El pasado y el futuro
Si un loco antihumanitario se echara hoy a buscar un medio de gravar a los hombres con el máximum de incapacidades, gastos, trabajos y penalidades, para el más inútil de los objetivos imaginables, seguramente no podría encontrar nada tan eficaz como las religiones reveladas “antes de la ciencia y la civilización”, como dice A. France.
Por ese doble juego de gobiernos simultáneos, mancomunados y superpuestos sobre el pueblo, el temporal para las necesidades de este mundo, el espiritual para las necesidades del otro, nuestros antepasados treparon la cuesta de la vida con dos enormes pulpos sobre las espaldas, que les impedían desarrollarse y crecer, arrebatándoles todavía la mayor parte del mezquino fruto de sus amenguadas energías, en compensación del trabajo que se tomaban para coartarles el pensamiento—que es una forma del movimiento, como la electricidad, el magnetismo o la luz,—matarles el espíritu de iniciativa y tutearlos después que les habían tullido la capacidad de obrar y de conducirse solos.
Aprender de memoria el ininteligible catecismo—el librejo más lleno de absurdos y patrañas después del Corán—asistir obligatoriamente a todos los actos y ceremonias religiosas, diurnas y nocturnas, no pensar sin permiso del cura, ayunar, confesarse, comulgar, hacer penitencias, afligirse y llorar en los días y horas prefijados, obedecer a la campaña de la iglesia como las mulas al cencerro de la madrina, pagar a los sacerdotes los diezmos y primicias, fuera de los impuestos extraordinarios por milagros accidentales y por cada uno de los acontecimientos de la vida, desde el nacimiento hasta después de la muerte, en los funerales y los “cabos de años”, todo bajo pena de excomunión, persecución, confiscación de bienes, y destierro o muerte. Comprar al príncipe el derecho de vivir sometido a todos sus caprichos y brutalidades, y el de trabajar bajo los reglamentos más estúpidamente antieconómicos, en el mejor de los casos—en el del hombre libre—eran ciertamente condiciones sociales, económicas y morales que hacían imposible la prosperidad del habitante y el progreso de la nación.
Sólo por la disminución del gobierno espiritual de la Iglesia y del gobierno temporal de los príncipes, y en la medida en que se lograban al influjo de la filosofía y de las ciencias renacientes, por explosiones sucesivas de los doblemente oprimidos y explotados, ha venido acrecentándose la capacidad humana por la vida humana.
Y como en los países protestantes disminuyó primero el gobierno eclesiástico por la secesión con el papado y la supresión de los milagros, la confesión, la comunión, las indulgencias y el óbolo de San Pedro, fue en ellos donde primero se acrecentó por la fe en la ayuda propia que sustituyó a la fe en el auxilio milagroso de los santos, la capacidad del individuo y la correlativa prosperidad de las naciones. Y como en España y en Italia fue más cargosa la tiranía eclesiástica, fueron también en ellas más agobiado el individuo y más empobrecida la comunidad por la Iglesia que había hecho de las sagradas escrituras no un faro sino un presidio de la inteligencia humana, un presidio sin aire y sin luz, al que los protestantes le pusieron con el libre examen, puertas y ventanas.
Cuando los romanos llegaron al Egipto, no pudo resistirles, porque los sacerdotes absorbían en este país la tercera parte de la riqueza nacional, para sus inútiles mojigangas. A su vez las exacciones del fisco romano, centuplicadas por la avaricia insaciable de los publicanos, habían destruido in situ la fuerza del imperio, desde mucho antes de las invasiones de los bárbaros, y las explotaciones de la avaricia sacerdotal, reforzada por el Santo Oficio y los jesuítas, y admirablemente secundada por la imbecilidad de los reyes y de los ministros fanáticos, que expulsaron a los judíos y a los moros para hacer la unanimidad católica, convirtiendo al habitante en siervo de la Iglesia y a los 3|5 del territorio fértil en bienes de mano muerta, aniquilaron tan radicalmente la energía humana del imperio en que no se ponía el sol, que, sin empujones de afuera, se cayó de decadencia espontánea por debilidad intrínseca, como se están cayendo los pueblos musulmanes del presente.
Y como es natural que el remedio sea más grande donde es más grande el mal, según ocurrió en la revolución francesa, si los países latinos aventajaran a los anglosajones en desprenderse completamente de ese enervante y costoso gobierno de las conciencias por el Vaticano, como lo ha iniciado la Francia, recobrarían, en el futuro, el terreno perdido en el pasado.
Porque se puede prever, desde ahora, la universal superabundancia de capacidad humana para los problemas de la vida humana, que sobrevendrá cuando hayan desaparecido del todo, con la clase sacerdotal que los explota, los problemas de la vida futura, que hoy consumen todavía parte tan considerable de la energía humana en costosas ceremonias absolutamente inútiles y en afanes sobre el vacío para hallar las más diversas y disparatadas soluciones ilusorias de lo insoluble.