Primera Parte
I
Una tarde muy calurosa de principios de julio, salió del cuartito que ocupaba, junto al techo de una gran casa de cinco pisos, un joven, que, lentamente y con aire irresoluto, se dirigió hacia el puente de K***.
Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona que habitaba en el piso cuarto, y cuya cocina, que tenía la puerta constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando salía el joven, había de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que esto ocurría experimentaba aquél una molesta sensación de temor que, humillándole, le hacía fruncir el entrecejo. Tenía una deuda no pequeña con su patrona y le daba vergüenza el encontrarla.
No quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada de eso; pero la verdad era que, desde hacía algún tiempo, se hallaba en cierto estado de irritación nerviosa, rayano con la hipocondría. A fuerza de aislarse y de encerrarse en sí mismo, acabó por huir, no solamente de su patrona, sino de toda relación con sus semejantes.
La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dejó de ser sensible a sus efectos. Había renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y, en el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que ésta pudiera tomar en contra suya. Pero el verse detenido por ella en la escalera, el oír las tonterías que pudiera dirigirle, el sufrir reclamaciones, amenazas, lamentos y verse obligado a responder con pretextos y mentiras, eran para él cosas insoportables. No; era preferible no ser visto de nadie, y deslizarse como un felino por la escalera.
Esta vez él mismo se asombró, cuando estuvo en la calle, del temor de encontrar a su acreedora.
«¿Debo asustarme de semejantes simplezas cuando proyecto un golpe tan atrevido?—se decía, riendo de un modo extraño—. Sí... el hombre lo tiene todo entre las manos y lo deja que se le escape en sus propias narices tan sólo a causa de su holgazanería... Es un axioma... Me gustaría saber qué es lo que le da más miedo a la gente... Creo que temen, sobre todo, lo que les saca de sus costumbres habituales... Pero hablo demasiado... Tal vez por el hábito adquirido de monologar con exceso no hago nada... Verdad es que con la misma razón podría decir que es a causa de no hacer nada por lo que hablo tanto. Un mes completo hace que he tomado la costumbre de monologar acurrucado durante días enteros en un rincón, con el espíritu ocupado con mil quimeras. Veamos: ¿por qué me doy esta carrera? ¿Soy capaz de eso? ¿Es serio eso? No, de ningún modo; patrañas que entretienen mi imaginación, puras fantasías.»
Hacía en la calle un calor sofocante. La multitud, la vista de la cal, de los ladrillos, de los andamios y esta fetidez especial, tan conocida de los habitantes de San Petersburgo que no pueden alquilar una casa de campo durante el verano, todo contribuía a irritar cada vez más los nervios del joven. El insoportable olor de las tabernas y figones, muy numerosos en aquellas partes de la ciudad, y los borrachos que a cada paso se encontraba, aunque aquel era día laborable, acabaron por dar al cuadro un repugnante colorido.
Hubo un momento en que los finos rasgos de la fisonomía de nuestro héroe expresaron amargo disgusto. Digamos con este motivo que no carecía de ventajas físicas; era alto, enjuto y bien formado; tenía el cabello castaño y hermosos ojos de color azul obscuro. Poco después cayó en profunda abstracción o más bien en una especie de sopor intelectual. Andaba sin reparar en los objetos que encontraba al paso y sin querer reparar en ellos. De vez en cuando murmuraba algunas palabras; porque, como él reconocía poco antes, tenía por costumbre el monologar. En aquel momento echó de ver que se embrollaban sus ideas, y que estaba muy débil: puede decirse que había pasado dos días sin comer.
Iba tan miserablemente vestido, que otro que no hubiera sido él habría tenido escrúpulos para salir en pleno día con semejantes andrajos. A decir verdad, en aquel barrio se podía ir de cualquier modo. En los alrededores del Mercado del Heno, en esas calles del centro de San Petersburgo habitadas en su mayoría por obreros, a nadie asombra la más rara indumentaria. Pero tan arrogante desdén existía en el alma del joven, que, a pesar de su vergüenza, algunas veces cándida, no le daba ninguna de ostentar en la calle sus harapos.
Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno de sus amigos o antiguos camaradas, de cuyo encuentro huía siempre... Sin embargo, se detuvo de pronto al notar, merced a esas palabras pronunciadas con voz burlona, que atraía la atención de los paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero alemán». El que acababa de lanzar esta exclamación era un borracho a quien conducían, no sabemos dónde ni por qué, en una gran carreta.
Con un movimiento convulsivo, el aludido se quitó el sombrero y se puso a examinarlo. Era el tal sombrero de copa alta, comprado en casa de Zimmerman, pero ya muy estropeado, raído, agujereado, cubierto de abolladuras y de manchas, sin alas: en una palabra, horrible. A pesar de todo, lejos de mostrarse herido en su amor propio, el poseedor de aquella especie de gorro experimentó más inquietud que humillación.
—¡Ya me lo figuraba yo!—murmuró en su turbación—; ¡lo había presentido! Pero lo peor es que en una miseria como la mía, una tontería insignificante puede echar a perder el negocio. Sí; este sombrero produce demasiado efecto, y el efecto nace precisamente de que es ridículo. Para llevar estos harapos es indispensable usar gorra. Mejor que este mamarracho será una boina vieja. No hay quien lleve semejantes sombreros; de seguro que éste llama la atención a una versta1 de distancia. Después lo recordarían y podría ser un indicio; lo importante es no llamar la atención de nadie... Las cosas pequeñas tienen siempre importancia; por ellas suele ser por las que uno se pierde.
No tenía que ir muy lejos; sabía la distancia exacta que separaba su casa del sitio adonde se dirigía; setecientos pasos justos. Los había contado cuando su proyecto no era más que un vago sueño. En aquella época no creía que llegase el día en que se trocara lo imaginado en acción; se limitaba a acariciar en su mente una idea espantosa y seductora a la vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía, comenzaba a considerar las cosas de otro modo. Aunque en todos sus soliloquios se reprochase su falta de energía y su irresolución, habíase ido, sin embargo, habituando poco a poco e involuntariamente, en cierto modo, a mirar como posible la realización de su sueño, no obstante continuar dudando de sí mismo. En aquel momento iba a hacer el ensayo general de su empresa, y a cada paso aumentaba su agitación.
Con el corazón desfallecido y el cuerpo agitado por nervioso temblor, se aproximó a una inmensa casa que daba de un lado al canal y del otro a la calle... Este edificio, dividido en multitud de cuartitos de alquiler, tenía por inquilinos industriales de todas las clases, sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de diferentes categorías, mujeres públicas y humildes empleados, etc. Un continuo hormiguero entraba y salía por las dos puertas. Tres o cuatro dvorniks2 prestaban sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción suya, el joven no encontró a nadie. Después de haber pasado el umbral sin ser notado, tomó por la escalera de la derecha.
Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa cuya obscuridad no le desagradaba, pues así no eran de temer las miradas curiosas. «Si ahora tiemblo, ¿qué será cuando venga en serio?», no pudo menos de pensar cuando llegaba al cuarto piso. Allí le cerraron el paso antiguos soldados convertidos en mozos de cuerda; mudaban los muebles de uno de los cuartos, ocupado, el joven lo sabía, por un funcionario alemán y su familia.
—Gracias a la marcha del alemán, no habrá durante algún tiempo en ese rellano otro inquilino que la vieja. Esto es bueno saberlo... por lo que pueda suceder.
Así pensó, y tiró del llamador de la casa de la vieja. Débilmente sonó la campanilla, como si fuese de hojalata y no de cobre. Tales son en esas casas las campanillas de todos los pisos.
Sin duda había olvidado este detalle; aquel sonido particular debió de traerle repentinamente a la memoria algún recuerdo, porque el joven se estremeció y se alteraron sus nervios. Al cabo de un instante se entreabrió la puerta, y, por la estrecha abertura, la dueña de la casa examinó al recién venido con manifiesta desconfianza; brillaban sus ojillos como dos puntos luminosos en la obscuridad, pero al advertir que había gente en el descansillo se tranquilizó y abrió por completo la puerta. El joven entró en un sombrío recibimiento, dividido en dos por un tabique, tras del cual estaba la cocina. En pie delante del joven, la vieja callaba interrogándole con la vista. Era una mujer de sesenta años, pequeñuela y delgada, de nariz puntiaguda y de mirada maliciosa.
Tenía la cabeza descubierta, y los cabellos, que comenzaban a encanecer, relucían untados de aceite. Llevaba puesto al cuello, que era largo y delgado como la pata de una gallina, una tira de franela, y, a pesar del calor, habíase echado sobre los hombros un abrigo apolillado y amarillento. La vieja tosía a menudo. Debió de mirarla el joven de un modo singular, porque los ojos de la anciana recobraron bruscamente su expresión de desconfianza.
—Raskolnikoff, estudiante. Estuve aquí, en esta casa, hace un mes—se apresuró a decir el joven, medio inclinándose, porque había pensado que lo mejor era mostrarse afable.
—Sí, lo recuerdo, lo recuerdo—respondió la vieja, que no cesaba de mirarle con recelo.
—Pues bien... Vengo otra vez por un asuntillo del mismo género—continuó Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido de la desconfianza que inspiraba.
«Quizá esta mujer ha sido siempre lo mismo; pero la otra vez no lo eché de ver»—pensó el joven desagradablemente impresionado.
La vieja permaneció algún tiempo silenciosa como si reflexionase. Luego señaló la puerta de la sala a su visitante, y le dijo haciéndose a un lado para dejarle pasar delante de ella.
—Entre usted.
La salita en la cual fué introducido el joven, tenía tapizadas las paredes de color amarillo; en las ventanas, con cortinas de muselina, había tiestos de geranios; el sol poniente arrojaba sobre aquello viva claridad. «¡Sin embargo, entonces brillaba el sol de la misma manera!»—dijo Raskolnikoff para su coleto y dirigió rápidamente una mirada en torno suyo, para darse cuenta de todos los objetos y grabarlos en la memoria. En la habitación no había nada de particular. Los muebles, de madera amarilla, eran muy viejos: un sofá con gran respaldo vuelto, una mesa de forma oval frente a frente del sofá, un lavabo y un espejo entre las dos ventanas, sillas a lo largo de las paredes, dos o tres grabados, sin valor, que representaban señoritas alemanas con pájaros en las manos; a esto se reducía el mobiliario.
En un rincón, delante de una pequeña imagen, ardía una lámpara; tanto los muebles como el suelo relucían de puro limpios.
«Es Isabel la que arregla todo esto»—pensó el joven.
