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An Elementary Spanish Reader

by Earl Stanley Harrison

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Anécdotas

—Señores, hay perros de más talento que sus amos.

—Yo poseo uno de esa especie.

—¿Ha leído Vd. Romeo y Julieta?

—Romeo, hace mucho tiempo; pero no he leído Julieta.

—¿Sabe Vd. nadar, Gómez? 5

—Sí, mi capitán.

—¿Dónde lo ha aprendido Vd.?

—En el agua, mi capitán.

—Tiene Vd. un hermoso paraguas.

—Sí, es un regalo. 10

—¡De veras! y ¿de quién?

—No lo sé; pero dice en el mango, “Presentado a Juan Pérez.”

—¡He visto al diablo! ¡He visto al diablo!—dijo un hombre huyendo. 15

—¡Cómo! ¿Vd. ha visto al diablo?

—Sí, señor, en figura de borrico.

—¡Bah! ha tenido Vd. miedo de su sombra.

En un hospital.

—¿Cuántos han muerto esta noche? 20

—Nueve, señor doctor.

—Pues yo he recetado para diez enfermos.

—Es que el número siete se ha negado rotundamente a tomar la medicina.

Comía un inglés en una fonda y le sacaron, como era 25 natural, pan tierno.

—Tráigame pan duro—dijo al camarero.

—No lo hay, señor—contestó éste.

—Pues que lo hagan. Yo esperaré.

En un examen. 30

—¿Cuántos son los elementos?

—Cinco.

—¡Cómo cinco! ¿Cuáles son?

—Agua, fuego, tierra, aire y aguardiente.

—¿Porqué el aguardiente? 35

—Porque mi padre, siempre que lo bebe, dice que está en su elemento.

—¡Papá, papá! Planté patatas en el huerto, y ¿sabes lo que ha salido?

—Ya lo creo. Patatas. 40

—No, papá; han salido unos puercos y se las han comido.

Un individuo que venía a Madrid en diligencia, entró en una posada a las doce del día y preguntó:

—¿Cuánto vale la comida?

—Doce reales.

—¿Y la cena? 45

—Ocho.

—Pues déme Vd. de cenar.

—¿Qué tienes José?

—¡Estoy desesperado!

—¿Por qué? 50

—Se me ha perdido el perro.

—¿Y por eso te desesperas?

—¡Ya lo creo! Y te juro que si no aparece, le mato.

En una posada. Un turista inglés pide liebre.

—Vamos, un guisado de liebre—dice la posadera a su 55 marido.

—Pero, hija—responde éste en voz baja—ya sabes que no tenemos.

—¿Y qué?—replicó la mujer ingenuamente—Dale conejo... Como es inglés, no entenderá bien nuestra 60 lengua.

Un recluta escribía a su padre una carta bastante breve y concluyó así:

No escribo más porque tengo tanto frío en los pies que no puedo tener la pluma. 65

Un soldado preguntó a uno de sus camaradas, que volvía de una campaña, si había hallado mucha hospitalidad en Holanda.

—¡Oh! sí, mucha; casi todo el tiempo que he estado allí, lo he pasado en el hospital. 70

En cierta ocasión preguntó un comerciante a un marinero:

—¿En dónde murió su padre?

—En el mar.

—¿Y su abuelo?

—En el mar. 75

—¿Y su bisabuelo?

—Señor, también murió en el mar como los otros dos.

—¡Ah, miserable!—dijo el comerciante—después de esos ejemplos ¿todavía se atreve Vd. a embarcarse?

Calló el marinero, meditó algunos momentos y dijo después 80 al comerciante:

—¿En dónde murió el padre de Vd.?

—En la cama.

—¿Y su abuelo?

—En la cama. 85

—¿Y su bisabuelo?

—En la cama también.

—¡Ah, miserable!—dijo entonces el marinero—después de esos ejemplos ¿todavía se atreve Vd. a acostarse?

Cierta señora fue a visitar a una de sus amigas. No la 90 encontró en casa, pero en cambio vio que los muebles estaban todos llenos de polvo. Queriendo dar a su amiga una lección, escribió con el dedo sobre el polvo que cubría mesa y sillas, la palabra: puerca. Al día siguiente volvió y dijo a su amiga que la tarde anterior había tenido la desgracia de no 95 hallarla en casa.

