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le hubiese afectado penosamente.

—Dunia, adiós—dijo Raskolnikoff desde el rellano—; dame la mano.

—Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?—respondió la joven, volviéndose hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.

—Bueno, dámela otra vez—y estrechó de nuevo la mano de su hermana.

Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que podamos decir por qué.

—¡Ea! Está bien—exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que se había quedado en el cuarto.

Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.

La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que Marmeladoff le había contado de su hija.

—Oye el asunto de que quería hablarte—prosiguió el joven tomando del brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.

—¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?

Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.

—Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.

E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.

—¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A Porfirio Petrovitch.

—Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?—repuso Razumikin.

—¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?

—Sí, ¿y qué?—insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba la conversación.

—Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de comer me preguntará mi madre por el reloj.

—No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio Petrovitch—exclamó Razumikin extremadamente agitado—. ¡Oh, qué contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro estoy de que le encontraremos.

—Sea; vamos.

—Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti. Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja? ¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.

—Sofía Semenovna—rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven añadió—: Mi amigo Razumikin, excelente persona.

—Si usted tiene que salir...—comenzó a decir Sonia a quien esta presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a levantar los ojos para mirar a Razumikin.

—¡Ea, vamos!—dijo Raskolnikoff—: yo pasaré por su casa, Sofía Semenovna. Dígame sus señas.

Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin ruborizarse. Los tres salieron juntos.

—¿No cierras la puerta?—preguntó Razumikin mientras bajaban la escalera.

—Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura. ¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!—añadió alegremente dirigiéndose a Sonia.

Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.

—¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo ha podido dar con mi habitación?

Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.

—¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!

—¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que le di mis señas?

—¿Lo había usted olvidado?

—No... me acuerdo.

—Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff? Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted un cuarto amueblado...

Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita. Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día, quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.

—¡Ah, ojalá no venga hoy!—murmuró angustiada—. ¡Dios mío! ¡En mi casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!

Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad; todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y encaminarse a su casa.

«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo averigüe.»

Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él. Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola, andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de ella a una distancia de cinco pasos.

Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría, seria y fija.

El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral. El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado. Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»—dijo para sí el señor, y subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos palabras escritas con tiza: Kapernumoff, Sastre. «¡Bah!»—repitió el hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.

—¿Usted vive en casa de Kapernumoff?—dijo, riéndose, a Sonia—. Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!

Sonia le miró con atención.

—Somos vecinos—continuó diciendo con tono alegre—. Llegué ayer a San Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.

Sonia no respondió.

Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y vergonzosa.


Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de su amigo.

—Perfectamente, querido—repetía muchas veces—. Estoy encantado, lo que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?

—¿Que cuándo estuve?—murmuró Raskolnikoff, como procurando recordar—. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos—se apresuró a decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado—. No tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la influencia de ese maldito delirio.

Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».

—Vamos, sí, sí—contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que se le había ocurrido en aquel instante—. ¿De modo que por eso tú...? La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro, ahora todo me lo explico.

«¡Oh!—pensó Raskolnikoff—esa idea se la había metido en la cabeza; tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus sospechas.»

—¿Y qué, le encontraremos?—preguntó en alta voz.

—Ya lo creo que le encontraremos—respondió sin vacilar Razumikin—. Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente; pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico; le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al viejo juego, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!

—¿Y por qué?

—¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo: «¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme, Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...

—¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas razón—respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.

Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez de instrucción no dejaba de inquietarle.

«Lo esencial es saber—pensó Raskolnikoff—si Porfirio tiene conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto. Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho, que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré sincero.»

—¿Sabes una cosa?—dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con maliciosa sonrisa—. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado. ¿No es verdad?

—No, de ninguna manera—respondió Razumikin contrariado.

—No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos; te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del color de la grana.

—¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?

—¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez colorado?

—¡Eres insoportable!

—Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra persona!

—Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!—murmuró Razumikin helado de terror—. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!

—Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos, veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada! ¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!

—¡¡¡Indecente!!!

Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería Raskolnikoff.

—¡Si dices una palabra, te reviento!—murmuró Razumikin furioso, agarrando por un brazo a su amigo.

V

Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa, cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo, porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.

—¡Ah, bribón!—vociferó con tan violento ademán, que derribó un veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.

—Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un perjuicio que causan ustedes al Estado—exclamó alegremente Porfirio Petrovitch.

Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que representaba.

Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón, sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte, y su presencia le causó una desagradable sorpresa.

«He ahí una cosa con la que no contaba»—pensó.

—Perdóneme usted, se lo suplico—dijo alto, con cortedad fingida, Raskolnikoff.

—¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días—añadió Porfirio Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.

—No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado más.

—¡Imbécil!—gritó Razumikin, sin volver la cabeza.

—Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla insignificante—observó, riendo, Porfirio Petrovitch.

—Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al diablo!—replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch—. Basta de tonterías, y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene, además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?

«¿Qué quiere decir esto?»—se preguntó con inquietud Raskolnikoff.

La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo, se repuso en seguida.

—Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos—dijo con desenvoltura.

—¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?

El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años, más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza, gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado, no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía. A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por mucho tiempo al observador inteligente.

En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio, Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.

Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima. Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa, cosa que pasaba los linderos de lo natural.

«¡Ese imbécil!»—decíase interiormente Raskolnikoff.

—Es preciso hacer una declaración a la policía—respondió con indiferencia Porfirio Petrovitch—. Expondrá usted que, informado de tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya se le escribirá a usted.

—Desgraciadamente—replicó Raskolnikoff con fingida cortedad—no estoy en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas... ¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos, y que, en cuanto tenga dinero...

—Eso no importa—replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente esta explicación financiera—; por lo demás, puede usted, si quiere, escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...

—¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?—interrumpió Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del aspecto pecuniario de la cuestión.

—¡Oh! en cualquier papel.

Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba, porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.

«Ese lo sabe»—se dijo instantáneamente.

—Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa—añadió bastante desconcertado—. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando supe...

—Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff, que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos empeñados—recalcó con intención evidente Razumikin.

Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas, comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató de repararla.

—Parece que te burlas de mí, amigo mío—dijo a Razumikin, con aire ofendido—. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí. Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras, pero mi madre ha venido a verme—y al decir esto se volvió hacia el juez—, y si supiese—continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo—, si supiese que no tengo el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las mujeres!

—¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi pensamiento—protestaba Razumikin todo acongojado.

—¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?—se preguntaba ansiosamente Raskolnikoff—. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?

—¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?—preguntó Porfirio Petrovitch.

—Sí.

—¿Cuándo ha llegado?

—Ayer noche.

El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.

—Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse jamás—repuso con tono tranquilo y frío—. Desde hace tiempo, esperaba yo la visita de usted.

Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció; pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba en preservar el tapete.

—¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado algunas cosas?

Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.

—Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.

—¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!—dijo Raskolnikoff con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió bruscamente—: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí, mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no olvida usted ni a uno... y... y...

«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»

—Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había presentado aún—respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de burla.

—No me encontraba muy bien.

—Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo. Todavía está usted pálido.

—No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien—respondió Raskolnikoff con tono brutal y violento.

Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.

«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería—pensó—. Pero, ¿por qué me exasperan?»

—Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!—exclamó Razumikin—. La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas, aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa semejante? Es un caso de los más notables.

—¡Bah! ¿En estado completo de delirio?—dijo Petrovitch con el movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.

—Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de decirle a usted esto. La convicción de usted está formada—dejó escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.

—¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado delirando?—dijo exaltándose Razumikin—. ¿Para qué semejante salida? ¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales. Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.

—Me habían fastidiado tanto ayer...—dijo Raskolnikoff dirigiéndose al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío—, y queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad. El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted el árbitro de nuestra disputa.

En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.

—Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza; pero le encontré a usted demasiado irascible—declaró secamente Zametoff.

—Y hoy—añadió Porfirio—me ha dicho Nikodim Fomitch que había encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...

—Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía—dijo Razumikin—. ¿No te has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.

—Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado durante media hora en mi insubstancial palabrería—prosiguió con los labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio—. He importunado a ustedes, ¿no es eso?

—¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy encantado de haber recibido su visita.

—¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco—exclamó Razumikin.

—¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido, ¿eh?

—¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?

Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.

En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba por extremo excitado.

—Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en la cara desfachatadamente!—decía temblando de rabia—. Id derechamente contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.

Respiró con ansia y continuó pensando:

—¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen. Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen; pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha observado que yo le hablé con mucha sutileza? ¿por qué me han hablado con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda. Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado. ¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo... Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche... Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía. La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al dvornik... ¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza. ¿Por qué he venido?»

Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago. Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen humor.

—Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de cabeza—comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no había demostrado hasta entonces—; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién quedó la victoria?

—Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo siguiente—agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff—: ¿hay crímenes o no los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!

—¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni siquiera tiene el mérito de la novedad—respondió distraídamente Raskolnikoff.

—La cuestión no se planteó en esos términos—observó el juez.

—Es verdad, no fué precisamente en esos términos—repuso Razumikin con su insistencia de costumbre—. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.

—A propósito de crimen y de ambiente—dijo Porfirio Petrovitch, dirigiéndose a Raskolnikoff—; recuerdo un trabajo de usted que me interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el Crimen... no me acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en La Palabra Periódica.

—¡Un artículo mío en La Palabra Periódica!—exclamó Raskolnikoff, sorprendido—. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé a La Palabra Semanal y no a La Palabra Periódica.