En toda la habitación no se veía un grano de polvo.
«Es preciso venir a las casas de estas malas viejas viudas para ver tanta limpieza»—continuó monologando Raskolnikoff, y miró con curiosidad la cortina de indiana que ocultaba la puerta correspondiente a otra salita; en esta última, en la que jamás había entrado, estaban la cama y la cómoda de la vieja.
—¿Qué quiere usted?—preguntó secamente la dueña de la casa, que, habiendo seguido a su visitante, se colocó frente a él para examinarle de cerca.
—He venido a empeñar una cosa. Véala usted.
Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo y aplastado, que tenía grabado en la tapa un globo. La cadena era de acero.
—Aun no me ha devuelto usted la cantidad que le tengo prestada; anteayer cumplió el plazo.
—Le pagaré aún el interés del otro mes; tenga un poco de paciencia.
—Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el objeto empeñado, si se me antoja...
—¿Qué me da por este reloj, Alena Ivanovna?
—Lo que trae aquí es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di a usted dos billetes pequeños por un anillo que se puede comprar nuevo en la joyería por rublo y medio.
—Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré. Perteneció a mi padre. Pronto recibiré dinero.
—Rublo y medio, y he de cobrar el interés por adelantado.
—¡Rublo y medio!—exclamó el joven.
—Acepta usted, ¿sí o no?
Y dicho esto, la mujer alargó el reloj al visitante. Este lo tomó e iba a retirarse, irritado, cuando reflexionó que la prestamista era su último recurso; además, había ido allí para otra cosa.
—¡Venga el dinero!—dijo con tono brutal.
La vieja buscó las llaves en el bolsillo y entró en la habitación contigua. Cuando el joven se quedó solo en la sala, se puso a escuchar, entregándose a diversos cálculos. A poco oyó cómo la usurera abría la cómoda.
«Debe ser el cajón de arriba—supuso Raskolnikoff—; ahora sé que lleva las llaves en el bolsillo derecho, y que están todas reunidas en una anilla de acero... Una de ellas es tres veces más gruesa que las otras, y tiene las guardas dentadas; esa llave no es de la cómoda, seguramente. Por lo tanto, debe haber alguna caja o alguna arca de hierro... Es curioso. Las llaves de las arcas de hierro son generalmente de esa forma... ¡Pero qué innoble es todo esto!...»
Volvió a entrar la vieja.
—Mire usted: como cobro una grivna3 al mes por cada rublo, y empeña usted el reloj en rublo y medio le desquito 15 kopeks y queda satisfecho el interés por adelantado. Además, como usted me suplica que espere otro mes para devolverme los dos rublos que le tengo prestados, me debe usted por este concepto 20 kopeks, que, unidos a los 15 que le desquito, componen 35. Tengo, pues, que darle a usted un rublo y 15 kopeks. Aquí están.
—¡Cómo! ¿De modo que no me da usted ahora más que un rublo y 15 kopeks?
—Nada más tengo que darle a usted.
Tomó el joven el dinero sin discutir. Miraba a la vieja sin darse prisa a marcharse. Parecía tener intención de hacer algo; pero no sabía con precisión lo que deseaba...
—Es posible, Alena Ivanovna, que venga pronto con otra cosa... Una cigarrera... de plata... muy bonita... en cuanto me la devuelva un amigo a quien se la he prestado.
Dijo estas palabras con manifiesto embarazo.
—Pues bien, entonces hablaremos.
—Adiós... ¿Sigue usted viviendo sola, sin que su hermana le haga compañía?—preguntó con el tono más indiferente que le fué posible en el momento en que entraba en la antesala.
—¿Y qué le importa a usted mi hermana?
—Es verdad, se lo preguntaba a usted por decir algo... Adiós, Alena Ivanovna.
Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar la escalera se detuvo muchas veces como rendido por sus emociones.
«¡Dios mío, cómo subleva el corazón todo esto!—exclamó cuando llegó a la calle—. ¡Es posible, es posible que yo...!
No, es una tontería, un absurdo—añadió resueltamente—. ¿Y ha podido ocurrírseme tan espantosa idea? ¿He de ser yo capaz de tal infamia? ¡Esto es odioso, innoble, repugnante!... ¿Y por espacio de un mes entero yo...?»
Para expresar la agitación que sentía, eran impotentes las exclamaciones y palabras. La sensación de inmenso disgusto que comenzó a oprimirle poco antes cuando se encaminaba a casa de la vieja, alcanzaba ahora intensidad tan grande que el joven no sabía cómo substraerse a semejante suplicio... Caminaba por la acera como un borracho, sin reparar en los transeuntes y tropezándose con ellos. En la calle siguiente volvió a recobrar ánimos y, mirando en torno suyo, advirtió que estaba cerca de una taberna; una escalera situada al nivel de la acera daba entrada a la cueva del establecimiento. Raskolnikoff vió salir en aquel instante a dos borrachos que se apoyaban el uno en el otro, injuriándose recíprocamente.
Vaciló el joven un instante, y después bajó la escalera. Nunca había entrado en una taberna; pero en aquel momento sentía vahídos, le atormentaba ardiente sed. Tenía ganas de beber cerveza fresca, y atribuía su debilidad a lo vacío del estómago. Después de sentarse en un rincón, sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta, pidió cerveza y bebió el primer vaso con avidez.
Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron sus ideas.
«Todo esto es absurdo—se dijo ya confortado—. No había motivo para turbarse. ¡Es sencillamente efecto de un mal físico; con un vaso de cerveza y un bizcocho habría recobrado la fuerza de mi inteligencia, la precisión de mis ideas, el vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué insignificante es todo ello!»
A pesar de tan desdeñosa conclusión, estaba contento, como si se viese libre de un peso enorme, y dirigía miradas amistosas a las personas presentes. Pero al mismo tiempo sospechó que fuese ficticio aquel retorno a la energía.
Quedaba muy poca gente en la taberna; después de los dos borrachos, salió una banda de cinco músicos, y el establecimiento quedó silencioso; no había en él más que tres personas: un individuo algo ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre de la clase media, estaba sentado delante de una botella de cerveza. Cerca de él, tendido en el banco, dormitaba un sujeto alto y grueso, de barba blanca, vestido con un largo levitón, y en completo estado de embriaguez.
De cuando en cuando parecía despertarse bruscamente; se ponía a hacer sonar los dedos, apartando los brazos y moviendo rápidamente el busto, sin levantarse del banco sobre el cual estaba echado. Tales gestos y ademanes servían de acompañamiento a una canción necia, de la que el hombre se esforzaba para recordar los versos:
Durante un año entero
yo he acariciado.
Du-ran-te un a-ño en-te-ro
yo he a-ca-ri-cia-do
a mi mujer.
O esta otra:
En la Podiatcheshaïa.
He encontrado a mi vieja...
Nadie hacía caso de la alegría de aquel melómano. Su mismo compañero escuchaba todos aquellos gorjeos en silencio y haciendo muecas de disgusto. El tercer consumidor parecía un antiguo funcionario. Sentado aparte se llevaba de vez en cuando el vaso a los labios, mirando en derredor suyo; parecía que también él era presa de cierta agitación.
II
Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos dicho, desde hacía algún tiempo evitaba las compañías de sus semejantes; pero de repente se sintió atraído hacia los hombres. Cualquiera hubiera dicho que se operaba en él una especie de revolución y que el instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado durante un mes completo a los sueños morbosos que la soledad engendra, tan fatigado estaba nuestro héroe de su aislamiento, que deseaba encontrarse, aunque no fuese más que un minuto, en un ambiente humano. Así, pues, por innoble que fuese aquella taberna, se sentó ante una de las mesas con verdadero placer.
El dueño del establecimiento estaba en otra habitación; pero salía y entraba frecuentemente en la sala. Desde el umbral, sus hermosas botas de altas y rojas vueltas atraían inmediatamente las miradas; llevaba un paddiovka y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa y no tenía corbata; la cara parecía untada de aceite. Tras el mostrador se hallaba un mozo de catorce años, y otro más joven servía a los parroquianos. Expuestas en el aparador había varias vituallas, trozos de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba olor a rancio. El calor era tan insoportable y la atmósfera estaba tan cargada de vapores alcohólicos, que parecía imposible pasar en aquella sala cinco minutos sin emborracharse.
Ocurre a veces que nos encontramos con desconocidos que nos interesan por completo a primera vista, antes de cruzar una palabra con ellos. Esto fué lo que sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo que tenía el aspecto de un antiguo funcionario. Más tarde, al acordarse de esta primera impresión, el joven la atribuyó a un presentimiento. No quitaba los ojos del desconocido, sin duda porque este último no dejaba tampoco de mirarle, y parecía muy deseoso de trabar conversación con él. A los demás consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire impertinente y altanero; eran, evidentemente, personas que estaban por debajo de él en condición social y en educación para que se dignase dirigirles la palabra.
Aquel hombre, que había pasado ya de los cincuenta años, era de mediana estatura y de complexión robusta. La cabeza, en gran parte calva, no conservaba más que algunos cabellos grises. El rostro largo, amarillo o casi verde, denunciaba hábitos de incontinencia; bajo los gruesos párpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que más impresionaba en su fisonomía era la mirada en que la llama de la inteligencia y del entusiasmo se alternaba con no sé qué expresión de locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo desgarrado, y no gustándole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente con el único botón que el sobretodo tenía. El chaleco, de nanquin, dejaba ver la pechera de la camisa rota y llena de manchas. La ausencia de barba denunciaba en él al funcionario; pero debía haberse afeitado en una época bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un pelo muy espeso. Notábase en sus maneras cierta gravedad burocrática; pero, en aquel momento, parecía conmovido. Se revolvía los cabellos, y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa pringosa, sin temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las dos manos. Por último, comenzó a decir en voz alta y firme, mirando a Raskolnikoff.
—¿Será una indiscreción por mi parte, señor, hablar con usted? Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje, mi experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un asiduo parroquiano de taberna. Siempre he dado mucha importancia a la educación, unida, por supuesto, a las cualidades del corazón. Pertenezco al Tchin4. Permítame usted que me presente: Simón Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. ¿Me es lícito preguntarle si ha pertenecido usted a la administración?
—No, yo soy estudiante—respondió el joven sorprendido de aquel cortés lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le dirigía la palabra a quema ropa.
Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sintió en aquel momento que se le despertara el mal humor que solía experimentar cuando un extraño trataba de ponerse en relaciones con él.
—¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?—repuso vivamente el funcionario—; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo olfato, señor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia!
Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que tenía de su capacidad cerebral.
—Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus estudios?
Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado los labios ni para decir esta boca es mía.
—Señor—declaró con cierta solemnidad—, la pobreza no es un vicio, seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud. Pero la indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y hacen bien, porque el indigente está dispuesto a envilecerse y esto es lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff pegó a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto más sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta, ¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en los barcos de heno?
—No, jamás—contestó Raskolnikoff—; ¿por qué me lo pregunta usted?
—Pues bien, para mí será hoy la quinta vez que dormiré allí.
Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje y en sus cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las apariencias, lo menos hacía cinco días que no se había desnudado ni lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto, estaban también extremadamente sucias.
La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero había bajado también, sin duda para oír a aquel hombre original. Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar en la taberna con todos los parroquianos que se ponían a su alcance. Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos, principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de orgía la consideración que no encuentran en sus hogares.
—¡Por vida de...!—dijo en voz fuerte el tabernero—. ¿Por qué no trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado?
—¿Por qué no trabajo, señor?—siguió diciendo Marmeladoff, encarándose exclusivamente con Raskolnikoff, como si éste le hubiera dirigido la pregunta—. ¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi inutilidad no me disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi mujer con sus propias manos, mientras yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal escena, ¿cree usted que yo no sufría? Permítame usted, joven; ¿le ha ocurrido a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar un préstamo sin esperanza?
—Sí... Es decir, ¿qué entiende usted por eso de sin esperanza?
—Quiero decir, sabiendo perfectamente de antemano que no le darán a usted nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre de que tal hombre, tal ciudadano bien intencionado, no le prestaría un kopek; porque, dígame usted, ¿a qué santo había de prestárselo, sabiendo que usted no ha de devolvérselo? ¿Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de las nuevas ideas y aseguraba el otro día que la compasión, en nuestra época, está prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina reinante en Inglaterra, en donde florece la economía política. ¿Cómo, repito, ese hombre habrá de prestarle a usted dinero? Está usted seguro de que no se lo prestará, y, sin embargo, se dirige usted a...
—¿Para qué ir en ese caso?—interrumpió Raskolnikoff.
—Pues porque es preciso ir a alguna parte; porque no hay otra salida y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o mala gana, a tomar cualquier senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir en la policía tuve que ir también con ella (porque mi hija tiene cartilla)—añadió entre paréntesis, mirando al joven con expresión de inquietud—. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado—se apresuró a decir con aparente flema, en tanto que los mozos, detrás del mostrador, y hasta el mismo tabernero sonreían—. ¡Poco me importa! No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas son conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es con desprecio sino con resignación, como yo acepto mi suerte. ¡Sea! ¡Ecce Homo! Permítame, joven, que le pregunte si puede usted, o, mejor dicho, si se atrevería usted, fijando los ojos en mí, a afirmar que no soy un cerdo.
El joven no respondió.
El orador esperó con aire digno a que terminasen las risas provocadas por sus últimas palabras. Después añadió:
—Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es una señora. ¡Llevo impreso el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una persona bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un bufón empedernido; pero mi mujer tiene un gran corazón, sentimientos elevados, instrucción... y, sin embargo... ¡Oh! ¡Si tuviese piedad de mí! ¡Señores, señores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar piedad en alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza de alma, es injusta... Pues bien, con tal de que yo llegue a comprender que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por interés hacia mí... (No me avergüenzo de confesarlo: me tira de los cabellos, joven)—insistió, creciendo en dignidad al oír nuevas carcajadas—. Sin embargo, Dios mío, aunque no fuese más que una vez... pero no, no; dejemos esto; es inútil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido lo que deseaba; ni una sola vez se ha tenido compasión de mí... pero tal es mi carácter; soy un verdadero bruto...
—Lo creo—dijo bostezando el tabernero.
Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa.
—Tal es mi carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor, que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias, las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta de pelo de cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la mía. Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado un catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina Ivanovna trabaja de la noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa, porque desde muy joven está acostumbrada a la limpieza. Por desgracia, tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me preocupa. ¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento. Es para sentir y sufrir más por lo que me entrego a la bebida; ¡bebo porque quiero sufrir doblemente!
E inclinó la cabeza sobre la mesa con aire de desesperación.
—Joven—continuó en seguida incorporándose—, me parece leer en su semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque busco la simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que mi mujer ha sido educada en una pensión aristocrática de provincia, y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, lo conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama de nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta ostentar ante los ojos de cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo en cara, porque su única alegría ahora es acordarse de los hermosos días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. Así es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y cuando, para vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima, mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su dignidad que el dolor de los golpes recibidos.
»Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantería, con quien huyó de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido; pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta que no era cariñosa con él, lo que no le impide ahora llorar por el difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y mi persona, comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo; más bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo.
»Después de la muerte de su marido se encontró sola con tres hijos pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con fuerzas para describirla. Todos sus parientes la habían abandonado; por otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo también, y que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir.
»Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo, en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en que la pobre viviría. Acogió mi proposición llorando, sollozando y retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde ir.
»¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras: «No tener ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende todavía!
»Durante un año entero cumplí mi deber honrada y santamente, y sin probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A poco perdía mi empleo y no por falta mía; reformas administrativas determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué cuando me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué vivimos. Hay allí muchos inquilinos además de nosotros; es una ratonera aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la hija que yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra la ha hecho sufrir.
»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí, ¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte en estas materias, y como además no tenía a mi disposición un buen manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó algunas novelas. Lebeziatnikoff le prestó hace poco la Fisiología de Ludwig. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se limita toda su cultura.
»Ahora, señor, apelo a su sinceridad. ¿Cree usted en conciencia que una joven pobre, pero honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una habilidad especial, ganará 15 kopeks al día, y para llegar a esa cifra tendrá necesidad de no perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! Sonia hizo media docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá oído hablar de él; pues bien, no sólo está esperando aún que se le paguen, sino que la pusieron a la puerta llenándola de injurias, so pretexto de que no había tomado bien la medida del cuello.
»En tanto los niños se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se pasea por la habitación retorciéndose las manos, mientras en sus mejillas aparecen las manchas rojizas, propias de su enfermedad. «Holgazana—decía a mi hija—, ¿no te da vergüenza de vivir sin hacer nada? Bebes, comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto ahora: ¿Qué es lo que la pobre muchacha podría beber y comer cuando en tres días los niños no habían visto siquiera un mendrugo de pan? Yo estaba en aquel momento acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero oí que mi Sonia respondía tímidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una carita siempre pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, ¿por qué me dice usted esas cosas?»
»Tengo que añadir que ya por tres veces Daría Frantzovna, una mala mujer muy conocida de la policía, le había hecho insinuaciones en nombre del propietario de la casa. «Vaya—dijo irónicamente Catalina Ivanovna—, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado.» Pero no la acuse usted. No tenía conciencia de lo que decía; estaba agitada, enferma, veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo que decía era más bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al vicio... Catalina Ivanovna es así; cuando oye llorar a sus hijos les pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco y oí que Sonia se levantaba, se ponía el chal y salía del cuarto.
»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha a Catalina Ivanovna, y, silenciosamente, sin proferir palabra, depositó treinta rublos de plata delante de mi mujer. Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo verde (un pañuelo que sirve para toda la familia), se envolvió la cabeza y se echó en la cama con la cara vuelta hacia la pared; un continuo temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo estado... En aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, también silenciosamente, se arrodillaba junto al lecho de Sonia.
»Pasó toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y rehusando levantarse. Después, las dos se durmieron juntas en los brazos una de la otra... ¡las dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba lo mismo, sumido en la embriaguez.
Se calló Marmeladoff, como si la voz le hubiera faltado; luego llenó la copa, la vació y siguió, después de un corto silencio:
—Desde entonces, señor, a consecuencia de una circunstancia desgraciada, y con motivo de cierta denuncia de personas perversas (Daría Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque quería vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija Sonia5 Semenovna fué inscrita en el registro de policía y se vió obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible en este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, había favorecido las intrigas de Daría Frantzovna.
»Lebeziatnikoff se ha unido a ella... ¡hum! y con motivo de lo de Sonia fué la cuestión que Catalina Ivanovna tuvo con él. En un principio estuvo muy solícito con Sonetchka; pero de repente se sintió herido en su amor propio. «¿Cómo un hombre de corazón—dijo—ha de habitar en la misma casa que semejante desdichada?» Catalina Ivanovna tomó partido por Sonia, y la disputa acabó en golpes... En la actualidad mi hija viene a menudo a vernos a la caída de la tarde, y ayuda con lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre cojo y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como él, y hasta su mujer tiene no sé qué defecto en la lengua... Todos comen y duermen en la misma sala; pero a Sonia le han cedido una habitación, separada de la de sus huéspedes por un tabique... ¡hum! sí... Son personas muy pobres y tartamudas... Bueno... Una mañana me levanté, me puse mis harapos, elevé las manos al cielo y me fuí a ver a Su Excelencia Ivan Afanasievitch. ¿Le conoce usted? ¿No? Pues entonces no conoce a un santo varón... Es una vela... pero una vela que arde delante del altar del Señor. Mi historia, que Su Excelencia se dignó oír hasta el fin, le hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón Ivanovitch—me dijo—, has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo mi exclusiva responsabilidad personal.» Así se expresó, añadiendo: «Procura acordarte de lo pasado, para no reincidir, y retírate.» Besé el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su Excelencia no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy penetrado de las ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes. ¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó cuando anuncié en casa que tenía un destino!
De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff a detenerse. En aquel momento invadió la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz débil de un chiquillo cantaba la Petite Ferme.
La atmósfera de la sala era pesadísima. El tabernero y los mozos se apresuraban a servir a los recién llegados. Sin reparar en este incidente, Marmeladoff continuó su relato; el funcionario era cada vez más expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de su reciente reposición iluminaba como un rayo de alegría su semblante. Raskolnikoff no perdía ni una sílaba de sus palabras.
—Han transcurrido cinco semanas, señor, desde que Catalina Ivanovna y Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me encontraba como transportado al paraíso. Antes no hacía más que abrumarme con palabrotas como estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde aquel momento andaba de puntillas y hacía callar a los pequeños, diciéndoles: «¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!» Antes de ir a la oficina me daban café con crema, pero no crea, crema verdadera, ¿eh? No sé de dónde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin de arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a cabeza; tuve botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme, todo en muy buen uso: les costó 11 rublos y medio. Seis días ha, cuando entregué íntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarició en la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez que estás hecho!» Naturalmente, esto ocurrió cuando estábamos solos. Dígame usted si no es encantador...