—Sí, ya sé que estuvo Vd.; encontré su nombre escrito en todos los muebles.

Examinando a una señora como testigo de un pleito, el juez le preguntó cuántos años tenía. 100

—Treinta—respondió.

—¡Treinta!—observó el juez.—Hace tres años que declaró Vd. la misma edad en este juzgado.

—Es—respondió ella—que no soy de esas personas que hoy dicen una cosa y mañana otra. 105

Un alcalde de pueblo, yendo a visitar al gobernador de la provincia, llevó consigo a su familia.

—Tengo el honor,—le dijo,—de presentar a V. E. mi mujer y mi hija, y para que las pueda distinguir, me atrevo a advertirle que la de más edad es mi mujer. 110

—Yo no sé qué hacer,—dijo Juan a su mujer.—Don Cándido me escribe pidiéndome mil reales, y ya sabes que no puedo rehusar darle el dinero.

—Puedes excusarte diciendo que no has recibido la carta,—observó la esposa. 115

—Dices bien.

Y, en efecto, nuestro hombre tomó la pluma y escribió lo siguiente:

—Señor don Cándido: siento infinito no poder servirle; pero no he recibido la carta en que me pidió los mil reales que 120 desea. Suyo, etc.

Un hombre muy rico envió por un médico para curarle de su enfermedad, que era pura aprensión. Cuando el médico llegó, le tomó el pulso, le preguntó qué era lo que sentía y viendo que estaba bueno según todas las apariencias, le 125 preguntó:

—¿Come Vd. bien?

—Sí, señor.

—¿Duerme Vd. bien?

—Sí, señor. 130

—Bien,—dijo el médico;—voy a recetarle una medicina con que pierda Vd. todo eso.

Hallándose un marido en peligro de muerte, llamó a su mujer y le dijo:

—Moriré contento, si me das palabra de no casarte con ese 135 oficial que te hace la corte.

—No tengas cuidado,—respondió ella,—que ya he dado la palabra a otro.

Un borracho oyó las dos
Y dijo con mucha paz 140
—¡Hombre! ¿dos veces la una?
Ese reloj anda mal.

Confesábase uno de prestar dinero con usura.

—Si el interés pasa de seis por ciento—decía el confesor—comete Vd. un pecado; no olvide Vd. que Dios todo lo ve 145 desde el cielo.

—Por eso precisamente, señor cura; porque todo lo ve desde el cielo, presto al nueve por ciento, porque el 9 desde arriba le parecerá un 6.

EL BURRO FLAUTISTA1 150

Esta fabulilla,
Salga bien o mal,
Me ha ocurrido ahora
Por casualidad.
Cerca de unos prados 155
Que hay en mi lugar,
Pasaba un borrico
Por casualidad.
Una flauta en ellos
Halló, que un zagal 160
Se dejó olvidada
Por casualidad.
Acercose a olerla
El dicho animal;
Y dió un resoplido 165
Por casualidad.
En la flauta el aire
Se hubo de colar,
Y sonó la flauta
Por casualidad. 170

¡Oh! dijo el borrico:
¡Qué bien sé tocar!
¿Y dirán que es mala
La música asnal?
Sin reglas del arte 175
Borriquitos hay,
Que una vez aciertan
Por casualidad.

Sin reglas del arte, el que en algo acierta es por casualidad.

EL OSO, LA MONA Y EL CERDO 180

Un oso, con que la vida
Ganaba un piamontés,
La no muy bien aprendida
Danza, ensayaba en dos pies.
Queriendo hacer de persona, 185
Dijo a una mona: “¿Qué tal?”
Era perita la mona,
Y respondiole: “Muy mal.”
“Yo creo, replicó el oso,
Que me haces poco favor. 190
¡Pues qué! ¿mi aire no es garboso?
¿No hago el paso con primor?”
Estaba el cerdo presente,
Y dijo: “¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente 195
No se ha visto ni verá.”
Echó el oso, al oír esto,
Sus cuentas allá entre sí,
Y con ademán modesto
Hubo de exclamar así: 200
“Cuando me desaprobaba
La mona, llegué a dudar:
Mas ya que el cerdo me alaba
Muy mal debo de bailar.”
Guarde para su regalo 205
Esta sentencia un autor:
Si el sabio no aprueba, malo;
Si el necio aplaude, peor.