—Pues fué publicado en esta última.

—Como La Palabra Semanal suspendió su publicación, mi artículo no pudo salir.

—Pero como esa revista se fundió con La Palabra Periódica, hace dos meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía usted?

—No.

—Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni siquiera se entera de lo que directamente le interesa.

—¡Muy bien, Rodia!—exclamó Razumikin—. Tampoco yo lo sabía. Hoy mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué callado se lo tenía!

—¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.

—Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó sobremanera.

—Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico del delincuente en el momento de cometer el crimen.

—Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia, explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales; hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.

Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se sonrió.

—¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del ambiente. ¿No es eso?—preguntó Razumikin con inquietud.

—No, no se trata de eso—replicó Porfirio—. En dicho artículo se clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley; los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.

—¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!—balbució Razumikin estupefacto.

Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de su artículo no vaciló en explicarlo.

—No es eso—comenzó a decir con tono sencillo y modesto—. Confieso, no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud (pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría tenido el deber de suprimir a esos diez, a esos cien hombres, a fin de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes, porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas, que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues, a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera, de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar; sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable. La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la nueva Jerusalén, por supuesto...

—De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.

—Sí que creo—respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un punto del tapete.

—¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.

—Sí que creo—repitió el joven mirando a Porfirio.

—¿Y en la resurrección de Lázaro?

—Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?

—¿Y cree usted al pie de la letra?

—Al pie de la letra.

—Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero, permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario, que...

—¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...

—Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.

—Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En general, la observación es muy exacta.

—Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted, «a suprimir todos los obstáculos...»

—Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que la primera.

—Muchas gracias.

—No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores», y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos... Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse por ellos.

—¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas, confiese usted que la cosa será bastante desagradable.

—Tampoco por eso se debe usted inquietar—prosiguió en el mismo tono Raskolnikoff—. En general, nace un número muy escaso de hombres con una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas, un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas). Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera; pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.

—Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?—gritó Razumikin—. Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro! ¿Hablas con formalidad, Rodia?

Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego dijo:

—Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo sería la autorización legal, oficial...

—Exacto, más espantosa—afirmó Porfirio.

—No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo lo leeré.

—No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa cuestión—dijo Raskolnikoff.

—Sí, sí—repuso el juez—; ahora comprendo sobre poco más o menos la manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma... futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...

Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.

—Obligado estoy a reconocer—respondió éste con calma—que, en efecto, existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se dejan cazar con él.

—¿Lo está usted viendo?

—¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el asesinato—añadió señalando a Razumikin—; ¿qué importa? ¿Acaso no está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones, las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué inquietarse? ¡Buscad al ladrón!

—¿Y si le encontramos?

—Peor para él.

—Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?

—¿Y a usted qué le importa eso?

—Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.

—El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su castigo, independientemente del presidio.

—¿De modo—preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo—, que los hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?

—¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar honda tristeza en la tierra—añadió Raskolnikoff, acometido de súbita melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.

Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de ello.

Todos se levantaron.

Porfirio Petrovitch volvió a la carga.

—Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta. Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una idea que se me ha ocurrido...

—¡Bueno!... diga usted su idea—respondió Raskolnikoff en pie, pálido y serio, frente al juez de instrucción.

—Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable... que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de quienes hablaba hace poco... ¿No es así?

—Es muy posible—respondió desdeñosamente Raskolnikoff.

Razumikin hizo un movimiento.

—Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad, no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo... a matar y a robar?

Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como antes.

—Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted—replicó Raskolnikoff con acento altanero de desafío.

—Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria; la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo de usted.

«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»—pensó Raskolnikoff con algo de desprecio.

—Permítame usted que le diga—respondió secamente—que yo no me creo ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género: por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si estuviese en lugar de ellos.

—¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?—dijo con brusca familiaridad el juez instructor.

Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.

—¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta semana última?—saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.

Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se dispuso a salir.

—¿Se marcha usted ya?—dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la mano al joven con extrema amabilidad—. Estoy encantado de haberle conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once. Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los últimos que ha estado allí, podrá quizá decirnos algo—añadió en tono de campesino el juez de instrucción.

—¿Trata usted de interrogarme en toda regla?—preguntó secamente Raskolnikoff.

—De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como usted es el último que estuvo... A propósito—exclamó con súbita alegría—, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba... (al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su inocencia—prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff—. Pero, ¿qué hacer? Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?

—Sí—respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no tenía necesidad de dar.

—Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos obreros.

—¿Pintores? No, no los vi...—respondió lentamente Raskolnikoff, como si tratase de recordar.

Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta hecha por el juez de instrucción.

—No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el cuarto—continuó muy contento de haber descubierto la trampa—; de lo que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...