Marmeladoff se interrumpió, trató de sonreír; pero súbito temblor agitó su barba. Dominó, sin embargo, en seguida, su emoción. Raskolnikoff no sabía qué pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde hacía cinco días, durmiendo en los barcos de pesca, y, a pesar de todo, sintiendo por su familia profundo cariño. El joven le escuchaba con la mayor atención, pero experimentando cierta sensación de malestar. Estaba enojado consigo mismo por haber entrado en la taberna.
—¡Señor, señor!—dijo el funcionario disculpándose—, quizá halle usted, como los demás, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy fastidiando refiriéndole estos tontos y miserables pormenores de mi existencia doméstica; mas para mí no crea usted que son divertidos, porque le aseguro que siento todas estas cosas... Durante aquel día maldito hice proyectos encantadores; pensé en el medio de organizar nuestra vida, de vestir a los niños, de procurar reposo a mi mujer, de sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos planes formaba! Pues bien, señor (Marmeladoff empezó a temblar de repente; levantó la cabeza y miró a la cara a su interlocutor), el mismo día, cinco hace hoy, después de haber acariciado todos estos sueños, robé, como un ladrón nocturno, la llave a mi mujer y tomé del baúl todo lo que quedaba del dinero que yo había llevado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo. Mírenme todos: hace cinco días que abandoné mi casa; no se sabe en ella qué es de mí; he perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una taberna y me han dado este traje en su lugar... Todo, todo ha acabado...
Marmeladoff se dió un puñetazo en la frente, rechinó los dientes y cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento cambió bruscamente la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff con afectado cinismo y dijo riéndose:
—¡He estado hoy en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber! ¡Je, je, je!
—¡Y te lo ha dado!—gritó, riéndose, uno de los parroquianos que formaba parte del grupo recién llegado a la taberna.
—Con su dinero he pagado esta media botella—repuso Marmeladoff dirigiéndose exclusivamente a nuestro joven—. Sonia fué a buscar treinta kopeks y me los entregó; era cuanto tenía; lo he visto con mis propios ojos. No me dijo nada; se limitó a mirarme en silencio, una mirada que no pertenece a la tierra, una mirada como deben tener los ángeles que lloran sobre los pecados de los hombres pero no los condenan. ¡Qué triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks, sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me dice usted, querido señor? Ahora tiene ella que ir bien arreglada. La elegancia y los afeites, indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprenderá usted; hay que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito el pie para lucirlo al saltar los charcos. ¿Comprende usted, comprende usted la importancia de esta limpieza y elegancia? Pues bien, yo, su padre, según la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya están bebidos... vamos, ¿quién ha de tener compasión de un hombre como yo? Ahora, señor, ¿puede usted compadecerme? Hable usted, señor: ¿tiene usted piedad de mí? ¿Sí o no? ¡Je, je, je!
Iba a servirse nuevamente, pero echó de ver que la media botella estaba vacía.
—¿Por qué se ha de tener lástima de ti?—gritó el tabernero.
Estallaron risas mezcladas con injurias. Los que no habían oído las palabras del ex funcionario, formaban coro con los otros, solamente al ver su catadura.
Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa que la interpelación del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levantó vivamente y, con el brazo extendido hacia delante, replicó con exaltación:
—¡Por qué tener compasión de mí! ¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es verdad, no se me debe compadecer! ¡Hay que crucificarme, ponerme en la cruz, no tenerme lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, al hacerlo, ten piedad de mí! Así iré yo mismo al suplicio, porque no tengo sed de alegría, sino de dolor y de lágrimas. ¿Piensas tú, tendero, que tu media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza y lágrimas en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado. Pero Aquel que ha tenido piedad de todos los hombres, Aquel que todo lo comprende, tendrá piedad de nosotros; El es el único juez, El vendrá el último día y preguntará: «¿Dónde está la hija que has sacrificado por una madrastra odiosa y tísica y por niños que no eran sus hermanos? ¿Dónde está la joven que ha tenido piedad terrestre y no ha vuelto con horror las espaldas a este crapuloso borracho?» Y El dirá entonces: «Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez... ahora, todos tus pecados te son perdonados, porque has amado mucho...» Y El perdonará a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he sentido en mi corazón cuando estaba en su casa.... Todos serán juzgados por El y El perdonará a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a los pacíficos... y cuando haya acabado con ellos, nos tocará la vez a nosotros. «Acercaos también, nos dirá El; acercaos vosotros los borrachos, acercaos los cobardes, acercaos los impúdicos», y nos aproximaremos todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois unos cochinos! ¡Tenéis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid también!» Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, ¿por qué recibes Tú a éstos?» Y El responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios! porque ninguno de ellos se ha creído digno de este favor...» Y El nos abrirá los brazos y nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lágrimas... y comprenderemos... sí, entonces todo será comprendido por todo el mundo, y Catalina Ivanovna también comprenderá... Señor, vénganos el tu reino.
Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco sin mirar a nadie, como si desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de las personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresión; durante un momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las risas, mezcladas con invectivas:
—¡Muy bien hablado!
—¡Gruñón!
—¡Charlatán!
—¡Burócrata!
—Vámonos, señor—dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza y dirigiéndose a Raskolnikoff—; condúzcame usted al patio de la casa Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer.
Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido ofrecer el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su compañero. La distancia que tenían que recorrer era de doscientos o trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio, parecía más inquieto y preocupado.
—No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora miedo—balbuceaba conmovido—. Ya sé que empezará por tirarme de los cabellos; pero, ¿qué me importa? Me alegro que me tire de ellos. No, no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, sí, sus ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo además su respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa enfermedad... cuando experimentan una emoción violenta? Temo las lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir, esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin ello... Sí, es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale así; pero he ahí la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán, hombre rico... ¡Acompáñeme!...
Después de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no había aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más obscura encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa.
La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez pasos de largo. Esta pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada, extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había, probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza. Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos, sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.
Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo. Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual; los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil. Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres; parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.
Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior, solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.
La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela, temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo burnus señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente no le llegaba más que hasta las rodillas.
En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo, largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos, obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer, al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»—se preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.
—¡Ah! ¿Al fin vuelves?—dijo, con voz en que vibrara la cólera—. ¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla!
Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No llevaba encima ni un solo kopek.
—¿Dónde está el dinero?—gritaba su esposa—. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el cofre!...
Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de rodillas tras de ella.
—¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!—gritaba, dirigiéndose a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el suelo.
La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho, de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor temblaba como la hoja en el árbol.
—¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!—vociferaba Catalina Ivanovna en el colmo de la desesperación—. ¡Ni siquiera conserva el traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!—repetía retorciéndose las manos y señalando a los niños—. ¡Oh vida tres veces maldita! ¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la taberna?—añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff—. Has estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con él?... ¡Vete, vete!...
El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff, arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.
Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que, abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que dejar el cuarto al día siguiente.
Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes. Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.
—¡Valiente tontería he hecho!—pensaba—. Ellos cuentan con Sonia, pero yo no cuento con nadie—. Reflexionó, sin embargo, que no podía recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta reflexión prosiguió su camino—. Le hace falta pomada a Sonia—continuó diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle—. La elegancia cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy. La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y se hace a todo!
Raskolnikoff se quedó pensativo.
—¡Pues bien; si he mentido—exclamó—, si el hombre no es necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos los prejuicios que le detienen!
III
Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.
Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá había una mesita.
La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.
Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.
En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el joven despertó.
—Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te, ¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!
El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia, le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.
—¿Me lo envía la patrona?
—No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.
La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la mesa dos terroncitos de azúcar morena.
—Anastasia, toma este dinero—dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)—, y haz el favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería y tráete un poco de embutido barato.
—En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no sería mejor que tomases un poco de chatchi? Se hizo ayer y está muy rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy bueno.
Fué a buscar el chatchi, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo que era, como una campesina.
—Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.
El rostro del joven se alteró.
—¡A la policía! ¿Por qué?
—Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.
—¡Demonio, no me faltaba más que esto!—dijo entre dientes—. No podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta—añadió en alta voz—. Iré a verla y le hablaré.
—Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué ahora no haces nada?
—Sí que hago—respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.
—¿Qué es lo que haces?
—Cierto trabajo...
—¿Qué trabajo?
—Medito—respondió seriamente después de una pausa.
Anastasia se echó a reír.
Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.
—¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?—preguntó cuando pudo hablar.
—No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse. Además, desprecio ese dinero.
—Quizás algún día te pese.
—Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos cuantos kopeks?—siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien a sí mismo que a su interlocutora.
—¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?
Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante algunos momentos.
—Sí, una fortuna—dijo luego con energía.
—¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?
—Como quieras.
—¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.
—¡Una carta para mí! ¿De quién?
—No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He hecho bien, ¿no es cierto?
—¡Tráela, por amor de Dios, tráela!—exclamó Raskolnikoff muy agitado—. ¡Señor!
Un minuto después la carta estaba en sus manos.
No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía violentamente el corazón en aquel momento.
—Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero, ¡por amor de Dios!, vete en seguida.
La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas por ambos lados.
«Mi querido Rodia—decíale su madre—. Dos meses ha que no te escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño. Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.
»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año! Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara de lo que me había prestado.
»Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero; por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.
»Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos, lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que Dunetchka6, que entró el año último como institutriz en esta casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la deuda.
»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón que tiene.
»El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente, puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.
»Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero. ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir la discordia en la familia.
»El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha. Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y, finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin dejarle tiempo aun para hacer la maleta.
»Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron metidos revueltos en la telega7. Llovía a cántaros, y, después de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y siete verstas en compañía de un mujik8, en un carro sin toldo. Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido. Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras, murmuraba la gente con aire despreciativo.
»Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!
»La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia. Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.
»Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.
»Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder, a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no podías juzgar con conocimiento de causa.
»Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin, un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera que no puede perder tiempo.
»Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas apariencias pueden ser engañosas.
»Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre, si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se rectifican difícilmente.
»Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.
»Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado, por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque de escasa instrucción—me ha dicho—, es inteligente, y parece bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará como un deber el corresponderle.
»Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote, y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido un bienhechor.
»No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación; evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación, Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana que había tomado su resolución.
»Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás, bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se realizase!
»Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor especial de la divina Providencia.
»Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz! A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza; su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más, cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.
»A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo, su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.
»Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado, es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.
»Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final. Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos, y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días. Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría te estrecharé entre mis brazos!
»Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte; y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella, demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable, y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.
»Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a esa capital sin ningún kopek.
»Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son 30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.
»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia, a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.
»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.
»Tuya hasta la muerte.
Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo. Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último, se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.
Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero, según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun monologueaba en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos lo creían borracho.
IV
La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su resolución.
«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al diablo el señor Ludjin.
»¡La cosa está bien clara!—murmuraba sonriendo, con aire de triunfo como si tuviese la clave de lo sucedido—. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado, que sólo puede casarse a toda prisa.»
»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme, sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá, de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa que le «parece» bueno; ¡ese parece es muy significativo! Bajo la fe de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!... ¡Admirable!...
»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las «generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de mal humor.
»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre mía!...
Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.
—Es verdad—continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le hervían en la cabeza—; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre de negocios y parece bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted? Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.
»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo? Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con Dunia. Alguna palabra se le ha escapado a ese amable señor, que ha sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en cerrar los ojos a la evidencia.
«Tengo intención de rehusar»—me dice—; pero entonces, ¿con qué medios de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que 20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe de mi hija.» ¡Sí, fíate!
»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?
»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia, pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos; eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo, nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía, imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad, suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo, objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!
»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo. ¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera llamar a la puerta de su casa.
»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas, si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero, ¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»
Se detuvo, quedándose como ensimismado.
—¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu veto? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir, cuando hayas terminado tus estudios y encontrado una colocación? Eso es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario, pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros que las amenazan durante estos diez años.
Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo. Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles, que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.
—¡O renunciar a la vida—exclamó—aceptando el destino tal cual es, sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente mi derecho a ser, a vivir, a amar!
Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que significa esta frase: No tener ya adónde ir?»
Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le cubría los ojos.
Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido. Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de advertirlo.
Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza, la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña, que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.
Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones. También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente, es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote. Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.
—¡Eh, Svidrigailoff!—exclamó el joven apretando los puños y riendo sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.
El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de altanero estupor.
—¿Qué significa esto?—continuó con un tono despreciativo.
—Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.
—¿Cómo te atreves, canalla...?
Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar casualmente junto a ellos.
—¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le pasa a usted? ¿Quién es usted?—preguntó severamente a Raskolnikoff, fijándose en su miserable aspecto.
Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además, inteligente.
—De usted precisamente tenía necesidad—dijo el joven, y agarró por el brazo al guardia—. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff. Usted puede también oírlo—añadió, dirigiéndose al caballero—; venga usted conmigo—y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco—. Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?... Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas, seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...
El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero, pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.
—¡Ah, qué desgracia!—dijo moviendo la cabeza—. Es todavía una niña. De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive usted?
La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.
Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.
—Tome usted—dijo al guardia—: tome usted un coche y llévela a su casa. Sólo falta que nos dé su dirección.
—¡Señorita, eh, señorita!—dijo de nuevo el guardia, después de tomar el dinero—. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?
—¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!—murmuró la joven con el mismo movimiento de antes.
—¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!—dijo el soldado, sintiendo a la vez piedad e indignación—. ¡Vaya un apuro!—añadió dirigiéndose a Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.
Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.
—¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?—preguntó.
—Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose. Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.
—¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!... ¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.
Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera tomarse por muchachas de buena familia.
—Lo esencial—dijo Raskolnikoff—es impedir que caiga en las manos de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito. ¡Allí sigue!
Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos, deteniéndose de nuevo.
—No, no se saldrá con la suya ese señor—respondió con aire pensativo el guardia—; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita, ¡eh! señorita—añadió dirigiéndose otra vez a la joven.
De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en dirección opuesta a la que había llevado.
—¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!—dijo extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.
Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.
—Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya—dijo resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven—. ¡Ah! ¡cuánto vicio hay ahora!—repitió, exhalando un suspiro.
En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:
—Escuche usted.
El interpelado se volvió.
—¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?
El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a Raskolnikoff, que se echó a reír.
—¡Ea!—dijo el guardia agitando el brazo.
Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha. Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.
—Se me ha llevado mis veinte kopeks—dijo éste con cólera cuando se quedó solo—. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello? Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?
A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva vida.
—¡Pobrecilla!—dijo contemplando el sitio donde poco antes había estado sentada la joven—. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar; ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?
»Pero, ¿a dónde me proponía ir?—pensó de repente—. Es extraño. Al salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...
»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a Razumikin?»
No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.
No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban. No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista, llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.
Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos, echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía dos archines y doce vechoks9. Podía hacer los mayores excesos de bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad. Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero, por supuesto, trabajando.
Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en mejorar su situación pecuniaria.
Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo molestarle, fingió que no le veía.
V—En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier otro trabajo...—se decía Raskolnikoff—. Pero ahora, ¿de qué ha de servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con unas cuantas piataks10? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una necedad ir a casa de Razumikin.
La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla del mundo.
—¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?—se preguntaba con estupor.
Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una extraña idea:
—Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día siguiente, cuando aquello esté hecho y mis negocios tengan otro aspecto...
Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca conmoción.
—¡Cuando aquello esté hecho!—exclamó con un sobresalto que le hizo levantarse del banco en que estaba sentado—. ¿Sucederá eso? ¿Será posible?
Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo aquello! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.
Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas. De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba antes de que lo hubiese perdido de vista.
Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al guardia y tres a Anastasia por la carta—pensó—; por consiguiente, son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de Marmeladoff.»
Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante de un figón: su estómago se lo recordaba.
Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.
Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad. El cuadro es a veces monstruoso; pero la mise en scéne y todo lo que pertenece a la representación, son, sin embargo, tan verosímiles, los detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente el organismo, ya quebrantado, del individuo.
Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al anochecer, se paseaba extramuros acompañado de su padre. El tiempo era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte, un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido. Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión, muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.
He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo; pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los mujiks acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios mujiks completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes echados negligentemente sobre los hombros.
—¡Subid, subid todos!—grita todavía un hombre, de robusto cuello y de rostro carnoso, color de zanahoria—. ¡Os llevo a todos, subid!
Estas palabras provocan risas y exclamaciones.
¡Hacer el camino con semejante penco!
—Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese jamelgo a semejante carro?
—De seguro que este rocín tiene más de veinte años.
—Subid, os llevo a todos—grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las riendas—. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho, amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si galopará!
Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al pobre jaco.
—¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!—dijeron, burlándose, los del grupo.
—Apuesto a que hace diez años que no galopa.
—¡Buena marcha llevará!
—No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!
—¡Eso, eso, se le arreará!
Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.
—¡Andando!—grita este último.
El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan. Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle galopar.
—Dejadme subir a mí también, amigos míos—grita entre los espectadores un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.
—Sube—respondió Mikolka—. Subid todos, que yo le haré correr.
Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al animal.
—Papá, papá—dice el niño a su padre—, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al pobre caballejo!
—Vamos, vamos—dice el padre—; son borrachos que se divierten a su modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.
Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y poco falta para que no se caiga.
—¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!—aúlla Mikolka—. Eso es lo que hay que hacer. Yo os ayudaré.
—¡Tú no eres cristiano, sino lobo!—grita un viejo del grupo.
—¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un armatoste como éste?—grita otro.
—¡Bribón!—vocifera un tercero.
—No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que galope!
De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!
Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.
—¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!—vociferaba Mikolka.
—¡Una canción, amigos!—grita uno del corro, e inmediatamente toda la pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.
La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.
Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas. Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas demasías.
Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena; pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin fuerzas, intenta aún cocear.
—¡Ah, maldito!—exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con las dos manos sobre el pobre caballo.
—¡Lo va a matar!—gritaban en derredor suyo.
—¡Lo matará!
—¡Es mío!—grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.
—¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?—gritan varias voces en el grupo.
De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.
—¡No quiere morir!—gritan los del grupo.
—¡No le queda mucho de vida!—observa uno de los que contemplan regocijados el bárbaro espectáculo—. Se acerca su último momento.
—Dale con un hacha; es el medio de acabar con él—apunta un tercero.
—Dejadme—dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el carro, y toma una barra de hierro—. ¡Fuera!—grita, y asesta un violento golpe al pobre caballo.
El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado instantáneamente los cuatro miembros.
—¡Acabemos!—aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.
Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante. Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.
—¡Ha muerto!—gritan en el grupo.
—¿Por qué no quería galopar?
—¡Era mío!—gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.
Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la muerte le hubiese quitado su víctima.
—¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!—gritan indignados algunos asistentes.
El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra al fin y le aparta de la gente.
—¡Vámonos, vámonos!—le dijo—. Volvamos a casa.
—¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?—solloza el niño; pero le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.
—¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con ellos!—dice el padre.
Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere respirar, grita, y se despierta.
Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.
—¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!—dijo—. ¡Cómo! ¿Iré a tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.
Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre las manos.
—¡Dios mío!—exclamó—. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será posible?
Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.
—Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?—continuó con profunda sorpresa—. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué, pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el ensayo, comprendí perfectamente que aquello era superior a mis fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea? Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso, repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.
»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por qué pues, por qué ahora...?
Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí, y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.
—¡Señor!—exclamó—; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio maldito!
Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había cesado de influir sobre él el horrible maleficio.
Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias, venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre su destino.
He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba? Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa sin fijarse en el itinerario recorrido.
—¿Pero por qué, pues—se preguntaba siempre—, por qué aquel encuentro tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito, que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles consecuencias?
Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una predestinación.
Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los pereuloks11 de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera, pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del pereulok de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la víspera a empeñar su reloj y a hacer el ensayo.
De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años, tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.
En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían el vendedor y su mujer.
Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en sus palabras.
Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese nada de asombroso.
—Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel Ivanovna—dijo con fuerza el vendedor—. Venga usted mañana de seis a siete. También vendrán los otros.
—¿Mañana?—dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.
—¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?—dijo vivamente la vendedora, que era una mujerona enérgica—. No la perderé de vista, porque usted es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su hermanastra?
—No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna—dijo el marido—. Se lo aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.
—¿De modo que tengo que venir?
—Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que esté usted presente para decidir el asunto.
—Le ofreceremos una taza de te—añadió la vendedora.
—Está bien, vendré—respondió Isabel pensativa, y se dispuso a marcharse.
Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde, Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja se encontraría sola en su casa.
El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.
VI
Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora. Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo; en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.
Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto, se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo, Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.
Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna. Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de haber recibido el dinero entró en un mal taklir12 que encontró al paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña, todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo.
Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial.
Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de colegio y prestamista sobre prendas.
Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.
—Es un famoso recurso—decía—; siempre hay medio de procurarse dinero en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía!
Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines y ocho verchoks de estatura.
—¡Es un fenómeno!—exclamó, y se echó a reír.