Nunca una obra se acredita tanto de mala como cuando la aplauden los necios. 210

EL PATO Y LA SERPIENTE

A orillas de un estanque
Diciendo estaba un pato:
“¿A qué animal dió el cielo
Los dones que me ha dado? 215
Soy de agua, tierra y aire:
Cuando de andar me canso,
Si se me antoja, vuelo,
Si se me antoja, nado:”
Una serpiente astuta, 220
Que le estaba escuchando,
Le llamó con un silbo,
Y le dijo: “Seor guapo,
No hay que echar tantas plantas;
Pues ni anda como el gamo, 225
Ni vuela como el sacre,
Ni nada como el barbo.
Y así, tenga sabido
Que lo importante y raro
No es entender de todo, 230
Sino ser diestro en algo.”

Más vale saber una cosa bien, que muchas mal.

LOS DOS CONEJOS

Por entre unas matas
Seguido de perros 235
(No diré corría)
Volaba un conejo.
De su madriguera
Salió un compañero,
Y le dijo: “Tente, 240
Amigo, ¿qué es esto?”
“¿Qué ha de ser?” responde:
“Sin aliento llego...
Dos pícaros galgos
Me vienen siguiendo.” 245
“Sí (replica el otro),
Por allí los veo...
Pero no son galgos.”
“Pues ¿qué son?”—“Podencos.”
“¡Qué! ¿podencos dices? 250
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos:
Bien visto los tengo.”
“Son podencos: vaya,
Que no entiendes de eso.’ 255
“Son galgos, te digo.”
“Digo que podencos.”
En esta disputa
Llegando los perros,
Pillan descuidados 260
A mis dos conejos.
Los que por cuestiones
De poco momento
Dejan lo que importa,
Llévense este ejemplo. 265

No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal.

LA ABEJA Y EL CUCLILLO

Saliendo del colmenar,
Dijo al cuclillo la abeja; 270
“Calla, porque no me deja
Tu ingrata voz trabajar.
No hay ave tan fastidiosa
En el cantar, como tú:
Cucú, cucú, y más cucú: 275
Y siempre una misma cosa.”
—“¿Te cansa mi canto igual?
(El cuclillo respondió:)
Pues a fe que no hallo yo
Variedad en tu panal. 280
Y pues que del propio modo
Fabricas uno que ciento,
Si yo nada nuevo invento,
En ti es viejísimo todo.”
A esto la abeja replica: 285
“En obra de utilidad
La falta de variedad
No es lo que más perjudica.
Pero en obra destinada
Sólo al gusto y diversión, 290
Si no es varia la invención,
Todo lo demás es nada.”

La variedad es requisito indispensable en las obras de gusto.

LA ARDILLA Y EL CABALLO

Mirando estaba una ardilla 295
A un generoso alazán,
Que, dócil a espuela y rienda,
Se adiestraba en galopar.
Viéndole hacer movimientos
Tan veloces y a compás, 300
De aquesta suerte le dijo
Con muy poca cortedad;
“Señor mío;
De ese brío,
Ligereza 305
Y destreza
No me espanto;
Que otro tanto
Suele hacer, y acaso más.
Yo soy viva, 310
Soy activa;
Me meneo,
Me paseo;
Yo trabajo,
Subo y bajo, 315
No me estoy quieta jamás.”
El paso detiene entonces
El buen potro, y muy formal,
En los términos siguientes
Respuesta a la ardilla da: 320
“Tantas idas
Y venidas;
Tantas vueltas,
Y revueltas,
Quiero, amiga, 325
Que me diga:
¿Son de alguna utilidad?
Yo me afano;
Mas no en vano;
Sé mi oficio; 330
Y en servicio
De mi dueño
Tengo empeño
De lucir mi habilidad.”
Con que algunos escritores 335
Ardillas también serán,
Si en obras frívolas gastan
Todo el calor natural.

Algunos emplean en obras frívolas tanto afán como otros en las importantes. 340

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