—¡Pero qué estás diciendo!—gritó de repente Razumikin, que hasta entonces había estado como reflexionando—: Si fué el mismo día del asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?

—¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas—exclamó Porfirio dándose una palmada en la frente—. ¡Qué diablos! este asunto me hace perder la cabeza—añadió a modo de excusa dirigiéndose a Raskolnikoff—. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.

—Pues convendría fijarse más—gruñó Razumikin.

Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de atravesar por una prueba penosa.

VI—No lo creo. No puedo creerlo—repetía Razumikin, que hacía toda clase de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.

Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.

En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez que los dos jóvenes hablaban de aquello sin valerse de palabras encubiertas.

—No lo creas si no quieres—respondió con fría e indiferente sonrisa Raskolnikoff—. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo he pesado cada palabra.

—Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?

—Habrá cambiado de opinión desde ayer.

—No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...

—Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente; acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en estas cosas. Dejémoslas.

—¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos, calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él? En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es vergonzoso!

«Se ha despachado, convencido de lo que dice»—pensó Raskolnikoff.

—¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro interrogatorio!—respondió tristemente—; será menester que yo me rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff en el traktir.

—¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente, y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff... ¡Espera!—gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el brazo—¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú hubieras hecho eso, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?

—Si yo hubiese hecho tal cosa, no habría dejado de decir que había visto a los obreros—repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella conversación con violento disgusto.

—¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?

—Porque solamente los mujiks y las personas más limitadas lo niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera, modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí; creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un sentido favorable a mi causa.

—Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.

—Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la casa dos días antes del crimen.

—¿Pero, cómo olvidarlo?

—Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos; respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios. Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú supones.

—Eso quiere decir que es un pillo.

Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él, que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y porque no podía menos.

«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»—pensaba.

Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que bien pronto llegó a ser intolerable.

Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.

—Entra solo—dijo bruscamente Raskolnikoff—; vuelvo en seguida.

—¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?

—Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú les dirás...

—Bueno, te acompaño.

—¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?

Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan largo retraso.

Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor, y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo. En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared: si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en contra suya!

Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la calle.

—Ahí lo tiene usted—gritó una voz.

El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una especie de khalat y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado. A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.

—¿Qué es eso?—preguntó acercándose al dvornik.

El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.

—Pero, ¿qué significa esto?—gritó Raskolnikoff.

—Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.

El dvornik estaba también un poco asombrado; pero no con exceso. Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.

Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta suerte sin decir una palabra.

—Usted ha preguntado por mí al dvornik...—comenzó a decir Raskolnikoff sin levantar la voz.

El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un nuevo silencio.

—Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere decir esto?—añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las palabras salían con trabajo de sus labios.

Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión siniestra.

—¡Asesino!—dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.

Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda. Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con extraordinaria violencia.

Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.

—¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?—balbuceó Raskolnikoff con voz casi ininteligible.

—Tú eres el asesino—replicó el otro recalcando sus palabras con más precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.

Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.

Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con expresión de odio frío y triunfante.

Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa, permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro. Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la sala y se aproximó con precaución al sofá.

—¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde—dijo en voz baja Anastasia.

—Tienes razón—respondió Razumikin.

Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.

—¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...? ¿Es esto posible?—continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial—. Y el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa que no podía suponerse?

Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento disgusto de sí mismo.

—¡Yo debía suponer esto!—pensó con amarga sonrisa—. ¿Cómo me he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...—murmuró desesperado.

A veces se detenía ante este pensamiento.

—No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero amo a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París, olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne sino de bronce.

Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.

—¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?», preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!

De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:

—La vieja no significa nada—se decía en un acceso—. Supongamos que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima! Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco, por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar «la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal, y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un gusanillo estético nada más, nada más—añadió riendo de repente como un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados—. Sí, en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah! ¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy definitivamente un gusano—añadió rechinando los dientes—, porque soy más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque presentía que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere! ¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones! ¡Obedece, temblorosa criatura, y guárdate de querer, porque eso no es cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!

Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y su mirada inmóvil no se apartaba del techo.

—¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...! ¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!... ¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!

Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas, la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado. Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero, de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa, continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»—pensó este último, y se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a alguna distancia; entraron en un pereulok. El hombre no se volvía. «¿Sabe que le sigo?»—se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven. Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto, dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste, se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está este manto aquí?—pensó—; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto. Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara; pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»—se dijo Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí, reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo, multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra. Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies en el suelo; quiso gritar y se despertó.

Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no conocía y que le miraba con atención.

Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió. «Esta es la continuación de mi sueño»—pensó mientras abría casi imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle. Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff. Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía la barba espesa, de un color rubio casi blanco.

Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.

—Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?

—Bien sabía que su sueño no era más que una ficción—respondió el desconocido con sonrisa tranquila—. Permítame usted que me presente: Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...

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