La conversación recayó en seguida sobre Isabel.
El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo. El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.
Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel pertenecía a la clase media y no al tchin. Era una estantigua, con pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.
—¿Pero no dices que es un monstruo?—preguntóle el oficial.
—Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y, además, su sonrisa es tan bondadosa...
—¿Estás enamorado de ella?—interrogóle, sonriendo, el oficial.
—Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia—añadió vivamente el estudiante.
El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos.
—Vamos a ver—prosiguió el estudiante—. Hace un momento me burlaba, pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza, necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario, perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá mañana de muerte natural. ¿Comprendes?
—Comprendo—repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.
—Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan, se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales... y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos, porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase con los dientes.
—Cierto que es indigna de vivir—respondió el oficial—; ¿pero qué quieres? la Naturaleza...
—Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a plantearte otra cuestión.
—No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa.
—Conforme.
—Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime: ¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja?
—¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la justicia... No se trata de mí...
—Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a echar otra partida.
Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor, esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su destino decisiva influencia.
Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer en pesado y profundo sueño.
Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia, que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo del te que ella acostumbraba a tomar.
—¡Aun no se ha levantado!—exclamó indignada—. ¿Es posible dormir así?
Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de nuevo en el sofá.
—¡Otra vez!—gritó Anastasia—. ¿Estás malo?
El joven no respondió.
—¿Quieres tomar te?
—Más tarde—contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió del lado de la pared.
Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.
—Indudablemente está enfermo—dijo antes de retirarse.
A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a sacudir con fuerza al joven.
—¿Qué te pasa para dormir tanto?—gruñó, mirándole con desprecio.
Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los ojos del suelo.
—¿Estás malo o no lo estás?
Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera.
—Deberías salir—dijo ella después de una pausa—. El aire libre te sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad?
—Más tarde—respondió con voz débil—; ¡vete!—y la despidió con un ademán.
La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se marchó.
Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.
Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir, permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños. Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer. El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente; el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.
De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar.
El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa, parecía que todo dormía en la casa.
—¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer no he hecho nada, ni preparado nada?—se preguntaba a sí mismo, no comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las que acababan de dar.
A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración. Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán; aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo, los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas cosas del cajón de su mesa.
En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho, un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida.
Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones, que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y lo envolvió todo en un trozo de papel blanco.
Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy difícil desatarlo.
Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja; mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le decía en la escalera:
—Ya hace mucho que han dado las seis.
—¡Dios mío! ¿Mucho?
Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante: ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha. Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto.
Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas de su ama.
No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora después cuando todo hubiese terminado.
Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.
—Supongamos—pensaba el joven—que dentro de una hora, cuando yo vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser funesta.
Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e iría allí derechamente... Aun en su reciente ensayo (es decir, en la visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo.
No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar, había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina.
La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las huellas de casi todos los culpables?
Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la circunspección y la prudencia le eran más necesarias.
Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados, que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen, por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión.
Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa, sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos la serie de argumentos que le habían conducido a esta última conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se despertó como de un sueño.
No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia, contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado.
Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta circunstancia fué para él un golpe terrible.
—¿De dónde había sacado yo—pensaba al bajar los últimos peldaños de la escalera—que precisamente en este momento había salido Anastasia? ¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza?
Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje.
Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!», murmuró enfrente del cuarto del dvornik, cuarto que estaba también abierto.
De repente se echó a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven miró en derredor suyo. Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, bajó dos escaloncitos y llamó con voz débil al dvornik: «Vamos, no está en su casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.» De pronto, como un rayo, se lanzó hacia el hacha y la sacó de debajo del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pasó el arma por el nudo corredizo, se metió las manos en los bolsillos y salió. Nadie le vió. «No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo», pensó, sonriéndose de un modo extraño. Aquella casualidad contribuyó poderosamente a darle valor.
Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atención. De repente pensó en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer tenía dinero y hubiera podido comprarme una gorra!» Del fondo de su alma brotó una imprecación. Una ojeada que por casualidad dirigió a una tienda donde había un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete y diez. Urgía el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar un rodeo para que no se le viese llegar de aquel lado a la casa.
Entretanto se verificaba en él un extraño fenómeno; en contra de lo que se figuraba, no sentía miedo alguno; así, en vez de preocuparse por el crimen que se disponía a cometer, otros sentimientos ajenos a su empresa ocupaban su espíritu. Al pasar por delante del jardín de Jussupoff pensaba que sería conveniente establecer en todas las plazas públicas fuentes monumentales que refrescasen la atmósfera. Luego, por una serie de transiciones insensibles, comenzó a fantasear que si al jardín de Verano se le diese toda la extensión del campo de Marte y se le añadiese el jardín del palacio Miguel, San Petersburgo ganaría con ello higiénica y artísticamente considerado.
«Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino.» Se le ocurrió esta idea; pero se apresuró a desecharla. En tanto se aproximó: vió la casa, vió la puerta. De repente oyó que un reloj daba una sola campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete y media? ¡Imposible! Ese reloj adelanta.»
También esta vez la casualidad sirvió a Raskolnikoff. Como si lo hubiera hecho a propósito, en el momento mismo en que llegaba frente a la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizándose por el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en el patio, tomó rápidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oía gritar pero ninguno se fijó en él ni él por su parte encontró a nadie. Muchas de las ventanas que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo, no levantó la cabeza. Su primer movimiento fué ganar la escalera de la vieja que era la de la derecha.
Conteniendo la respiración y con la mano apoyada en el corazón para comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaños, cerciorándose antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso había un cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos pintores; pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un instante para reflexionar, y luego continuó subiendo. «Mejor hubiera sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todavía dos pisos.»
Llegó al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se halló ante la puerta de Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse para reflexionar. El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitación situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba también vacía, según todas las apariencias: la tarjeta que antes había en la puerta, no estaba: los inquilinos se habían ido... Raskolnikoff se ahogaba. Vaciló un momento. «¿No sería mejor que me fuera?» Pero sin responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oyó ningún ruido en casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Después de haber estado escuchando largo rato, el joven echó una mirada en torno suyo y tentó nuevamente su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?—pensó—. ¿No se notará mi agitación? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a que se calmase mi emoción.»
Pero, lejos de calmarse, eran cada vez más violentas las pulsaciones del corazón del joven. No pudo contenerse más, y extendiendo lentamente la mano hacia el cordón de la campanilla, tiró de él. Al cabo de medio minuto llamó de nuevo, con más fuerza. Ninguna respuesta; llamar violentamente hubiera sido inútil y hasta imprudente. La vieja de seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, debía serlo más en este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conocía en parte las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplicó el oído a la puerta. Su excitación desarrollaba en él una agudeza particular de sensaciones (lo que en general es difícil de admitir), o en rigor el ruido era fácilmente perceptible.
Sea como fuere, le pareció oír que una mano se apoyaba con precaución en la cerradura, escuchaba, esforzándose por disimular su presencia. No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llamó por tercera vez pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dejó a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando después pensaba en ello, no acertaba a explicarse cómo había podido desplegar tanta astucia precisamente en el momento en que su emoción era tal que le quitaba el uso de sus facultades intelectuales y físicas. Al cabo de un instante oyó que descorrían el cerrojo.
VII
Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vió entreabrirse la puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes que se fijaban en él con expresión de desconfianza. Entonces le abandonó su sangre fría y cometió una falta que hubiera podido dar al traste con todo.
Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con un visitante de aspecto poco tranquilizador, tiró de la puerta con violencia hacia sí para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera no intentó siquiera hacerlo, pero no quitó la mano de la cerradura, de manera que faltó poco para que cayera de bruces en el descansillo, hacia donde se abría la puerta. Como Alena Ivanovna permanecía de pie en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanzó hacia ella. Aterrada la vieja dió un salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar una palabra y miró a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente.
—Buenas tardes, Alena Ivanovna—dijo él con el tono más natural que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y temblorosa—; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que verlo a la luz...
Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetró en la habitación. La vieja se le acercó vivamente; ya se le había desanudado la lengua.
—¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién es usted, qué se le ofrece?
—¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff; tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé el otro día—y le alargó el paquete.
Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea, y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin duda, a echar a correr.
—¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?—dijo irritándose a su vez—. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja; iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo.
Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.
El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera.
—¿Qué prisa hay, batuchka? ¿Qué es eso?—preguntó mirando el paquete.
—Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.
La vieja extendió la mano.
—¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, batuchka?
—Tengo fiebre—respondió con voz brusca—. ¿Cómo no he de estar pálido?... Cuando uno no tiene que comer...—acabó de decir, no sin esfuerzo—, le abandonan las fuerzas de nuevo.
La respuesta parecía verosímil; la vieja tomó el paquete.
—¿Qué es esto?—preguntó por segunda vez, y tanteando el peso de la prenda, miró fijamente a su interlocutor.
—Una petaca de plata... mírela usted.
—Cualquiera diría que no es plata... ¡Oh, cómo la han atado!
En tanto que Alena Ivanovna hacía esfuerzos por desatar el hilo, se había aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor sofocante que hacía.) En esta posición daba la espalda a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocupó en él. El joven se desabrochó el gabán y separó el hacha del nudo corredizo; pero sin sacarla todavía, se limitó a tenerla con la mano derecha debajo del sobretodo. Sentía una terrible debilidad en todos sus miembros. Comprendía que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento; temía que se le escapase el hacha de la mano, y le parecía que todo le daba vueltas en su derredor.
—¿Pero qué hay aquí dentro?—gritó coléricamente Alena Ivanovna, e hizo un movimiento en dirección a Raskolnikoff.
No había tiempo que perder. Sacó el joven el hacha de debajo del gabán, la levantó con las dos manos casi maquinalmente, porque no tenía fuerzas, y la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en cuanto hubo dado el golpe, sintió Raskolnikoff que recobraba toda su energía física.
Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite, recogíalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de cuerno. El golpe dió precisamente en la coronilla, a lo cual contribuyó la escasa estatura de la víctima. La usurera lanzó un grito débil y cayó desplomada teniendo, sin embargo, todavía fuerzas para llevarse los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la «prenda». Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, había recobrado todo su vigor, asestó dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La sangre brotó a chorros y el cuerpo quedó exánime. El joven se echó hacia atrás y en cuanto vió a la anciana sin movimiento se inclinó para mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecían salirse de las órbitas, y las convulsiones de la agonía daban a su rostro la expresión de una horrible mueca.
El asesino dejó el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a registrar el cadáver, tomando todo género de precauciones para no mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la última vez a Alena Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se hallaba en plena posesión de su inteligencia. No experimentaba ni aturdimiento ni vértigos; pero seguían temblándole las manos. Más tarde recordó que había sido muy prudente, y que había puesto mucho cuidado en no mancharse. No tardó en encontrar las llaves. Como el día anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero.
Después de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entró en la alcoba. Era ésta muy pequeña, y había en ella un estante lleno de imágenes piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado el joven a servirse de las llaves para abrir este mueble, le recorrió todo el cuerpo un escalofrío. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta idea duró sólo un momento; era demasiado tarde para retroceder.
Hasta llegó a sonreírse de haber podido pensarlo, cuando, de repente, sintió una terrible inquietud: ¿Si por acaso la vieja no estuviera muerta y recobrase el sentido? Dejando las llaves en la cómoda, acudió vivamente cerca del cuerpo, tomó el hacha y se dispuso a dar otro golpe a su víctima; pero el arma, ya levantada, no cayó; no había duda de que Alena Ivanovna estaba muerta. Inclinándose de nuevo sobre ella para examinarla más de cerca, Raskolnikoff se convenció de que la mujer tenía el cráneo partido. En el sucio se había formado un lago de sangre. Viendo de improviso que la vieja tenía un cordón al cuello, el joven tiró de él violentamente; pero el cordón ensangrentado era recio y no se rompió.
El asesino trató entonces de quitárselo, haciendo que se deslizase a lo largo del cuerpo; pero no fué más afortunado en esta segunda tentativa; el cordón encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente Raskolnikoff, blandió el hacha, pronto a descargarla sobre el cadáver para cortar con el mismo golpe aquel maldito cordón. Sin embargo, no pudo resolverse a proceder con aquella brutalidad. Al cabo, después de dos minutos de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, logró cortar el cordón con el filo del hacha, sin herir el cuerpo de la muerta. Como había supuesto, lo que la vieja llevaba al cuello era una bolsa. También estaban sujetas al cordón una medallita esmaltada y dos cruces, la una de madera de ciprés, la otra de cobre. La bolsa, grasienta (un saquito de piel de camello), estaba completamente llena. Raskolnikoff se la metió en el bolsillo sin mirar lo que contenía; arrojó las cruces sobre el pecho de la vieja, y tomando el hacha volvió a entrar con ella apresuradamente en la alcoba.
La impaciencia le devoraba, y puso mano a la obra de desvalijamiento; pero sus tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas, no tanto por el temblor de las manos, como por sus continuas torpezas. Veía, por ejemplo, que tal llave no era de la cerradura y se obstinaba, sin embargo, en hacerla entrar.
De pronto se acordó de una conjetura que había hecho en su anterior visita: aquella gruesa llave que estaba con las otras pequeñas en la anilla de acero, debía de ser no de la cómoda, sino de alguna caja en que acaso la vieja tenía encerrados todos sus valores. Sin ocuparse más en la cómoda, miró bajo la cama, sabiendo que los viejos tienen la costumbre de ocultar en ese sitio sus tesoros. En efecto, había allí un cofre de poco más de una archina de largo y cubierto de cuero rojo. La llave dentellada entraba perfectamente en la cerradura. Cuando Raskolnikoff levantó la tapa, vió colocados sobre un trapo blanco un abrigo forrado de piel de liebre con guarnición roja, debajo del abrigo una falda de seda y después un chal; el fondo parecía contener solamente trapos. El joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas en la guarnición roja. «Sobre lo rojo, la sangre se conocerá menos.» De pronto pareció como que volvía en sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?», murmuró con terror.
Pero apenas empezó a registrar aquellas ropas, cuando de debajo de la piel se deslizó un reloj de oro. En vista de esto, revolvió de arriba abajo el contenido del cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos de oro, sin duda depositados como empeños, en manos de la usurera, brazaletes, cadenas, pendientes, alfileres de corbata, etc.; los unos encerrados en sus estuches, los otros anudados con una cinta en un pedazo de periódico doblado en dos partes.
Raskolnikoff no vaciló; metió mano a todas estas alhajas y se llenó los bolsillos del pantalón y del gabán sin abrir los estuches ni deshacer los paquetes; pero de pronto fué interrumpido en esta maniobra. En la habitación donde estaba la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado de terror. Pero el ruido había cesado, el joven empezaba a creer que había sido engañado por una alucinación de su oído, cuando de súbito percibió, distintamente, un ligero grito o más bien un gemido débil y entrecortado. Al cabo de uno o dos minutos, todo volvió a quedar en un silencio de muerte. Raskolnikoff, sentado en el suelo cerca del cofre, esperaba respirando apenas. De repente dió un salto, tomó el hacha y se lanzó fuera de la alcoba.
En medio de la sala, Isabel, con un gran bulto en las manos, contemplaba aterrorizada el cadáver de su hermana, y, pálida como la cera, parecía no tener fuerzas para gritar ante la brusca aparición del asesino. Comenzó a temblar, trató de levantar el brazo, de abrir la boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando hacia atrás lentamente con la mirada fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse en un rincón de la sala. La pobre mujer hizo esto sin gritar, como si le faltase el aliento. El asesino se lanzó sobre ella con el hacha levantada; los labios de la infeliz tomaron la expresión lastimera que suelen tomar los de los niños pequeños cuando están espantados.
Tal horror sentía la desdichada, que aunque vió que el hacha se levantaba sobre ella, no pensó ni aun en defender la cara, llevándose las manos a la cabeza con un movimiento maquinal que sugiere en semejantes casos el instinto de conservación. Apenas si levantó el brazo izquierdo extendiéndolo lentamente en dirección del agresor, que descargó sobre Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha penetró en el cráneo, hendió toda la parte superior de la frente y llegó casi hasta el occipucio: Isabel cayó rígida, muerta. Sin saber lo que hacía, Raskolnikoff tomó el paquete que la víctima tenía en la mano; después lo tiró y salió al recibimiento.
Estaba aterrado a causa de aquel nuevo asesinato que no había sido premeditado por él. Quería desaparecer cuanto antes. «Si hubiese podido darse mejor cuenta de las cosas; si hubiese calculado todas las dificultades de su posición, si la hubiera previsto tan desesperada, tan horrible, tan absurda, como era; si hubiera comprendido bien los obstáculos que quedaban por vencer, quizá los crímenes que tendría que perpetrar para huir de aquella casa y entrar en la suya... probablemente habría renunciado a la lucha para correr a denunciarse, y no por cobardía, sino por horror de lo que había hecho.» Esta impresión le iba dominando. Por nada del mundo se habría aproximado a la caja ni entrado en la alcoba.
Poco a poco, sin embargo, comenzaron a surgir en su espíritu otros pensamientos, y cayó en una especie de delirio. Por momentos el asesino parecía olvidarse de sí mismo, o más bien, de olvidar lo principal, para fijarse en lo insignificante. Una mirada dirigida a la cocina le hizo descubrir un cubo medio lleno de agua, y se le ocurrió lavarse las manos y limpiar el hacha. A causa de la sangre tenía pegajosas las manos. Después de haber metido el hierro del arma en el agua, tomó un pedazo de jabón que había en el poyo de la ventana y comenzó a refregarse las manos. Cuando se las hubo lavado, enjugó el hierro del hacha y en seguida empleó tres minutos en jabonar el mango, para hacer desaparecer las salpicaduras de sangre. Después lo secó todo con un paño de cocina que estaba colgado en una cuerda. Hecho esto, se aproximó a la ventana, con objeto de examinar atenta y detenidamente el hacha. Las huellas acusadoras habían desaparecido; pero el mango estaba húmedo. Raskolnikoff ocultó cuidadosamente el arma bajo su gabán, colocándola en el nudo corredizo; después hizo una inspección minuciosa de sus vestidos con todo el cuidado que le permitía la débil luz que iluminaba la cocina. A primera vista el pantalón y el gabán no tenían nada de sospechoso; pero en los zapatos observó algunas manchas. El joven las limpió con un trapo humedecido en agua.
No obstante, estas precauciones no le tranquilizaban más que a medias, porque veía mal y comprendía que podían pasarse inadvertidas algunas manchas. Permaneció irresoluto en medio de la sala bajo la influencia de un pensamiento sombrío y angustioso: el pensamiento de que se volvía loco, de que en aquel momento era incapaz de tomar una determinación ni de velar por su seguridad y de que su manera de proceder no era la que convenía en las circunstancias presentes...
—¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!—murmuró y se lanzó al recibimiento, en donde le esperaba un susto mayor de los que hasta entonces había experimentado. Se quedó inmóvil, no atreviéndose a dar crédito a sus ojos: la puerta del cuarto, la puerta exterior que daba al descansillo, la misma en que él había llamado hacía poco, por la cual había entrado, estaba abierta: hasta este momento había permanecido entreabierta: acaso por precaución, la vieja, ni había dado vuelta a la llave ni echado el cerrojo. ¡Pero Dios mío! el joven había visto en seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió que la vendedora había entrado por la puerta? No había podido penetrar en el cuarto a través de la pared.
Cerró la puerta y echó el cerrojo.
—Pero no; no es eso lo que debo hacer. Es menester partir, huir inmediatamente.
Descorrió el cerrojo, y después de haber abierto la puerta, se puso a escuchar largo rato en la escalera. Abajo, probablemente en la puerta cochera, dos voces ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente. Por último, callaron las voces; los dos alborotadores se habían ido cada cual por su lado. Iba ya el joven a salir cuando en el piso inferior se abrió con estrépito una puerta y alguien empezó a bajar tarareando una canción. ¿Qué les pasaba a esta gente para armar tanto ruido? Cerró de nuevo la puerta, esperando otra vez dentro del cuarto. Finalmente se restableció el silencio; pero en el instante en que Raskolnikoff se disponía a bajar, percibió un nuevo rumor.
Eran pasos todavía distantes, que resonaban en los primeros peldaños de la escalera; sin embargo, en cuanto empezó a oírlos, adivinó la verdad—: Vienen aquí, al cuarto piso, a casa de la vieja.
¿De dónde provenía aquel presentimiento? ¿Qué tenía de significativo el ruido de aquellos pasos? Eran pesados, regulares, y más bien lentos que ligeros...
—Ya él ha llegado al primer piso... se le oye cada vez mejor... resuella como un asmático... ya llega al tercer piso... ¡aquí!
Y Raskolnikoff experimentó súbitamente una parálisis general, como ocurre en una pesadilla cuando uno se cree perseguido por varios enemigos: están a punto de alcanzaros, os van a matar y os quedáis como clavados en el suelo imposibilitados de moveros.
El desconocido comenzaba a subir el tramo del cuarto piso.
Raskolnikoff, a quien el espanto había tenido inmóvil en el descansillo, pudo, por último, sacudir su estupor y entrando apresuradamente en el cuarto cerró la puerta y corrió el cerrojo, teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible. El instinto, más bien que el razonamiento, le guió en estas circunstancias.
Armóse después del hacha, se arrimó a la puerta y se puso a escuchar, sin atreverse a esperar siquiera. Ya el visitante estaba en el descansillo.
No había entre los dos hombres más que el espesor de una tabla. El desconocido se encontraba frente a frente de Raskolnikoff en la situación en que éste se había encontrado respecto de la vieja.
El visitante respiró varias veces con fatiga.
«Debe ser grueso y alto», pensó el joven, apretando con la mano el mango del hacha. Todo aquello parecía un sueño. Al cabo de un momento, el visitante dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir cierto ruido en la sala. Durante algunos segundos escuchó atentamente; llamó después de nuevo, esperó todavía un poco, y de pronto, perdida la paciencia, se puso a sacudir la puerta con todas sus fuerzas. Raskolnikoff contemplaba con terror el cerrojo que temblaba en su ajuste; temía verlo saltar de un momento a otro. Pensó sujetar el cerrojo con la mano; pero el hombre hubiera podido desconfiar. La cabeza comenzaba a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!», se dijo; sin embargo, recobró súbitamente ánimos, cuando el desconocido rompió el silencio.
—¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? ¡Malditas mujeres!—murmuraba en voz baja el visitante—. ¡Eh, Alena Ivanovna, vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna, belleza indescriptible! ¡Abrid!
Exasperado, llamó diez veces seguidas todo lo más fuerte que pudo. Sin duda aquel hombre tenía confianza en la casa y dictaba en ella la ley.
Así pensaba Raskolnikoff cuando, de improviso, sonaron en la escalera pasos ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que subía al cuarto piso. El joven no se enteró al pronto de la llegada del recién venido.
—¿Es posible que no haya nadie?—dijo una voz sonora y alegre, dirigiéndose al primer visitante, que continuaba tirando de la campanilla—. ¡Buenas tardes, Koch!
Por el timbre de la voz comprendió Raskolnikoff que era un jovenzuelo.
—¡El demonio lo sabe; poco ha faltado para que haya saltado la cerradura!—respondió Koch—; ¿pero usted, cómo me conoce?
—¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a usted anteayer en el café Gambrinus tres partidas seguidas de billar?
—¡Ah!
—¿De modo que no están? Es extraño, y además estúpido. ¿A dónde habrá ido la vieja? Tenía que hablarle.
—Yo también.
—¿De modo que no hay más remedio que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que venía a pedirle dinero prestado!—exclamó el joven.
—En efecto; no hay más remedio que marcharse. Pero no comprendo por qué no está la bruja en casa habiéndome dado una cita. ¡Pues hay una buena caminata de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios habrá ido? Esta bruja no se mueve en todo el año, puede decirse que echa raíces en su casa, tiene malas las piernas... ¡y de repente se va de parranda!
—Podíamos preguntarle al portero.
—¿Para qué?
—¡Toma! para saber a dónde ha ido y cuándo volverá.
—¡Hum... preguntar!... ¡pero si no sale nunca!—y tiró del cordón de la campanilla—. ¡Vaya, es inútil, hay que marcharse!
—¡Espere usted!—gritó de repente el joven—. Fíjese, vea usted cómo resiste la puerta cuando se tira de ella.
—¿Y qué?
—Esto prueba que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¡Mire usted, mire usted cómo suena!
—¿Y qué?
—¿Pero no comprende usted todavía? Eso prueba que una, por lo menos, está en casa. Si las dos hubieran salido, habrían cerrado la puerta por fuera con llave, y claro es que no hubieran podido echar el cerrojo por dentro. Repare usted el ruido que hace. Es evidente que para pasar el cerrojo tiene que estar en casa. ¿Comprende usted? De modo, que están dentro y no quieren abrir.
—¡Pues es verdad!—exclamó Koch asombrado—. ¿De manera que están ahí?
Y se puso a sacudir furiosamente la puerta.
—No siga usted—dijo el joven—; aquí pasa algo extraordinario... Usted ha llamado... ha sacudido la puerta con todas sus fuerzas y ellas no abren; luego, o están desmayadas o..
—¿Qué?
—Hay que llamar al dvornik para que las despierte.
—¡Buena idea!
Los dos empezaron a bajar.
—Espere usted, quédese aquí; iré yo a buscar al dvornik.
—¿Para qué me he de quedar?
—¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?
—Está bien.
—Verá usted; yo me dispongo a ser juez de instrucción. Aquí hay algo que no está claro; esto es evidente, evidentísimo.
Y así diciendo el joven bajó de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera.
Cuando se quedó solo, Koch llamó otra vez, pero suavemente; después se puso con aire distraído a empujar el botón de la cerradura para cerciorarse de que la puerta estaba cerrada nada más que con cerrojo. Luego, resoplando como un fuelle, se bajó para mirar por el ojo de la llave, pero ésta estaba puesta por dentro, de modo que no pudo ver nada.
En pie, del otro lado de la puerta, estaba Raskolnikoff con el hacha en la mano y dispuesto a deshacer el cráneo al primero que osara asomar la cabeza. Más de una vez, oyendo a los dos curiosos hurgar en la puerta y concertarse entre sí, estuvo a punto de acabar de una vez y de interpelarlos, pero sin abrir. Por momentos sentía deseos de injuriarlos, de insultarlos, de abrir la puerta para hacerles entrar y matarlos a ambos. «Mejor será que acabe cuanto antes»—pensaba.
—¡Qué diablo! ¡No sube nadie!—se dijo Koch, comenzando a perder la paciencia—. ¡Qué diablo!—volvió a decir, y fastidiado de esperar abandonó su puesto para bajar en busca del joven.
Poco a poco dejó de oírse el ruido de sus botas, que resonaban pesadamente en la escalera.
—¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?
Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. Tranquilizado por el silencio que reinaba en la casa, y, por otra parte, incapaz de reflexionar en aquel momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor que pudo, y empezó a bajar la escalera.
Había descendido ya muchos escalones, cuando se produjo abajo un gran estrépito. ¿Dónde ocultarse? No había medio de esconderse en ninguna parte, y volvió a subir apresuradamente.
—¡Eh, pardiez, espera, aguarda!
El que lanzaba estas voces acababa de salir de un cuarto situado en los pisos inferiores y bajaba a saltos gritando:
—¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio se lleve a ese loco!
La distancia no permitió oír más. El hombre que profería aquellas exclamaciones estaba ya lejos de la casa. El silencio se restableció; pero apenas había cesado esta alarma cuando le sucedió otra. Varios individuos que hablaban entre sí en voz alta subían tumultuosamente la escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff reconoció la voz chillona del joven estudiante.
—Son ellos—se dijo, y sin procurar ya escapar, se fué derechamente a su encuentro—. Ocurra lo que quiera—añadió. Si me detienen, todo ha terminado; y si me dejan escapar, también, porque se acordarán de haberme visto en la escalera.
Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo les separaba un piso, cuando de repente vió la salvación. A pocos escalones delante de él, a la derecha, había un cuarto desalquilado, completamente abierto, el mismo donde trabajaban los pintores; pero, como si lo hubieran hecho adrede, éstos acababan de dejarlo.
Eran, sin duda, los que un momento antes habían salido vociferando. Se veía que la pintura estaba todavía fresca; en medio de la sala habían dejado los obreros sus útiles, una cubeta, un cacharro con color y una brocha. En un abrir y cerrar de ojos Raskolnikoff se escurrió en el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto pudo a la pared. Ya era tiempo: sus perseguidores llegaban al descansillo; pero, sin detenerse, subieron al cuarto piso, hablando ruidosamente. Después de cerciorarse de que se habían alejado un poco, el asesino salió de puntillas y descendió precipitadamente. Nadie en la escalera, nadie en el patio. Atravesó rápidamente el umbral, y una vez en la calle dobló la esquina de la izquierda.
Comprendía perfectamente que los que le buscaban habían llegado en aquel momento a la puerta del cuarto de la vieja, quedándose estupefactos al verla abierta.
—Indudablemente están examinando los cadáveres—se decía—; sin duda les bastará un minuto para adivinar que el asesino ha logrado escapar; sospecharán, quizá, que se ha escondido en el cuarto desalquilado del segundo piso cuando ellos subían al de la usurera.
Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, no se atrevía a apresurar el paso, aunque estaba aún lejos de la primera esquina.
—¿Si me deslizara en un portal, en alguna calle extraviada y esperase allí un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar el hacha a cualquier parte? ¿si tomara un coche? ¡Malo, malo!
Al cabo se ofreció ante sus ojos un pereulok y se metió en él más muerto que vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo comprendió. Era difícil que las sospechas recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil no llamar la atención en medio de los paseantes; pero de tal manera aquellas angustias le habían debilitado, que apenas podía sostenerse en pie. Por la cara le corrían gruesas gotas de sudor y tenía empapado el cuello.
—¡Buena la has tomado!—le gritó, al desembocar el canal, uno que le creyó borracho.
No se daba cuenta de nada; cuanto más andaba, más se obscurecían sus ideas. No obstante, cuando llegó al muelle del Neva, se asustó de ver tan poca gente, y temiendo que reparasen en él en un lugar tan solitario, se volvió otra vez al pereulok; y aunque apenas tenía fuerzas para andar, dió un largo rodeo para volver a su domicilio.
Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu; a lo menos, hasta que llegó a mitad de la escalera no se acordó de que llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar en lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría comprendido, de seguro, que en vez de dejar el arma en su antiguo puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en cualquier corral. Sin embargo, todo le resultó a maravilla: la puerta del dvornik estaba cerrada, pero sin llave, lo cual hacía suponer que el portero no se había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz en aquel instante de discurrir ni de combinar un plan, se fué derecho a la puerta y la abrió. Si el portero le hubiese preguntado: «¿Qué quiere usted?», quizá el joven le habría entregado sencillamente el hacha; pero esta vez, como la anterior, el dvornik había salido, lo que dió facilidad a Raskolnikoff para colocar el hacha debajo del banco, en el sitio donde la había encontrado. En seguida subió la escalera y llegó a su habitación sin tropezarse con nadie: la puerta del cuarto de la patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se echó vestido en el diván, y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente. Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban en el cerebro.